Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El registro
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El registro

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 13 h.

Adrián abre la puerta de su casa, flanqueado por Vila y por Virginia.

Los acompaña el cabo Nicolás. A pesar de que Adrián enciende todas las luces, la subteniente lleva en la mano una linterna con la que ilumina cada lugar por el que transitan.

Los guardias han pedido examinar primero la habitación de la niña.

No hay razones para esperar a la Policía Científica, ya que el cuarto no es el lugar de la desaparición.

Adrián tiene la intención de entrar, pero Vila lo detiene.

—Disculpe, Adrián: entraremos solo nosotros. Puede esperarnos en la puerta.

Adrián no dice nada, y cruza una mirada con Virginia en el estrecho espacio de la puerta de acceso a la habitación.

Dentro, la subteniente usa la linterna para iluminar las estanterías donde la niña guarda sus libros de diversas colecciones de El Barco de Vapor.

La habitación es la típica habitación de una niña de casi nueve años.

Está pintada en un tono naranja suave. Hay una cama elevada para poder meter debajo cosas como juguetes o ropa.

Una mesa de estudio y un par de estanterías.

En las paredes hay un par de cuadros de plantas y un póster gigante de una famosa investigadora de una saga de libros infantiles.

—¿Le gusta leer?

—En casa siempre hay libros —responde Adrián—. La madre es una lectora empedernida.

—¿Y a usted? —pregunta Virginia sin mirarlo.

—Me gusta, sin más.

Vila toma un ejemplar de uno los libros infantiles, lo abre por la mitad y después pasa las hojas como si fuera un folioscopio.

Lo vuelve a dejar en su lugar. Virginia curiosea en el escritorio donde la niña realiza las tareas del colegio.

Está debajo de la pequeña ventana que tiene la habitación.

La abre y mira al exterior. Es un patio de luces que tiene la casa.

—¿Hay más vecinos arriba?

—Dos.

—¿Qué tal es la relación?

—Buena; nosotros nos llevamos bien con todo el mundo. Aquí la gente es muy agradable por lo general.

—¿Por lo general? —incide Virginia.

—No te puedes llevar bien con todo el mundo.

—¿Con quién no se llevan bien?

—Con nadie en particular —aclara Adrián, molesto—. Simplemente, hay gente que no saluda por la calle. Después del tercer saludo no correspondido, pues a uno se le quitan las ganas de seguir dando los buenos días.

—¿Puede ser más concreto respecto de esas personas que no le corresponden el saludo?

—Pues no, la verdad. El pueblo es pequeño, pero no conocemos a todos los habitantes uno por uno. Solo llevamos aquí algo más de cuatro años, y nuestro círculo de amistades se limita a los padres del colegio, y poco más.

Vila asiente, e invita a su compañera a salir del cuarto de la niña.

Adrián los guía hasta la habitación de matrimonio.

Virginia entra la primera, y en lo primero que se fija es en la mesilla del lado donde duerme Laura.

No la mesilla propiamente dicha, sino lo que reposa: el teléfono que la madre ha dejado allí intencionadamente.

La subteniente mira a Adrián, que mueve la cabeza arriba abajo.

Saca una bolsa de plástico de su bolsillo, donde guarda el teléfono, no sin antes haber comprobado si enciende.

—¿Sabe usted el pin y la clave de desbloqueo? —pregunta al constatar que no enciende.

—Qué va —responde Adrián.

Virginia le aguanta la mirada; intuye que puede estar mintiendo, pero ella tampoco conocía ni el pin ni la clave del móvil de su expareja. Quizá por eso sea expareja.

—Necesitamos sus ordenadores, Adrián.

—Ahora mismo se los entrego, pero dígame: ¿se ha puesto en contacto ya con Fernando?

—Con su mujer.

—¿No van a ir a interrogarlo o traerlo al cuartel?

—Ella dice que no se encuentra bien.

Adrián resopla y mueve los labios hacia arriba en un gesto que podría interpretarse como una sonrisa, pero que es todo lo contrario.

Es un gesto de ironía, pero sobre todo es un gesto de impotencia por no poder ir a por su amante/amigo y sacarle la verdad a palos.

Esa misma mañana había decidido creerle, pero luego se dio cuenta de que apenas lo presionó.

Creyó que, por haber cumplido el deseo carnal de Fernando, se abriría y confesaría que se había llevado a la niña para asustarlo, para llamar su atención y reclamar lo que él creía suyo.

Ahora, Adrián ya no lo tiene tan claro. Cree que Fernando podría haberse llevado a la niña, haberla tirado al pantano o escondido en cualquier lugar, haber vuelto a casa y fingir delante de su mujer que llevaba toda la mañana en la cama.

—Señor Trovado —Virginia lo saca de su ensimismamiento.

—¿Sí?

—¿Sus ordenadores?

