La casa del Dioni
Tiempo transcurrido desde el secuestro: 13 h 30 min.
Laura no sabía que una persona podría albergar tanta hambre.
Un hambre de esas que se te agarran al estómago y que no te dejan pensar en otra cosa que no sea una suculenta comida.
¿Lo bueno?, que no sintió ese tipo de hambre hasta que no se sentó, derrotada, en el cochambroso sillón de eskay de la casa de Dionisio.
Pero ella no piensa demostrar al hombrecillo que le debe algo.
No devora el bocadillo de jamón que le ha preparado, para no mostrar debilidad, ni desesperación aunque, minutos antes, ha actuado como una total desesperada.
Se come el bocata a pequeños bocados, «condurándolo», como dicen en el pueblo.
Y es que, en el pueblo, en la posguerra, pasaron mucha hambre.
Las personas que vivieron esa posguerra, ya mayores, acuñaron ese término tan extremeño: condurar.
Es decir, alargar en exceso la comida que tienes delante para que te dure más tiempo, como si de esa forma te saciaras más.
Aunque, en realidad, lo que se pretende es que la siguiente comida esté más próxima en el tiempo.
—Entonces, ¿vas a dejar que Magno y yo te ayudemos, o no? —pregunta Dionisio mientras corta un poco de lomo con un cuchillo que a Laura no le hace gracia que empuñe.
Ella no contesta; sigue comiendo su bocadillo y de, vez en cuando, le da un trago a una cerveza sin alcohol que le ha puesto el hombre. Uno es pobre, pero no rata.
Como no contesta, le sirve el plato con las rodajas de lomo, ni finas ni gordas, con el grosor exacto que ha de tener una buena rodaja de embutido.
Laura deja un momento el bocadillo y toma una de las rodajas.
El hambre de la que se ha dado cuenta de que puede sentir una persona no la deja pensar con claridad sobre su poco ortodoxa forma de ser vegetariana.
—¿Y cómo se supone que me vais a ayudar tú y el perro? —pregunta después de zamparse el lomo.
Dionisio, que está dando cuenta de otro bocadillo de ese lomo tan perfectamente cortado, termina de masticar, y le contesta:
—Me pidieron robar un perro con buen olfato.
Todos los perros tienen buen olfato, pero Magno es de una variedad de pastor alemán que, por lo que sea, es mejor que otros —explica Dionisio—.
Es un cruce entre pastor alemán y belga.
De lo mejorcito rastreando. Si tienes alguna prenda de tu hija, se la podríamos dar a oler y…
—¿Tiene tan buen olfato como para rastrearla a decenas, cientos de kilómetros?
Dionisio se queda callado. Claro, él no cuenta con que Luzma puede estar ya fuera de la provincia, o incluso fuera de España. Han pasado más de trece horas y, en un coche a ciento veinte kilómetros por hora en autopista, ya ha podido cruzar la frontera de Francia. No digamos ya la de Portugal.
—No, mujer, pero a ver, dime una cosa: ¿tú por qué has ido a un puticlub a buscarme?
—Ya lo sabes; porque te vieron en actitud sospechosa al volante y por los golpes del capó.
—Ya, ya, pero me refiero al puticlub. ¿Por qué me buscaste en un puticlub?
Laura es ahora la que calla. Entiende la lógica que quiere aplicar Dionisio.
—¿Pretendes que nos recorramos todos los clubes de alterne de Extremadura?
—No hay tantos.
—¿Cómo?
—Por desgracia, ya no hay tantos clubs como antes.
—¿Por desgracia?
—Bueno, mujer, lo que sea. Sí, vale, no es que me sienta orgulloso de irme de putas, pero…
—Dionisio se queda callado. Laura siente un primer impulso de preguntar, pero lo reprime.
El hombre se da la vuelta y se dirige a la cocina americana que tiene en medio de esa casa-salón-estudio.
Busca en la nevera una botella de vino. Es una de esas botellas con un tapón que va encastrado en un mecanismo metálico unido al cuello, como las de las gaseosas antiguas.
Se echa un vaso de vino hasta la mitad, y vuelve a guardar la botella con ceremonioso cuidado.
Le pega un trago y apoya las manos sobre la barra que hace las veces de separador de la cocina—.
Como te he dicho, conozco a mucha gente, a gente que no es trigo limpio.
Gente que va a ese tipo de lugares. Hay un club a poco más de media hora de aquí, quizá de los más grandes que quedan.
Hay un tipo que estuvo en el talego por un escándalo con una menor…
—¡Vamos! —Laura se levanta como un resorte—. Ya mismo.
