El parking
Tiempo transcurrido desde el secuestro: 14 h 15 min
Laura deja escapar, una vez más, una lágrima, que estropea su rímel.
Nada comparado con lo que lloró su niña cuando tuvieron que llevarse a Sam.
Fue un buen mordisco, pero apenas dolió comparado con la pérdida del perro.
Laura, ahora, reconoce que quizá deberían de haberle dado una segunda oportunidad a la mascota, que quizá ellos también deberían haber jugado con Sam y haberlo entrenado más.
Ahora. No cuando vio a su hija sangrando y gritando mientras el animal, que solo jugaba, la zarandeaba de un lado a otro como a un muñeco.
Ni se ha acordado de la tarea de fotografiar matrículas y modelos de los coches que están en el parking. Cuando se dispone a bajar del coche para hacerlo, Magno suelta un ladrido, que la sobresalta.
—¿Qué pasa? —pregunta ella mirando al perro, esperando una respuesta.
Magno tiene las orejas de punta y está en posición de alerta, sin dejar de mirar por la ventana.
Laura vuelve a hacer el intento de bajarse, y el perro ladra de nuevo.
Ella vuelve a mirarlo, pero el perro la ignora; él solo mira por la ventana con la lengua fuera y con las orejas de punta—.
¿Me estás diciendo que no tengo que bajarme del coche?
Magno, entonces, gira su cabeza, la mira y se relame.
Ella vuelve a intentar bajarse y recibe otro ladrido del animal.
Está claro que no quiere que se baje, pero no sabe si es porque no quiere que lo deje solo o porque la está advirtiendo de algo.
Para quitarse la duda, escribe un mensaje a Dionisio. No responde.
Laura también aprovecha para escribir a su marido.
El mensaje aparece como entregado y recibido, igual que el que manda a Dionisio.
Pasan los minutos, y ninguno de los dos hombres a los que ha escrito contesta.
Siente la tentación de llamar a los dos.
A su marido no debería llamarlo, pero al hombrecillo…
¡qué coño! Marca el número. Da un tono, dos, tres. Al cuarto descuelga.
—Arranca el coche, y vete.
—¿Cómo?
—Vete. Te llamo en diez minutos para que vuelvas; hazme caso.
Magno empieza a ladrar. Esta vez no es un único ladrido; esta vez el perro tiene pegado el hocico a la ventana, y los ladridos son bastante molestos.
Alguien está saliendo del club, y Laura obedece a Dionisio.
Arranca el coche, se larga… por el retrovisor, observa cómo una silueta sale a la luz del parking y se queda mirando en su dirección.
Magno no deja de ladrar hasta que se alejan al menos doscientos metros del parking del club de alterne.
Laura divisa a lo lejos un cruce, pone el intermitente y gira a la derecha.
Aparca al lado de una nave que parece un taller mecánico.
Coge el teléfono y escribe de nuevo a Dionisio. Esta vez sí le contesta:
«Hemos tenido un poco de mala suerte».
«¿Qué pasa?».
«No está el tío que hemos venido a buscar».
«¿Y por eso me haces largarme?».
«Te escribo en cinco minutos y vuelves, pero no te metas en el parking por si acaso».
Laura no quiere enzarzarse en una discusión por mensajes: ya pedirá explicaciones.
Siente la necesidad de bajarse del coche y, antes de hacerlo, mira a Magno, que sigue con la mirada perdida por la ventana.
Abre la puerta, y esta vez el perro no ladra.
Ella sale. La noche hace que se le erice el vello y estornude.
La primavera todavía no ha templado las noches lo necesario para que se esté a gusto al aire libre.
Además, está en un lugar que invita mucho más a la frialdad: en medio de un cruce de una carretera inhóspita, al lado de un taller mecánico con restos de piezas de coches y neumáticos esparcidos en sus alrededores, y sin una sola vivienda cercana.
Mira al perro por la ventana. Se pregunta qué ha percibido en el parking del club para que primero ladrara cuando ella quería salir y luego ladrara mucho más cuando alguien se aproximaba hacia el coche.
Los cinco minutos se le hacen eternos y, cuando recibe el mensaje de Dionisio, se monta en el coche y conduce de nuevo hasta el club de alterne.
Da el intermitente para meterse a la izquierda en una maniobra prohibida, pero Dionisio está haciendo aspavientos con los brazos en el arcén de la carretera.
Pega un frenazo, y el hombre se sube casi en marcha. Está sudando y alterado.
—¿Me vas a explicar qué coño pasa, Dionisio?
—La puta la mala suerte, coño…
—Pero ¿qué pasa?
A Dionisio le cuesta respirar. Es obvio que no es un deportista y que su edad tampoco acompaña. Y la pequeña cojera le lastra demasiado.
—Acelera, que estamos en mitad de la carretera y nos podemos buscar un problema aquí.
Laura pone el coche en movimiento. Llegan al siguiente cruce y pregunta adónde hay que ir. Dionisio le pide que giren a la derecha en dirección a Guadalupe.
—Vamos a casa —dice.
—¿A tu casa? ¿A qué?
—A dejar a Magno.
—¿Cómo? ¿Y por qué? —Dionisio no dice nada—. Me cuentas qué pasa o te bajas ahora mismo del coche, y me llevo yo misma al perro.
—En el club… —cuenta asustado—… estaba el dueño del perro.
—¿Cómo?
—El dueño de Magno, al que se lo robé.
—¿En serio?
Dionisio se acurruca en el asiento, como si quisiera esconderse. Está temblando, y no parece que sea de frío.
—Pero ¿y qué hace allí? ¿Es también un putero? —Laura cae en la cuenta de que se podía haber ahorrado dos palabras: «putero» y, sobre todo, «también». La primera, por lo que significa; la segunda, por inclusiva. Pero Dionisio está tan asustado que no cae en la ofensa.
—Es un tío peligroso.
—No me lo puedo creer —protesta Laura—. Lo que me faltaba.
—Creo que me está buscando.
—¿Crees? Pero ¿no te ha visto en el club?
—No, casi seguro que no. Lo he visto yo hablando con las camareras. Había mucha gente allí dentro—. Laura hace un movimiento de desaprobación con la cabeza—. Y creo que andaba haciendo preguntas.
—Pero ¿y por qué le robas el perro a un tío peligroso?
—Porque estoy gilipollas y porque necesito el dinero.
—Madre mía, ¿cuánto vale un perro como Magno?
—No es solo la pasta: es que el tipo maltrata a todos los animales que tiene.
—Así que no es solo el dinero, ¿eh? Ahora eres también un alma caritativa —Laura se mofa de Dionisio, que ignora la burla—. Vamos a ver… ¿qué coño es ese tío?, ¿un narco colombiano?
—Peor.
—¿Cómo que peor?
—Un policía corrupto.