La rueda de prensa
Tiempo transcurrido desde el secuestro: 21 h 30 min.
Adrián se despierta en el sofá de la salita de descanso del cuartel. Son las ocho y media de la mañana. Ha dormido a ratos durante poco más de dos horas.
—Buenos días, príncipe —dice Altozano, que sigue allí a su lado.
—Buenos días, ¿tú no duermes?
—Ahora viene el relevo. Los sábados se retrasa un poco. Hoy por ti…
—¿Y la jefa?
—Supongo que en su despacho. Te arropó como si fueras un bebé, y luego no ha vuelto a venir por aquí.
Adrián no se imagina a la brigada arropándolo.
Se incorpora; pone sus codos en las rodillas y la cabeza apoyada sobre las palmas de sus manos.
Se frota los ojos. Se levanta, y se dirige hacia la puerta sin percatarse de que se le ha caído la manta al suelo.
Y sin percatarse de que se le ha olvidado algo.
—Ey, ¿adónde vas?
—Al cuarto de baño: me meo.
—Voy.
Javier se levanta, y lo acompaña al baño.
Espera dentro mientras Adrián se encierra en el retrete.
Tiene la suficiente modorra encima para no acordarse de que tenía un móvil guardado en los calzoncillos y las suficientes ganas de mear para que el aparato, en el caso de que aún estuviera allí, hubiera caído al inodoro de forma irremediable.
Pero se da cuenta de su ausencia cuando ya ha empezado a orinar.
Esto lo sobresalta, y casi se lo hace encima de sus pies.
—¡Coño!
Altozano no es ajeno a la protesta.
—¿Qué pasa? ¿No te la encuentras?
Adrián termina de hacerlo; se recompone y se toca bolsillos y más partes del pantalón.
—Nada, que casi me meo encima.
—Ay, esa próstata…
Altozano no para de hacerse el gracioso y el amigable con Adrián. Siempre ha sido un tipo alegre. No se da cuenta de que el padre es uno de los sospechosos de la desaparición de su hija. Aunque también es la víctima y no debe de estar para bromas.
Cuando salen del baño, los judiciales lo están esperando en el pasillo. Sus caras no son precisamente de buen humor.
—Acompáñenos, señor Trovado —dice Vila, que ha dejado de tutearlo, lo que no pasa desapercibido para el expolicía.
Lo guían hasta la sala que han tomado para las entrevistas. Lo invitan a sentarse, y Virginia pone sobre la mesa una serie de documentos.
—Estas son las órdenes del juez para intervenir su teléfono y el de su mujer. Y sus dos ordenadores. Para los de su mujer, son necesarias; para usted no, si decide colaborar. Pero, como no estamos seguros, las hemos pedido también.
Adrián mira los papeles, y los mira a ellos. Acaba de caer en la cuenta de que su teléfono culebra debe de habérsele caído en el sofá mientras dormía. Aprieta la mandíbula. Y aprieta una mano con fuerza sobre el brazo de la silla en la que está sentado. Mueve el gemelo arriba y abajo, rápido.
—Entonces, ¿ya no me necesitan?
—Vamos a dar una rueda de prensa con usted en media hora. Y después nos vamos a volver a reunir aquí.
—¿Y por qué?
—Porque tenemos un sospechoso.
Adrián tensa más la mandíbula, aprieta más el brazo y mueve más rápido el pie derecho.
—¿De verdad? ¿Quién?
—Todo a su tiempo, señor Trovado —dice Vila.
Adrián teme que la brigada Donaire se haya ido de la lengua. Está casi seguro. Habrán visto la foto; la habrán difundido entre los de su brigada tecnológica, y estarán buscando.
—¿Y la brigada Donaire? —pregunta él.
—En su despacho. ¿Requiere algo de ella?
—No, solo es curiosidad. Por si ella va a aparecer también en la rueda de prensa. Me gustaría poder agradecerle el trabajo que han realizado.
—Podrá hacerlo. Y también a todos los voluntarios que siguen buscando a Luz Marina desde esta mañana a las siete —dice Virginia con retintín.
—¿Cuándo podré ir yo?
—Después, señor Trovado, después.
Ahora acompáñenos al hall. Vila lo toma del brazo y lo lleva por el pasillo, camino a la entrada del cuartel.
Adrián no deja de mirar al teniente. Nota algo extraño en él, y no sabe si eso es bueno o malo.
Pasa por delante del despacho de la brigada Donaire y la encuentra sentada en su silla, frente al ordenador.
Cruza una mirada que dura un segundo, pero que parece ralentizada, como si fuera un vídeo en slow motion.
No sabe descifrar lo que ocurre en su cabeza.
Y no tiene tiempo de procesar sus gestos porque llega a la entrada del cuartel y se encuentra con una algarabía que no esperaba.
Flashes. Decenas de voces que se entremezclan.
