Navalmoral
Tiempo transcurrido desde el secuestro: 21 h 30 min.
Bruno se ha meado encima. No cuenta nada; no sabe nada. Si no confiesa con un perro al borde de morderle la cara, es que no sabe nada. Laura se levanta y se aparta de su lado. Se encara con Dionisio.
—¿Qué vamos a hacer? —pregunta él.
—Vamos a por el siguiente de la lista.
—Navalmoral está a setenta kilómetros.
—No tenemos nada mejor que hacer.
—¿Y el tío de la foto?
—Pues tendremos que confiar en que es uno de esta lista. Porque yo no lo conozco —dice ella.
—Hay al menos diez tíos más en Extremadura. Fíjate en este: está en Zafra, a tomar por saco. ¿Tienes pensado ir puerta por puerta?
—Sí
—Y, si no es de por aquí, y si es de Toledo, o de Salamanca, o de Córdoba…
—Pues los buscaré a todos, uno por uno. Con el Range Rover tardaremos como mucho tres días en llegar a todos ellos.
—¿Y si es de Barcelona o, peor, de Portugal? ¿Y si no está en la lista?
—¡Cállate, Dionisio! ¡Cállate!
Laura suda, y respira más rápido de lo normal. Le tiemblan las manos; le duele la mordida del perro y, para colmo, Dionisio no pone de su parte. Clava una rodilla en el suelo. Se lleva la mano sana al pecho. Late demasiado deprisa. Dionisio le ofrece su mano.
—Vamos, muchacha. Comemos algo, y nos vamos a Navalmoral.
Laura, respira fuerte, tres veces. Se calma. Toma la mano de Dionisio, y se levanta. Cruzan miradas.
—Vamos a atar a este desgraciado —dice ella.
Después de atarlo al escritorio con bridas y de amordazarlo, Laura lo amenaza. Dice que mandarán a alguien, pero que se esté quietecito y no cuente nada. Azuza a Magno, y él abre bien los ojos para expresar que capta el mensaje.
Cuando bajan por la escalera, Dionisio casi se cae, y Laura tiene que ayudarlo.
—Puta escalera… —Laura intenta romper los peldaños para complicar el descenso por la misma, por si Bruno es capaz de soltarse. Pero no lo consigue: son demasiado macizos—.
Si tuviera yo mi marra aquí… —protesta Dionisio—… zaleo la escalera esta de mierda y ese, para bajar, se rompe la pierna o la cabeza.
A Laura no le queda más remedio que sonreír imaginándose a Dionisio con un martillo gigante rompiendo la escalera como si fuera Jack, el de El resplandor.
Salen de la casa; en la puerta Dionisio acaricia la cabeza del dóberman. Laura pasa con mucha cautela: no quiere ni mirar al animal.
—Tu amo no es un buen hombre; la próxima vez que lo veas, le muerdes en los huevos.
El animal lame la mano de Dionisio, y Laura se asombra de las habilidades de su compañero.
Por fortuna, al ser un barrio residencial de las afueras, no es muy transitado.
Son casi las nueve de la mañana, y solo faltan las bolas de plantas secas arrastradas por el viento para parecerse a un pueblo del lejano oeste.
Llegan hasta el coche, y se suben. Dionisio busca, en el navegador, la dirección del siguiente delincuente sexual de la lista.
Laura ha sido la que los ha seleccionado, teniendo en cuenta la cercanía y el delito por el que se les juzgó.
—Cuarenta y cinco minutos —dice Dionisio.
—Andando. Laura pisa el acelerador. Después de un breve callejeo por el pueblo, salen a la autovía del suroeste, la N-V de toda la vida.
La mujer pisa el acelerador más de lo que Dionisio está de acuerdo.
Consiguen llegar a la casa del pederasta en menos de cuarenta minutos.
El barrio donde se encuentra no es nada acogedor.
Se trata de un barrio cercano a un polígono, con aspecto de marginal.
