La habitación del club
Tiempo transcurrido desde el secuestro: 11 h 30 min.
Laura mira fijamente a los ojos de Dionisio.
¿Puede ser el hombre que se ha llevado a su hija?
Puede. Y puede ser que no. Puede serlo porque un vejete de Cañamero lo ha visto en una actitud sospechosa.
Y también porque ese mismo hombre ha visto cómo alguien daba unos golpes en el maletero de su coche blanco de medio tamaño y con matrícula de Cáceres.
Pero ¿lo que ha dicho Cecilio, el vejete, es la verdad absoluta?
Laura empieza a dudar de ello. Y, al mismo tiempo que empieza a dudar, la rabia la come. Durante todo el día ha estado buscando a ese hombre, pero a lo mejor ha estado buscando a un fantasma. Al único fantasma al que se ha podido agarrar para encontrar a su hija.
Pero ya no puede pedirle disculpas y decirle que ha sido un error y que la perdone.
Lo ha zurrado, aunque no lo suficiente si realmente es el culpable.
Y lo tiene amordazado y atado. No, ya no puede liberarlo y marcharse como si nada.
No por ella, porque, si por ella fuera, sería capaz de comerse a Johnny si se le ocurre tocarla.
No puede liberarlo y marcharse así por Camila.
Después de su enfado en la ducha, no esperaba que la hondureña la ayudara.
Y no ha sido una ayuda de las de «Toma este teléfono y llama aquí o vete allí y pregunta…»
. No. Le ha traído al mismísimo Dionisio, el del coche blanco.
—Es un cliente habitual. Suele venir los viernes y algunos domingos —dice Camila—. Me he puesto nerviosa cuando me lo has dicho porque lo conozco, y… —Se detiene.
Laura, sin dejar de mirar a los ojos a Dionisio, pregunta:
—¿Y qué?
—No sé, mija, es un putero como todos los que vienen aquí. Pero no me creo que haga algo malo a una niña.
—¿Lo conoces lo suficiente para poner la mano en el fuego por él?
—No, pero…
—¿Has estado en su casa?, ¿comido con sus padres?, ¿sabes si se masturba desnudo mirando fotos de niños en su ordenador?
—¡Ay, ya, vale! —interrumpe Camila asqueada.
Camila está arrepentida de haber ayudado a Laura.
Muy arrepentida. Si Johnny se entera, va a tener muchos problemas.
Y, si Dionisio resulta no ser el culpable del secuestro de la hija de Laura, Johnny se va a enterar.
Porque cree que Dionisio es un buen tipo, pero no tanto como para dejar pasar por alto lo que le están haciendo.
—Dionisio —dice Laura con el táser muy cerca del perineo del hombre—.
Alguien me ha dicho que te ha visto muy nervioso esta mañana, conduciendo tu coche blanco.
¿Es así? —Dionisio no le sostiene la mirada; en cambio, gira sus ojos hacia Camila, suplicando ayuda.
Camila tampoco se la aguanta a Dionisio; se da la vuelta mirando hacia otro lado y comienza a morderse sus cuidadas uñas postizas—.
No la mires a ella: mírame a mí. Si colaboras, no te pasará nada: te lo juro.
Si no… —Laura aparta el táser del cuerpo de Dionisio, y lo enciende.
El chisporroteo azul se funde con la tosca iluminación del cuarto, y el ruido altera tanto al hombre como a la prostituta, que vuelve a pegar un brinco—. ¿Vas a ayudarme?
Dionisio mueve la cabeza hacia arriba y hacia abajo. Laura mira a Camila y le hace un gesto con la cabeza que ella entiende como que tiene que quitarle la cinta de la boca a su cliente. Se acerca y, antes de que lo haga, duda.
—Lo siento, Dioni, de verdad.
—Si se te ocurre gritar, te juro que te frío los huevos —amenaza Laura.
Él asiente; va a ser bueno por la cuenta que lo trae.
Camila no puede quitarle la cinta de la boca, para desesperación de Laura.
—Tira fuerte.
Camila obedece y Dionisio suelta un grito provocado porque, aunque no tenga mucha barba, algo queda, y le duele esa especie de depilación.
—Perdón, perdón —se apresura a decir en voz baja—. No grito; lo juro: son solo los pelos. Duele, duele mucho.
Laura lo acepta. De momento, no le dejará eunuco.
—Así me gusta. Ese es el tono que debemos usar hasta que terminemos —ordena Laura—. Ahora dime, ¿es verdad lo que me han dicho sobre tú, tu coche y ese estado de nervios que tenías?
—No entiendo.
Laura resopla.
—Esta mañana. Cañamero. Piensa.
El hombre mueve sus ojos hacia arriba y, tras unos segundos, se apresura a decir:
—Esta mañana sí que he pasado con mi coche por varios sitios, pero no sé bien lo que me quieres decir.
Laura vuelve a encender el táser, y provoca otro respingo, y esta vez en los dos.
—Mira, te lo voy a decir por última vez. Yo no tengo nada que perder. O hablas, o hablas.
Le acerca el arma encendida al paquete ante la mirada de terror de Dionisio.
—Espera, espera, joder. Sí, me los he llevado. ¿Tú quién eres?, ¿la dueña?
Tanto Laura como Camila abren la boca sin entender.
—¿Cómo que la dueña, malparido? ¿Así llamas a una madre que ha perdido a su hija? —protesta Camila.
—¿Qué madre? ¿Qué hija?
—¿De qué coño estás hablando, Dionisio? —pregunta Laura, al borde del colapso.
—¿Pues de qué va a ser? Del perro que he robado esta mañana en Cañamero.