Virginia y Vila
Tiempo transcurrido desde el secuestro: 12 h
—Yo solo quiero que me devuelvan a mi hija —suplica Adrián.
Vila y Virginia lo miran sin decir nada.
Llevan más de media hora explicándole que se está metiendo en un lío con su actitud, pero no entra en razón.
Tiene una cara de culpable que se la pisa…
eso quizá piensen los agentes especiales.
Son varios los casos de este tipo los que llevan a sus espaldas.
Casos recientes que conmocionaron a la opinión pública, con niños quemados, cadáveres escondidos en el maletero o niños hundidos en el mar.
Y saben de sobra lo que implica una actitud poco colaborativa de los padres.
—Todos queremos que aparezca Luz Marina, Adrián, pero necesitamos que nos ayudes —dice Vila, que está haciendo de poli bueno.
—¿Vais a conseguir la lista de delincuentes sexuales o no? —requiere Adrián de nuevo.
—¡Otra vez! —protesta la subteniente.
—En cuanto me des esa lista, te doy todo lo que me pides.
—Ya te hemos dicho, un par de veces, que esto no funciona así, Adrián —le recuerda Vila con toda la paciencia que puede.
—Lo sé, ya saben que soy compañero, pero…
—¡Y una mierda compañero! —Virginia se levanta con tal ímpetu que tira la silla en la que estaba sentada—. Déjate de decir gilipolleces; tú ya no eres policía y no tienes ni idea de cómo funciona esto.
Después del pestañeo inicial motivado por el susto que le provocó el ruido que ha hecho la silla al caer, Adrián se recompone y mira condescendiente a la subteniente.
—¿Es usted madre, subteniente?
Virginia resopla. Está a punto de mandar a la mierda a ese engreído.
Ahora entiende lo que le ha contado la brigada Donaire sobre la arrogancia de este padre.
Lo que pasa es que también le ha contado lo sucedido en la cárcel con el doctor De Miguel, y es lo que lo está salvando.
Lo que está evitando que lo metan en el calabozo y avisen al juez o la jueza para poner patas arriba la casa, ordenadores, móvil y vida de ese individuo.
—No es la primera vez que me hacen esa pregunta, señor Trovado —responde al fin—.
Ya estoy curada de espanto. No ser madre no me excluye de sentir dolor por un familiar, porque soy hija.
No apele a mis sentimientos para que lo entienda.
No hace falta; créame que le entiendo en lo que al sufrimiento que debe estar pasando.
Pero, si tan policía es, debe saber que su actitud es del todo sospechosa.
Y la de su mujer, a la que parece que está encubriendo, ya clama al cielo.
Adrián ha dejado de mirar a la subteniente.
Lo ha desmontado por completo. Tanto que se está replanteando su actitud y también su estrategia.
Tal como se la replanteó minutos atrás. Pero, cuando le vienen esos momentos de duda, siempre recurre al recuerdo.
Ahora son dos cosas: la huida hacia adelante que decidió tomar esos minutos atrás.
Y las palabras mantra que pactó con Laura: «Lo que sea necesario».
—¿Puedo ir al baño? No me encuentro nada bien.
Virginia resopla; siente que está jugando con ella. Y no entiende la actitud de Vila.
—Lo acompaño —dice el teniente, que se levanta y cruza la mirada con su compañera, pidiéndole calma.
Adrián deja su móvil encima de la mesa. Expolicía y teniente van al baño y, al igual que el cabo Nicolás, Vila accede a este. Adrián se queda mirándolo, y el teniente se pone a mear en uno de los urinarios.
—Solo será un momento.
Adrián lo maldice en su interior y entra en uno de los retretes individuales. «Lo que sea necesario». Se mete los dedos en la boca y se provoca una arcada. Dos. Llega a vomitar bilis.
—¿Se encuentra bien? —pregunta Vila.
—Ya les he dicho antes que no. —Adrián se vuelve a meter los dedos y vuelven las arcadas. Son tan fuertes que le están haciendo daño en el esófago, pero necesita que el teniente se vaya.
—¿Aviso a alguien?
—No, por favor, déjeme tranquilo; enseguida se me pasa.
