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El plan de Silvia

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 22 h 20 min.

—¡Tenemos que volver: me he dejado algo importante allí! —pide Adrián desesperado.

—¿Te refieres a esto? —Silvia le enseña el teléfono móvil culebra, pero no se lo entrega.

—Pero ¡qué coño!

—A ver si te piensas que la policía es tonta.

—La Guardia Civil, mi brigada, la Guardia Civil —apunta Javier.

La brigada conduce por la avenida Hernández Serrano, toma la Gran Vía a la izquierda cuando llega a la Plaza del Cristo y sube a una velocidad mayor que la que los resaltos y los niños que juegan en la calle consideran aceptable.

—Sosiegue, mi brigada —pide Javier.

La madre de Adrián se incorpora en el asiento. Su hijo la interroga con la mirada.

—Silvia me lo ha contado todo —confiesa doña Juanita, que es así como se llama.

—¿Qué te ha contado?

—Pues todo: lo de Laura y la locura que estáis haciendo. Tu suegra también lo sabe y ha echado un cable.

—¿Mi suegra? —pregunta Adrián estupefacto—. ¿Y cómo lo ha sabido la brigada Donaire?

La mujer se encoge de hombros; en la parte delantera nadie dice nada.

Llegan al ambulatorio; acceden a la puerta de Urgencias.

—Señora —dice Silvia—, otra vez a actuar, por favor.

Juanita se lleva la mano al pecho y mira a su hijo.

—Ya podéis encontrar a la niña sana y salva, o me moriré, de verdad —dice ella, compungida.

Adrián ya no sabe dónde acaba el teatrillo y empieza la realidad.

La saca del coche y, con la ayuda de Javier, la meten en la consulta.

El médico que la atiende les pide que la tumben en la camilla y que salgan.

—Sal, y móntate en el coche —exige el guardia.

—¿Y tú?

—¿Yo? —Señala su pecho con el dedo índice de su mano—. Si no me echan del cuerpo, me debes una, una muy grande.

Adrián no se ha dado cuenta de que ese chico lo admira. No sabe realmente el motivo, pero espera averiguarlo cuando todo termine. Le estrecha la mano y sale del ambulatorio.

Silvia no está en el coche patrulla. Él se sorprende, y mira en derredor.

Escucha un pitido a su derecha. Es la brigada subida en el coche de sus padres: un Mercedes clase C con más de veinte años tan bien cuidado que parece nuevo.

Adrián intenta montarse en el asiento del copiloto, pero Silvia lo retiene y le indica con la cabeza que se monte atrás.

Arranca, y gira hacia la izquierda por una calle paralela a la Gran Vía, con mucho menos tránsito.

—¿Me vas a explicar ahora mismo qué ocurre?

Silvia le cuenta todo: cómo lo fue a arropar y encontró el móvil encendido en el sofá, al lado de su mano; cómo lo desbloqueó usando tanto la u invertida como la u normal.

Acertó con la normal. Le cuenta que leyó toda la conversación con su mujer.

Y cómo, después de admitir que es una locura, interpretó que podrían tener una parte de razón.

También le cuenta que los de la UCO se presentaron muy temprano en el cuartel: llevaron consigo a un informático forense, que encontró pornografía infantil en el ordenador de Adrián.

—Vamos, no me jodas; eso tiene que ser de cuando investigué para la novela…

Silvia le dice que puede, que (según ha podido saber) solo era una carpeta con algún vídeo y con alguna foto.

Adrián se maldice por no haber hecho un mejor borrado.

Le asqueó tener que mirarlos en su momento; los encontró navegando por Tor, el famoso navegador usado para encontrar la mayor basura que puede generar el ser humano en la llamada Deep Web, el infierno de internet donde parece que todo vale.

—Estoy convencida de que te iban a detener —afirma Silvia—. Y está la cosa complicada para fiarse de ninguna otra línea de investigación.

—Es lo que yo quería —dice Adrián—. No lo del material pedófilo, claro, pero…

—No, no lo comprendes. Tú quieres sembrar una sospecha sobre ti o sobre tu mujer para que se filtre a la prensa, para que el secuestrador se confíe. Eso es lo que tú has querido siempre por esa teoría tuya de la que no hay quien te baje.

—Claro, ya lo sabes.

—Pero, con lo que ha encontrado la UCO, no sería un indicio. Serías el máximo sospechoso. Insisto en que sería complicado que trabajaran en otra línea de investigación. Centrarían todos sus esfuerzos en ti. Y, además, se pensarían que has matado a tu mujer y que también la has hecho desaparecer.

—Les hubiera enseñado el teléfono.

—Un teléfono desde el que tú mismo te has podido estar mandando mensajes.

—¿Y dónde está el otro teléfono desde el que me mando estos mensajes?, ¿eh?

—Podrías tener un cómplice.

—Hubiera llamado a mi mujer. Joder, demasiado rebuscado. Ella aparecería cuando viera que me iban a enchironar de verdad y, entonces, aunque nos empapelaran por ello, no me acusarían.

—Entonces, podrían pasar varias cosas: que tu mujer no cogiera el teléfono, que no viniera con la niña, y entonces la culparan a ella, o a los dos. O que tu mujer no volviera.

—¿Cómo no va a volver?

—¿Tú no te has parado a pensar que alguno de los pederastas a los que está persiguiendo pueda ser peligroso?, ¿que alguien se la lleve por delante y la tire a una cuneta?

