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La foto

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 18 h

Adrián camina, nervioso, de un lado a otro del despacho de Silvia.

—¿Seguro que no lo conoces? —pregunta ella.

—Segurísimo —responde Adrián—. Además, no se ve bien.

—Pero, si lo conocieras ¿podría recordarte la foto a esa persona?

—Pues no lo conozco, por desgracia.

—Tengo que entregarlo a los de la UCO.

—Pero, si lo haces, vas a admitir que has cometido una irregularidad.

—Asumiré las consecuencias. Espero que, al ver la cantidad de trabajo que les he ahorrado, sepan entenderlo y no me reporten.

—No, por favor.

—Tengo que hacerlo. En unas horas vendrán y, después, los de la científica. Lo van a averiguar tarde o temprano.

—Pues precisamente por eso: que tarden en hacerlo —pide Adrián.

—Pero ¿cuál es el problema?

—Que, como se filtre a prensa (que lo hará), el secuestrador se carga a mi hija y se esfuma. Por esto toda esta mierda —confiesa con rabia Adrián—. Por eso tantas pegas para colaborar, tanto tocar los cojones.

Silvia se queda callada. No sale de su asombro. Lo que dice el expolicía puede estar cargado de razón. Ella no es experta en secuestros y asesinatos, pero le encuentra la lógica.

—¿Por qué dices eso? ¿Por qué crees que pueden deshacerse de la niña?

Adrián se sienta en la silla de nuevo. La mira fijamente. Está decidido a manipularla del todo. Piensa en su mujer, y sabe que estaría de acuerdo. Acerca su mano a la de Silvia, pero ella la retira.

—Silvia… —Usa su nombre a conciencia—. Lamento haberte mentido respecto de lo de mi identidad.

Ella mueve los labios. No puede aguantarle la mirada. Se siente vulnerable ante ese hombre, y una mujer en su posición no debería sentirse así.

—Está bien…

—No, no está bien. —Adrián, entonces, le cuenta una parte de su vida que ella desconoce.

Todo lo que les ha contado a Vila y Virginia, y también lo que no les ha contado, aunque ellos ya lo habían deducido: Roberta Marto.

Sus investigaciones para que Laura escribiera los libros.

Sus continuos estudios sobre criminología, sobre pederastia, sobre la mente criminal—. Por eso me estoy comportando así.

—¿Dónde está tu mujer, Adrián? —pregunta ella; le brillan los ojos y tiene el vello erizado por la confesión.

Adrián baja la mirada; se acaba de desnudar —metafóricamente, y no literalmente como cuando le enseñó la cicatriz de la pierna— delante de esa mujer y ella le pregunta por Laura.

—Silvia —ruega Adrián—, si los de la UCO descubren lo de la foto y se filtra a prensa, no vuelvo a ver a mi hija. Cuando lo averigüen, les voy a suplicar lo mismo que a ti. Pero, a lo mejor, es lo suficientemente tarde como para que encuentren a la niña.

—Pero no se va a filtrar; ya te habrán dicho que lo de la Alerta Menor Desaparecido es algo distinto.

—Cuando trabajé en la UDYCO, me enteré de un caso similar: una menor desaparecida. Los padres facilitaron la foto y sus posibles sospechas sobre el conserje de su edificio. La niña apareció muerta un mes después. Y no se activó la Alerta Menor Desaparecido.

—¿Cómo estás tan seguro de que fue por eso? ¿Se filtró la foto a prensa?

—A Redes Sociales, y la prensa se hizo eco.

—¿Y cómo estás seguro de que fue por eso? Causalidad no implica correlación.

—El conserje fue detenido un año después…

—¿Y fue declarado culpable?

—No hallaron pruebas concluyentes.

Silvia calla por un momento y lo interroga solo con la mirada. No quiere seguir por ahí, porque Adrián está enrocado. Lo mira, se miran.

—¿Cómo van a encontrar a la niña si no investigan la imagen del principal sospechoso?

—Pues…

Adrián, por un lado, quiere contarle todo. Quizá a estas alturas sea lo mejor. Quizá puedan contrastar esa foto con las de los delincuentes sexuales que tienen fichados y dar con la persona.

—¿Y por qué no lo investigamos tú y yo? —sugiere Adrián, que venía mascullando la idea y que ha encontrado el momento de soltarla.

Silvia abre la boca; quiere decir algo. ¿Realmente le está proponiendo lo que le está proponiendo?

—. Te me coges a Altozano o a Nicolás, y nos pateamos la comarca o la provincia en busca del tipo. Alguien tiene que conocerlo.

