Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 La confesión
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La confesión

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 13 h 35 min.

Virginia observa el póster de Rayuela en el despacho de Laura y Adrián. Vila llega para meterle prisa.

—Vamos, tenemos que ir al cuartelillo a tomar declaración al tal Fernando.

—¿Tú sabes que uno de estos dos es escritor?

—¿Cómo?

—O los dos. Mira —Virginia se sube a una de las sillas, mancillándola, y abre la puerta de un pequeño armario que hay en la parte superior de una de las estanterías. Saca dos libros y se los entrega a Vila—. Son todos los libros de la autora Roberta Marto.

El teniente los observa sin comprender. Le entrega otro libro que ella tenía apoyado en el escritorio. Se lo abre por el principio y le enseña algo al inspector.

—Vaya, ¿y qué pasa?

En el libro hay una serie de anotaciones de varias personas que agradecen el envío del ejemplar…

algo así como dedicatorias, experiencias de lectura.

Se trata de un libro viajero que Laura envío en el pasado a una persona, que a su vez se la envío a otra, y así sucesivamente, hasta completar un grupo determinado.

La idea es leer el libro sin pagar; en lo único que hay que invertir es en los gastos de envío.

—Este libro y el resto de la colección de Roberta Marto están guardados a buen recaudo en ese armario, que está cerrado con llave.

—¿Y tú cómo lo has abierto?

Virginia se le queda mirando como preguntando: «¿En serio, mi teniente? ¿Después de tantos años juntos?».

Vila quiere protestar, pero Virginia no le da tiempo.

—Son libros de misterio, thrillers. Incluso hay varios de secuestros de niños, pedofilia, etc.

—Digo yo que, si todos los escritores de novela negra que hay se dedicaran a matar o a secuestrar…

—Coño, ya, mi teniente, pero es que esta gente oculta algo. Firman con un seudónimo; se cambiaron la identidad…

—Sabes tan bien como yo que eso es legal y está justificado en su caso.

—Lo sé, pero la mujer ha desaparecido. Y este tipo no para de poner pegas. ¿De verdad no te parece todo tan… tan… bizarro?

—No creo que esa sea la palabra, mi subteniente, pero no seré yo quién te lleve la contraria.

Vamos a ir al cuartel y los vamos a interrogar a los dos, primero por separado, y luego juntos.

Mándame un informe rápido a los delitos telemáticos y que investiguen el perfil online de esta autora: redes sociales…

Tú sabes: toda esa parafernalia. A ver si en realidad es alguno de ellos, porque se me ocurre que podrían ser también unos fans de esta tal Roberta Marto, ¿no?

—Mi teniente… Son sus nombres cambiados de género… demasiadas coincidencias —Virginia mira fijamente a Vila.

Después de tantos años de binomio, han desarrollado una serie de habilidades de comunicación que podrían considerarse casi telepáticas. Vila asiente, y vuelve a pedir a la subteniente que se marchen.

En el trayecto de menos de un kilómetro hasta el cuartel, Vila va con Fernando en el coche patrulla conducido por el cabo Nicolás, y Virginia, en el camuflado de la policía judicial que suele conducir habitualmente, junto a Adrián.

El teniente trata de charlar con el guarda forestal, pero este no se muestra muy receptivo.

—¿Qué tal se presenta este verano con los incendios?

Adrián ha comentado la depresión de Fernando por su despido como guarda forestal.

—Pues no tengo ni idea; a mí ya me da igual.

—Bueno, hombre. Todo se arreglará, conozco gente en el Seprona que dice que hacen falta más guardas forestales porque ellos no dan abasto.

—Pueden decir lo que quieran; si la administración dice que no hay pasta para pagarnos, ya pueden arder los montes y los furtivos acampar a sus anchas. Se la suda. Y después de esto, yo lo veo todo muy negro.

—Fernando, esto, como usted dice, es simplemente un testimonio. Nadie lo acusa de nada.

—Sí, Roberto me acusa. No sabes de la manera en que me acusa. ¿Yo hacerle daño a su niña? ¡Si la quiero como si fuera mía!

Al teniente le gustaría seguir indagando, pero llegan al cuartel. Quizá, en la sala de interrogatorios, la predisposición del investigado no sea la misma. Pero es lo que hay, y tiene que lidiar con ello.

Mientras tanto, en el coche camuflado, Virginia no le ha dirigido la palabra a Adrián, que se ha pasado los tres minutos de trayecto mirando por el retrovisor el coche patrulla.

Ha preferido no decirle nada de los libros de Roberta Marto; el teniente le ha pedido que espere a que estén en el cuartel y él participe de ello.

Y es lo primero que hacen en cuanto se sientan con él.

—¿Quién es Roberta Marto? —pregunta Virginia.

—Ya lo sabe, subteniente —responde Adrián, que apenas se sorprende.

—Quiero que me lo diga usted.

Adrián les explica la forma de ganarse la vida que tiene junto a su mujer.

—Adiós anonimato —dice Adrián con una especie de melancolía mezclada con rabia.

—Todo sea por encontrar a su hija, ¿no? —resalta Vila.

Adrián mueve la cabeza de arriba abajo.

—Ahora, dentro de un rato, vamos a hacer un careo con Fernando. Espero que se comporten como personas civilizadas, y no como macarras de instituto.

—Tengo todas las de perder si soy yo el que pierde los nervios. Y valga la redundancia.

Virginia lo examina. Se ha fijado en la dimensión de sus antebrazos y en el volumen que tienen sus bíceps bajo la camiseta que lleva. Cree que podría levantarla en peso sin despeinarse.

—¿Se reafirma en que ha mantenido una relación sentimental con Fernando Aguilar? —pregunta la subteniente.

