Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Bruno Tévez
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Bruno Tévez

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 21 h.

Laura duerme. Está soñando con que alguien la besa. Abre los ojos y se da cuenta de que la humedad que siente en su boca es real. Pero la lengua no es humana, sino canina.

—Ay, Magno, ¡qué asco! —protesta.

Se incorpora y se vuelve a caer. No es que le duela la cabeza. Es que parece que le han puesto dos tornillos en cada lado de la sien y se los han apretado hasta el final, como si fuera Frankestein. Se toca la nuca. Es donde más le duele. Tiene un buen bulto.

—Buenos días —dice Dionisio.

Laura, poco a poco, se va dando cuenta de dónde está: sigue en la buhardilla de Bruno Tévez. No ha sido una pesadilla. La pesadilla es lo que está viviendo al despertar. Está tumbada sobre unos cojines. No solo le duele la cabeza, sino también el cuerpo.

—¿Qué coño pasa? —pregunta.

—Aquí el angelito —dice Dionisio señalando a Bruno, fuera del campo de visión de Laura—. Parece que te atizó una buena hostia. Y encima te chutó con la pistola eléctrica.

—¿Qué angelito? —dice Laura sorprendida.

—Date la vuelta. —Laura, con gran trabajo, se gira sobre sí misma.

El frío del suelo la molesta, pero necesita verlo.

Cuando lo hace, se le abren los ojos completamente, e intenta levantarse de golpe.

Solo consigue volverse a caer, mareada. Bruno Tévez, pederasta, pedófilo, agresor, está sentado en el suelo, amordazado y atado con bridas.

Tiene los ojos cerrados y la parte izquierda de su cuerpo apoyada en la pared.

Laura mira a Dionisio, que asiente—. No es complicado con las bridas. Es un buen invento.

—Pero ¿cómo?

—Aquí tu amigo, el que te da asco —dice Dionisio con retintín—. Subió las escaleras que parecía un bombero recién aprobadas las oposiciones. Yo no logré verlo, pero escuché dos chisporroteos de la pistolita.

—¿Del táser?

—Eso —confirma Dionisio—. El primero debió de ser el que te dejó grogui. Con el segundo debió de intentar hacer lo mismo con Magno. Pero creo que este coleguita consiguió morderle el brazo antes, igual que a ti el de abajo.

Laura se palpa el brazo. Duele mucho, pero está vendado. Dionisio la mira y sonríe.

—Cuando conseguí subir por la maldita escalera esa, Magno lo tenía mordido por el cuello, pero por aquí —Dionisio se señala el lateral del cuello—. El desgraciado gritaba y pataleaba suplicando ayuda, como el cobarde que es. Le he tenido que atizar con tu porra… lo siento.

—Dionisio…—Dice Laura arrastrando la o del final.

—Es que no me fiaba. Era eso, o chutarlo con la pistolita eléctrica.

—El táser.

—Que sí. Tú ya sabes. Se dejó atar como un colegial obediente.

Pero mira que me jode: creo que se puso hasta cachondo cuando le amordacé la boca.

—Laura mira a Bruno, y le llegan las mismas sensaciones que cuando estaba vomitando en su cuarto de baño.

Recuerda lo que vio en las pantallas reproduciendo vídeos por cuadruplicado.

Ahora están apagadas. Mira a Dionisio—. Solo he quitado el cable de las televisiones.

No podía ni mirar. No quiero tocar nada más que, cuando los picoletos registren aquí, no tiene que haber huellas nuestras.

—Dionisio —dice Laura, que acaba de recordar el verdadero motivo de que se encuentre allí—. ¿Mi hija?

El hombre arruga el gesto. Mira al suelo y se lleva la mano a la cara. Niega con la cabeza.

—Antes de amordazarlo, le di un par de hostias más. Pero insiste en que no sabe de qué le estoy hablando. Me suplicó que dejara de pegarle y que mirara toda la casa. Que aquí no hay ninguna niña secuestrada.

Laura deja caer la cabeza sobre uno de los cojines que más cerca tiene.

Tanta energía desperdiciada… Tanto dolor…

. físico y anímico… Se echa a llorar. Dionisio le toca la cabeza.

Aunque es mayor que su hija, que ha cumplido ya los veinticinco años, Laura podría pasar por su primogénita.

La recuerda feliz, corriendo por la pequeña huerta que tenían.

Y espera de todo corazón que siga así, que sea lo opuesto a esa mujer que yace en la casa de un pedófilo, rota por dentro y por fuera.

—¿Qué voy a hacer ahora? —pregunta Laura entre sollozos.

—¡Dirás: «¿Qué vamos a hacer ahora?»! —responde Dionisio.

