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El puesto de Cañamero

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 16 h 30 min.

Silvia Donaire se monta en su coche personal.

No puede tomar el coche patrulla porque lo están usando dos de sus subordinados que vigilan la comarca.

Le ha costado que le cojan el teléfono en el puesto de Cañamero.

Quiere saber que, en efecto, el reloj GPS de Luz Marina está allí, bajo custodia y localizado.

No quiere darse el viaje para luego tener que volverse con las manos vacías.

Ha explicado, a la persona encargada de la custodia del aparato, que lo necesitan en su puesto.

No ha mentido del todo, ya que ha dicho que la Judicial está allí y que lo van a necesitar pronto.

Como no está el Sargento Buendía, no le han puesto demasiadas pegas.

Conduce los doce kilómetros que separan un puesto del otro en su pequeño utilitario híbrido, porque ella es de las que creen en el cambio climático, y trata de aportar su pequeño granito de arena.

No le molesta conducir, y menos de noche, cuando está todo tranquilo y su única preocupación es encontrar la música apropiada en su radio con USB incorporado.

Es una gran melómana; tiene pinchado un pendrive con más de treinta gibabytes de música.

Ahora ha seleccionado música rock grunge, canciones míticas y cañeras, para que el escándalo que hay en el habitáculo de su coche le impida relajarse tanto que se estampe contra el primer alcornoque que encuentre en una de las numerosas curvas que tiene el trayecto.

Al ritmo del Smell Like Ten Spirits de Nirvana, y poco más de diez minutos después, se persona en el puesto del pueblo vecino.

Aparca el coche en la única plaza de parking que queda disponible.

El puesto de Cañamero es un edificio pequeño, de ladrillo rojo visto, con oficinas, cuarto de recreo para los guardias, recepción y un pequeño calabozo.

Cuando Silvia entra y se encuentra con Álvaro Piña (al que conoce de haber patrullado juntos en el pasado), se alegra de que sea él quien le va a facilitar el reloj.

—¿Qué tal, Alvarito?

—Tirando, ¿y usted, jefa?

—Podría estar mejor, como Buendía, en la cama.

Álvaro ríe, y Silvia se contagia.

—¿Estás solo?

—No, Lucía ha salido un momento a su casa; el marío no se apaña con la bebé.

Lucía es una guardia que ha sido madre unos meses atrás.

Después de haber disfrutado de su baja maternal correspondiente, tiene que adaptarse a la situación de compaginar la maternidad primeriza con su puesto de trabajo.

Silvia lo entiende, en parte pero, en medio de un operativo tan importante, no le parece oportuno que se ausente, aunque sea poco tiempo.

—¿Hay compañeros en la bodega?

—Sí, Buendía ha dejado a José Luis custodiando para que nadie entre.

—Bien, ahora lo iré a visitar —responde Silvia—. Bueno, ¿me entregas el reloj de la niña?

Álvaro se queda callado. Es cierto que, en la conversación telefónica que ha tenido con ella, no se ha opuesto a que se lleve la prueba. Pero, en los minutos que han transcurrido hasta que ella llega, ha recapacitado.

—Es que no sé si es buena idea.

—¿Cómo? —pregunta Silvia, estupefacta.

—Que usted sabe que no debería entregarle la prueba sin una orden de los Judiciales o sin que el sargento lo autorice. Al fin y al cabo, él está al mando del operativo.

—No me fastidies, Alvarito. Al mando del operativo estaba yo hasta que llegaron los de la UCO. Que me he pegado el viaje hasta aquí solo por el reloj.

—Lo siento. Buendía no tardará en llegar; él es como usted.

—¿Como yo?

—Sí, que duerme poco.

Silvia entiende. Conoce bien a Álvaro; han patrullado más de una noche, y más de treinta, juntos. Hubo un tiempo en el que se sintió atraída por él. Pero le saca diez años y descartó esa idea en cuanto Álvaro confesó que se había echado novia, una novia que ya no tiene desde hace tiempo.

—Pues ayúdame a dormir más y dame el reloj, así me voy tranquila y me acuesto un rato.

—Mi brigada, no me ponga en un aprieto.

—Álvaro, te firmo un papel de retirada de prueba.

No se va a perder la cadena de custodia; aunque la UCO haya tomado el control de la operación, sigo estando en esta.

—Silvia no tiene tan claro esto que acaba de decir, pero tiene que convencer al guardia de que le entregue el reloj—.

Venga, que con un poco de suerte esto acabará pronto.

Silvia ha entonado una voz melosa, seductora, al menos lo que ella cree que puede ser una voz seductora porque, desde su último intento de seducción, ya ha llovido.

Álvaro la mira; siempre la ha admirado, y él también albergó algún sentimiento por su superiora en su día.

Es cierto que ella está en la operación y que, si firma un papel de recogida de prueba, la cadena de custodia no se habrá perdido en ningún momento.

Ella es una brigada, y él, un simple guardia raso.

