Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Greydis
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Greydis

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 12 h 30 min.

Laura siente una desazón. Una doble desazón.

O triple: por un lado, sigue en vilo pensando dónde estará su hija.

Por otro lado, cree haber dado con una pista falsa con Dionisio.

Y, para rematar, no le ha gustado nada lo que ha dicho su marido acerca de comprarle tiempo y recalcar «lo que sea necesario».

Siente que hay algo que le oculta. Lo que pasa es que ahora ella tiene otras prioridades.

La primera es que tiene que salir de allí.

Y no se puede ir sin más. No puede dejar a Camila con el muerto de Dionisio encima.

No es que el hombre haya fallecido del susto, pero no cree que Johnny se trague que están haciendo algún tipo de práctica sexual de sumisión y se les haya ido de las manos.

Porque en algún momento el Johnny tendrá que entrar en ese cuarto cuando vea que Camila y su acompañante no salen.

Dionisio no tiene la boca tapada. Sabe que no merece la pena jugársela gritando.

Laura sigue cerca de él con el táser en la mano.

Ya no lo tiene pegado a sus pelotas, pero la amenaza sigue a la vista.

Le ha dejado la boca destapada para que siga convenciéndola de que no tiene nada que ver.

Y, con cada palabra que dice, su desesperación aumenta por haber metido la pata hasta el fondo.

—Mira, si quieres, puedes venir a mi finca y te enseño a los perros. Y te enseño mi coche si quieres también; se lo llevo a la Guardia Civil para que lo miren con sus luces y con sus cosas para que vean que ahí no he metido a ninguna niña.

Laura lo observa. La verdad es que podría entregarlo a la Guardia Civil, llamar y explicarlo todo de forma anónima, y largarse. Pero seguiría dejando a Camila en una mala posición.

—¿Lo dices en serio?

—¿Qué?

—Lo de enseñarme a tus perros.

—Claro, y lo del coche; vamos al puesto de Cañamero…

—Nada de Guardia Civil —interrumpe Laura—… al menos por ahora.

—¿Por qué? —pregunta él.

No le contesta; solo mira a Camila y pregunta:

—¿Hay alguna puerta de atrás aquí?

Ella duda. Finalmente afirma.

—¿Qué piensas hacer, flaca?

—Me lo llevo.

—¿De verdad?

—¿Prefieres que lo deje aquí? —Camila resopla, indignada, como pidiendo que no la traten por tonta—.

Tú, vístete —ordena a Dionisio, que enseña sus muñecas para que le liberen.

Laura busca, en el bolso, el cúter, complemento inseparable de todo rollo de cinta americana.

Antes de cortar la cinta, le da un par de toques al táser para que Dionisio no se olvide de este.

El hombre se viste, y Laura recoge todas sus cosas en el bolso.

Camila abre la puerta de la habitación y mira a un lado y a otro.

Sale y hace gestos con la mano para que salgan tras ella.

Laura agarra a Dionisio por el hombro y le pone el arma en el cuello.

Caminan por un angosto pasillo de tonos cobrizos, iluminado por pobres bombillas incandescentes de color rojo.

Una oda al mal gusto y a la sordidez. Tras las paredes se distinguen algún gemido, algunas risas y algún grito.

Laura no cree que vuelva allí nunca, pero a lo mejor tiene que hacerlo…

si no vuelve a ese antro, a otro parecido. «Lo que sea necesario».

Bajan por unas escaleras, y Camila abre otra puerta, que revisa antes de darles paso.

—A veces salimos aquí a fumar —dice.

Sin soltar al hombrecillo, salen por fin a la calle. Hace frío… mediados de abril, y las noches contrastan con el día. Sobre todo con la poca ropa que llevan las dos mujeres.

—¿Dónde están los coches? —pregunta Laura.

—Seguidme.

—¿Dónde vamos?

—Tenemos que dar un rodeo; si vamos por delante del club, el Johnny puede vernos.

