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La casa de Bruno

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 18 h.

Laura se ve sorprendida por el ataque del animal y se lleva, corriendo, una mano al bolsillo donde tiene el táser.

Pero, cuando lo saca, el perro le muerde ese brazo, y el dolor hace que casi se caiga al suelo.

Le duele como si le hubieran clavado cinco navajas en el antebrazo y las estuvieran moviendo, todas juntas, de lado a lado.

Grita.

No sabe qué hacer. Se ha preparado más de diez años para pelear contra personas, pero no contra un animal. Si tuviera el táser, le pegaría un chute al perro para dejarlo sin conocimiento. O, si tuviera el gas pimienta, se lo rociaría en la cara.

Grita.

Pugna con el perro por no caer al suelo; sabe que eso podría ser su fin.

Si el animal logra alcanzarle el cuello, estaría perdida.

Y no puede permitírselo. Con la mano libre, busca en un bolsillo lateral del pantalón y encuentra lo que buscaba.

Despliega la porra extensible y golpea al perro de mala manera; solo acierta a golpearlo en el lomo.

El animal, lejos de soltarse, parece apretar con más fuerza.

Grita.

No le queda otro remedio que golpear al animal en su cabeza.

Le atiza un porrazo en el ojo. Le propina un segundo golpe.

Entonces, sí, afloja la mordida, y Laura puede escapar.

Pero el peligro todavía no ha terminado.

El perro, que parece un dóberman, se apoya sobre sus patas traseras en actitud de ataque.

No ladra, solo gruñe. El dolor sigue copando los sentidos de la mujer.

No puede mover el brazo izquierdo. Es como si se le hubiera dormido.

Laura levanta la porra en alto por si al animal se le ocurre volver a atacar.

En su mente recuerda los entrenamientos con Adrián, los patrones de defensa con bastón.

Debe sacarlos a la luz en ese momento, porque podrían salvar su vida.

Cuando parece que el perro va a atacar, se abre la puerta de la casa.

Laura se teme lo peor. Bruno Tévez se puede haber despertado y, si tiene un perro como ese protegiéndolo, es posible que tenga algo peor, dentro de la casa, para defenderse.

Pero a Laura se le saltan las lágrimas, y no de dolor, sino de alivio cuando ve a Magno pegar un brinco y plantarse delante del dóberman.

Magno sí ladra y lo acompaña Dionisio, que grita un par de palabras, en tono autoritario, en algún idioma que Laura desconoce.

El dóberman recula un poco ante la amenaza de Magno y de las palabras de Dionisio, que vuelve a comunicarse con el perro.

«¡Bleib!». El dóberman abandona su actitud desafiante.

Dionisio se acerca más al animal, dejando a Magno a un lado. Lleva algo en la mano.

—Dionisio, no —pide Laura, nerviosísima.

Pero Dionisio la ignora y le ofrece algo de comer al dóberman, que lo toma y lo engulle en un segundo. El hombre se atreve a acariciar la cabeza de la bestia.

—Buen chico —dice y señala a Laura—. Esa es mi amiga.

No has sido bueno con ella. —El perro emite un leve gruñido, como si de verdad entendiera que se ha portado mal—.

No pasa nada, no la conocías. —Dionisio sigue acariciando al animal ante la atenta mirada de Magno, que parece tener envidia porque a él no la ha tocado nada de comida.

Laura intenta calmarse, pero le pincha el brazo como si un diente del perro se hubiera quedado dentro.

Se lo mira, se quita la cazadora y ve las seis o siete dentelladas que le ha dejado el dóberman de regalo.

Sangra superficialmente—. Has tenido suerte —asegura Dionisio.

—¿Suerte?

—Podría haberte desgarrado todo el antebrazo o… podría haberte atacado en el cuello directamente.

Laura resopla. Entonces, entra en pánico. Se ilumina el porche de la casa de al lado. Con el escándalo se habrán despertado los vecinos.

—¿Y Bruno? —susurra Laura.

—Ahí dentro no hay nadie.

—¿Cómo? ¿Has mirado bien?

—He mirado abajo y subido arriba, y no he visto a nadie, pero me he bajado corriendo cuando te he escuchado por el teléfono.

—Vamos a mirar de nuevo.

—Entra tú; yo me tengo que quedar aquí con estos dos: este perro sigue alterado —dice mientras acaricia al dóberman.

—¿Y los vecinos?

—Ya me invento algo; entra y busca un botiquín para curarte eso.

—Toma la porra por si la necesitas. —Laura se la enseña, y entonces el dóberman gruñe y vuelve a tensarse.

—No, no, guárdala.

Laura entiende que el animal puede sentirse amenazado por el arma con la que lo ha golpeado.

Dionisio se baja la braga de la cara. Sería bastante sospechoso que un vecino lo viera ocultándose de esa forma.

Ella no sabe qué excusa pondrá, pero no tiene tiempo de pararse a pensarlo.