—Me reafirmo en que hemos sido algo más que amigos y algo menos que amantes.

—Toda una definición —concede Vila.

—¿Se reafirma en que esta misma mañana, poco después de que le hayan notificado que su hija ha desparecido, ha ido a la casa de Aguilar y ha mantenido…digamos que una especie de relación sexual con él? —insiste Virginia.

Adrián resopla. Sabe que va a pasarlo mal después de haber confesado aquello.

Que gran parte de la gente del pueblo lo mirará como adúltero y como maricón, por mucho que él se empeñe en explicar que no es homosexual.

Como si fuera algo malo serlo… Pero ya no hay marcha atrás, y tiene que ir con todo para proteger a su mujer y, sobre todo, a su hija.

—Sí.

—¿Por qué cree que Fernando se ha podido llevar a su hija?

—Porque no he tenido una relación sexual completa con él.

Vila y Virginia se miran sorprendidos. Adrián les había contado la situación que se había producido esa mañana, y que tenía, según sus propias palabras, un affaire, con Fernando. Pero no había entrado en detalles.

—¿Perdón? —pregunta Virginia.

—Bien, voy a contarles todo con pelos y señales, como parece que debe ser, ¿no? —decide Adrián, que no espera la respuesta de los guardias.

Les cuenta todo lo sucedido, los primeros acercamientos, el sexo oral; insiste en que la depresión de Fernando cambió las cosas, en la excesiva insistencia de él…

—Entonces, ¿se sintió usted acosado?

—No sé si es esa la palabra —afirma Adrián— pero, como les he dicho ya, desde que lo despidieron del trabajo, todo cambió. Para mal, por supuesto.

Vila y Virginia vuelven a mirarse. Como si pensaran al mismo tiempo que, de ser eso cierto, Fernando podría tener un gran motivo para llevarse a la niña.

—¿Algo más que pueda decirnos? —pregunta Vila.

—Después del incidente en el parque, aquella noche, le escribí un mensaje disculpándome.

Le dije que sería mejor que dejáramos todo eso atrás, que no quería complicarme la vida.

Me devolvió los mensajes, hecho una furia.

Otra vez con insultos de todo tipo, incluyendo «maricón».

—Adrián sonríe irónicamente ante la incongruencia de que una persona que se siente atraída por una de su mismo sexo use esa palabra como insulto—.

Le rogué que dejara de hacer eso, que no quería tener que acabar así y que tendríamos que hablarlo como personas civilizadas.

Al día siguiente, me pidió perdón y me dijo que sí, que tenía razón, que deberíamos hablarlo.

Me dijo de quedar, y le pedí tiempo. Él no contestó; lo hizo a los dos o tres días, exigiéndome esa cita.

Le dije que tenía que tranquilizarse. Pasó bastante tiempo, no sé, más de dos meses.

No volvió a escribirme hasta hace dos días, con la misma cantinela. No le respondí.

—¿Y desde hace dos días no se han vuelto a comunicar?

—No, como les he dicho esta mañana, he ido a su casa. Pensé que a lo mejor si le ofrecía sexo podría derrumbarse y contármelo todo si es que él era el responsable. Se me fue la cabeza.

—Está bien, Adrián. Vamos fuera, y en un rato le avisamos.

Vila acompaña a Adrián que se cruza con Fernando en el hall de entrada; lo custodia Nicolás.

El teniente se lleva a Fernando, y Nicolás se queda con Adrián.

Tiene ganas de sacarse el móvil del eslip y llamar a su mujer.

La echa de menos, casi tanto como a su hija.

Y no sabe qué puede estar haciendo. Pasan los minutos, y el cabo no se despega de él.

Adrián entra en una especie de sopor; lleva muchas horas fuera de casa, en continuo estado de tensión.

Lo está venciendo el cansancio. Deja caer los ojos.

Cree ver a su niña, jugando en el pasillo de la casa.

Los abre, sobresaltado. Los vuelve a dejar caer.

Vuelve a verla, con su sonrisa y con sus dientes desalineados, que en el futuro requerirán ortodoncia.

Se queda dormido. Pero ese sueño dura menos de cinco minutos: se ve interrumpido por unas voces de mujer que irrumpen en la entrada del cuartel.

—Tú, ¿qué coño andas diciendo de mi marido?

Es Aurora, que trata de zafarse de un guardia sin conseguirlo. Nicolás se sorprende de su entrada y se dirige hacia ella; la sujeta de los brazos.

—Señora, cálmese.

—¡Cómo me voy a calmar si este desgraciao va diciendo que mi marido es el que se ha llevado a Luzma!

Adrián se incorpora; mira a Aurora, que le corresponde con los ojos repletos de ira. Sabía que esta sería una de las consecuencias de su confesión. Aurora, posiblemente, rompería su matrimonio con Fernando al descubrir toda la verdad.

—Aurora, yo no he dicho eso. Haz el favor de calmarte, y lo hablamos tranquilamente.

—Y una mierda —replica ella.

Consigue soltarse de un brazo que le sujetaba Nicolás, y va a depositar su mano sobre la cara de Adrián, que consigue esquivarla, y recibe un ligero impacto en el hombro.

Los judiciales, que han debido escuchar el escándalo, salen junto a Fernando.

—¡Tú, tú…! —grita Aurora—. ¿Qué has hecho, qué has hecho?

Adrián contempla la escena entre la pareja. Fernando tiene lágrimas en los ojos, de tristeza; las de su mujer son de ira. Y vuelve a acordarse con más fuerza de Laura.

Todo esto tiene que merecer la pena. Todo esto lo hace porque es necesario.