—¿Pero tú vienes?

—Hay que llevarse el coche de este hombre —advierte Camila—. Según lo que has contado, la Guardia Civil puede venir. Y, si lo encuentra, va a entrar a preguntar.

Laura se admira del desparpajo de la hondureña. No había caído en la cuenta de eso, pero está claro que Camila lo hace para cubrirse las espaldas. Johnny sabe que Dionisio ha entrado con ella en la habitación.

Dan un rodeo alejándose del club. Camila ilumina con la linterna de su móvil. Dionisio camina más despacio por su leve cojera.

—¿Dónde coño vamos, Camila?

A Laura se le está haciendo eterno el camino entre arbustos y piedras.

No solo tiene que cuidar de no caerse, sino de que Dionisio no se escape.

Aunque, por la leve cojera del hombre, tampoco cree que vaya muy lejos.

Llega a pensar, incluso, que el hombrecillo no tiene ninguna intención de hacerlo, porque en la oscuridad podría haberse zafado de ella y echado a correr.

Llegan a una valla; antes de que protesten, Camila la agarra y tira con fuerza, dejando un hueco por el que invita a pasar a sus dos acompañantes.

Las sospechas de Laura acerca de la sumisión de Dionisio se confirman cuando el hombre pasa delante y ella tiene que soltarlo un momento para no caerse.

Son apenas cinco segundos pero, cuando Laura se levanta, al otro lado de la valla, Dionisio sigue allí. Sin moverse.

Están en el camino de tierra que los conduce al club, a unos doscientos metros.

El neón hortera que corona la casa les permite un mayor contraste a la hora de caminar en la oscuridad.

La luna es nueva y, en el cielo extremeño, hay cientos de miles de estrellas.

Laura recuerda su infancia, no demasiado lejos de allí, cuando en las noches de verano observaba ese cielo desde distintos lugares: su casa, la estación de tren, un parque cercano… Tiempos mejores.

Llegan a los coches. Laura pide a Dionisio que abra el maletero del suyo.

Lo hace, y ella siente un vacío en el estómago.

Allí no hay nada más que un gato para levantar el vehículo en caso de pinchazos y una vieja manta.

Laura decide creer al viejo y se dirige al suyo.

Le ordena que se siente en el asiento del piloto.

Ella tiene la intención de sentarse atrás.

Camila se acerca y le pide las llaves a Dionisio, que se las entrega sin protestar. Se acerca a Laura.

—¿Cómo te llamas, flaca?

—Laura… ya lo sabes.

—No, pendeja, tu nombre real. —Sonríe dejando a la vista de la luz del neón sus blancos dientes.

—Es mi verdadero nombre. —Camila se sorprende. No está acostumbrada a que las chicas usen sus nombres auténticos para ejercer la prostitución. Aunque Laura no pretendía hacerlo—. ¿Y el tuyo?

—Me llamo Greydis. —Se acerca, y le da un rápido beso en los labios.

Laura se siente descolocada. Sí, se habían dado bien el lote antes, pero aquello era una farsa. Ese beso, cree, ha sido de verdad. Y, aunque ha sido solo un pequeño pico, consigue perturbarla.

—Muchísimas gracias, Greydis —dice sin más—. Toma. —Laura busca en su bolso. Dinero. Coge doscientos euros, y se los entrega a Greydis—. Ni se te ocurra rechazarlo; tendrás que pagarle al desgraciado del Johnny por el servicio y por la habitación.

—Sí, pero…

—Ni pero ni nada, por favor —suplica Laura.

Greydis acepta, y le da un abrazo. Laura aparta cualquier pensamiento de su mente porque tiene a Dionisio en el coche y no puede fiarse de él, por muy sumiso que parezca.

—¿Qué vas a hacer con el coche? —pregunta el propio Dionisio.

—No te preocupes, viejito —responde ella—. Te lo devolveré.