Adrián los lleva hasta su despacho. Los policías se miran el uno a la otra; se dan cuenta de que no están en una estancia más de la casa.

Ahí todo parece medido al detalle. Para empezar, la habitación tiene un tono blanco, diferente al resto de la casa, que está forrado con papeles antiguos —excepto el cuarto de la niña—.

Tiene dos mesas blancas enormes al fondo, con dos sillas de oficina que no deben de bajar de los doscientos euros, de esas que parecen más bien el asiento de un coche de carreras.

A los lados hay una fila de estanterías repletas de libros.

Virginia les echa un vistazo. En el lado izquierdo, hay multitud de novelas de todos los géneros y autores.

Vila investiga el lado derecho, donde hay muchos libros de investigación policial, manuales, casos famosos llevados a libros de no ficción…

—No es difícil adivinar qué lado pertenece a cada uno de ustedes, según lo que me acaba de decir antes sobre los gustos literarios de su mujer y de los suyos —deduce Vila.

Adrián permanece quieto en la puerta, y asiente.

Sobre los escritorios están los ordenadores de Laura y el suyo, ambos portátiles y enganchados a una pantalla.

En la pared que hay encima de los escritorios, hay dos pósteres gigantes.

En el lado de la izquierda, el de Laura, la imagen es de una rayuela, y corresponde al libro homónimo de Julio Cortázar.

En el lado de Adrián, el póster es de Sérpico, la mítica película de policías protagonizada por Al Pacino.

Los investigadores no piden permiso esta vez; cogen los dos ordenadores y los meten en bolsas que llevaban para tal efecto.

—¿Podemos tomar uno de los dos cargadores? Son iguales, ¿verdad?

Adrián asiente.

—Ahora puede esperarnos fuera, señor Trovado —ordena Virginia—. No tardaremos mucho.

Nicolás toma por el brazo a Adrián y lo guía hasta la calle. Una vez fuera, el guardia saca un cigarro de su cajetilla y le ofrece uno al expolicía, que lo rechaza.

—Es verdad; tú eres muy deportista —dice el guardia con sorna.

Adrián no lo mira, pero le dan ganas de decirle que es mejor ser deportista que fumarse una cajetilla al día, tirar el dinero y matarse lentamente.

Pero se lo ahorra porque no quiere enemistarse con nadie.

Además, Nicolás quizá sea el más manipulable de todo el puesto de la Guardia Civil de Logrosán.

—¿Dónde está la jefa, Nico? —Se permite el lujo de llamarle por el diminutivo—. ¿Se ha ido a dormir, crees?

—No creo que esté durmiendo con todo lo que hay liado. Mañana a las seis, o incluso antes, está en el cuartel. ¿Por qué lo preguntas?

—Curiosidad. Dame un cigarro de esos, anda.

Nicolás se lo queda mirando; no entiende que ahora le pida tabaco, pero después considera el estado de tensión en el que puede estar aquel hombre.

Él ha visto con sus propios ojos las palabras que Alberto De Miguel le dedicaba en la cárcel, y se da cuenta de que no debería intentar mofarse de él.

Él es la víctima, por mucho que su jefa y los policías judiciales tengan sospechas sobre él.

Le ofrece un cigarro. Adrián lo toma, y le pide fuego.

Cuando va a encenderlo, un manotazo se lo arranca de la cara.

—Hijo de puta. ¿Qué coño andas diciendo de mí? —grita Fernando, que se abalanza sobre Adrián, agarrándolo de la pechera.

El padre de Luzma recula y tiene tiempo de mirar a los ojos a su amigo; podría quitarle las manos de su ropa y tumbarlo de un puñetazo en el estómago, pero decide esperar a que Nicolás lo separe. Tiene que mostrarse vulnerable; esa debe ser su estrategia.

Nicolás, en efecto, no tarda en agarrar por detrás a Fernando y apartarlo de Adrián.

—¡Tranquilo, tranquilo!

—Déjame, déjame que le dé lo suyo a este maricón. ¿Qué pasa? ¿Ahora que ya no te chupo la polla, dices que yo soy un secuestrador? ¡Hijo de puta!

Nicolás se queda confuso. Adrián no se esperaba eso.

Entiende que el estado anímico y mental de su amigo no es el óptimo.

Posiblemente la ingesta de ansiolíticos lo tenga descompensado.

Su relación es completamente opaca, oculta, privada; nadie sabe qué ha pasado entre los dos, y Fernando es libre de contar lo que le venga en gana.

Es la palabra del uno contra la del otro.

—¡Cabo! —Vila grita desde el balcón de la casa de Adrián—. Si ese hombre no se calma, espóselo.

Fernando deja de forcejear con Nicolás. Levanta las manos y pide que lo suelte.

—¿Y tú quién coño eres? —pregunta dirigiéndose a Vila.

—Yo voy a ser aquel al que le cuentes con todo detalle esas barbaridades que acabas de soltar.