El sofá del cuartel
Tiempo transcurrido desde el secuestro: 15 h 25 min.
Adrián está tendido en un sofá de la sala de descanso habilitada para los guardiaciviles en el cuartel.
Los guardias del puesto tienen su residencia allí mismo, pero aquellos a los que les toca estar de servicio usan esa estancia como área de recreo y descanso.
Además del sofá, hay una cafetera, una nevera, una mesa con cuatro sillas y una televisión.
Custodia a Adrián un guardia que se ha incorporado de madrugada: Javier Altozano.
Un muchacho de unos treinta años, desgarbado y con el pelo moreno repeinado hacia atrás.
No le gusta nada la gorra y la evita en la medida de lo posible para lucir su pelazo.
Es un tipo jovial, que siempre saluda a todo el mundo y se interesa por el estado de salud de todos sus compañeros.
El guardia, ¿cómo no?, intenta entablar conversación con Adrián, que quiere corresponderle, pero el cansancio lo está venciendo.
—¿Sabes que mañana habrá una rueda de prensa? —pregunta.
—No —responde Adrián extrañado—. ¿Sabes para qué?
—Supongo que para explicar a los medios los avances en el caso de tu hija.
—A Adrián no le hace gracia eso; no se lo han comentado los de la UCO.
Quiere dormirse, pero el Javier ese le sique dando palique.
Después de la charla banal sobre el cansancio, el tiempo y los ánimos por la desaparición de la niña, el guardia Altozano se lanza a la piscina—.
Yo he estado esta mañana en los viñedos; he encontrado el reloj de la niña.
Adrián se incorpora de golpe: se le ha pasado la modorra en el acto.
—¿Dónde la has encontrado?
—En los viñedos, en el suelo, al lado de una vid. Tenía el pasador roto, como si se lo hubieran arrancado de golpe.
—¡Joder!, ¿y dónde está el reloj ahora?
—Supongo que bajo custodia. —El guardia se encoge de hombros—. Yo se la entregué a mi superior, y entiendo que él se la entregó al sargento.
—¿Y puedo hablar con el sargento?
—A esta hora ya no creo; se ha pegado todo el día con el operativo. Lo han aplazado hasta mañana.
—Sí, lo sé, ¿pero no hay manera de tener acceso al reloj? Podría ser importante.
—¿Por qué?
—Porque, en realidad, es un reloj de esos Smartwatch. Tiene geolocalizador GPS y también graba sonido e imagen.
—¡Hostia! ¿Y lo ha comunicado a la brigada?
—Solo lo del GPS. —Adrián se maldice a sí mismo.
Le explica al guardia que el reloj GPS, además de geolocalizar a quien la porta, es un dispositivo que permite comunicarse con la niña mediante videollamada—.
También graba video y audio, o bien en remoto desde una aplicación que tenemos instalada en el móvil, o bien desde el propio dispositivo.
Tiene un botón de pánico. En el caso de sentir una amenaza, Luzma podría haber pulsado ese botón.
—Podría llamar al puesto de Cañamero para ver si lo pueden traer. Conociendo a la brigada, no creo que tarde mucho en venir, y podría revisarla, supongo.
Adrián se aferra a la posibilidad de que la niña haya podido grabar algo antes de que su captor le arrancara el reloj, porque está seguro de que se lo han quitado y tirado allí mismo para evitar el rastreo. Cree que el captor conoce a la niña y, posiblemente, los conoce a ellos.
—¿Puedo ir al baño? —pregunta Adrián tocándose la tripa —. Los nervios me acaban de descomponer.
—Tengo que acompañarte.
—Tú mismo.
Van al baño, y Adrián vuelve a encerrarse en el retrete. Se saca el móvil y, cuando lo va a mirar, alguien aporrea la puerta.
—Javi —grita Donaire—. ¿Estás con Trovado ahí dentro?
—Sí —contesta el guardia.
A Adrián casi se le cae el móvil al inodoro; consigue agarrarlo en última instancia y se lo guarda en el bolsillo del pantalón, porque la brigada ha entrado en el cuarto de baño. Aporrea la puerta del retrete.
—¿Qué hace, Adrián?
—¿Usted qué cree, brigada?
—Venga, salga ya.
—Pero si no me ha dado tiempo a nada.
La mujer bisbisea con el guardia, y la puerta se abre y vuelve a cerrarse.
—Dese prisa —exige la brigada, que se ha quedado a solas con él.
Adrián no está dispuesto a poner en riesgo que lo pillen con el móvil. Decide que se comunicará con Laura en otro momento, cuando la brigada no esté acosándolo. Se sube los pantalones, y tira de la cadena. Sale del retrete y mira fijamente a Silvia, que tiene la cara con más ojeras que un mapache.