Vila decide hacerle caso, y sale del baño.
Adrián, para cerciorarse de que lo ha hecho, mira por debajo de las puertas del retrete y observa la sombra de los pies del teniente al otro lado de la puerta del cuarto de baño.
Se desabrocha el cinturón, se mete la mano en los calzoncillos y coge el móvil.
Lo enciende; los segundos que tarda en encenderse le parecen horas.
Cuando por fin arranca, introduce el código pin, pero da error.
Quiere reventar el móvil contra la pared, pero se contiene; se aprieta las sienes tratando de recordar.
Vuelve a intentarlo, y vuelve a dar error. «¡Joder!».
Golpea con sus puños los blancos y desgastados azulejos del cuarto de baño del cuartel.
El teniente va a empezar a sospechar, por lo que se vuelve a meter los dedos y a exagerar la arcada para hacer el ruido necesario para que lo escuche al otro lado de la puerta.
Cuando siente la bilis en la garganta, le viene la inspiración que necesitaba.
Teclea el pin en la tercera y última intentona, y el teléfono se desbloquea.
Una vez desbloqueado, tarda demasiados segundos en ponerse operativo.
Llama a Laura, que no contesta. Cuando por fin lo hace, él simplemente dice: «Mensajes».
Y cuelga. Se pone a escribir un mensaje tan rápido como si jugara a la serpiente o al Tetris.
«Está aquí la UCO. No me dan la lista de delincuentes sexuales. ¿Tú tienes algo?». El «escribiendo…» en la pantalla dura más de lo que su corazón está dispuesto a resistir.
«No, pista falsa. No sé qué hacer».
«¿Cuento todo? ¿Lo dejamos y colaboramos con ellos? Los de la UCO son muy buenos».
«Necesito más tiempo, solo un poco más».
Adrián se gira sobre sí mismo; maldice. Aprieta los puños, la mandíbula, con más fuerza de la que su dentista le aconseja. Vuelve a teclear.
«Lo que sea necesario, ¿verdad?».
«Lo que sea necesario, amor».
«Te voy a comprar más tiempo, Laura. Pero recuerda estas palabras, ¿de acuerdo?».
El «Escribiendo» de la aplicación de mensajería vuelve a prolongarse más de lo deseado. Lo peor es que ahora para de escribir y ve a Laura fuera de línea. Esto dura pocos segundos, «Escribiendo» aparece de nuevo.
«De acuerdo. Intenta decirles que la pista es falsa, que no sigan más al coche blanco con matrícula CC. Lo que sea necesario. Te quiero».
«Te quiero».
La puerta exterior se abre, y Adrián entiende que el teniente está mosqueado por su retraso. Se mete el móvil de vuelta en los calzoncillos y se abrocha los pantalones. Tose varias veces, tira de la cadena y sale del retrete.
—¿Mejor? —pregunta Vila.
—Algo.
El teniente le flanquea la puerta para dejarlo pasar, y ambos vuelven a la sala que hace las veces de sala de interrogatorios. Virginia tiene en la mano el teléfono de Adrián y, al verlos entrar, lo suelta inmediatamente sobre la mesa.
—Es una U invertida —dice Adrián.
—¿Cómo? —pregunta ella sorprendida.
—El patrón de desbloqueo —responde. Coge el móvil, se lo ofrece a la subteniente y repite—: es una U invertida.
Virginia acepta el móvil, y mira a Vila, que niega con la cabeza.
—Entiendo que ha decidido colaborar, señor Trovado —pregunta ella.
—¿Dónde quiere que le mande la foto?
—Hágalo a la dirección de correo de este puesto —responde Vila entregándole una nota con el número de teléfono y correo electrónico que previamente les ha facilitado la brigada Donaire.
Adrián busca en imágenes una foto de su hija; encuentra una de los tres.
Una en la que la niña está en el centro y sus dos padres la besan, cada uno en una mejilla.
Recuerda lo que le costó hacer esa foto porque Luzma se apartaba en el último instante, y conseguía de este modo que sus padres se besaran en los labios.