Una cámara de televisión. Una mesa con dos micrófonos.
Y varias personas del pueblo. Amigos y no tan amigos.
Entre ellos, Pedro y Lourdes, que lo saludan.
Él les corresponde levantando la mano. Lo que no se esperaba es que estuvieran allí sus padres y, sobre todo, su suegra.
Los tres con las arrugas y con las ojeras aún más marcadas, y con los hombros más caídos de lo habitual.
No tienen pinta de haber pasado una buena noche.
—¿Qué hace aquí mi familia? —pregunta Adrián a Vila acercando mucho su boca al oído del guardia civil.
—Como comprenderás, teníamos que hablar con ellos —responde de forma tranquila—. Y comprobar que tu mujer no estaba en casa de su madre.
—Ahora, por favor, siéntate, y vamos a dar la rueda de prensa —exige Virginia.
Adrián saluda a sus padres con la cabeza y trata de sonreír a su suegra, que tiene pinta de haber llorado bastante.
Se sienta en la silla que le han habilitado.
A su lado izquierdo se sienta Vila y, al derecho, un hombre vestido de traje oscuro y corbata a juego, al que nunca ha visto.
Lleva gafas y tiene la cara fina y pálida como un vampiro al mediodía.
—Buenos días a todos —dice precisamente ese hombre—.
Me llamo Israel Mayor y pertenezco a la Unidad Central Operativa.
Los hemos convocado aquí para exponerles la situación de la niña desaparecida, Luz Marina Martínez Rodríguez, ayer por la mañana, en las bodegas La Torreta, en la localidad vecina de Cañamero.
Me acompañan el padre de la niña, Roberto Martínez, y el agente de la UCO encargado del caso, el teniente Vila.
Adrián está desconcertado. Le han mantenido su nombre falso, por llamarlo así.
El tal Israel Mayor, que es uno de los encargados de comunicación de la Guardia Civil, explica el operativo que se ha montado para la búsqueda de la niña.
Han estado buscando en todos los viñedos, los campos aledaños y en todos los pozos, caseríos abandonados, e incluso en la propia montaña que rodea al pueblo.
Han llevado perros desde la comandancia de Badajoz y están ampliando el radio de búsqueda.
En una pantalla que tienen detrás, aparece la foto de su hija, a lo que se refiere el encargado de prensa y en lo que Adrián no se había fijado.
Al ver a la niña allí reflejada y al grupo de periodistas haciendo fotos y grabando, se lleva la mano al estómago.
Empieza a revolverse y comienza a sudar más de lo habitual. Mayor da paso a Vila.
—Ahora mismo, además del operativo de búsqueda en la que están colaborando todos los ayuntamientos y vecinos de la zona, tenemos varias líneas de investigación abiertas.
Hemos revisado cámaras, preguntado a testigos y estamos pendientes de que las compañías de teléfono nos faciliten los datos para investigar todos los que números que había en la zona a la hora de la desaparición.
También estamos utilizando la aplicación Alertcops para tener todo el terreno controlado y cruzar datos.
—Un periodista con gafas de sol lo interrumpe para preguntarle cuáles son esas vías de investigación abiertas—.
Como usted comprenderá, no podemos dar muchos detalles.
Pero tenemos un testigo que afirma haber visto a alguien rondando por la finca que la familia tiene a las afueras del pueblo…
—Adrián casi entra en parada cardiorrespiratoria.
¿Qué testigo? ¿A quién ha visto? Mira a Vila, que lo ignora porque sigue hablando por el micrófono.
Él se fija en sus labios: están hablando, pero no lo oye.
Mira hacia atrás. La subteniente Virginia tiene sus ojos clavados en él.
Justo por detrás de ella camina la brigada Silvia, que le hace un gesto sutil con su mano.
Está señalando la puerta de salida. Javier Altozano la sigue, y hace el mismo gesto.
Antes de llegar a la puerta, Silvia mira a la madre de Adrián.
Ambas intercambian gestos de afirmación.
Donaire y Altozano salen del cuartel—. Ahora los dejo con Roberto, el padre de Luz Marina.
Les ruego que tengan en consideración su estado actual y muestren respeto.
Una periodista con los labios pintados de un granate excesivo le lanza la primera piedra.
—¿Dónde está su mujer, Roberto?
No cabe duda de que ha hecho bien su trabajo y ha preguntado en el pueblo. Adrián mira a Lourdes y a Pedro. Tampoco tienen pinta de haber dormido mucho.
—La verdad es que no lo sé.
—¿Cree que ha sido ella la que se ha llevado a la niña?
Adrián está en otra galaxia. Está pensando en su hija.
Y en su mujer. Y procesando en segundo término la pregunta de la periodista.
Pero sobre todo está pensando en la brigada Silvia Donaire, en el guardia Javier Altozano y en su madre.
Algo hace clic en su cabeza y vuelve a su estado de consciencia.