Laura levanta los ojos sin mover la cabeza. Se encuentra con la cara del hombre, que está de cuclillas a su lado. Por primera vez lo mira con cariño. Siente que ha tenido suerte de encontrarlo. Y, sobre todo, se siente protegida, e incluso querida.

—Vamos a ir a la Guardia Civil, a denunciar a este desgraciado y a confesarlo todo.

—Creo que antes deberías mirar tu teléfono móvil. —Dionisio le entrega el móvil—. Te ha vibrado un par de veces, poco después de haberte quedado inconsciente.

Laura lo coge. Lo desbloquea y mira los mensajes: son de su marido.

Al abrirlos, se incorpora súbitamente. Es como si el dolor de cabeza y corporal se le hubieran esfumado por la adrenalina que le ha subido al leer los mensajes.

Mira a Dionisio con los ojos vidriosos. Él sonríe, y le ofrece una mano para levantarse.

Tira de esta, y se levantan los dos a la vez.

Laura sigue mareada. Se sujeta al hombre.

Él la agarra por la cintura y vuelve a ponerle la mano en la cabeza, esta vez para que la apoye en su pecho.

—Gracias —dice ella con la voz rota. Él la acaricia.

Entonces, escuchan un gruñido. Es de Magno, que detecta que Bruno se está moviendo.

Al parecer, estaba dormido y se está despertando.

Laura se da la vuelta y se dirige hacia él.

Pregunta a Dionisio por el táser, y él se lo entrega.

Se agacha para ponerse de cuclillas a su lado.

Se toca la nuca y vuelve a palparse el chichón enorme que tiene a consecuencia del golpe que le ha propinado.

Bruno abre los ojos del todo. Se encuentra de frente con los de Laura.

Se asusta, y se mueve hacia atrás—. Ahora te voy a quitar la mordaza, y vamos a hablar tú y yo.

—Laura mira a Dionisio y le hace un gesto con la mano, pidiéndole algo.

El hombre no entiende; ella abre la boca, resignada.

Hace el gesto de golpear algo con una mano.

Dionisio entiende y busca a su alrededor.

Encuentra la porra encima del escritorio.

La coge, se la entrega, y ella la empuña.

Está plegada. Se gira, y mira hacia el pederasta.

Hace un gesto seco con la mano y la estira; el ruido metálico característico asusta a Bruno, que pestañea y se echa hacia atrás.

Laura se acerca a él y le pone la mano en el pañuelo que Dionisio ha usado de mordaza.

Se fija en que es el propio pañuelo que ella usaba para taparse la cara; mira a Dionisio pidiendo explicaciones.

Él se encoge de hombros—. Como grites, te parto la porra en la cabeza —amenaza Laura—. ¿Entendido?

Él pestañea, y mueve la cabeza hacia abajo.

El pañuelo está realmente bien atado: le cuesta mucho bajarlo.

Bruno protesta. Ella tira fuerte, pero no consigue quitárselo, y solo consigue que se queje más fuerte.

Laura mira a Dionisio, que ya se ha percatado de la situación y acude con una navaja.

En cuanto Bruno ve el filo, se asusta e intenta gritar, apartándose de forma torpe.

—Estate quieto, hombre, que no te voy a cortar nada. Al menos, nada que tengas en la cara.

Dionisio señala con la navaja la entrepierna del pedófilo. Corta el pañuelo, y Bruno tose. Se aclara la garganta y no se le ocurre otra cosa que soltar una amenaza.

—Os voy a denuncia…

¡Zas!

Un bofetón le cruza la cara poco antes de que haya terminado de pronunciar la a. Y el bofetón, a su vez, le dibuja una o en la boca. «¡Cómo se atreve esta perra a darme un bofetón así!», piensa él.

—Al siguiente comentario parecido, te estampo este en la nariz. —Laura le enseña su puño cerrado.

Bruno se da cuenta de que es mejor no tentar a la suerte: son dos contra él. Y, para colmo, está atado de pies y manos.

—¿Qué vais a hacer conmigo?

—Pues todavía no lo sé, pero lo que ha dicho mi amigo sobre cortar partes de tu cuerpo que no están en la cara no es mala idea.

—No puedes hacer eso. Yo no he hecho nada.

—No, claro. Que esos niños y niñas que ves ahí en las pantallas están hechos por diseño gráfico.

—Yo solo lo veo: no puedo evitarlo. No lo grabo ni trato con esos niños. Ni tampoco lo difundo. Me limito a mirar. Solo a mirar.

El hombre empieza a sollozar. Podría dar cierta pena si se analizara el problema desde fuera.

Desde una perspectiva médica. La pedofilia no es lo mismo que la pederastia.

