Athos
Tiempo transcurrido desde el secuestro: 16 h 30 min.
Laura saca el cargador de la pistola de Edgar. Aprieta un botón, y vacía las balas. Se las guarda en su bolsillo.
—¿Y tú cómo sabes manejar así una pipa? —pregunta Dionisio.
—La vida, Dioni, la vida —responde ella.
Laura se acerca a Edgar, lo cachea y encuentra otro cargador en uno de los bolsillos que tiene en la pernera del pantalón. Repite la operación, y deja la pistola cerca del policía.
—Ya te devolveré las balas. Y el arma, claro.
Edgar odia a esa mujer, que sigue con la parte inferior de la cara tapada.
La odia porque la admira. Algo que suena así como un oxímoron, pero que cobra todo el sentido en la mente de alguien con un ego tan grande como el de Edgar Del Valle.
¡Una mujer! Una mujer lo ha derrotado, lo ha humillado y ahora le está perdonando la vida.
Admira su eficacia; siente la tentación de pedirle que trabaje para él.
Más vale tenerla como aliada porque, si alguien en su mundillo se entera de lo ocurrido, podrían perderle el respeto.
Y es que la mujer le ha dado una buena paliza, pero no se ha conformado con eso, sino que lo ha obligado a pedir un favor.
Ha tenido que comprometer a su socio en la policía para obtener el Registro Central de Delincuentes Sexuales.
Un requerimiento ineludible por parte de la mujer.
Cuando acabe todo, o se unirá a él o la matará.
Lo tiene decidido. O será él quien secuestre a su hija para tenerla subyugada a sus órdenes.
Tres posibilidades de las que aún no sabe con cuál quedarse.
Ha cedido a su extorsión porque no tiene otra.
Laura le ha contado la historia, y ha habido un momento en el que ha llegado a empatizar con ella.
Y es que Edgar Del Valle también es padre.
Un buen padre, según su mujer. Si es que se puede considerar buena a una persona que es infiel; que, siendo policía, roba a los propios narcotraficantes; y que ha matado a más de una persona.
Quiere y cuida a sus hijos: eso sí. Y eso se lo cuenta a Laura y le advierte que la ayuda solo por eso.
Porque él haría lo mismo si secuestraran a uno de sus críos.
—Como no vuelvas a sacarme de aquí en menos de seis horas, te garantizo que tengo más cargadores en casa.
—Edgar, por favor, no molestes a la muchacha, ¿no has visto ya cómo es? —interviene Dionisio, que se ve venir otra discusión por ver quién es más gallito (o gallita) de los dos.
—Tú calla; ya hablaremos tú y yo.
—Haz caso al Dioni —pide Laura recurriendo al diminutivo que ya ha escuchado varias veces en boca de Edgar —. En cuanto podamos, volveremos, te llevarás a Magno, y aquí paz y después gloria.
Laura, en el tiempo que han esperado hasta que han recibido el informe, ha amenazado a Edgar.
Tenía que comprar su seguridad de alguna forma.
Ha grabado todo en su teléfono móvil. La llamada de Edgar a su contacto es la mejor prueba que tiene en su contra.
También ha grabado sus amenazas, que han ido menguando en esa hora y media de espera.
Si la cosa se pone fea, ya decidirá sobre la marcha qué hacer.
De momento, tiene otras prioridades: la primera, viajar hasta Trujillo.
Allí reside uno de los pederastas que aparece en el Registro.
Un tal Bruno Tévez. Un perturbado de treinta años, de los que se han pasado los últimos nueve en la cárcel por haber agredido sexualmente a una pareja de hermanos de diez años a los que engañó para subirse a su coche.
Cuando Laura lo ha comentado en voz alta a Dionisio, aunque estaban apartados, Edgar se ha enterado.
Y siente la tentación de pedirles que lo dejen libre, pero para acompañarlos.
Para explicarle a ese tal Bruno lo que no se debe hacer con los niños.
En el Registro consta su última dirección, y ese personaje es el más cercano al lugar donde ha desaparecido su hija.
En la ficha consta que Bruno trabajó en el campo antes de dedicarse a violar niños, antes de entrar en la cárcel.
Laura, en su desesperación, entiende que es factible que de alguna forma pueda conocer Cañamero y sus viñedos.
O también tenga algún contrato de reinserción después de haber salido de la cárcel, en un ambiente en el que no tiene por qué haber niños.
Y es posible que averiguara que sí los hay, en las excursiones, y que no pudiera resistirse a la tentación al ver a una niña tan guapa y tan frágil como Luzma.
Cuando llega a esta conclusión, Laura visualiza al tal Bruno, cuya foto se le graba en la mente —y en el móvil—, y siente ese vacío en el estómago y, en la cabeza, esa ira que lleva desde que marchó de casa esa misma mañana.
Dionisio sale de la casa, y Laura se queda a solas con Edgar. Coge un plato que el hombrecillo le ha dejado en la encimera junto a unas pinzas de cocinar. Se acerca a Edgar, coge lo que hay en el plato y le pide al policía que abra la mano. Lo deja caer sobre esta.
—¡Pero qué…! ¡Qué asco! ¿Qué coño es esto?
