Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Trujillo
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Trujillo

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 17 h. 15 min

—Ten cuidado, no corras tanto que tiene que haber controles de los picoletos —protesta Dionisio.

Laura no es consciente de que va diez kilómetros por encima del límite de velocidad permitida y que acaba de adelantar a un coche a más de ciento diez por hora.

Lo que pasa es que no conduce el trasto que ha estado conduciendo todo el día, sino un todoterreno de más de sesenta mil euros que se pone en los cien por hora con apenas una pisadita al acelerador.

Se da cuenta de que no adelanta nada corriendo tanto, sino todo lo contrario si se diera la mala suerte de cruzarse con una patrulla.

Además, está llegando al pueblo, y lo primero que encuentra es el polígono industrial y, sobre todo, la casa cuartel del puesto de la Guardia Civil de Logrosán.

Pasa por delante de la puerta, y los resaltos en la carretera la obligan a hacerlo a cámara lenta.

Por ello tiene tiempo de fijarse en que allí sigue aparcado su coche, el que usa habitualmente con su marido y con su hija, por lo que se le vuelve a encoger el estómago.

Adrián estará allí. Y son más de las cuatro de la madrugada.

—No me fastidies… —musita.

—¿Decías? —pregunta Dionisio.

—Nada, cosas mías.

Dionisio la mira extrañado. Pensaba que ya se había ganado su confianza total.

Amenazar con un mastín a nada más y nada menos que Edgar Del Valle es algo que no haría cualquiera.

Y mucho menos alguien que previamente ha robado al policía corrupto.

Magno suelta un ladrido. Parece que el perro también está pidiendo explicaciones.

Laura nota la mirada de Dionisio, e incluso cree sentir la del animal.

—Nuestro coche —admite, arrastrando las vocales—. Está en el cuartel de la Guardia Civil.

—¡Ah! Entiendo.

—Me gustaría llamarlo, pero lo mismo lo meto en un aprieto, y me descubro a mí misma.

—Es que en menudo jardín os habéis metido.

—Lo dice el que le roba a un policía narcotraficante.

Se produce un pequeño silencio, silencio que no dura porque Dionisio empieza a reír, risa que contagia a Laura.

Magno aporta su granito de arena con otro ladrido.

Hay situaciones que no se prestan a la risa.

Viajar de madrugada a la caza y captura de un pederasta que puede haber secuestrado a tu hija es una de estas.

Pero lo cierto es que la tensión que han vivido los dos esa noche debe relajarse.

Debe hacerlo, o terminará por explotar. Y no hay mejor forma de limar las tensiones que reír.

Y saber reírse de uno mismo es una buena medicina.

Lo cierto es que los dos están metidos en buenos aprietos. Aunque Laura cree que su problema es infinitamente mayor que el de Dionisio. Se cambiaría por él, con todo lo que ello implica.

—¿Tienes hijos, Dioni?

—Más o menos —contesta serio.

—¿Eso qué significa?

—Que hace mucho tiempo que no sé nada de ellos.

Laura se queda callada. No sabe si seguir indagando en la vida de Dionisio.

La verdad es que tiene sentimientos enfrentados respecto de él.

Lo ha conocido en un odioso club de alterne, al que acude regularmente para tener sexo con mujeres a cambio de dinero.

Pero también es cierto que la está ayudando a encontrar a su hija.

Si no fuera por él, nunca hubiera conseguido los datos de la persona a la que van a buscar.

—¿Quieres hablarlo? —Laura elige empatizar con él. Al fin y al cabo, también está lejos de sus hijos.

—No hay mucho que contar. Me separé de la madre, y se quedó con la custodia; al poco tiempo, se fue a vivir a otro lugar.

De eso hace ya veinte años. No había la internet que hay ahora.

Estábamos muy lejos —hace una pausa, posiblemente recordando a sus vástagos—.

Fui a verlos tres o cuatro veces durante el primer año.

Después me quedé sin trabajo, y no tenía casi ni para comer.

—Dionisio hace una pausa. No parece que le siente bien recordar aquello, pero sigue contando—: Tardé mucho tiempo en recuperarme de dinero. Me aficioné al vicio, ya sabes…

Laura conoce muchos tipos de vicio, y parece que Dionisio los tiene todos.

—Pero ¿ahora estás más o menos bien?

—Llamo a la madre por el cumpleaños de cada uno. Todos los años. Antes llamaba más, pero se juntó con un tío al que no le hacía gracia que mantuviéramos contacto. Lleva ya cuatro años sin cogerme el teléfono.

—¿Ni en los cumpleaños?

Dionisio niega con la cabeza, y Laura lo observa de reojo.

—¿Dónde están?

—En Alemania.

—¡Joder!

—Eso dije yo cuando me enteré de que se iba allí.

—Dionisio, quiero creer que la separación fue por motivos… digamos… no violentos.

—Esa sí que es buena —ríe irónicamente—. La verdad es que lo mismo; si le llego a dar una paliza, se hubiera quedado.

—¿Pero qué coño dices? ¿Cómo vas a pegar a tu mujer?

—A ella no, muchacha. A él. Al que se acostaba con ella.

Laura se queda callada.

—La violencia tampoco hubiera solucionado nada.

—De violencia tú sabes un rato.

Laura siente la tentación de pegar un frenazo y cantarle las cuarenta a aquel hombrecillo. ¿Cómo se atrevía a llamarla violenta? ¿Quién se ha creído? Decide subir el volumen de la música de la radio, y no dirigirle la palabra. También acelera más de lo debido.

Cuando llegan a Trujillo, baja el volumen y se digna a hablarle.

—Tú te quedas fuera con Magno, y yo entro. Si tardo más de cinco minutos y no te llamo al móvil, entras. ¿De acuerdo?

