Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Edgar
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Edgar

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 14 h 55 min.

Laura conduce de vuelta a casa de Dionisio, que no para de mirar hacia atrás en todo el camino.

A la mujer le cuesta asimilar todo lo que Dionisio le ha contado.

El tipo no se ha conformado con afanar un perro rastreador capaz de detectar alijos de droga millonarios, sino que ha tenido los huevos de robárselo a, quizá, el policía más corrupto que existe en el país.

Y no se ha conformado con eso, sino que saca al perro «de paseo» en una comarca donde es relativamente fácil que un animal así llame la atención.

—Pero, mujer, ¿cómo iba a saber yo que Edgar iba a estar buscándome?

—No sé… ¿porque tienes fama de ratero robaperros?

Dionisio calla. Quiere decir que él no es ningún ratero, que lo que hace es casi un arte.

Que nadie sabe ganarse la confianza de esos animales en pocos minutos como lo hace él.

Que es bueno en lo que hace, quizá el mejor, y que lo que ha hecho lo ha hecho para ayudarla a ella.

Pero no se lo dice. No se lo dice porque no va a servir de nada por el estado en el que se halla esa madre.

Una mujer que apenas lo conoce y que se ha aferrado a él porque no tiene ninguna opción mejor a la que aferrarse.

Llegan al desvío de la casa de Dionisio después de casi media hora de conducción en una noche más oscura que las esperanzas de Laura.

Ponen el intermitente a la izquierda y, cuando están a punto de tomar el camino de tierra, no lo ven venir.

Un vehículo sin luces los embiste por el lado de Dionisio.

El impacto no es demasiado violento, pero suficiente para echarlos a la cuneta, que tiene una pequeña zanja, en la que el todoterreno de Laura se queda atascado.

Los tres integrantes del coche están ilesos, aunque los dos humanos han sufrido algún que otro impacto.

Magno, por su parte, ladra. Ladra sin parar y pone los pies sobre la ventanilla que ha recibido el impacto.

Laura, después de haberse tocado todo el cuerpo y de haberse dado cuenta de que está bien, se fija en el perro.

Ella no es una experta en conducta canina, pero se atrevería a decir que ladra del mismo modo y con la misma actitud que la que tenía minutos antes en el parking, cuando Dionisio le pidió que se largara de allí.

Dionisio, precisamente, se da cuenta de la gravedad de la situación.

—No me jodas, no me jodas, por Dios —dice, tan nervioso que parece que se va a echar a llorar.

Mira por la ventanilla y se da cuenta de la mole que los ha arrollado.

Y, detrás del parabrisas, lo distingue—.

¿Tienes la pistola eléctrica esa que me has puesto antes en los huevos?

—Laura se palpa el bolsillo. No la tiene.

La ha dejado en la mochila donde lleva el resto del kit.

Y la mochila… a saber dónde coño está después del golpe.

Dionisio comprende—. Vete, vete corriendo hasta el pueblo, y allí ve al puesto de la Guardia Civil.

—Laura niega con la cabeza mirando a los ojos casi en lágrimas del hombre.

No quiere dejarlo allí, no después de saber de la existencia de Edgar Del Valle—. ¡Vete, por lo que más quieras!

Laura se desabrocha el cinturón de seguridad y sale corriendo sin pararse a buscar el kit de supervivencia.

Mira hacia atrás, pero está muy oscuro; la pequeña luz de la entrada de la casa de Dionisio está lejos y apenas ilumina la zona del accidente.

Escucha los ladridos de Magno mientras sigue corriendo, pegada a la línea blanca de la carretera.

A unos doscientos metros distingue una farola, la primera de las que iluminan el acceso a Guadalupe.

Cuando llega allí, deja de oír los ladridos de Magno.

Se arrodilla en el suelo. Está exhausta.

Está en muy buena forma física, pero le falta el aire por otros motivos que no tienen que ver con el oxígeno que su sangre es capaz de llevar a los músculos de su cuerpo y a su cerebro.

Le falta el aire porque le falta el aliento de su hija y porque cree que un policía psicópata los ha embestido con su coche.

Tose un par de veces. Siente náuseas. Busca en sus bolsillos; tiene el móvil la cartera y… «Sí, joder, sí», dice.

Edgar está dándole a Dionisio la paliza de su vida.

Y eso que el hombre ha cobrado a lo largo de su existencia: en el colegio, en el instituto, e incluso en algunos de los trabajos remunerados que ha tenido.

Pero, desde que había decidido que se ganaba mejor la vida realizando encargos fuera de la legalidad vigente, no había recibido ni una sola bofetada.

Resulta curioso que trabajar al margen de la ley le hiciera ganarse el respeto que las personas supuestamente civilizadas no le proferían.

