Magno
Tres meses antes
Edgar Del valle le dio un bofetón en los hocicos a Magno.
«¡Quita, joder!», lo reprendió. El animal soltó un quejido; abrió la boca dejando caer el paquete que portaba, y salió corriendo.
Dionisio resopló; se abrió de brazos, y le dedicó una mirada de reprobación.
Como el padre que reprende a su hijo por haber pegado a uno más pequeño en el colegio.
—Así vas a conseguir que el perro no te entregue nada, Edgar.
—Para eso estas tú aquí —replicó. Edgar había pedido que el animal siguiera un rastro y encontrara un paquete.
Un paquete de cocaína, concretamente. Pero, cuando lo encontró, no se lo entregó.
Al policía se le olvidaba darle el premio cada vez que tenía éxito, y el animal no se mostraba solícito con él.
Y eso le molestaba enormemente—. ¿Y entonces qué quieres? , ¿que lleve siempre encima comida?
—Si te da asco, puedes cambiarlo por un juguete —indicó Dionisio.
Edgar hizo un gesto de disconformidad con la mano.
Se marchó al interior de su enorme casa enclavada en lo profundo de la serranía de Las Villuercas.
No era una mansión, pero no le faltaba nada: piscina, barbacoa, pista de pádel, chimenea, y hasta una sala de observación astronómica.
El policía no era un experto en la materia, pero tenía un buen telescopio instalado en una cúpula que permitía la observación del cielo extremeño de estrellas infinitas.
Él solía decir que el mundo, a veces, le quedaba pequeño.
La casa tenía un tremendo jardín. Y, en ese jardín, Edgar pidió a Dionisio que creara un circuito de entrenamiento para perros rastreadores.
Allí escondían diferentes objetos a rastrear para que los animales que pasaran por allí entrenaran sus habilidades.
Dionisio les enseñaba, los guiaba, los cuidaba.
Pero luego llegaba Edgar, y no los trababa como se merecían.
Los usaba y se cansaba de alguno si no realizaba bien la labor para la que se le había entrenado.
Le daba pasaporte. Al principio, Dionisio lo toleraba.
Entendía dónde se había metido. Pero, con el tiempo, al contrario de lo que podría esperarse, no se deshumanizó (o descaninizó), sino que cada perro que Edgar maltrataba le provocaba a él más daño emocional.
Y el límite lo alcanzó con Magno, un precioso pastor mitad belga, mitad alemán, que se convirtió en el niño de sus ojos.
Edgar fue el que lo bautizó así: por Alejandro Magno.
El perro tenía un aspecto imponente que el cruce de razas de sus padres le había otorgado: pelaje marrón y negro brillante, tren trasero fuerte y potente y, sobre todo, un instinto de rastreo como Dionisio solo recordaba en una perra de agua varios años atrás.
Se encariñó con el animal. Y es que se hacía querer.
Era tan noble que no rechazaba ni las caricias de Edgar los pocos momentos en los que se dignaba a ser cariñoso con el animal. Incluso llegaba a sentarse a sus pies.
Pero Magno pasaba demasiado tiempo solo, porque Del Valle solo iba a su finca extremeña una o dos veces al mes.
Sí, el animal tenía espacio para correr en el jardín, y le dejaban comida, bebida, y todo tipo de entretenimientos.
Pero Magno necesitaba el cariño de Edgar y, cada vez más, el de Dionisio.
El policía mandaba a uno de sus lacayos, un tal Aurelio, una vez a la semana para abrir la puerta a Dionisio y para que, así, Magno entrenara.
Y al hombre se le partía el corazón cada vez que se separaba del que ya consideraba como uno de sus perros.
Por eso Dionisio aceptó el encargo. Le costó hacerlo; sabía que se jugaba mucho, que ponía mucho en riesgo.
Robar a un tipo como Edgar Del Valle era algo de lo que se arrepentiría al segundo después de haber cometido el robo.
Pero tenía que hacerlo porque, además de salvar al animal, podría ganar mucha pasta.
Un conocido de un conocido lo contactó. Porque el Dioni era famoso en círculos al margen de la ley, donde los cazadores furtivos campan a sus anchas.
Y uno de esos cazadores furtivos no solo tenía la caza como hobby, sino que tenía otras aficiones más narcóticas.
Y el encargo de robar al perro de Edgar Del Valle llegó tentador hasta el oído de Dionisio.
Un encargo que procedía de otro tipo tan peligroso, o más que el propio Edgar, así que estaba en una encrucijada demasiado compleja: un narcotraficante panameño que residía en Portugal.
Tenía todo que perder, tanto si aceptaba el trabajo como si no lo aceptaba.
Con Del Valle tenía una ligera amistad, aunque Dionisio sabía que no era una amistad real, sino una camaradería propia del patrón con el obrero que trabaja bien.
Creía ser capaz de engatusarlo en el caso de que descubriera que él sería el autor del robo de Magno.
Dionisio se lo curró mucho para que eso no sucediera nunca.
Procuró dejarse ver mientras se cometía el robo del perro.
Se fue al club, y pasó la noche con Greydis.
Porque, en realidad, él no lo había robado, sino que había pagado a otro para que lo hiciera.
Le prestó su modus operandi, que consistía en acercar una hembra en celo a la finca del perro que iba a ser robado.
El problema era que la finca de Edgar estaba muy bien protegida, mucho más que otras en las que él había usado esta forma de actuar.
La casa del policía tenía cámaras en toda las esquinas y sensores de infrarrojos en las puertas.
Lo bueno era que no había que entrar, sino facilitarle la salida al perro.
Pero eso solo no bastaba. Había que provocar otra distracción.
Y la más fácil era provocar un pequeño incendio en las inmediaciones de la finca.
Como el invierno había sido bastante seco, los alrededores que lindaban con bosque también lo estaban.
Un poco de yesca no deja rastro como la gasolina.
Dionisio le entregó a su compinche dos conglomerados de cardos, cortezas y un poco de algodón empapado con una gotita de alcohol.
El compinche prendió fuego al primero y lo lanzó junto a la cara norte de la vivienda, en una zona con numerosas zarzas y con un par de olivos cercanos.
Hizo lo mismo con el segundo, en el mismo lugar.
La cosa tardó, pero a la media hora ya estaba ardiendo.
Y, como la finca no tiene vecinos, allí nadie avisó de nada, hasta que un olivo empezó a arder y se vio a varios kilómetros a la redonda.
Cuando esto sucedió, la hembra en celo ya rondaba los muros de la casa, y Magno, azuzado por el instinto y por el miedo al fuego, trepó como si le fuera la vida en ello.
Trepó, hasta que pudo asirse de una cuerda con un arnés que le habían lanzado desde el otro lado.
Cuerda negra y arnés negro para tratar de que las cámaras no captaran nada.
El compinche de Dionisio estaba bien parapetado, de forma que ninguna de las cámaras captaba su posición.
Y, cuando notó que el perro tiraba del arnés, tiró él a su vez, y Magno consiguió salir de la fortaleza de Edgar, impulsado por su instinto sexual.
De otra forma no hubiera saltado la tapia hacia abajo.
Sus fuertes patas lo sujetaron en la caída, y la hembra salió corriendo del lugar, azuzada por el compinche de Dionisio.
Magno, obviamente, la siguió. Lo que pasó fue que, nunca mejor dicho, la policía no era tonta.
Y mucho menos un policía como Edgar Del Valle.