Si los vecinos deciden llamar a la policía, tiene que cerciorarse de que en esa casa no está Bruno Tévez.

Pero, sobre todo, tiene que saber si está su hija.

Entra y usa la linterna de su móvil para iluminar la estancia.

En el porche escucha a alguien hablando: debe de ser Dionisio y el vecino que ha salido a cotillear.

La casa está en un perfecto orden. Hay un salón alargado, con un sofá chaise longue blanco.

Curiosamente, no hay ninguna televisión en el hueco donde debería haberla.

La decoración es minimalista, con sillas de diseño y con figuras decorativas abstractas.

También hay cuadros de pinturas modernistas.

Está pintado en un tono claro próximo al blanco, como si la persona que allí habita tuviera la necesidad de vivir en un ambiente luminoso.

Laura accede a la cocina que se encuentra a la derecha.

Enciende la luz. Está tan limpia que se podría cocinar sobre la encimera en lugar de sobre los hornillos, cubiertos por una tapa metálica.

Hay una puerta que parece el acceso a la despensa.

Se pone muy nerviosa. Puede ser un buen lugar para esconder a alguien.

Guarda su porra y coge el táser con la mano que le queda sana.

Vuelve a mirarse la herida; la luz blanca del fluorescente de la cocina la hace ver más grave de lo que inicialmente ha creído. Y le duele… le duele horrores.

A pesar de ello, usa la mano mala para abrir la puerta de la despensa. La abre de golpe: allí solo hay utensilios de limpieza y alguna que otra lata de conservas en una pequeña estantería metálica de color gris.

Sale de allí e inspecciona un pequeño aseo que hay en la planta baja; revisa el patio por el que ha accedido Dionisio, en el que tampoco encuentra nada sospechoso.

Sube a la segunda planta por una escalera de madera, también blanca.

Arriba se encuentra con tres puertas; dos tienen pinta de ser dormitorios y una tercera parece otro cuarto de baño.

Sería extraño que el tal Bruno tuviera allí retenida a su hija, pero necesita cerciorarse.

Quizá tenga otra guarida lejos de allí, preparada para sus perversiones.

Entra en la primera habitación. Es la típica de matrimonio, con una cama grande.

Pero solo hay una mesilla. Está igual de impoluta que el resto de la casa y también pintada en blanco.

Examina los bajos de la cama, pero se da cuenta de la tontería que eso supone y se levanta después de comprobar que ahí no hay nada ni nadie.

Busca también en los armarios, sin encontrar lo que tanto anhela.

Hace lo mismo en la otra habitación, que parece la típica de invitados.

Y finalmente en el cuarto de baño. Se arrodilla en mitad del pasillo, justo al lado de la escalera, con una angustia que la tiene sin resuello.

Quiere llorar, pero no puede. No debe. Debe pasar al siguiente de la lista; aunque esté lejos, se recorrerá no solo Extremadura, sino España entera, y allanará las casas que sean necesarias con tal de encontrar a Luzma.

Saben bien que tiene que estar con alguno de esos depravados.

Es muy complicado que la primera acción de un pederasta sea llevarse al niño o niña que decide agredir.

Lo más habitual es que trate de abusar de ellos en el mismo lugar en que los encuentra.

O a pocos metros. Es casi seguro que alguien que asume el riesgo de llevarse a su víctima por la fuerza ya haya delinquido y esté fichado.

Casi seguro. Porque también hay otra posibilidad: que ya haya abusado de niños o niñas y no lo hayan capturado aún.

Cuando Laura llega a esta dramática conclusión, se le revuelve el estómago y siente, de nuevo, ganas de vomitar. Corre al cuarto de baño, y vacía la cena que Dionisio ha tenido a bien prepararle. Adiós jamón del bueno por el inodoro de un pederasta.

Cuando se le agotan las arcadas, escucha algo.

Cree que puede ser Dionisio en el porche; se asoma a la escalera desde donde se divisa parte de la puerta.

La conversación con el vecino parece haber finalizado.

Está por llamarlo cuando escucha otro ruido.

Esta vez no hay duda. Viene del techo. Laura da la luz del pasillo y lo recorre con la mirada y con el oído, en busca de lo que está provocando ese ruido.

No encuentra nada. Entra en el cuarto más grande y también enciende la luz y mira hacia arriba.

Tampoco. Se dirige hacia la otra habitación, y algo la pone en alerta.

El techo está pintado en un gris oscuro.

Un color extraño, diferente al de los techos del resto de la casa, que otorga a la estancia un aire siniestro.

Hay colgados varios atrapasueños, esas piezas de decoración que supuestamente son mágicas o pueden ser hechizadas.

Entonces, le viene la inspiración. Abre el armario, y encuentra lo que busca: una vara metálica con un gancho en el extremo.

Levanta la vara para engancharla en uno de los ganchos que sujetan los atrapasueños.

Tira hacia abajo, y no ocurre nada. Tira con más fuerza, y tampoco.