Bloques de hormigón, muy parecidos entre estos, grises, maltrechos por el paso de los años.
Las calles no están lo limpias que deberían estar; los contenedores de basura parecen saqueados, y hay suciedad por doquier.
Hay varios chiquillos jugando en medio de la calle, con varios palos y con botellas de plástico, que no paran de golpear—.
Este coche… no sé si deberíamos dejarlo aquí —dice Laura.
—Yo creo que ya habrán visto más de uno y más de dos de estos coches —contesta Dionisio—. Seguro que aquí hay algún piso hasta los ojos de farlopa. ¿Tienes diez euros?
—No sé, ¿por qué?
—Míralo —. Laura rebusca en su bolso y en su cartera encuentra los diez euros. Se los da a Dionisio, que sale y llama al más grande de los muchachos. Le da el billete y le señala el coche. El niño hace gestos con la mano. Dionisio se abre de brazos y se vuelve al coche—. Dame veinte euros.
—¿Te está chantajeando el crío?
—Tú dámelos, mujer, por favor. —Se los da, y el hombre vuelve a por el niño.
Le da el dinero, y el niño señala hacia arriba, apuntando a un balcón.
Dionisio mira a Laura, y la llama con la mano.
Ella sale del coche, y Magno ladra. Abre la puerta de atrás, y agarra al animal por la correa.
Cierra el coche, y entiende que llevará alarma o algo, aunque no está muy segura.
Se aproxima hasta Dionisio—. El crío dice que cree que conoce al tío que estamos buscando.
—No me fastidies.
—Por lo visto, le dieron una paliza su hermano y a otros cuando volvió después de estar en el talego. —Dionisio señala en la misma dirección en la que lo ha hecho el niño: un balcón que antaño fue blanco, tan desconchado que los barrotes parecen negros—. Vive ahí.
—¿Para eso le has pagado treinta euros al delincuente este?
Laura se fija en el crío, que sigue dándole palos a una botella, como si jugaran al hockey hierba.
—No, se los he dado para que, cuando bajemos, no tengamos las ruedas rajadas.
—¿Y cómo sabes que no nos las van a rajar, aunque le hayas pagado?
—Porque le he dicho que soy amigo de El Pata.
—¿De quién?
—Un camello de aquí. Mala gente. Venga, vamos.
Laura se queda mirando a los muchachos; uno de ellos se lleva la mano a la boca y le hace un gesto obsceno.
Ella siente la tentación de darle una colleja.
Por suerte, una de las botellas con las que juegan llega hasta sus pies.
Le entrega la correa de Magno a Dionisio; coge con la mano mala —que le sigue doliendo horrores— la botella y, con la buena, saca la porra extensible.
La extiende y le da un porrazo a la botella destrozándola.
Los muchachos se quedan con la boca abierta, y ella les sonríe.
—Me cuidáis el coche, ¿vale?
Todos asienten, incluso el más grande, que ha cobrado los treinta euros.
En el fondo, ella siente pena por el hecho de que la violencia sea el método para que esos críos tengan respeto por otras personas.
Pero deja atrás sus juicios morales, y sube hasta el cuarto piso, que es donde supuestamente vive Jerónimo Quinta, condenado por tocamientos obscenos a dos niñas cuatro años atrás.
Ha pasado tres años en la cárcel, y salió hace menos de seis meses.
Laura no sabe si le va a abrir la puerta.
¿Su plan?, hacerse pasar por prostituta que se confunde de piso.
Por ello, unos minutos antes, se ha cambiado de ropa, se ha aplicado el succionador de labios y un buen pegote de carmín.
Dionisio se queda en el descansillo entre el tercer y el cuarto piso mientras Laura llama a la puerta de Jerónimo. Se aprieta el escote, se atusa el pelo y se pone las gafas que llevaba en la cabeza.
—¿¡Quién!? —se oye al otro lado de la puerta.