—Ya se me ha cortado todo; no me fastidie.
—No me jodas tú a mí. Los judiciales nos han ordenado expresamente que te vigilemos hasta cagando, así que, si no eres capaz de hacerlo con compañía, ya lo harás. No creo que revientes.
Adrián no dice nada; se lava las manos, y sale del cuarto de baño escoltado por la mujer.
Vuelven a la sala de descanso; se tiende en el sofá y se tapa con la cazadora que llevaba puesta.
Le ha entrado frío, y no de forma metafórica.
La madrugada está en el punto de temperatura mínima: en la calle habrá, como mucho, unos nueve o diez grados.
Y dentro, donde ya no se pone la calefacción desde que entró la primavera, no deben de estar a más de dieciséis.
—¿Tú no duermes o qué?
—¿Y tú? —responde ella, seca.
—No; ese humor no es de alguien que haya dormido bien.
Silvia no tiene ganas de responderle. Sobre todo porque tiene razón.
Desde que los inspectores de la Judicial llegaron y le pidieron que diera un paso al lado, la rabia la consume.
Ella considera que puede aportar mucho a la investigación.
Se conoce casi al dedillo toda la comarca.
Y presume de conocer a casi toda la gente del pueblo.
No es la típica guardia estirada que mantiene las distancias; ella puede ser seria, pero nunca antipática.
Más de un vecino y más de dos vecinas le han agradecido personalmente que los haya ayudado con algunos problemas.
Por eso apenas ha dado dos cabezadas desde que se metió en la cama a las doce de la noche.
Por eso está ahora allí, cuando son casi las tres de la madrugada y hay que custodiar al padre de la niña que se ha convertido en un sospechoso más, pero al que la Policía Judicial todavía no quiere esposarlo y acusarlo formalmente.
—¿Qué? ¿La subteniente te ha dado lo que pedías? —pregunta Silvia sentada en la mesa frente a Javier, que ha puesto la cafetera y ha servido dos cafés, uno para la jefa (con un chorrito de leche condesada) y otro para él con dos chorritos.
Alberto no dice nada; se gira el sofá mirando hacia dentro, intentando ignorar a la brigada.
—¿Qué ha pedido, jefa? —pregunta Javier.
—Aquí, el expolicía, que quiere dirigir la investigación.
—Silvia no deja de mirar a Adrián. Se da cuenta de que le está mirando el culo, y aparta en el acto la mirada o cualquier otro pensamiento que no debiera tener—.
Nos ha pedido que le demos los datos de todos los delincuentes sexuales de la zona.
—¡Ah! —dice Javier—. Bueno, es normal. ¿Los judiciales no están mirando ya eso?
Silvia le dedica una mirada al guardia, que podría soltar rayos que ríete tú de los que soltaba el Emperador a Luke Skywalker.
—No han pasado ni veinticuatro horas, Altozano. A ver si te vas a creer tú también un sabueso o algo.
Javier levanta las manos para pedir perdón.
Le da un trago al café, lo paladea. La verdad es que, desde que descubrió la leche condensada gracias a la brigada, le encantan esos momentos de la noche cuando saborea la bebida, ideal por su contraste de dulzor y amargor.
Precisamente ese momento de placer le trae a la memoria lo que quería decirle a Silvia minutos antes.
—Mi brigada, no se lo tome a mal. No quiero ser más listo que nadie —dice con miedo—, es que aquí el señor Adrián dice que la pulsera que encontré es un reloj inteligente, un dispositivo que puede hacer fotos y vídeos, además de ser un geolocalizador.
—Y puede grabar audio —agrega Adrián sin moverse del sofá.
Donaire casi se atraganta con el trago que le estaba pegando al café.
—¡No me jodas! Pero y ¿tú por qué no me has dicho nada?
Adrián no contesta. El guardia comunica a Silvia dónde está el reloj.
—Agarra el patrulla, y vete cagando leches al puesto.
—¿Está segura, mi brigada?
Laura se toma el café de un trago y se levanta.
—Claro que lo estoy, pero me lo he pensado mejor. Voy yo misma; no vaya a ser que a ti te pongan pegas. Me vigilas a este.
Javier se levanta y se cuadra. Silvia mira por última vez el culo de Adrián y se marcha en busca de la pulsera-reloj. Y en busca de reconocimiento.
No es que Adrián sonría. Pero siente un poco de satisfacción. Si el reloj está fuera de cobertura y lo traen a Logrosán, en teoría, podrá recibir lo último que la niña haya transmitido.