—Espera, espera, mujer —Dionisio le calma los ánimos—. El tipo es peligroso.
—¿Tú me has visto a mí cara de permitirme tener miedo?
Dionisio la mira. Recuerda cómo le puso el táser en los huevos y cómo le golpeó de forma que cayó mareado en la cama.
—¿Tienes una prenda de tu hija?
—Pues… —Laura piensa. Cuando se da cuenta de que en el kit de supervivencia no hay nada de la niña, maldice.
Años de estar preparando este momento, años en los que han acumulado todo tipo de materiales necesarios para actuar al margen de la ley buscando a su hija: pasaportes falsos, pistolas táseres, sprays pimientas, porras extensibles…
más todo el kit de transformación. Y no ha tenido en cuenta que un perro podría rastrear a su hija mejor de lo que ella va a hacerlo ni esa noche ni nunca.
Se lleva la mano al estómago, preocupada, rabiosa. Se da un golpe, culpable por haberse permitido el lujo de comerse un bocadillo de jamón, un poco de lomo y bebido una cerveza sin alcohol en casa de un desconocido. Culpable por no tener una puta camiseta que podría ayudar a encontrar a su niña.
—¿Le has dado un beso esta mañana? —pregunta Dionisio
—¿Cómo?
—Si le has dado un beso a la niña esta mañana, un abrazo, no sé… Cosas de madres.
—Sí claro.
Dionisio suspira.
—No te puedo garantizar que vaya a funcionar, pero quizá Magno pueda pillar un rastro si te olfatea a ti.
—Pero me he maquillado; me he echado perfume…
—Ya, ya, por eso no te lo puedo asegurar, pero algo es algo. A no ser que puedas ir a tu casa a por una prenda de tu hija.
Laura piensa en su casa, en la habitación de su niña.
En sus cajones repletos de ropa recién lavada.
En su cama y en sus sábanas donde el olor de la niña sigue presente.
Se le escapa una pequeña lágrima. Se tapa los ojos.
Dionisio no insiste; pide permiso para ir al baño, y Laura se queda sola en la estancia.
Se dirige a la puerta; vuelve a tener ganas de marcharse y dejarlo todo.
Pero quizá sea una buena idea probar con el perro.
No tiene nada que perder, y por la noche es más difícil que la Guardia Civil pueda detectarlos.
Se apoya en el mueble que tiene Dionisio como aparador, lugar para poner la televisión y demás cachivaches inservibles, como platos de decoración u orfebrería barata.
Se fija en los únicos dos libros que hay.
Coge uno de ellos. Es El Quijote. Lo hojea.
Tiene mucho polvo, signo de que nadie lo ha tocado en mucho tiempo.
Lo deja en su lugar, y coge el otro. Cien años de soledad.
Este no tiene polvo; incluso tiene un calendario de un bar que hace las veces de marcapáginas.
Abre el libro por la hoja donde está el marcapáginas y lee:
Aureliano podía imaginarlo entonces con un suéter de cuello alto que solo se quitaba cuando las terrazas de Montparnasse se llenaban de enamorados primaverales y durmiendo de día y escribiendo de noche para confundir el hambre,
en el cuarto oloroso a espuma de coliflores hervidos donde había de morir Rocamadour.
Laura abre la boca y los ojos casi por igual.
Se le eriza el vello. Recuerda cómo ella le leía algunos pasajes de la novela a su marido, en la cama, con él tendido a su lado acariciando la tripa de seis meses en la que Luzma se desarrollaba.
Como si quisiera que los dos escucharan aquella belleza a la vez.
Ahora, en aquella lamentable casa con aquel extraño y dudoso hombre, no esperaba encontrar esa misma belleza.
El párrafo, de la famosa obra de García Márquez, hace referencia, a su vez, a un pasaje de Rayuela, de Julio Cortázar, su novela favorita.
Un cruce entre genios; para ella, quizá los dos más grandes de la literatura universal.
Dionisio sale del cuarto de baño, se seca las manos en sus pantalones y se sorprende al descubrir a Laura con el libro.
—Son los únicos dos libros que me he leído en la vida —afirma—. El que tienes en la mano lo he leído tres veces, y sigo sin entenderlo bien del todo, pero me gusta imaginarme el pueblo ese… Macondo.
Laura no se puede contener. Suspira.
—Si la vida me lo permite, te prestaré el tercer libro que leerás en tu vida. En este párrafo se habla de él.
Dionisio se encoge de hombros sin saber a cuál novela se refiere Laura. Pero ella empieza a cambiar, un poco, la forma de ver a ese hombre.