Adrián se queda callado. Nunca había contemplado esa posibilidad. Se estremece al pensarlo.

—No me hubieran podido cargar a mí el asesinato de mi mujer. Estaría detenido.

—Insisto: podrías tener algún cómplice.

—Ya, y también podría pasar que, si ahora mi mujer aparece muerta, sí que me culpen a mí de las dos cosas, ¿no, brigada?

Y tú serías la cómplice. Se imaginarían que tenemos un romance y hemos organizado todo esto para escaparnos juntos, sin ataduras.

—Silvia es ahora la que se queda callada.

La descabellada hipótesis que plantea Adrián le ha golpeado el cerebro como el que golpea una almendra con un martillo.

Sí, es muy descabellada. Pero ¡quién sabe lo que un investigador como Vila podría llegar a pensar!

O como la subteniente… Acostumbrados están a elaborar complejas teorías, y su instinto, por muy afilado que esté, no es infalible—.

¿Y la foto del secuestrador que hizo mi niña?

—pregunta Adrián. Silvia calla; mira hacia el suelo.

Adrián la interroga con la mirada—. No me jodas, Silvia…

Ella asiente.

—No te preocupes, Altozano está de testigo; lo ha grabado todo con su móvil. He hecho una especie de testimonio delante de su cámara y ha grabado cómo he borrado las fotos del teléfono.

—¿Y del reloj GPS?

—La app permite hacerlo remotamente. —Adrián se lleva las manos a la cara.

Sí, que la UCO no disponga de ese material ahorra que la información o la propia foto se pueda filtrar a prensa.

Pero no está seguro de que borrarla por completo sea algo bueno para la investigación.

Posiblemente, ese hombre sea el que tenga retenida a su niña y, si la Policía Judicial no tiene esa prueba en su poder, la causa contra él se vuelve meridiana—. ¿Ves cómo te iban a detener?

—Pero es que es una puta locura, Silvia. —Adrián no quiere que su tono suene a reproche, pero cree que no lo consigue.

—A tomar por culo, entonces. ¿Nos vamos de vuelta al cuartel? —pregunta ella.

—Eso quizá deberías preguntártelo a ti misma —contesta Adrián mirándola fijamente a los ojos a través del espejo retrovisor—. ¿Por qué me estás ayudando?

Ella le corresponde la mirada a intervalos, pero no responde.

Tiene que conducir, y no se quiere estampar.

Ese coche es automático, y no está acostumbrada.

Y, además, es muy grande. Llegan a la calle principal por la zona oeste del pueblo; gira a la izquierda dejando a un lado la Casa de la Cultura, y salen de Logrosán para llegar a la EX-102.

Después del stop pertinente, la brigada acelera a fondo y, cuando alcanza el primer cruce a poco más de un kilómetro, gira a la izquierda tomando una carretera en peor estado que una calzada romana.

A los pocos metros encuentra un camino donde apartarse y aparcar el coche.

Lo apaga y mira hacia atrás. Se encuentra con la mirada fija de Adrián.

—Te ayudo porque puede ser que tengas razón. Los de la UCO son unos máquinas resolviendo casos. Pero no estoy convencida de que lleguen a tiempo de salvar a tu hija.

Adrián asiente. Agradece el sacrificio que está haciendo la brigada.

—¿Y a ti qué te va a pasar si esto no sale bien?

—Da igual si sale bien o no. Posiblemente, yo ya estoy fuera del cuerpo.

—Entonces, bájate del coche ahora mismo. Te quedas aquí, y dices que te he forzado.

Silvia lo mira. Le ha crecido la barba desde el día anterior y, a pesar de las ojeras y del pelo revuelto, es un tío capaz de hacerla vibrar. Siente la tentación de morderse el labio, pero la aplaca comentando:

—Yo, cuando hago algo, lo hago hasta el final. No soy de medias tintas.

—Entonces nos parecemos bastante —apunta Adrián, y así consigue que ella se sonroje levemente—. Ahora vamos a buscar al desgraciado ese de la foto. Mi niña… menos mal que nos dio la pista.

—¿Y cómo coño vamos a encontrarlo? Yo me he mirado toda la base de datos que tengo, y no encuentro a nadie parecido. ¿Y sabes lo peor? —Adrián hace un gesto con la cabeza pidiendo la respuesta—. Que me suena muchísimo la cara.

—¿Quizá del pueblo o de algún pueblo cercano? ¿Alguna trifulca en el pasado?

—Puede ser; es que han sido muchas. Llevo aquí más de veinte años.

—¿Cuántos años tiene más o menos, tú crees? —Adrián se la enseña en su móvil.

Silvia la mira, la escruta, rebusca en su memoria.

—Quizá unos cuarenta, cuarenta y cinco, ¿no?

—Quizá. —Adrián aparta el móvil de la cara de Silvia—. ¿Y dices que has mirado en toda tu base de datos?

—Sí, pero mi base de datos no está conectada a la que puedan tener en la Policía Judicial nuestra, o en la UCO o en la UDEV central de Policía Nacional. Hay algunas fichas que no tienen foto.

Las palabras policía y nacional hacen tilín en el cerebro de Adrián.

—Conozco a alguien que sí puede tener una base de datos más amplia —dice Adrián señalando el móvil. Marca un número, y sonríe a la brigada, quien no le corresponde.