—Lo único que tengo que decir es que agradezco a todos los vecinos la colaboración en la búsqueda de mi niña.
Y también a la Guardia Civil, tanto a los agentes locales como a los agentes de la UCO, que tan buena labor están haciendo.
—Adrián mira a Vila, que cierra los ojos, y asiente—.
Y solo quiero pedir a la persona que se ha llevado a mi hija que nos la devuelva.
Que no nos importa quién es ni qué ha hecho.
Con tal de que nos la devuelva, nosotros no interpondremos ninguna denuncia.
Solo la queremos de vuelta en casa sana y salva.
Gracias. —Adrián se levanta y se dirige hacia su madre.
La abraza, y ella se echa a llorar. Su padre también se une al abrazo—.
Lo siento, mamá, no te quería preocupar. —Adrián también llora.
—Me voy a desmayar, y tú me vas a sacar de aquí y me vas a meter en el coche de la Guardia Civil que espera en la puerta. Haz lo imposible por meterte en ese coche —le susurra la madre al oído.
Madre e hijo se miran por un segundo. Y ella rompe esa mirada con un nuevo llanto. Se acercan Lourdes y Pedro, que también lo abrazan como pueden porque su madre no se despega de él.
—Roberto, tío —dice Pedro—. Nos vamos ahora mismo a seguir buscando.
—Roberto, cariño… —Lourdes lo agarra de la cara y le da un beso en la mejilla. En los ojos de la mujer también hay lágrimas—. ¿Dónde está Marta? No me coge el teléfono. He hablado con todas las madres de clase: están abatidas. Sobre todo, Lola.
Adrián abre los ojos ante la información que le acaba de contar su amiga.
—¿Qué sabes de Lola? —pregunta él.
—Que está destrozada. Oliver no para de llorar.
Otras dos personas más del pueblo se acercan a estrecharle la mano y a darle ánimos.
Lourdes se ve obligada a separarse y le lanza un beso con los ojos vidriosos.
La periodista de los labios granate intenta hacerse un hueco y le vuelve a preguntar por su mujer.
Él la ignora, y se fija en Vila y en Virginia: observan todo desde una corta distancia.
La madre de Laura se interpone, y la mira fijamente.
—Señora…
—¿Dónde están mi hija y mi nieta? ¿Te las has llevado tú?
Adrián echa la cabeza hacia un lado y abre la boca. Quiere pedirle explicaciones. Lo afectan las palabras de su suegra. Sobre todo, porque ella sabe todo lo que han vivido juntos y lo que han tenido que pasar.
—¿Cómo puede usted dudar de mí después de todo?
— ¿… de todo lo que ha hecho por su hija? ¿Está usted loca? —chilla su madre. Y aprovecha para pegarse más fuerte al pecho de su hijo y para aumentar el volumen de su llanto. Empieza a convulsionar—. Me ahogo —dice.
Hay una marabunta de gente alrededor.
—¡Joder, apartaos todos! —grita Adrián.
Siente cómo su madre pierde fuerza en las piernas. A pesar de las palabras que le ha dicho, se preocupa.
—Me ahogo: sácame de aquí.
—Por favor, hijo, sácala —pide su padre.
Adrián la toma en volandas: pesa más de lo que esperaba, pero consigue cogerla bien y sacarla a la calle. Allí se encuentra con Silvia y con Javier, que fuma.
—Por favor, le pasa algo; llévenla al centro de salud.
Javier tira el cigarro, y abre la puerta trasera del coche. La brigada se monta en el asiento del conductor. Adrián mete a su madre en el asiento de atrás. Allí no los ve nadie.
—Súbete como sea —exige su madre.
—Cierra la puerta, y sube —dice Silvia.
Le cuesta procesar la información. No lo entiende, pero obedece. Al fin y al cabo, es su madre. Se sube y cierra la puerta. Entonces, la subteniente Virginia se pone al lado del patrulla mirando fijamente a la brigada.
—Mi subteniente, Altozano y yo lo custodiamos. No se preocupe —se anticipa Silvia—. La madre parece realmente mal.
Virginia husmea en el asiento de atrás, y Adrián tiene la cara desencajada. Su madre tiene los ojos cerrados. Vila es testigo de todo, pero no participa. Finalmente, la subteniente transige:
—Me lo traen de vuelta lo antes posible.
—Sí, mi subteniente.
La marabunta alrededor del coche persiste.
Periodistas, amigos y curiosos. Todos desconcertados, encogiéndose de hombros, llevándose las manos a la cabeza.
Donaire arranca, y da marcha atrás con cuidado.
Gira el volante de forma brusca y desestabiliza a Adrián dentro del coche, lo cual hace que se golpee con la ventana.
—¿Adónde coño vas tan deprisa? —protesta.
—Vamos a encontrar al que se ha llevado a tu hija. Al tipo de la foto.