Pero Edgar Del Valle no le tiene ningún respeto.

Le da la enésima bofetada, porque Edgar piensa que pegar con la mano abierta en la cara es mucho más humillante que hacerlo con los puños.

Esos se los guarda para las costillas, o para el estómago, donde apenas dejan marca y hacen mucho daño.

Cuando le da el décimo guantazo, la cara ya se hincha, y los ojos se empiezan a poner morados.

—Hasta que no me digas quién coño te encargó lo de Magno, no voy a parar. Y tengo todo el fin de semana para romperte la puta cara esa tan fea que tienes —amenaza el policía sin perder los nervios—. Cuando me empiece a doler la mano, cojo un palo.

—Edgar —dice Dionisio medio mareado—, tú más que nadie debes saber cómo funciona esto. Si quieres, mátame, pero no voy a decirte nada. Si lo hago, ya sabes lo que me pasará.

Edgar sonríe. En parte admira la valentía del hombrecillo. Y sobre todo entiende sus palabras. Claro que sabe cómo funciona esto. Y no le dice a Dionisio lo que ya sabe: que no debería haberse metido en ese mundillo, que debería haberse dedicado a seguir robando perros para los cazadores.

Le da otra hostia, esta vez con el revés, por aquello de compensar.

Dionisio, que está atado en su propia silla, en la que desayuna casi todos los días, dobla la cabeza hacia el suelo y está a punto de perder el sentido.

Escupe sangre. Pero algo ocurre a continuación, que contempla como si tuviera una nube delante de sus ojos.

Primero escucha un ruido extraño, como si alguien estuviera apretando un bote de insecticida.

Después escucha un grito que, por el tono, debe de ser de Edgar.

El grito lo espabila un poco y observa cómo una forma humana, con la boca tapada por un pañuelo o algo similar, le pega una patada en la rodilla a Edgar, que suelta un segundo grito.

El policía, con los ojos cerrados manchados de un líquido rojo, intenta llevarse la mano a la axila donde tiene el arma, pero la forma humana le pega con un objeto alargado en la mano, y le arranca el tercer alarido.

No hay opción para un cuarto grito. La forma le pega una patada en la boca del estómago, y Edgar cae hacia atrás sin resuello.

Dionisio parpadea varias veces y se fija en que la forma se parece mucho a la de una mujer. La mujer salta encima de Edgar, le arrebata el arma y le da otra patada en la tripa. Después se acerca hasta él.

—Dionisio, ¿estás bien? Dime.

La mujer se baja el pañuelo, y aparece la cara de Laura. Y Dionisio sonríe porque cree que es la mujer más guapa del mundo. La mujer que posiblemente le ha salvado la vida.

—Ahora sí —consigue decir.

Laura se pone el pañuelo de nuevo y vuelve con Edgar.

Le da la vuelta; saca unas bridas de su pantalón y le ata las manos a la espalda.

También le ata los pies y lo arrastra a duras penas hasta el sofá.

Edgar no es un gigante, pero mide más de un metro setenta y cinco, y tiene un cuerpo de esos de los que han visitado mucho el gimnasio en el pasado.

Laura intenta desatar a Dionisio, pero tiene los nudos de la cuerda tan bien atados que le es imposible. Va a la cocina, y coge el cuchillo jamonero. Cuando corta las cuerdas, contra todo pronóstico, le pone el cuchillo en la garganta a Dionisio mientras lo agarra con fuerza del hombro.

—¿Hay alguien más que te busque? ¿Alguien más que pueda poner en peligro mi vida y la de mi hija?

Dionisio no se esperaba esta reacción de Laura; poco a poco gira la cabeza hacia atrás.

Laura le permite lo justo para que el cuchillo no se despegue de su carótida.

En los ojos de Dionisio no hay miedo. Está convencido de que ella nunca lo haría, pero entiende que necesita reforzar su posición de hembra alfa de ese dúo heterogéneo que forman.

—Nadie más, te lo juro.

Ella suelta el cuchillo y le enseña el truco: lo ha apoyado por el lado que no corta. Le guiña un ojo, y él sonríe.

Dionisio se levanta, y poco falta para dar con sus costillas en el suelo.

Sigue algo mareado y tiene que sujetarse a la silla.

Laura se acerca hasta Edgar. Vuelve a ponerse el pañuelo en la cara por dos motivos: por si quedan restos del gas pimienta con el que ha rociado el rostro del policía y para que no puedan distinguir sus propias facciones de cara al futuro.

No llevaba encima el táser, pero sí el botecito de espray pimienta.

También las bridas con las que ha maniatado a Edgar.