Silvia quiere hablar. Pero no se atreve. Por un lado, le entran ganas de meterlo en el calabozo. Por otro lado, tiene una duda que se le ha instalado en la boca del estómago.

—¿Estás loco? —dice al fin.

Adrián resopla. No sabe si seguir insistiendo.

—Sí, es una locura, pero podría funcionar. ¿Crees que los de la UCO lo harían o se centrarán en investigarme a mí primero?

—Claro que van a investigar al tipo de la foto.

—Y a mí también.

—Normal.

—El móvil, si quieres, puedes mirarlo tú. Te lo desbloqueo de nuevo.

Silvia calla; definitivamente, el tipo está mal de la cabeza. Se levanta y guarda las dos evidencias en una cajonera con llave.

—Solo dame unas horas, por favor. Se lo contamos después de la rueda de prensa —suplica por última vez.

Silvia lo piensa. Ve a Adrián derrumbarse. Piensa que está cometiendo una nueva idiotez. Pero la mirada del expolicía la convence.

—En cuanto termine la rueda de prensa.

—Gracias, gracias —dice Adrián, que alarga de nuevo la mano y, esta vez sí, toma las de Silvia, quien se las deja estrechar—. Y piénsate lo de nuestra pequeña investigación privada.

No le gusta que le agrade el tacto de las manos de ese hombre. Tiene que encontrar la vía para apartar esas sensaciones de su mente. Y de su cuerpo. ¿Irse los dos a investigar por su cuenta? Eso sí que le puede costar el puesto. Ni loca se arriesga por un impulso.

—Ahora vete a dormir. Al menos faltan tres horas para que vengan los de la UCO.

—¿Y qué les vas a decir cuando vean el reloj de Luzma?

—Que quería que estuviera aquí para cuando vinieran los de la Tecnológica y no tener que solicitarlo a Cañamero.

—Chica lista —la halaga Adrián, guiñándole un ojo.

—Vete a dormir.

Adrián se levanta, y Silvia lo acompaña a la sala de descanso.

—A ver si se puede volver a dormir este hombre —Silvia le pide a Javier que cuide de él. Y, antes de irse, mira de nuevo al expolicía, que le corresponde la mirada y consigue turbarla un poco más, si cabe.

Silvia retorna a su despacho. No ha querido decírselo a Adrián, pero el hombre de la foto le suena.

No sabe de dónde, pero le suena. No lo ha querido contar porque teme que su reacción sea la de salir corriendo con escopetas a buscarlo.

Si la propuesta que le ha hecho ya es descabellada, se hubiera puesto inaguantable al haber descubierto este detalle.

Ella sabe que tiene que entregar la información a la UCO y, realmente, está dispuesta a asumir las consecuencias de la irregularidad.

Pero Adrián le ha metido una oruga que ya tenía ella rumiando: retrasar esa información puede otorgarle a ella más tiempo para investigar por su cuenta.

Se pone a buscar en las fichas a las que tiene acceso en su ordenador.

Esa cara borrosa que sale en la foto la ha visto ella antes.

El problema es encontrar cuándo y dónde.

Porque lleva más de veinte años de Guardia Civil y más de quince en el pueblo y la comarca.

Lo que no sabe Silvia es que Adrián también se ha guardado un as en la manga.

Concretamente en la manga de su correo electrónico.

Ha simulado que miraba la foto del tipo una y otra vez, y se ha mandado un email a sí mismo con el archivo de la foto adjunto.

Ahora, envuelto bajo la manta que el guardia Altozano le ha prestado, saca el móvil que tiene en los calzoncillos y se lo manda a dos personas: a su mujer por mensaje y a su antiguo inspector jefe por correo electrónico.

A Laura le explica que es la foto que su niña hizo antes de que le arrancaran la pulsera.

Que espera que pueda encontrarlo. A su inspector le pide que busque entre los delincuentes sexuales que tiene fichados en la zona de Cáceres, alguien que se parezca a esa persona.

Le suplica que se comunique con él por e-mail y que no diga nada.

Se lo pide por Luzma, en un evidente chantaje emocional.

Una vez hecho esto, se relaja. Tanto que se le olvida guardarse el teléfono en los eslips.

Lo pone en modo avión y lo aprieta con sus manos.

No necesita revisar la foto que Luzma ha hecho a su agresor.

La tiene metida en el cerebro e intenta buscar en su memoria si conoce a alguien parecido. Poco a poco se va quedando dormido.