Sam
Cuatro años antes
Luzma jugueteaba con Sam, un border collie muy juguetón, en el campo familiar. La niña tiraba la pelota, y el perro se la traía. Más o menos… Porque el perro iba a por la pelota, pero devolverla ya era otra cosa. Y a Luzma eso le daba mucho coraje y le gritaba:
«¡Perro malo, dame la pelota!».
Roberto y Marta (o Adrián y Laura) reían mientras contemplaban a su hija tener sus más y sus menos con el nuevo miembro de la familia.
Ella no había parado de pedirlo y, nada más haber comprado la parcela a las afueras del pueblo (la compraron sobre todo porque venían escarmentados por el incidente en el parque), dieron el paso.
Mientras ella jugaba con Sam, ellos entrenaban.
Ese día practicaban kali, un arte marcial filipino en el que se aprende el manejo de armas.
Ellos entrenaban con palos. Atacaban y bloqueaban, y repetían hasta la saciedad, hasta memorizar las diferentes estrategias de ataque y de bloqueo.
Adrián la estaba sobreexigiendo, y entonces ella le pidió un respiro.
Cuando se dio la vuelta, él aprovechó para abrazarla y juntar sus cuerpos más de lo que ella consideraba decente con su hija al lado.
—Para, bestia, que nos va a ver —protestó ella sin mucha convicción.
—Que vea cómo se quieren sus padres.
—Sí, rebozar cebolleta es quererse, ¿no? Mira que eres burro…
La pareja reía, y la niña seguía jugando con el perro.
Cuando Sam se cansaba, soltaba la pelota.
Ella iba a recogerla y volvía a tirarla.
Y el perro regresaba hacia la niña, y volvía a esquivarla sin que ella pudiera cogerla.
En una de estas, Luzma se cabreó de verdad: caminó hacia el perro, lo sorprendió y agarró la pelota.
Sam tiró de la bola, pero Luzma aguantó.
Laura había cedido parcialmente al instinto y se estaba besando con Adrián, ajena a la niña.
Quizá ajena al resto del mundo porque solo él conseguía que ella se sumergiera en un estado casi catatónico en el que solo existían los labios y cuerpo de su marido.
Además, ¡qué demonios! Estaban en un sitio tan seguro como lo era su parcela y Sam podía proteger a la niña durante unos segundos.
Pero Luzma se puso pesada con el animal.
Tiró con todas sus fuerzas, y se hizo con la pelota porque el perro aflojó la mordida.
Pero perdió el equilibro, y se cayó de espaldas.
Acto seguido, Sam se lanzó sobre su mano, en la que tenía la bola.
El animal no calculó bien y mordió pelota y mano.
Y zarandeó de un lado a otro a Luzma para llevarse el trofeo redondo.
La niña chilló. El perro la arrastró por el césped.
Solo entonces Laura y Adrián reaccionaron.
Laura llegó primero, y gritó al animal, que apretó más fuerte.
Para él, todavía era un juego con su dueña.
Luzma no paraba de gritar y, por un momento, perdió el conocimiento.
Adrián agarró del cuello al animal con la llave del mataleón.
Apretó con fuerza, y Sam, poco a poco, fue soltando la mordida, hasta liberar la mano de la niña.
Laura la tomó en volandas y la llevó hasta el coche.
Antes de marcharse corriendo a Urgencias, miró a Adrián, que tenía sujeto a Sam en el suelo.
Cruzaron miradas, pero ninguno de los dos supo interpretar lo que pensaba el otro.