Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Careo a tres
10%

Careo a tres

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 14 h 45 min.

Adrián está sentado en una esquina de la sala.

Fernando, en la esquina opuesta y, en la esquina más próxima, su mujer, Aurora.

El ambiente no está enrarecido, que va: es que, aunque existiera un ventanal de dos metros de ancho por tres de alto y estuviera abierto, la toxicidad todavía podría envenenar las almas de los allí presentes.

Virginia y Vila han puesto calma entre las tres personas (aunque es imposible que puedan hallarla en estos momentos). Además, acaban de recibir la noticia de que un voluntario de los que están realizando las tareas de búsqueda se ha caído por un terraplén y se ha fracturado una pierna.

—Lorenzo Benito —dice Nicolás, que es el que custodia la puerta—, el del bar de La Torre.

Adrián aprieta los puños, molesto, enfadado.

Desayuna en ese bar al menos un día a la semana.

Buenos bocadillos, precios sin competencia.

Un tipo de mediana edad, serio, pero cortés.

Buena gente. Tiene que llamarlo en cuanto le sea posible para darle las gracias y decirle que lo siente muchísimo.

Está seguro de que Lorenzo solo sentirá no poder seguir buscando a Luzma.

—Se ha suspendido la búsqueda nocturna. No tiene sentido.

Reanudaremos al alba, y espero que los aquí presentes puedan sumarse —insinuó Vila mirando a Adrián, que ignora la pulla—.

Señora Aurora Calles, lamento que se encuentre usted con esta noticia, pero ahora mismo nosotros no estamos para juicios morales.

Necesito que los tres colaboren por el bien de la investigación y para encontrar a Luz Marina lo antes posible—.

Aurora, con los ojos peor que si hubiera tenido una conjuntivitis alérgica, no deja de mirar a su marido y asiente—.

Es obvio que aquí hay un conflicto de intereses —apunta Vila—, pero lo que no quiero es que haya un cruce de acusaciones.

Señora Calles, ¿usted conocía la relación que tenían su marido y A... perdón… Roberto?

El agente no quiere echar más leña al fuego con la identidad de los padres de Luz Marina.

—Pues claro que no. ¿Qué se cree usted? ¿Que además de cornuda voy a ser consentida?

—Por favor, señora, limítese a contestar las preguntas que le hace el teniente —interrumpe Virginia, que no tolera una falta de respeto a la autoridad, y menos si es hacia su jefe—. ¿No tiene entonces usted ningún motivo para secuestrar a Luz Marina, hija de Roberto y de Marta?

—Pero ¿cómo voy yo a secuestrar a mi niña?

—Señora Calles, por favor —insiste Virginia.

—No, no tengo ningún motivo, coño, ya. —Aurora retoma el llanto—. Si lo hubiera sabido, al desgraciao este le pongo en la calle y, a aquel otro, se lo cuento a Marta para que haga lo mismo. Que no se puede hacer eso, engañar a una mujer… y encima con otro hombre.

Vila y Virginia se ahorran sus comentarios sobre si es peor una infidelidad con una persona del mismo género o con una del sexo opuesto. Pero ambos saben lo que piensa su binomio.

—Fernando, ¿usted tiene algún motivo para secuestrar a Luz Marina? —pregunta Vila.

—No —responde sin más.

—¿Tienen algún impedimento en que registremos su casa? —pregunta Virginia.

Fernando abre los ojos lo suficiente para denotar sorpresa.

—¿Mi casa? ¿Por qué?

—Porque, al tener una relación, digamos sentimental, con el padre de la niña desaparecida, sería conveniente hacerlo.

Es parte del protocolo —informa la subteniente, mintiendo a medias.

No es protocolo: es cuestión de que Fernando se ha convertido en un investigado, pero todavía no pueden formalizar nada contra él.

Solo tienen un testimonio por parte del padre afectado.

Testimonio refrendado punto por punto por el propio Fernando: sí se hizo el encontradizo para verlo, sí le escribió mensajes demasiado intensos, sí deseaba tener algo más que esos encuentros furtivos sin consumar.

La tercera en discordia, Aurora, recibe la misma pregunta que su marido, y se encoge de hombros asumiendo que su vida ya está patas arriba, y le da igual que también pongan su casa del mismo modo.

—Está bien, pues usted, Adrián, se queda aquí. Me ha informado el cabo que hay una sala de descanso donde puede acostarse unas horas —informa Vila, que olvida recurrir a la nueva identidad del padre. Esto no pasa desapercibido para Fernando.

—¿Quién coño es Adrián? —pregunta.

Adrián lo mira. Por primera vez siente vergüenza y no le aguanta la mirada.

Por muy amigo que fuera —hasta hace catorce horas—, por muchos sentimientos que tuviera hacia él, no se lo había contado.

Nunca le hubiera contado a nadie de su verdadera identidad ni de la de su mujer, de no ser por el terrible hecho que ahora les atañe.

Laura nunca se lo hubiera perdonado. Quizá sí la infidelidad, pero no esa clase de traición.

Porque eso era como traicionar a su propia hija.

—Nicolás —dice Adrián—. ¿Tú los vas a acompañar? —El cabo asiente—. Cuéntaselo tú; total, se van a enterar de una forma u otra.

—¿Está seguro? —pregunta Virginia.

Adrián asiente.

—¿Seguro de qué? —interviene Aurora.

—Vaya dos mentirosos de mierda —escupe Fernando mientras Vila y Virginia examinan su vivienda.