El espray lo lleva encima desde que salió del cobertizo donde hizo su transformación.

Por muy maquillada y cambiada que esté, ella sabe que se acaba de meter en un jardín del que no sabe cómo podría escapar, y no quiere que puedan reconocerla.

El policía tiene una mueca de dolor y los ojos cerrados. Debe de escocerle horrores y lo refleja en su rostro. Laura se agacha y le pregunta:

—¿Qué voy a hacer contigo?

Edgar tose. Intenta abrir los ojos, pero el escozor se lo impide.

—Me voy a quedar ciego, ¡joder!

—Tranquilo, en un rato estarás mejor —dice ella—, o también te puedo lavar la cara si prometes portarte bien.

—Lávame la cara, ¡coño!

Laura le aprieta la muñeca, y el policía se queja.

—¡Joder, me cago en tu puta madre! ¿Qué haces?

—Lo primero que te he dicho es que te portes bien. Si te portas bien, yo me portaré bien contigo.

—¿Y qué he hecho yo para portarme mal? Si eres tú quién me ha echado esta mierda en la cara a traición…

—¿A traición? No he sido yo quien nos ha arrollado con tu mole de coche.

—Ni yo quien te ha robado nada.

—¿Podéis dejar de echaros en cara cosas el uno a la otra? Parecéis dos muchachos de colegio —interviene Dionisio.

Consigue el efecto que buscaba. Le entrega a Laura una jarra y un trapo, y señala con la cabeza a Edgar.

Ella tarda en reaccionar, pero al final entiende que será lo mejor.

Mostrar un poco de clemencia puede conseguir mejores resultados que la fuerza bruta.

Toma la jarra de agua, y la vierte sin avisar sobre la cara del policía.

Este se sobresalta, pero a los pocos segundos lo agradece.

Ella le limpia los restos de gas pimienta que tiene sobre la cara y vuelve a echarle más agua.

Edgar parpadea; su gesto de dolor va menguando.

Laura lo sigue limpiando como si fuera un bebé que se ha puesto perdido tirando el puré de verdura que detesta.

Cuando ha terminado de hacerlo, se da cuenta de que las facciones del policía son muy marcadas.

Tiene una mandíbula que podría calificarse de perfecta, una nariz redonda y pequeña, y unos ojos grandes, oscuros y, aparte de la gran conjuntivitis que presentan, muy profundos.

Se puede decir que es un tío que sería la comidilla de las madres del colegio de sus hijos.

—¿Mejor? —pregunta ella.

—Sí —dice él sin dar las gracias. Porque darle las gracias a alguien que te acaba de dejar medio ciego quedaría raro. Más que ser raro, mostraría debilidad.

—Bien, creo que eres un tío con contactos, ¿no?

Dionisio se queda extrañado por la pregunta. Edgar apenas reacciona.

—Dioni, no sé quién coño es esta zorra, pero…

Una bofetada cruza la cara del policía. El sonido es tal que parece una de esas bofetadas que se dan en las películas o en las comedias de televisión.

Cuando todavía no ha tenido tiempo de recuperarse de la sorpresa, Laura le pega otra bofetada en la otra mejilla, girando la cara del policía hacia el otro lado.

—La próxima vez que vuelvas a usar esas palabras, te vuelvo a llenar los ojos de gas —le advierte Laura llevándose la mano al pantalón y sacando el bote de espray.

Edgar, que no está acostumbrado a que nadie lo trate de esa manera, no tiene más remedio que comerse su orgullo y asentir.

Ya ajustará cuentas con esa zorra. Dionisio está acojonado.

No sabe a quién tiene más miedo, si a Edgar o a Laura.

Porque, después de haberle contado quién y cómo es Edgar, que ella se atreva a tratarlo así le da mucho que pensar.

Por muy desesperada que esté por la desaparición de su hija, no sabe dónde se está metiendo; y una persona que no valora el peligro es digna de temer—.

¿Ahora me vas a decir si tienes buenos contactos en la policía o en el juzgado?

—¿Y eso para qué?

—Solo contesta.

—¿Qué necesitas?

—Algo que a ti seguramente no te supondrá mucho y para mí es todo.

Edgar la mira a los ojos. No sabe a qué se refiere y por primera vez siente miedo de esa mujer. Si no puede darle lo que le pida, quizá tenga un problema.

—Tengo buenos contactos, sí.

—¿Incluso a esta hora de la madrugada de un viernes a sábado?

—La poli no cierra nunca; no es como una de esas tiendas donde te compras esos pañuelos y ese maquillaje.

Ella sonríe irónicamente. Podría volver a abofetearlo, pero no es el momento.

—Necesito que me consigas una copia del Registro Central de Delincuentes Sexuales.