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El reloj GPS

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 17 h 30 min.

Silvia está sentada en su despacho. Tiene los codos apoyados sobre su escritorio, y con sus manos sujeta la bolsa con el reloj GPS de Luz Marina.

Lo observa. Da vueltas a la bolsa. La pulsera está rota por uno de los enganches.

Está manchado de tierra. Lleva más de cinco minutos dándole vueltas, como si buscara algo en su superficie que la llevara hasta la niña.

Sobre la mesa tiene, también en una bolsa, el teléfono de Adrián.

Sabe que puede cometer uno de los mayores errores de su vida si manipula esas pruebas.

Si abre la del reloj, quizá solo se gane una reprimenda.

Es una prueba de la víctima en una investigación por supuesto secuestro.

Si abre la del móvil, se puede ganar la expulsión del cuerpo, además de acarrear consecuencias judiciales.

No en vano necesita una autorización del juez o de la jueza para poder curiosear en este teléfono. A no ser que…

Adrián ha conseguido cerrar los ojos y perder la consciencia. Lleva casi una hora dormido. No podía más. Donaire lo ha dejado tranquilo, y el guardia Javier le ha acercado una manta. Ahora algo, o alguien, tira de esa manta y le mueve los pies.

—Adrián… —escucha una voz. Él abre los ojos, o lo intenta. Se gira sobre el sofá y escucha otra vez su nombre—. Adrián, tienes que acompañarme.

—¿Qué pasa?

—Necesito tu colaboración —pide Silvia.

Adrián consigue abrir los ojos a pesar del fuerte dolor de cabeza que lo acompaña. Se incorpora, y se marea. Casi que hubiera preferido no dormir nada. Esa hora de sueño lo desestabiliza.

—¿Qué necesitas?

—Ven.

La brigada agarra a Adrián de la muñeca, muy cerca de su mano, lo que pilla de sorpresa al expolicía.

Tira de él hacia arriba y lo levanta del sofá.

Cuando llegan a la puerta, parece que Silvia se da cuenta de lo inoportuno de la situación.

Si Altozano los pilla así, no sabría qué explicación dar, ya que parecen una pareja cogida de la mano.

Lo suelta y camina hacia su despacho; confía en que Adrián, en estado zombi, la siga.

Cuando abre la puerta, lo observa. Está guapo hasta con ese aspecto, con esas ojeras, con ese pelo revuelto y con la ropa mal puesta.

Lo invita a pasar y a sentarse. Ella hace lo mismo en su silla.

No le da tiempo a preguntar: le enseña el reloj y su móvil.

Adrián se sobresalta y quiere coger la bolsa con la pulsera de la niña.

—No, espera.

—¿Por qué? —protesta él.

—Porque todavía no la han analizado para ver si hay huellas —explica Silvia.

—¿Y por qué no?

—Porque esto no es una gran ciudad. Me han dicho los de la UCO que mañana vendrán de la Brigada Tecnológica, y también alguien del laboratorio de la científica.

—¿Y entonces qué coño quieres? —Adrián recurre a la grosería porque está hastiado. Se acaba de dar cuenta de que no solo le duele la cabeza por la falta de sueño, sino porque le sigue faltando su hija. Y esto es algo muy difícil de tolerar.

—Primero, que me hables bien —se impone Silvia—. Segundo… —Se calla. Si dice lo que quiere que pase, habrá cruzado una línea de la que no sabe si podrá volver.

—Di, ¡joder!

Ella lo mira y con sus ojos reprueba de nuevo su tono. Parece que él lo entiende y levanta las manos pidiendo perdón.

—¿Puedes manipular el teléfono y el reloj sin sacarlos de la bolsa?

Él la mira y cree que el dolor de cabeza se le ha pasado un poco. Como si esas palabras fueran un analgésico.

—Claro. —Alarga sus manos hacia la mesa donde Silvia sujeta con cada una de las suyas los dispositivos—. ¿Puedo?

—¿Puedo yo confiar en ti?

—Te juro por mi hija que lo que voy a hacer ahora será como si nunca hubiera pasado.

—Silvia, al escuchar el juramento de Adrián, suelta las bolsas.

Él se lanza a por estas. Primero pulsa en el reloj.

No se enciende. Pulsa en otro de los botones, y esta vez sí hay éxito.

Lo que sucede a continuación los deja perplejos a los dos: a los pocos segundos de haberse encendido el reloj, el teléfono móvil de Adrián se ilumina.

Son dos alertas de la aplicación que lo conecta al reloj.

El expolicía toquetea sobre la bolsa en el móvil.

Consigue que aparezca la pantalla de desbloqueo.

Y mete el patrón: una U invertida. Pero el plástico no permite que el dispositivo registre bien todo el movimiento del dedo.

Lo vuelve a intentar, y otra vez más, pero el teléfono se bloquea. Por treinta segundos—. ¡Joder!

—Cálmate, hombre. Hazlo más tranquilo. Te ayudo a estirar el plástico para que no haya arrugas.

Cuando el tiempo pasa, Silvia toma el plástico y tira de dos de las esquinas.

Adrián tira de otra y, por unos momentos, su dedo meñique entra en contacto con el pulgar de ella que, al notarlo, no puede evitar mirarlo a los ojos.

Él también se sorprende, y la mira. Ella se ruboriza y vuelve su cara hacia el teléfono.

Adrián intenta meter de nuevo el patrón de desbloqueo, y por fin lo consigue.

Sus ojos y sus bocas no pueden estar más abiertos por la expectación, como si estuvieran abriendo una puerta en la que esperan encontrar a Luzma detrás.

Silvia estira más el plástico, y sus dedos siguen en contacto con los de Adrián.

Él navega como puede por las aplicaciones, y llega a la que busca.

Se les va a salir el corazón por los ojos.

Adrián la abre y pincha sobre los mensajes que el reloj ha mandado al teléfono.

Abre una de las fotos, y solo se ve una imagen gris movida.

Abre el siguiente mensaje, y tanto Adrián como Silvia se miran perplejos.

—Joder, joder, joder… —dice Silvia sobresaltada.

Una foto con un rostro humano se muestra en la pantalla del móvil.