—Primero vamos a ver cómo es la casa que tiene este zascandil, y luego ya vemos.

Laura quiere protestar, pero la verdad es que tienen que ver cómo es el lugar en el que vive Bruno Tévez.

En la dirección que viene en el Registro, indica que es una casa baja.

Esto puede resultar una ventaja porque es más fácil de acceder que si viviera en un piso con portal y con más vecinos cerca.

Trujillo es un pueblo grande, con ganas de convertirse en ciudad pequeña.

El castillo iluminado lo preside todo, pero ella no está para monumentos.

Atraviesa la población, y solo se cruza con dos coches.

La casa de Bruno está en el lado norte, cerca de la carretera de Plasencia.

Cuando el GPS del teléfono móvil de Dionisio dice que han llegado, Laura casi sonríe.

Es un unifamiliar adosado con un pequeño porche de acceso.

Hay vecinos cerca, sí, pero la valla de entrada la saltaría hasta la propia Luzma.

Pasan de largo, y se detienen a unos doscientos metros de la vivienda, junto a un descampado que marca los límites de la población.

—Seguramente habrá una parte trasera; quizá deberíamos husmear —sugiere Dionisio.

—Ve tú por atrás, y yo voy por delante.

—¿Segura?

—Entrando por delante, estoy más expuesta que tú. Si el tipo se despierta antes de que pueda entrar en la casa y tú entras por detrás, será más fácil que puedas ayudarme si no soy capaz de reducirlo.

—¿Y si hay alguien más?

Laura se queda callada.

—Tienes a Magno.

El perro ladra, y Laura lo mira. Al final, va a cogerle cariño a aquel chucho. Le pone una mano bajo su boca, y lo acaricia como ella cree que se acarician a los perros: en el cuello. El animal le pega un lametazo en la mano, y Laura la retira, ligeramente asqueada.

—No me convence, pero bueno. ¿No me podrías dejar ese cacharro tuyo que suelta chispas?

Han recuperado todo el material del kit de supervivencia que estaba desparramado por el viejo todoterreno de Laura después de que Edgar los embistió.

—Pues no, ese me lo quedo para mí. Pero toma. —Laura le ofrece el gas pimienta—. Esto es igual de efectivo.

—Pero, como le salpique a Magno, tenemos un problema.

—Pues procura que no le salpique. No te has querido traer la pistola de Edgar…

—¿Tú sabes el problemón que podemos tener si sale alguien herido con la pistola de ese hombre?

—Me lo puedo imaginar, pero me gustaría meterme en ese problema si ello implica encontrar a mi hija.

—Ya —admite resignado Dionisio. Sabe que, a ella, eso es lo único que le importa. Y no lo tiene en cuenta, porque él se ha ofrecido desinteresadamente a colaborar.

—Se me ocurre que te voy a llamar por teléfono y me guardo el móvil aquí —dice Laura señalándose el bolsillo que tiene en la sudadera.

Se ha cambiado previamente antes de salir de casa de Dionisio.

Lleva unos pantalones negros con bolsillos, de estilo militar, y una sudadera con capucha y con bolsillo tipo canguro en la zona de la tripa.

También negra. Como en las películas—. Tú guárdatelo en el bolsillo interior de la chaqueta.

—Dionisio asiente—. Cuando llegue a la parte de atrás, te cuento cómo es.

Espérate antes de entrar a que te diga si yo puedo acceder—.

Toma. —Laura le ofrece una braga para el cuello para que se tape la boca y para que no se lo pueda reconocer fácilmente.

Dionisio la acepta. Laura se mira en el espejo del parasol, saca el succionador de labios y se lo aplica.

El hombre la mira sorprendido, sobre todo cuando termina la operación y se fija en los morritos de la mujer.

Aunque apenas tiene tiempo para ello, porque Laura se pone su pañuelo.

Se bajan los dos del coche, y Dionisio se dirige a la parte del descampado que cree que hay que rodear para llegar a la parte trasera de la casa de Bruno.

Lleva en la mano el móvil que usa de linterna.

Laura lo llama, y él lo coge—. ¿Cómo lo ves?

—Los otros chalets tienen como un patio, pero no hay puerta.

—Vente para acá, ¿cómo vas a saber cuál es la casa de este tío por detrás, sin ver el número?

—Pues contando, ¿tú te crees que es la primera vez que hago esto o qué?

Laura se calla. No había caído en la cuenta de que Dionisio es un experto en robar perros. Y seguramente también lo sea en colarse en casas para robar otras cosas. Le comunica que guarda el teléfono y que se marcha hacia la parte delantera.

Laura camina como si fuera una persona que hace deporte de madrugada o alguien que viene de fiesta.

Porque es viernes, y cabe esa posibilidad.

Llega al número 103, que es el que figura en la ficha del Registro.

Se fija en el buzón y se alegra de que Bruno T.

aparezca escrito. Solo le hubiera faltado meterse en la casa de otra persona y buscarse un doble problema.

Mira para los dos lados y, cuando cree estar segura de que no hay peligro, pone un pie en el cemento de la valla de entrada.

Se impulsa para cruzar al otro lado con la otra pierna y se sube como si montara a caballito.

No tiene pinchos; es una reja de forja negra que sirve para decorar más que para impedir el acceso a visitas no deseadas: Trujillo es muy tranquilo.

Seguramente, la puerta blanca de acceso a la vivienda sea blindada.

Ese ya será otro escollo para salvar. Levanta el pie que tiene en parte exterior de la valla, y salta hacia el interior del pequeño porche.

«Ya estoy dentro», se dice. Cuando se dispone a acercarse a la puerta, no lo ve venir. Un perro grande, enorme, se abalanza sobre ella.