Repite la operación con otros dos más con el mismo resultado.

Solo le quedan dos. Engancha uno de estos, y vuelve a tirar.

Entonces, sucede la magia que quizá esos atrapasueños albergan: se despliega una escalera plegable de las típicas de buhardilla.

Laura la despliega hasta apoyarla en el suelo.

Se asoma y mira hacia arriba. Solo hay oscuridad.

—¡Bruno! —llama en voz alta—. No obtiene respuesta—. Bruno, sé que estás ahí. Baja.

—¿Qué pasa? —Dionisio ha entrado en la estancia y Laura pega un bote, asustadísima. No se esperaba al hombrecillo, que viene con Magno a su lado—. Dionisio, me cago en tu madre. Menudo susto.

—Perdona, yo también me he asustado; pensé que me estabas llamando.

—¿Y los vecinos?

—Ya se han ido. Les he dicho que soy un tío del tal Bruno y que tú eres mi hija, que te has saltado la valla porque se te ha olvidado la llave, y el perro, al no conocerte, se ha asustado y te ha atacado.

—¿Y se lo han tragado?

—Por lo visto, apenas conocen a este prenda. Hola, adiós y poco más.

—Pues mira lo que he encontrado —dice Laura señalando a la escalera y la más que probable buhardilla a la que conduzca—. Voy a subir —susurra.

—No me jodas. Si ni siquiera te has curado el brazo.

—¿Y el dóberman? —Laura lo ignora.

—Calmado —dice, pero la mirada de Laura indica que necesita algo más que decirle que el perro que la ha agredido está tranquilo—. Lo he atado. Es bueno, en el fondo.

Laura resopla indignada. Si llega a ser malo, le arranca el brazo.

—Toma. —Laura le entrega la porra extensible. Ella le enseña el táser, y no lo enciende por no asustarlo. No cree que Dionisio, aunque no lo haya sentido en sus carnes, guarde buenos recuerdos del aparato.

Pone el pie sobre el primer peldaño y se da cuenta de que tiene que agarrarse para no caerse. La escalera tiene un ángulo de casi noventa grados respecto del suelo.

—¡Bruno! —Ahora es Dionisio quien grita, y Laura lo mira pidiendo explicaciones—.

Baja, no vamos a hacerte nada. Laura niega mirando a Dionisio.

Si el susodicho está arriba, no va a bajar, así como así.

Y ella no tiene gas lacrimógeno en su kit de supervivencia para hacerlo salir.

Pone el otro pie sobre el segundo escalón, y así sucesivamente, hasta que llega a la mitad de la escalera, lo que le permite asomar ligeramente la cabeza.

Está casi a oscuras; solo hay una tenue luz azul de un monitor al fondo de la buhardilla.

A pesar de que el brazo le va a estallar de dolor, se pone el táser en el escote; se agarra fuertemente con las dos manos y sube los últimos peldaños a toda prisa hasta llegar arriba.

Se agacha. Mira en derredor, y sus ojos se van acostumbrando a la oscuridad—.

¿Estás bien? —susurra Dionisio desde abajo.

Ella le dice que sí y, agachada, avanza por la buhardilla.

Pulsaciones a más de noventa. Es un lugar ideal para esconder cosas.

Y personas. Está convencida de que el techo está pintado así para que no se vean los bordes de la puerta de la escalera a simple vista.

Habría que fijarse mucho e iluminar bien el techo para darse cuenta de ello.

Laura coge el táser de su escote. No es cristiana, pero suplica que su hija esté ahí y que Bruno haya salido.

Tiene la tentación de llamarla, de decirle que mamá ya está ahí.

Que pueden volver a casa juntas. Pero no lo hace.

No por miedo de alertar a Bruno, sino porque no quiere tener que llevarse un chasco.

Llega al monitor que ha visto desde la escalera.

Pero no es solo un monitor. Hay al menos cuatro monitores más.

Están apoyados sobre una mesa de escritorio gigante.

Y debajo hay varias torres de ordenadores.

En la silla que hay al otro lado del escritorio, no hay nadie.

Se levanta, y se pone al lado de la silla.

Y, por desgracia, se fija en lo que hay en las pantallas.

Se lleva la mano a la boca y, si tuviera algo en el estómago, vomitaría de nuevo.

No puede soportarlo. No puede soportar que exista tanta maldad en la Tierra.

No es posible que haya personas a las que lo que se ve en las pantallas pueda subirles la libido.

«Pobres niños», piensa. «Hijo de puta», dice en voz alta.

Antes de que pueda avisar a Dionisio, recibe un golpe en la nuca que la hace caer al suelo.

No la ha dejado grogui; tiene tiempo de mirar a una de las pantallas, y cree ver a una niña con el pelo exactamente igual al de su hija.

Recibe una patada en la espalda y una descarga eléctrica que hace que sus músculos se tensen, su cuerpo se arquee y perciba un dolor tremendo antes de que sus ojos se cierren como una película cuando llega al final.