—Silvia —la llama por su nombre, y ella sonríe. Cree que eso implica que va a conseguir su objetivo—. Lo siento, pero tienes que llamar a Buendía.

—Joder, Álvaro, joder. Ya me lo podías haber dicho antes.

Silvia se da la vuelta, y coge su teléfono móvil.

Llama a Buendía, cabreada, pero al mismo tiempo orgullosa de que su otrora pupilo haga las cosas bien.

No como ella. El teléfono de Buendía da tono, pero no lo coge.

Lo vuelve a intentar. Le va a quemar el teléfono hasta que lo coja, o se presentará en su casa.

Cuando va por el quinto intento y se dispone a marcharse, el teléfono se descuelga.

—¿Qué quiere, mi brigada? —pregunta Buendía con evidente voz de dormido.

—Necesito llevarme el reloj que ha encontrado Altozano esta mañana.

—¿Qué reloj?

—La pulsera GPS de la niña.

—Ah, ¿y eso?

—He estado hablando con el padre; podría tener alguna pista del que se llevó a la niña.

Buendía se queda callado, tan callado que Silvia cree que se ha quedado dormido.

—¡Sargento!

—¿Y los Judiciales qué dicen? —responde por fin Buendía.

—Están durmiendo. Pero se alegrarán cuando se despierten y encuentren allí mismo el reloj de la niña. Creo que va a venir alguien de la Tecnológica a destripar el ordenador y teléfono de los padres.

—No sé, Donaire, no sé.

—Sargento, joder. Ya le he dicho a Álvaro que firmo el puto papel de recogida, que no se va a perder la cadena de custodia.

—Pásame a Piña —pide por fin el sargento.

Silvia le pasa el móvil. El sargento parece darle una serie de instrucciones al guardia, que emite síes y noes con la misma cadencia. Silvia no sabe qué va a pasar al final. Álvaro cuelga y, después de haberla mirado, se da la vuelta y rebusca en un cajón. Saca finalmente un papel, y se lo entrega.

—El sargento dice que, como le ocurra algo a la pulsera, serás la única responsable. Tienes que esperar a que venga Lucía y sea testigo de la entrega de la prueba.

Silvia sonríe a Álvaro, que consigue ruborizarse. Solo ve a un chaval que podría ser su hermano pequeño. Pasados más de diez minutos, la impaciencia se apodera de ella.

—¿Dónde coño está Lucía? No me digas que le está dando la teta al bebé…

Por la cara de Álvaro, Silvia entiende que así es; resopla, y baja los brazos.

Decide no enfadarse porque, al fin y al cabo, da lo mismo media hora más que menos: los de la UCO no se presentarán en el cuartel hasta al menos las ocho de la mañana.

Tiene mucho tiempo para saltarse el protocolo, como pretende.

Por fin llega la guardia Lucía, que se sorprende al ver a Silvia, y pide perdón por el retraso. Por lo visto la niña tenía un cólico y le ha costado la vida calmarla.

—Si mañana sigue mal, tendré que pedir la baja —se lamenta Lucía.

Silvia le da ánimos, los pocos ánimos que una mujer que no ha sido madre entiende como necesarios.

Acto seguido, formalizan la entrega de la prueba.

Álvaro entrega una bolsa con un reloj inteligente propiedad de Luzma.

Lo coge y lo observa: tiene rotos la pulsera y el pasador, lo que evidencia que se ha utilizado la fuerza para arrebatárselo a la niña.

Desea que, dentro, albergue lo que espera.

Y no solo ella, sino también Adrián Trovado.

Les da las gracias a los guardias, y se marcha. Hace una parada en la bodega donde ha desaparecido la niña. Allí, apostado en la puerta, de pie, como debe ser, está el guardia José Luis Puya. Laura baja la ventanilla de su coche y se percata de que el guardia ha llevado su mano a su pistola.

—Tranquilo, Clint Eastwood —lo saluda Silvia—. ¿Cómo va la noche?

—Joder, Donaire, menudo susto —protesta el guardia—. Bien, de momento, tranquila.

—¿Puedo pasar a la bodega?

—Pues no.

—¿Y eso por qué?

—Porque no tengo llaves; solo vigilo que nadie intente colarse por la fuerza. Además, dentro, está todo perimetrado, y es mejor no andar tocando nada.

—Buen trabajo, Puya —Silvia lo felicita oficialmente—. Nos vemos mañana.

El guardia se cuadra, y Silvia se marcha. Le hubiera gustado echar un vistazo, ver dónde han encontrado la pulsera; pero sabe que de noche poco podría rascar. Es más: quizá contamine la escena, si es que no está contaminada ya.

En el camino de vuelta al cuartel, la adelanta un coche de gran cilindrada a una velocidad ligeramente superior a la permitida.

—¡La madre que te parió! —protesta.

Le hubiera gustado llevar el coche patrulla y darle el alto al gilipollas ese que, por tener un cochazo, se cree el amo de la carretera. Lo que no sabe Silvia es que, dentro de ese cochazo, no va solo un gilipollas: van dos personas y un perro.