—Camila —dice Laura usando el apodo de la prostituta hondureña.
—¿Quién coño es Camila? Yo no conozco a ninguna Camila.
—Me has llamado hace una hora, amor. Abre.
Laura se aprieta más las tetas, confiando en que Jerónimo mire por la mirilla.
En efecto, la mirilla se oscurece. A los pocos segundos, se abre la puerta, y Laura pega un patadón que hace que impacte en el cuerpo del pederasta y lo tire al suelo.
Magno, entonces, llega corriendo y se planta encima del hombre.
Laura y Dionisio entran y cierran la puerta todo lo rápido que pueden.
Laura saca el táser, y amenaza a Jerónimo.
—Ni una palabra, o te frío vivo.
El hombre está semidesnudo. Solo lleva unos calzoncillos y una camisa abierta. Es un tipo pequeño, peludo y de complexión delgada. No se afeita desde hace varios días y, por el olor, parece que tampoco se lava demasiado.
—Si habéis venido a pegarme una paliza, hacerlo pronto, y así se me pasa antes.
Laura se queda sorprendida por el comentario.
Lo que ha contado el crío de la calle parece cierto.
Quizá Jerónimo tenga que acostumbrarse a que le den de hostias de ahora en adelante.
Parece que es el precio que tiene que pagar por joder la vida a dos criaturas años atrás.
Laura no sabe si es lo correcto o no, pero sí sabe a qué ha venido.
—¿Dónde está la niña?
Jerónimo no dice nada; solo sigue con la boca abierta, mirando a Magno. Laura hace chisporrotear el táser.
—No sé qué dices.
Le pega uno de sus ya famosos bofetones. Siente asco de entrar en contacto con ese despojo, pero puede ser que le esté cogiendo el gusto a humillarlos.
—La niña que te llevaste ayer de los viñedos.
El pederasta respira cada vez más rápido. Intenta incorporarse, y Magno gruñe. Dionisio le da una orden para que se calme.
—Yo solo he tocado a dos niñas en mi vida, y de eso hace ya cuatro años —explica el hombre—. Acabo de ver la noticia en la tele. ¿Sois picoletos?
Laura y Dionisio se miran.
—¿Qué noticia?
—Pues la de la niña desaparecida en Logrosán. ¿No es eso por lo que me estáis preguntando?
—Claro que sí, ¿ha salido en la tele?
—Hace menos de diez minutos. Nos gusta ver las noticias por la mañana.
—Levántate, y enséñamelo.
Jerónimo se levanta y se encamina dentro de la vivienda. El mal olor aumenta su intensidad a medida que van avanzando. Es lo normal cuando por el suelo hay restos de comida y de bebida, y colillas. Llegan a un salón donde, para sorpresa de Laura, hay una mujer mayor en silla de ruedas.
—Mamá, estos son dos picoletos que se creen que yo me he llevado a la niña de Logrosán.
La anciana los mira y mueve la boca como relamiéndose. Seguramente lleve dentadura postiza y trate de colocársela. No dice nada—. Pero yo no me he llevao a nadie. Mi madre no habla, pero mueve la cabeza. Podéis preguntarle.
Laura se acerca a la mujer. El hedor cada vez es más insoportable. La mujer tiene la cara peinada de arrugas. Apenas tiene pelo y viste de un negro ceremonioso, como si acabara de enterrar a su marido.
—Señora, ¿dónde estuvo su hijo ayer por la mañana?
La mujer mira a Laura y sigue relamiéndose. En efecto la dentadura postiza pelea por quedarse quieta dentro de su boca.
—Hazle una pregunta para que responda sí o no —insiste Jerónimo.
—Señora, ¿su hijo estuvo aquí ayer por la mañana? —La mujer mueve la cabeza arriba y abajo. Laura siente su estómago desestabilizarse—. ¿Salió en algún momento de casa ayer?
La anciana ahora mueve la cabeza de lado a lado.