Le guiña un ojo y se monta en el coche blanco, mediano, con matrícula de Cáceres.

Laura se sube al todoterreno, y se despide de la hondureña con la mano.

—Arranca —ordena.

Dionisio obedece, y sale a la carretera, a pocos metros del club. Conduce en la noche con la amenaza de Laura y con su táser detrás.

—Te juro que yo no tengo a tu hija, de verdad. Te juro que yo sería incapaz de…

—Cállate, por favor.

—Ya verás en casa; te enseñaré los perros que he robado.

Laura no dice nada. Está agotada. Ese día se ha despertado a las siete de la mañana para preparar el desayuno y la mochila de la niña para la excursión.

Son más de las doce de la noche, y no ha parado ni para comer.

Lo último que se ha tomado ha sido media copa de ron con naranja en el club.

Siente un rugido en las tripas. Dolor, incluso.

Recuerda las barritas energéticas que tiene en la mochila, pero quizá haya algo mejor.

—¿Tienes algo de comer en tu casa? —pregunta.

—Claro, ¿te gusta el jamón?

Laura, que apenas come carne, no le piensa hacer ascos a semejante manjar; además, es uno de sus «alimentos permitidos». Las barritas energéticas tendrán que esperar.

Regresan a Guadalupe, pero no entran en el pueblo, sino que toman la circunvalación. Dionisio conduce hasta llegar a un desvío. A los pocos metros llegan a la puerta de lo que parece una finca. Dionisio se baja del coche.

—¿Dónde coño vas?

—A abrir la puerta, mujer.

Laura lo deja; el hombrecillo abre la puerta, y vuelve al coche. Acelera de nuevo, y lo mete en la finca.

—Ya está.

Laura se baja del coche. Apenas hay luz: tan solo el foco de la entrada.

Escucha ladridos que la asustan. De repente siente miedo.

¿Y si el tipo tiene perros de los peligrosos y le ha tendido una trampa?

Podría ordenar que la atacaran. Ella cuenta con el táser que tiene en la mano pero, si son varios, no sabe si sería capaz de defenderse. Entra en pánico.

—¡Espera! —grita.

Entra en el coche a toda prisa, y lo cierra.

—¿Qué pasa?

—No me estarás jodiendo, ¿verdad?

—Pero ¿qué dices?

—Los perros, ¿dónde los tienes?

—Anda, la leche —dice divertido—. Ven, anda.

—No voy a ningún lado. ¿Dónde los tienes?

Dionisio la mira con los ojos que tendría un abuelo que está haciendo rabiar a su nieta.

—Sígueme con el coche. —Laura arranca, y Dionisio la guía por un pequeño camino pegado a la casa.

Tras haber circulado unos cincuenta metros, llegan a una valla—.

Da las largas —pide Dionisio. Laura obedece.

Un perro grande (no sabe identificar la raza) salta contra la valla al lado de Dionisio, que no recula ni un centímetro—.

Tsch, ¡bleib! —grita—. Laura no piensa salir del coche, ni con táser ni sin táser—.

Solo está nervioso porque no está con su dueño.

¿Has visto qué mastín más imponente? —Laura siente un asco profundo por el hombrecillo.

No es que ella sea muy de perros, pero entiende que el animal estará sufriendo.

Apartado de su casa y encerrado en una cárcel—.

El otro es una pasada; es una especie de pastor alemán, muy bueno —explica Dionisio—.

Con este necesito un par de días más para bajarle los humos.

—¿Les pegas o qué?

—¿Yo? ¿Pegarles? —se queja, ofendido por la pregunta—.

En la vida he pegado a un perro. Ni a un perro ni a nadie, vaya.

—Laura sigue sin confiar en él. Busca en el bolso del kit.

Encuentra lo que busca, y sale del coche.

En una mano lleva el táser; en la otra, un gas pimienta.

Sigue sin estar convencida de que así podría repeler el ataque de las dos fieras, pero se siente un poco más cómoda—.

