Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 A oscuras
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A oscuras

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 11 h 30 min.

Me duele bastante la cabeza. Y también la tripa.

¿Dónde estoy? Menuda siesta me he echado.

¿Es de noche? Tengo mucha baba en mi boca.

Eso es que he dormido muy profundamente, según dice mi padre.

Pero no recuerdo haberme echado la siesta.

Además, los viernes no suelo hacerlo: solo los sábados, y no todos. Cómo me duele la cabeza, madre mía…

«¿Mamá? ¿Estás ahí? ¿Papá?». Voy a ver si me han metido en el cuarto de invitados por algo.

Pero, espera, si no estoy en una cama, ¿qué es eso?

¿Dónde estoy? «¡Qué asco! ¡Mamá! ¡Mamá!»

. Esto no es mi casa. ¡Ay, madre! Ya me acuerdo.

Alguien me ha llevado y me ha tenido que dar algo. Si es que apenas puedo ni moverme…

—¡Mama! ¡Mamá! —Oigo pasos. Ojalá sea mi madre… a ver si me explica qué está pasando—. ¿Mamá?

Se abre la puerta. Me apuntan con una linterna, y no puedo ver quién es. Me están deslumbrando.

—¿Eres tú, mamá?

—Tranquila, tranquila, Luzma.

Quien lleve la linterna no es mi madre; esa no es su voz. Además, habla muy bajito.

—Me estás deslumbrando; apaga la linterna, por favor.

—Tranquila, tranquila.

Se ha sentado a mi lado y me acaricia el pelo. No es mi madre, ni mi padre, y eso no me gusta. Pero al menos ha apartado la linterna de mis ojos

—¿Quién eres? ¿Qué pasa?

—No te preocupes; estás mareada.

—Pero ¿qué ha pasado? Me duele mucho la cabeza. ¿Estoy en el hospital?

—Estás a salvo, Luzma.

—¿Dónde están mis padres, por favor? —He empezado a llorar; no me gusta que me esté acariciando. Además, aquí no huele bien: huele como en el cobertizo de mi parcela: a viejo, y noto como polvo en mi boca. Y, además, hace frío. Me sigue acariciando y pidiéndome que me calme—. Tengo frío.

La persona que me acaricia deja de hacerlo; se levanta y apunta con la linterna hacia otro lado.

Yo no puedo ver mucho, pero aquello parece un sitio muy sucio.

Ha cogido algo de una pared. Vuelve hacia mí, y me tapa.

Creo que es una manta o algo parecido. Le agradezco porque me calma un poco el frío.

—¿Mejor?

—Algo. Pero, por favor, ¿quién eres? Necesito ver a mis padres.

—No te preocupes; vendrán pronto. De momento tienes que estar callada, ¿vale?

—Es que tengo miedo. ¿Por qué no hay luz aquí?

—Porque la luz te puede hacer daño en los ojos.

—¿Y eso por qué?

—Porque sí…

Me quedo callada. Pienso un poco; aunque tenga solo casi nueve años, no soy tonta.

—Pero… y, si me puede hacer daño, ¿por qué me estabas apuntando con la linterna? Me has deslumbrado.

—Luzma, tienes que calmarte.

La persona se ha sentado de nuevo, y vuelve a acariciarme. Mete su mano por debajo de la manta o el abrigo que me ha cubierto y me frota las piernas. Pero no sé si he dicho algo que la ha enfadado porque me ha dicho que me calme mucho más seria que antes.

—Tengo miedo: no puedo calmarme.

—Entonces, tendremos que darte otra vez la medicina.

—¿Qué medicina?

—Una medicina que hará que te calmes.

No me gustan las medicinas. Pero, a veces, cuando tengo fiebre y mis padres me dan de chupar un líquido rosa o rojo en una jeringuilla, a los pocos minutos me encuentro mucho mejor. Así que no sé si decirle que sí.

—No sé, pero ¿qué me pasa?

—Nada, tú si estás tranquila, no te pasará nada.

Me levanto, y agarro del brazo a la persona, pero no puedo ver su cara porque la linterna está apuntando para otro lado.

—Tengo miedo. ¡Tengo miedo! —grito. Entonces, noto que algo me vuelve a picar en el cuello. Llevo mis manos atadas atrás y me pincho con algo—. ¡Ay! ¡Duele!

Me he clavado algo muy profundo, en la mano.

—¡Si es que tienes que estarte quieta! —La persona me ha levantado la voz. Me asusta. Con sus manos me empuja hacia abajo, y me obliga a sentarme—. Túmbate —ordena.

—¿Por qué?

—Porque te vas a sentir mejor. Ya te lo dicho. Confía en mí.

—¿Qué me has hecho? ¿Me has pinchado con algo?

—Sí, con las medicinas… ya te lo he dicho.

—¿Qué me has pinchado? —La persona se queda callada.

He visto alguna película en la que, para raptar a mujeres o a hombres, les pinchan con una jeringuilla en el cuello.

Y me doy cuenta de que es lo que esa persona me ha hecho.

Me lo hizo en los viñedos de la excursión.

Y me lo ha hecho ahora de nuevo para que me calle y me duerma—. ¡No me pinches más! —grito.

La persona me tumba. Quiero darle una patada, pero no puedo… no sé por qué. Siento sus manos acariciar mis piernas, pero no puedo moverlas. Y me está entrando mucho sueño otra vez. Me estoy durmiendo.

—¿Ves cómo la medicina es buena?

Su mano acaricia mi cara y baja por mi hombro hasta mi pecho.

Luego vuelve a subir y me acaricia el pelo.

No puedo abrir los ojos. Solo siento cómo me tocan.

Me ha pinchado con algo que hace que no pueda ni moverme y que me dé sueño.

Estoy segura de que me ha secuestrado. Y yo no puedo pegarle una patada en los huevos o en el toto a quien lo ha hecho, como me enseñaron mi madre y mi padre.

No puedo moverme, y me voy a dormir. Y no quiero dormirme: solo quiero llorar y escupir y morder, y hacer lo que haga falta para salir de aquí. Pero no puedo.