El cabo Nicolás les ha contado por encima el cambio de identidad motivado por la primera desaparición de Luzma. Aunque este detalle lo ha obviado y ha hecho alusión a «un problema».

—No entiendo qué hacen registrando nuestra casa cuando está claro que esos dos son unos mentirosos —protesta Aurora—.

Deberían estar investigándolos a ellos en lugar de a nosotros.

Y Marta, o como coño se llame, sin aparecer todo el día.

¡Joder!, si seguro que se la ha llevado ella.

¿No lo ven? Y yo todo el santo día en el campo buscando a la pobre niña en lugar de estar con mi madre.

—Señores —interviene Vila—: a ellos ya los hemos investigado antes de venir aquí. Ese cambio de identidad es perfectamente legal y justificado. Y a la madre seguimos buscándola. Hagan ustedes el favor…

—Teniente, venga aquí —pide Virginia.

El teniente se acerca al mueble donde Virginia sostiene un libro de un grosor considerable. Se trata de El paraíso perdido, de Milton. La subteniente lo abre y se lo enseña a Vila, que se gira pidiendo explicaciones al matrimonio.

—¿Les gustó tanto el libro que decidieron comerse las páginas?

—Agente —dice Aurora compungida—, aquí mi marido, ya se lo habrá contado él.

—Sí, pero ¿qué hace una caja de Lorazepam escondida en un libro? Parece el martillo de la película Cadena perpetua —pregunta Virginia incisiva—. Pero si es un medicamento legal.

—Es que…—Aurora trata de disculparse mientras Fernando la mira extrañado—…

mi marido no ha ido todavía al médico por lo suyo…

—Fernando se lleva las manos a la cara, tratando de ocultarse como está tratando de ocultar sus problemas de salud mental.

Como si tener una depresión fuera algo de que avergonzarse.

—¿Y cómo los ha conseguido? ¿Y por qué los esconde?

—Agente, le ruego que no diga nada de esto, que me hunde la vida. —Aurora empieza a llorar—. Me la termina de hundir…

Los policías judiciales se miran.

—Señora, nosotros no somos de Estupefacientes. Ni siquiera ellos tendrían nada que decir. Venga, díganos la verdad para no tener que registrar más a fondo la casa.

—En la residencia —dice Aurora entre llantos—, no son difíciles de robar. Los he metido ahí porque no quiero que mi marido esté todo el día empastillado. Yo se los dosifico.

Los dos guardias resoplan. Aceptan las explicaciones de la pareja y siguen inspeccionando la casa. Después de algo más de media hora, dan por finalizado el registro y se dirigen de nuevo a la pareja.

—¿Tienen alguna otra propiedad?, ¿una finca en el campo u otra casa?

—Vendimos el campo hace dos meses, cuando despidieron a este —dice Aurora molesta.

—¿Tienen el nombre de la persona a la que se lo vendieron?

—Sí, ¿por qué? —pregunta Aurora.

—Rutina —contesta Virginia.

Aurora busca en su móvil y le enseña el nombre y número de teléfono que requiere la agente.

—Muy bien, tienen que estar los dos localizables —ordena Virginia—. Aurora, ¿va usted a pasar la noche aquí?

—Ni muerta —responde.

—¿Y dónde va a ir?

—A la residencia; total, tengo que entrar dentro de cuatro horas. Me busco un sofá.

—¿Podemos dejarlo aquí a usted solo, Fernando?

—Claro, ni que me fuera a escapar… Yo no he hecho nada.

—Nadie dice que se vaya a escapar —incide Vila mirándolo a los ojos, intentando que comprenda lo que quiere decirle.

—Ah… —Fernando lo capta—. No me quito la vida yo por ese hijoputa mentiroso ni loco. Y mira que estoy casi al borde de la locura. Se pueden llevar el orfidal y todas las pastillas que hay en casa. Llévatelas tú, Auri.

—¿Yo? Anda, y así revientes —contesta furiosa.

Vila dice que sería lo mejor. Ella acepta; coge una bolsa y mete todas las pastillas antidepresivas y relajantes musculares que ha robado en la residencia.

Podría ser la campeona mundial de la automedicación.

Porque, aunque no lo quiere reconocer, ella también se ha ventilado alguna de las pastillitas de la felicidad.

Y, por supuesto, esa noche se va a tomar una antes de caer rendida en el sofá del office de la residencia.

Aurora, los policías y el cabo se marchan de la casa. Fernando les cierra la puerta como lo haría un alma en pena en una mansión encantada.

—¿Quiere que la acerquemos a la residencia? —pregunta Vila.

—No, está aquí al lado. Siempre voy andando.

—Yo la llevo —ofrece Nicolás.

—Que no, que prefiero caminar y despejarme.

—Insisto, señora Calles.

Nicolás ya ha abierto la puerta del coche patrulla.

Vila se lo agradece, y le pide que se vaya a dormir porque al día siguiente seguirán necesitándolo.

Él sonríe orgulloso: por primera vez se ve inmerso en un caso con relevancia.

Él, que había asumido que solo se dedicaría a vigilar a los rateros, furtivos y camellos de poca monta que hay por la comarca…

Subteniente y teniente se fijan en el coche patrulla que se marcha Gran Vía arriba, en dirección a la residencia de ancianos.

—Hay que llamar a su Señoría para intervenir las líneas a estos dos y seguir las posiciones de sus móviles de hoy y de ayer —dice Vila.

—Estabas tardando en pedirlo.

—La mujer tiene razón en una cosa.

—¿Cabrearse porque le han puesto los cuernos?

—No, en que ahora mismo la madre es la máxima sospechosa.