Se conmueve. La tensión que están viviendo para mantener oculto el plan con su mujer (que la Guardia Civil siga buscando a la niña sin dudar de ellos) y el encuentro con De Miguel apenas le han dejado tiempo para llorar.
Solo el momento en el que Alberto De Miguel le ha provocado.
Y ahora vuelve a derrumbarse, ahora que es real y no fingido (cosa que los investigadores de la UCO pueden pensar), se derrumba y llora como solo un padre que ha perdido a su hija puede hacerlo.
Llora como un marido que añora a su mujer; la lleva añorando demasiado tiempo y, solo en ese momento, se arrepiente de haber tomado la decisión de dormir en camas separadas.
Cuando todo vuelva a la normalidad, pedirá y rogará, y suplicará lo que sea necesario con tal de recuperar también a su mujer.
Encuentra una foto reciente de la niña en solitario, y, entre lágrimas, consigue enviarla a la dirección indicada. Cuando lo hace, tira el móvil sobre la mesa, se tapa la cara e intenta hablar. Pero se expresa mal, y los policías le requieren que intente hacerlo mejor.
—Anoche tuve una discusión muy fuerte con mi mujer. —Miente: la discusión fue por la mañana y no fue tan grave—. Es posible que se haya marchado después de haber dejado en el colegio a la niña.
—¿Y su teléfono? ¿Se va de casa sin su teléfono?
—Ya le he dicho que muchas veces se lo olvida cuando lleva a Luzma al colegio: está al lado de casa. Y no es la primera vez que lo hace.
—¿Que hace qué?
—Irse sin decir nada y aparecer por la noche.
Vila y Virginia se miran. La subteniente no le cree, pero en esta ocasión el expolicía no miente.
—¿Sin teléfono, sin coche…?
—Precisamente. No se habrá llevado el teléfono para que no la llame.
Hoy me tocaba a mí recoger a la niña, y está tranquila por esa parte.
Teníamos comida hecha y, los viernes por la tarde, suelo ir con ella a jugar al pádel al polideportivo, y ella termina de sacar el trabajo para tener el fin de semana libre por completo.
—¿Y cómo se ha ido?
—Se ha podido ir en el autobús de las diez, el que lleva a Trujillo y a Cáceres.
Laura hizo esto en una ocasión. Hace algo más de un mes.
Habían discutido la noche anterior, por otra tontería de la misma novela por la que habían discutido esa misma mañana.
Dejó a la niña en el colegio; posteriormente, tomó el autobús a Cáceres y pasó el día allí con su madre.
Pero Laura le mandó un mensaje desde el móvil de su progenitora para que la niña no se preocupara.
Fue el detonante que catapultó que Adrián dejara de dormir con ella.
Y vuelve a arrepentirse de la maldita gilipollez que los llevó a ese punto.
Vila mira a Chamorro y le pide con un gesto que llame por teléfono para verificar algo sobre el autobús.
—Lo vamos a comprobar, Adrián —dice el teniente—. Adrián, ¿su mujer y usted tienen una buena relación?
Él duda. Y esta vez no hace teatro.
—Sí, pero es cierto que a veces discutimos. Recurro al tópico de «como todas las parejas». Pero es que es la verdad. Con el agravante de que nosotros trabajamos juntos. Ya lo saben.
Vila y Virginia se miran. Adrián no tiene claro que confíen en sus palabras, pero en pocas cosas ha sido más sincero que definiendo cómo es la actual relación con su mujer.
—Gracias por la foto —dice Vila—. Y gracias por la colaboración.
Entiendo que, al facilitarnos el acceso a su móvil, nos facilita que lo investiguemos, ¿no?
—Adrián asiente—. Lo voy a notificar al juez.
También necesitamos sus ordenadores y el móvil de su mujer.
¿Se encuentra bien para ir ahora a su casa?
—Antes de ir, tengo que contarles otra cosa.
Virginia, que está por salir de la sala, se detiene.
—Tienen que investigar a una persona que no he mencionado hasta ahora.
—¿A qué persona? A la librera ya la han investigado los compañeros de aquí…
—No se trata de Lola —interrumpe Adrián, que levanta la mirada y la clava en los ojos del teniente—. Se trata de Fernando, Fernando Aguilar.