Los azotes
Tiempo transcurrido desde el secuestro: 23 h.
Otra vez estoy mareada. Otra vez me despierto y no sé dónde estoy. Ya no sé si esto es un sueño o es verdad. Lo que sé es que me duele la tripa y que me he hecho pis encima. Tengo todo el pantalón mojado.
Me levanto y me siento. Me rasco los ojos y poco a poco voy viendo mejor.
Me pongo de pie. Estoy algo mareada, pero creo que podría caminar.
Me acerco a una puerta; parece una puerta porque hay un fino rectángulo de luz que la rodea.
Es como cuando mi cuarto está a oscuras y la luz del pasillo está encendida. Por eso me parece una puerta.
Me doy cuenta de que sigo con las manos atadas, pero soy capaz de agarrar del mango y lo muevo, pero no se abre. Lo muevo con más fuerza, y nada. Golpeo. «¡Mamá!», grito.
Pero no escucho respuesta. Del otro lado solo escucho como un ruido extraño, como si fuera una máquina que no para de sonar.
Quiero saber dónde estoy y, como no veo bien, voy tocando todo.
En la pared hay como unos tubos. Sigo los tubos como si fueran un laberinto, y me tropiezo con algo que hay en el suelo.
Miro hacia abajo y, al tocar, está frío.
Sigo tocando, y llego hasta el colchón en el que creo que estoy durmiendo.
Eso que hay en el suelo parece como un escalón o algo así que hace de cama.
Vuelvo a la tubería; me subo al escalón, y sigo tocándola.
Llego hasta el final, y la tubería parecer terminarse.
Toco lo que hay donde parece que la tubería se acaba.
Es algo de metal. Está frío. Lo sigo tocando, y me doy cuenta de que es algo grande…
no sé lo que es. Mis ojos intentan mirar mejor en la oscuridad, y me parece que es como una tubería gigante.
Entonces, se abre la puerta.
—¿Qué haces ahí? Bájate.
Me apuntan con una linterna, que me deja medio ciega.
—Nada.
Antes de que me baje, me cogen del brazo y me obligan a sentarme sobre el escalón de piedra.
—Mira hacia el suelo.
—¿Por qué?
—Es mejor para ti.
—¿Dónde están mis padres?
—Ahora vienen. Tienes que volver a dormir.
—No, no me vuelva a pinchar, por favor. Me mareo mucho.
—Es por tu bien.
La persona que me habla lo hace muy bajito. No sé quién es; no me suena esa voz. Aunque puede ser que sí y que esté cambiando la voz para que no la reconozca. Eso lo he visto en alguna película.
—Prometo portarme bien si no me pincha, por favor. —No escucho nada. Solo noto cómo me acarician el pelo. La puerta está abierta. Dejo que me sigan acariciando. Toco la mano que me acaricia; se la cojo—. ¿Vas a cuidar tú de mí?
—Claro que sí, tesoro. —Sigo acariciando esa mano.
Me la pongo en la cara y, cuando está cerca de mi boca, le doy un mordisco tan fuerte como puedo.
La persona grita, y lo empujo y corro hasta la puerta pero, justo antes de llegar, me agarra del pelo y me caigo de culo.
Me hago mucho daño en el culo, y me duele el pelo.
Me está tirando de este—. ¿Cómo voy a cuidar de ti si no paras de portarte mal?
La persona me agarra de los brazos, me obliga a ponerme sobre el colchón, me baja los pantalones y se pone a darme azotes en el culo. Me da varios azotes muy fuertes. Me duele mucho, y me pongo a llorar.
—¡Para, para, por favor!
—Esto es para que te portes bien.
Y me sigue azotando tan fuerte que me vuelvo a marear.
—Pínchame o lo que quieras, pero deja de pegarme.
Entonces deja de azotarme. Noto cómo me acaricia el culo, que me escuece.
—Perdóname, Luzma; no quería hacerlo —dice mientras me sigue acariciando el culo.
Sus manos me acarician también la espalda y el pelo.
A los pocos minutos, me pincha en el cuello.
Las manos siguen acariciándome—. No te preocupes, mi niña; de momento no hay nada de que preocuparse.
Tú estás segura aquí: tienes que ir acostumbrándote.
Nadie va a venir a molestarnos. Tus padres no han sido buenos, y la policía los va a meter en la cárcel.
No entiendo bien lo que dice, pero me gusta que haya dejado de pegarme el culo. Y el pinchazo me está dejando dormidita. Me encuentro bien. Tanto que me acuerdo de mamá y de papá; es como si ellos me estuvieran dando un beso de buenas noches uno de esos días que llego a la cama agotada.