—Higadito, ideal para hacer un buen arroz con pollo —dice Laura, que toma la pieza de hígado que Edgar ha dejado caer en el suelo al notar el gelatinoso y húmedo tacto del hígado de pollo que Dionisio guarda en la nevera para hacer, precisamente,
unos arroces con pollo e higaditos típicos de la zona, que en invierno son de los platos más agradecidos que hay.
Lo pone de nuevo en el plato, lo lava un poco, lo escurre y lo mete en la nevera.
Ella se lava las manos a conciencia con lavavajillas, y vacía el poco jabón líquido que queda en la pila.
De su bolso coge un pequeño tarro de perfume; lo rocía sobre sus manos y se echa en el cuello y en la muñeca.
Se acerca hasta la puerta. Edgar no deja de mirarla preguntándose qué coño hace aquella loca.
Laura abre y, al ver lo que entra, Edgar casi se mea encima.
Es Athos, el gran mastín que Dionisio guarda en una jaula junto a la de Magno. El animal suelta un ladrido que retumba en toda la estancia. Abre la boca y muestra sus dientes, no solo a Edgar, sino a también a Laura, que recula un poco y echa mano de su gas pimienta.
—Ya puedes sacarlo, Dioni —pide Laura. Dionisio sale de la casa con el animal atado.
La mujer se encamina hacia el cuarto de baño con una bolsa en la mano. Edgar escucha unos ruidos que no sabe identificar. A los pocos minutos sale, y le muestra su contenido al policía, que sigue sin entender.
—No queda ningún producto de limpieza en la casa.
No es que Dionisio tuviera demasiados, así que no ha sido difícil.
—Laura se permite el pequeño chiste—. Ese animal que ha entrado se llama Athos.
Es un mastín de no sé qué, según dice Dioni.
Le está costando mucho domarlo o amansarlo, o como se diga.
Lo que te he puesto en la mano es, como has visto, hígado.
Ese olor no se te va a ir en días, ni aunque te laves.
Por eso creo que el bicho me ha mostrado a mí también los dientes.
—¿Pero vais a meter al perro aquí dentro? ¿Estáis locos? —protesta Edgar.
—No digas tonterías, hombre. Si quisiera matarte, ya te habría pegado un tiro; no soy tan sádica como para dejarte devorar por una bestia —aclara Laura—.
Aunque estás bien atadito, puede ser que tengas la tentación de intentar desatarte, y es posible que consigas hacerlo.
Si lo haces, vas a querer salir y, aunque te dejemos la puerta cerrada con llave, seguro que un tipo como tú tiene recursos para abrirla.
Pero, si Athos está ahí fuera y tú tienes una peste a hígado que tira para atrás, quizá te lo pienses y prefieras quedarte aquí dentro.
No tengas miedo: hay rejas en todas las ventanas y la puerta es de las buenas. El perro no va a entrar.
—Serás hija de puta…
—¡Que te calles, joder! —grita Laura en la misma cara de Edgar—. Que puedes confiar en mí. Volveré a sacarte de aquí, o mandaré a alguien para que lo haga.
—Sí, a la Guardia Civil. No te jode.
—¡Edgar! A mí solo me interesa encontrar a mi hija. Y no quiero tenerte como enemigo. ¿Qué gano yo si a ti te pasa algo?
Edgar piensa que ella ganaría mucho en tranquilidad si él muere, pero se lo calla y mueve la cabeza de arriba abajo.
—Seis horas —exige—. Si no, mataré a ese chucho con mis propias manos y después…
Se calla. Se ha tomado una licencia excesiva.
Tiene un concepto muy alto de sí mismo, como de matón de película.
Pero, en el fondo, sabe que no tiene ninguna posibilidad contra el animal.
Y menos con la peste a hígado en su mano.
Mira a Laura, que le deja un vaso de agua con una pajita en un pequeño taburete junto a él.
Edgar podrá beber solo alzando un poco el cuello.
Le han atado, con más bridas, las manos a la barra central inferior del sofá.
Y también le han reforzado las ataduras de los pies.
Laura quería amordazarlo, pero Dionisio dice que, con las ventanas cerradas, es imposible que alguien lo oiga.
Está lo suficientemente apartado del pueblo y de otras fincas para que eso sea algo que temer.
Laura le enseña el móvil a Edgar. Usa un alfiler que ha encontrado en casa de Dionisio; saca la tarjeta SIM, la pone en el suelo y la pisa con sus botas. Apaga el móvil.
—Te lo dejo fuera, en la entrada. Te debo una tarjeta SIM.
—Qué considerada —ironiza Edgar.
Laura, antes de marcharse, enciende la televisión.
Deja puesto un canal donde están retransmitiendo partidas de póker.
Cree que el policía puede estar interesado en ello, y se lo imagina con unas gafas de sol y un gorro jugando una partida clandestina en algún club exclusivo, rodeado de mafiosos como él.
—Edgar —dice antes de marcharse. El policía la mira. No va a insultarla ni a reprocharle nada. Ya llegará su momento—. Gracias.
Él sonríe. Sí, definitivamente la admira. Y la odia más que nunca.
—Suerte.
—Una última cosa —dice Laura—. Hemos conseguido sacar mi coche de la cuneta, pero tiene una rueda reventada. Nos llevamos tu Range Rover.
Si Edgar pudiera, le escupiría veneno, como un lagarto escorpión.