En cambio, tú, seguro, si uno de estos bichos se te acerca, lo dejas frito.

Laura se molesta por el comentario del hombrecillo. ¿Quién se ha creído que es? El puto robaperros.

—No todos sabemos amaestrar animales.

—Eso es verdad —concede—. Nadie amaestra a estos perros como yo.

Ven, anda. —Dionisio se acerca a la casa; da la luz del porche.

Es una pequeña casa de campo, parecida a la suya.

Aunque más descuidada y pequeña. Dionisio la invita a entrar y le dice que puede llevar el táser a mano, aunque no tiene nada que temer.

Laura le pide que deje la puerta abierta, y él obedece.

Cuando entran, se encuentra con un espacio diáfano.

Con algunos muebles viejos, una televisión, un sofá y una cama al fondo.

La cocina está integrada. Dionisio abre la puerta del baño—. Mira.

Laura se acerca despacio, y pide al hombre que se retire. Se acerca al cuarto de baño y comprueba que no hay nadie. Dionisio se acerca a uno de los muebles, y abre un cajón.

—¡Estate quieto, joder!

—¡Coño, qué susto me has dado! —protesta.

—Que te estés quieto, coño.

—Que estoy cogiendo una linterna, mujer.

—Laura se acerca al mueble. Dionisio sabe que se tiene que retirar, y Laura observa la linterna.

Mueve la cabeza arriba y abajo, y Dionisio la coge—.

Ven. —Salen al exterior; el hombrecillo la guía con la linterna apuntando al suelo.

Llegan a un pequeño cobertizo. El hombre abre un candado de combinación y después la puerta—. Pasa.

—Yo no entro ahí ni loca.

—Pero, mujer, es para enseñarte que aquí no hay nada tampoco.

—Dame el candado.

Dionisio lo coge, y se lo tira. Ella tiene las dos manos ocupadas, y no puede cogerlo.

—Vaya, por Dios… —protesta él.

Deja la linterna en el suelo, apuntando al interior.

Se aparta. Laura se acerca; está al borde de la puerta.

No deja de mirar a Dionisio, que retrocede.

Se fija, entonces, en su cara, en sus arrugas y cree percibir un retazo del perfume de marca que se ha puesto esa noche para ir al club.

Se coloca de forma que la luz del porche queda detrás de él.

También la del coche que Laura ha olvidado apagar.

Está a contraluz, y ahora Laura no puede distinguir su rostro.

La mujer, por fin, se asoma al cobertizo.

Y se derrumba. No hay nada más que herramientas y trastos viejos.

Toda la tensión del día se le viene encima; se le monta en la espalda. Dobla una rodilla.

—Necesitas ayuda —dice Dionisio.

Laura se repone rápidamente, y se levanta.

—No necesito ninguna ayuda.

—No es una pregunta —replica el hombrecillo.

Laura lo mira extrañada. Ahora se ha colocado de forma que la luz le da solo en un lado de la cara.

La forma de su nariz y de su pelo le traen a Laura un flashazo del pasado.

Le recuerda a alguien. Alguien parecido a su padre—.

Necesitas ayuda para encontrar a tu hija y, si quieres, yo puedo ayudarte.

Laura duda.

—¿Y cómo piensas ayudarme tú?

—Bueno, conozco a mucha gente. Gente que no es trigo limpio.

Laura entiende. Si ese hombre frecuenta clubes de alterne, trapichea y roba, es más que probable que diga la verdad.

—¿Y cómo sé que puedo fiarme de ti?

Dionisio se rasca la barba.

—Porque tengo un amigo que nos va a ayudar.

Laura tuerce la cabeza; no sabe lo que está diciendo… no entiende. Dionisio sonríe.

—¡Magno! —grita. Se escucha un ladrido en la verja donde antes le ha enseñado los perros—. ¡Magno! —Se escucha otro ladrido y un golpe en la verja—. Magno y su olfato serán también tus amigos.