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El club del cruce

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 14 h.

Dionisio conduce por la EX-106 en dirección a Navalvillar de Pela, un pueblo de una comarca contigua.

Es la una de la madrugada, una hora muy propicia para que solitarios acudan en masa a los clubs de alterne.

Es cierto que estos se han reducido en los últimos años.

No se sabe si es que ha bajado la demanda o qué ocurre.

Por fortuna, cada vez está peor visto acudir a este tipo de antros.

En el pasado, se tomaba como algo incluso normal, como si desahogarse fuera del matrimonio entrara dentro de las cláusulas del «Sí, quiero», como si pagar para mancillar la intimidad de mujeres en estado de semiesclavitud fuera una actividad lúdica del fin de semana.

Quizá por ese estigma social que, en la actualidad, supone que a alguien lo califiquen de putero, se hayan reducido este tipo de antros.

O, quizá, la administración pública haya dejado de mirar para otro lado con las licencias de apertura.

Sea lo que fuere, es bienvenido, aunque insuficiente.

Porque haberlos, haylos y, cuando llegan al club que Dionisio indica, a Laura se le pone mal cuerpo.

Solo ha estado unas horas en uno, fingiendo ser una de las mujeres que allí se venden, y puede decirse que ha tenido suerte de no tener que llevar su teatro a un nivel real.

—Entro yo solo, y cotilleo un poco. Te voy contando por el móvil.

—¿Y yo qué hago mientras?

—Tú te fijas en todos los coches nuevos que lleguen y en los que estén ya aparcados. Con disimulo hazles fotos a las matrículas y que se vea también el modelo de coche que es. Luego me lo enseñas a ver si puedo hablar con un conocido que tengo de un taller.

—¿A estas horas?

Dionisio sonríe.

—La noche es joven, querida.

Laura no le corresponde la sonrisa, sino todo lo contrario. Esto hace que Dionisio la borre de su cara. Entiende que el comentario no es acertado y musita un «Perdón» para el cuello de su camisa.

El hombre sale del coche, levanta la cabeza.

Los neones, tan presentes en los clubs, no pueden faltar.

Tres barras horizontales de luz de colores magenta, verde y amarillo decoran de forma imposible el local.

Se trata de lo que en su tiempo fue un hotel en medio de la nada, cercana al cruce entre la EX-116 y la N-340, lugar de paso casi obligado para ir de una comarca a otra.

Hay bastantes coches aparcados en el típico parking de tierra.

Dionisio los sortea, y se pierde en la puerta que da acceso al interior.

Solo se ha despedido con un «Estate pendiente del móvil y cuida a Magno».

Precisamente el hecho de que facilitara el teléfono ha sido clave para que Laura siga confiando en él.

Y, aunque a ella no le hace mucha gracia tener al pastor alemán o belga en el maletero del coche, no le queda más remedio que aceptarlo.

El animal parece tranquilo. Dionisio la ha obligado a acariciarlo.

A decirle unas palabras. El perro se ha mostrado afable con ella, sin pizca de agresividad.

La ha olfateado, sobre todo la cara, algo que a ella no le ha hecho mucha gracia porque Magno la ha lamido.

Esto ha provocado que Laura pusiera la misma cara e hiciera el mismo gesto que cuando se baña en el río del pueblo sin zapatillas cangrejeras.

A su niña le encanta, pero ella no soporta el tacto resbaladizo del verdín en las rocas.

Y tampoco le gusta que la haya chupado el perro, pero no le queda otra.

Se da la vuelta, y mira al animal, que tiene la lengua fuera y está pendiente de lo que ocurre en el exterior del coche.

Siente ganas de decirle algo pero, al mismo tiempo, se siente un poco ridícula hablándole a un perro.

En su mente sigue el pequeño pomerania que se llevó a su niña cinco años atrás.

Y también está en su mente Sam, un border collie que Luzma no paró de pedir hasta que se lo compraron cuatro años atrás.