—Laura, vámonos —dice Dionisio.
—Señora, ¿su hijo la trata bien? —La mujer mueve la cabeza de arriba abajo, y sonríe. Mira a Jerónimo, que le devuelve la sonrisa—. Pídale a su hijo que limpie un poco más la casa.
La anciana vuelve a sonreír mostrando su sucia dentadura. La televisión, que resuena de fondo, capta la atención de Laura. Es el canal 24h de noticias; la presentadora trae una bomba para ella.
Actualizamos la que es noticia de última hora.
Hay una niña desaparecida en Logrosán, población de Cáceres.
Según fuentes de la Guardia Civil, la madre de la niña se encuentra también desaparecida desde la misma mañana que lo hizo su hija.
El padre, que ha dado una rueda de prensa junto a la Guardia Civil, no ha sabido decir dónde se encuentra su mujer.
Se sigue buscando a la niña por los alrededores de unas bodegas donde desapareció, con un gran equipo de voluntarios y con agentes de la Benemérita de toda la comarca.
Además, investigadores de la UCO se han desplazado a la localidad para tomar el mando del operativo policial.
Les ampliaremos la noticia en cuanto tengamos más datos.
La locución de la presentadora ha ido acompañada de imágenes del cuartel de la Guardia Civil de Logrosán y de la rueda de prensa en la que Laura ha visto a Adrián acompañado de un par de guardias civiles.
Laura siente que flaquea. Pero poco después entiende que el hecho de que duden de ella es bueno para la teoría que tiene con su marido y que defenderá hasta la muerte: restar presión al captor, hacer que se confíe al no sentir el aliento de la policía en su nuca.
Laura deja de mirar la televisión; respira, se acerca hasta Magno y le arrebata la correa a Dionisio.
—Tú, vamos con el perro por las habitaciones. —Jerónimo obedece. Lleva a Laura a la habitación donde duerme su madre, abre los armarios y Laura azuza a Magno para que olfatee. El perro quizá esté mareado del olor que reina la casa. No da respuesta alguna.
Ahora van al cuarto de baño, y el perro sigue sin mostrar signos de encontrar nada. Y lo mismo ocurre en el cuarto del pederasta que, ¡cómo no!, tiene un ordenador con una buena pantalla—. Enciéndelo.
—¿Por qué?
—Hazlo. —Jerónimo mueve el ratón; se enciende la pantalla, y se abre una ventana de contraseña—. Vamos, entra.
El hombre no protesta; mete la contraseña y, cuando lo hace, Laura se asusta. Una imagen de un indígena que está cortando la cabeza a otro preside la pantalla.
—Es solo una película gore —indica Jerónimo.
Laura se repugna, y decide abandonar la habitación. Pero, antes de hacerlo, se fija en un armario maletero que hay justo encima de la puerta de entrada.
—¿Qué hay ahí?
—Nada, trastos.
—Ábrelo.
—¿Para qué?
Laura vuelve a azuzar a Magno y a encender el táser.
Jerónimo coge su silla. Laura se aparta.
El hombre abre el maletero y, al hacerlo, una muñeca se cae al suelo.
Es una muñeca antigua, sin ropa y con la cara pintada como si fuera maquillaje.
Jerónimo, entonces, tira otra muñeca. Y otra, y otras dos más. Todas con el mismo aspecto.
—Para —ordena Laura—. Cruza miradas con el hombre, que ha perdido el miedo inicial y parece desafiarla. Laura pasa por encima de las muñecas junto a Magno y sale al salón—. Enséñale al tarado este la foto del supuesto secuestrador y pregúntale. Te espero abajo.
Laura se larga sin despedirse de la mujer. Baja por la escalera tan deprisa que un tropezón podría ser mortal. Ansía salir a la calle. Cuando lo hace, corre hacia el coche y vomita al lado de las ruedas del Range Rover. Al menos no se las han rajado.