Por muy aberrante que sea, que a un adulto lo exciten los menores de edad no es delito.

El problema es que, para que haya pedófilos, alguien tiene que conseguir ese material pornográfico infantil.

Y esto ya sí que, además de aberrante, es delito.

Por no hablar de que Bruno Tévez no es solo un pedófilo: él ya cruzó el umbral hace diez años.

Lo que ocurre es que, posiblemente, ese tiempo en la cárcel y el rechazo que debió de haber sufrido en su entorno lo han alertado lo suficiente para tomarse en serio lo de no agredir a más niños de forma física.

¿Para qué? ¿Para qué arriesgarse si alguien puede hacerlo por él y verlo en una pantalla de ordenador?

—No solo eres una basura humana, sino que eres un cobarde —dice Laura—.

¿Qué pasa?, ¿en la cárcel te dieron la misma medicina que les diste a esos dos hermanos?

Eso ya no te gustó tanto, ¿eh? Y ahora, para no tener que volver al talego, te conformas con ver esa mierda en el ordenador.

¿Ya no hay huevos para salir a la calle a cazar? Maldito cobarde…

—¡Tú estás loca, loca! —Bruno grita.

¿Consecuencia? Otro bofetón bien fuerte hacia el otro lado.

—Te lo advertí.

Bruno se lame el labio. Saborea su propia sangre. Ha sido más fuerte que el anterior. Le ha hecho una pequeña herida.

—¿Qué quieres?, a ver, ¿qué quieres?

—¿Dónde está?

—¿Quién?

—La niña que te llevaste ayer.

—¿Qué?

—Lo sabes bien: ayer te llevaste una niña en una excursión escolar. ¿Dónde está?

—Yo no he salido de casa en cuatro días. Ya se lo he dicho a tu amigo.

Laura enciende el táser. A través de la luz azul, puede ver el rostro de miedo de Bruno. Se lo coloca cerca de los huevos, igual que con Dionisio.

—No te lo voy a preguntar más. ¿Dónde está la niña?

—Que yo no he salido de casa desde el lunes, te lo juro, ¡joder! Que apenas salgo.

Laura apaga el táser. Le enseña la foto en la pantalla del móvil.

—¿Entonces quién es este?

Bruno lo mira, arruga la boca, gira un poco la cabeza examinando la foto.

—No sé. ¿Quién es?

—¿No eres tú?

—Pero ¿cómo voy a ser yo? ¿No ves que yo soy rubio y ese es moreno?

—Te puedes haber teñido.

—No sé —titubea—. Aquí no hay tintes: mira en la basura.

—No te pases de listo —amenaza Laura—. ¿Entonces no sabes quién es?

—Si supiera quién es, te juro que lo diría. Yo no tengo a nadie ya que me importe: solo mi madre.

Laura mira a Dionisio, que hace una mueca de complacencia. Mira a Magno, que tiene las orejas hacia arriba y está jadeando.

—Magno, ven.

El perro ladra, y se acerca adonde están. Ella, ¿quién lo diría?, le acaricia el lomo. Lo coge del collar, y se lo acerca a la cara de Bruno.

—Dioni, ¿tienes algo de comida encima?

—¿Cómo?

Laura lo mira: no quiere repetir la pregunta.

Dionisio entiende que no servirá negarse.

Se rebusca en los bolsillos y, dentro de un plástico, tiene una loncha de panceta ahumada.

Seguramente, es lo que le ha dado al dóberman de abajo.

Laura la coge, y se la pasa por la cara a Bruno, que no entiende qué está pasando.

Acto seguido, se la da a Magno, que la engulle en un segundo.

Entonces, le agarra fuerte del collar y se lo azuza al pedófilo.

—¡Magno! —grita.

El perro ladra tan cerca del oído de los dos que les duele.

—¿Qué vas a hacer? ¡Por favor!

—O me dices dónde está la niña o quién es el de la foto, o ahora mismo Magno te come la cara.

¿Verdad, Magno? —El animal no ladra: solo tiene la lengua fuera y mira hacia la mano de Laura.

Ella se da cuenta, y vuelve a pasársela por la cara a Bruno.

Le agarra los mofletes y se los aprieta como una abuela aprieta los carrillos de sus nietos—.

¡Magno! —grita—. Entonces, el animal sí ladra, y ella le tira del collar para acercarlo más a Bruno—.

Es tu última oportunidad. O me dices dónde está la niña, o te come la cara.

—Te juro por mi madre que no sé nada de una niña, que yo solo consumo porno —gimotea Bruno.

—Oye… —dice Dionisio, a la espalda—. Ya está.

Laura lo ignora; agarra a Magno del collar. Mira a los ojos a Bruno. Y se acuerda de su hija.