La UCO
Tiempo transcurrido desde el secuestro: 11 h 23 min.
Adrián está sentado en una butaca que hay en el hall de la entrada del cuartel de la Guardia Civil.
Lleva más de una hora esperando allí y, para no romperle la cara a alguien o romper alguna propiedad del Estado, se da puñetazos a sí mismo en las palmas de sus manos.
Cuando la brigada Donaire dijo que la UCO estaba de camino, él se imaginó que estarían a diez o quince minutos.
El ansia lo pudo, sin tener en cuenta que vienen desde Madrid.
Ha tenido tiempo de hacer varias gestiones desde su móvil.
Ha escrito a sus padres, obviando la información.
Ellos viven lejos, precisamente en la capital, y no tienen la suficiente confianza con nadie del pueblo para tener su teléfono.
Como la noticia no está en prensa, les ha ahorrado el disgusto.
De momento. También ha llamado a su amigo Pedro para preguntarle cómo ha ido el día de búsqueda.
Este le ha preguntado dónde están él y su mujer, y Adrián ha tenido que mentir en parte.
Le ha contado que él ha estado todo el día en el cuartel y que Marta (Laura) está con una crisis de ansiedad, drogada, en casa.
Esto es lo acordado con su mujer si se daba el caso: contar a la Guardia Civil que no sabe nada de ella y, a los vecinos/amigos, que no ha podido soportar la presión y se ha tenido que sedar y meterse en la cama.
Pedro también ha preguntado por qué no está la cara de la niña en todas las televisiones y en todas las redes sociales, y él ha vuelto a mentir diciendo que está valorándolo con la Guardia Civil.
Pedro ha mostrado su extrañeza, y le ha contado que en redes ya se han difundido mensajes.
A Adrián le ha comenzado a latir muy deprisa el corazón pero, cuando Pedro le pide que le mande una foto de la niña para publicarla, ha vuelto a aludir a esa supuesta valoración que están realizando los civiles.
Ha recibido otras muchas llamadas de conocidos, que ha contestado por indicación del cabo Nicolás, por si alguna de esas personas llamaba para pedir un rescate por la niña.
Una de esas llamadas era del peluquero del pueblo, y a Adrián le han dado hasta ganas de reír.
No se imagina a Policarpo, con ochenta años y con manos temblorosas, raptando a su niña sin que nadie se dé cuenta.
No sabe si, por fortuna o por desgracia, nadie le ha pedido el susodicho rescate y ha lidiado con los ánimos y con las preguntas como ha podido.
Además, también ha recibido muchos mensajes de más gente del pueblo.
Del mismo Pedro, de su mujer Lourdes, de Aurora y hasta de Lola, la librera sobre la que tienen sospechas.
Ya le contó a Donaire este asunto y ella mandó a un guardia a interrogarla.
El resultado fue que la mujer había abierto la tienda a las diez de mañana y, hasta las dos de la tarde cuando cerró, no se había movido de allí.
Esto fue corroborado por varios testigos.
Lola, en su mensaje, se mostraba seca, pero le daba ánimos.
Como si esos ánimos de una persona que ha dormido con su hija en extrañas circunstancias sirvieran para algo…
A Adrián también le gustaría tener un vis a vis con la librera, pero sin guardias de por medio, a ver si soporta ese interrogatorio con él.
Pero tendrá que conformarse con que lleguen pronto los de la UCO e investiguen las llamadas y posiciones de su móvil.
Y también las de Fernando, que sigue estando en su órbita.
Y, por supuesto, la actividad en la cárcel del doctor De Miguel.
Aunque, al pensar en todo esto, se abruma: supondría un trabajo que requiere un tiempo que él considera que no tiene para encontrar a su hija.
Otra de las gestiones que ha hecho mientras espera es contactar con César Puente, su inspector jefe cuando militaba en la UDYCO y con el que tan estrecha amistad fraguó en los cuatro años que estuvo a sus órdenes.
A él también le ha pedido, suplicado, implorado que le consiga el Registro Central de Delincuentes Sexuales, el mismo informe por el que Donaire lo ha echado de su despacho, casi a patadas.
Un informe que ya había solicitado cuatro años atrás a su amigo y que, por aquel entonces, le había sido denegado.
«¿Cómo quieres que me meta yo en ese marrón? Necesitaría justificarlo, y no tengo con qué. Tienes que relajarte, nadie va a volver a intentar llevarse a Luzma» fueron las palabras textuales del inspector.
Él podía acceder a los perfiles de las personas investigadas en el caso que tuviera entre manos.
Pero no podía solicitar ese informe sin tener que dar explicaciones a jueces y superiores, ya que su acceso quedaría registrado.
Un informe que muchos políticos de ideologías extremas reclaman que se haga público, vulnerando el derecho a la intimidad de las personas.
Malas personas, deplorables pero, por dudosa suerte o por gran desgracia, ciudadanos con derechos.
Adrián espera ahora que, dada su situación, César Puente recuerde sus palabras acerca de las posibilidades de que volvieran a raptar a su hija, y se avenga a conseguir el informe.
Porque tiene bastante claro que la UCO no se lo va a facilitar.
El inspector ha recibido el mensaje; le ha contestado mandándole ánimo y le ha prometido que, en cuanto pueda, lo llamará.
De eso hace ya más de cinco horas. No lo tiene en cuenta: estará metido en alguna investigación que le absorberá el tiempo o, simplemente, es fin de semana, y necesita desconectar.
Él sabe bien lo que es: llegar a casa tarde todas las noches es el pan nuestro de cada día de un policía de investigación.
Y, aunque al principio esto era fuente de malestar con Laura, ella lo fue entendiendo, y lo compaginaron bien.
Adrián no para de mirar su teléfono, al que le siguen llegando mensajes de apoyo de personas que apenas conoce y que aseguran haber estado buscando a la niña todo el día.
Pero él está pendiente de otro teléfono.
Concretamente, del que tiene metido en sus huevos.
Necesita comunicarse con su mujer. Lo último que sabe de ella es la pista que le mandó sobre el coche blanco y que ahora anda buscando la Guardia Civil.
Le hubiera gustado comentarle la «jugada» con Alberto pero, cuando tuvo ocasión de contárselo, no lo hizo.
Pensó que sería mejor ahorrarle los detalles escabrosos, los insultos, la barbaridad que había dicho acerca de su paternidad.
Ahora siente la necesidad de hablar con ella, y no puede.
En el fondo, es tan simple como que echa de menos a su mujer y a su hija a su lado.
Ha pensado en ir al cuarto de baño, encender el teléfono y escribirle.
Pero el cabo sigue por allí rondando y no está dispuesto a abandonar su custodia.
No hasta que lleguen los de la Judicial.
A falta de quince minutos para las doce, acceden al cuartel dos agentes de la Policía Judicial de la UCO.
Un hombre y una mujer. Miran de soslayo a Adrián, y se dirigen al cabo, que se cuadra.
Preguntan por Donaire, y Nicolás les indica cómo acceder a su despacho.
La mujer es la que más se fija en Adrián.
Como si lo conociera. Y él no rehúye la mirada.
Tiene unos cuarenta años y es demasiado alta y demasiado delgada para su gusto, con el pelo a media melena, rubio oscuro y con una cara tan fina como sus brazos.
Si la viera por la calle, jamás pensaría que pertenece a una de las unidades más avanzadas de las fuerzas del orden del país.
A los pocos minutos, vuelve a la entrada Donaire acompañando a los policías judiciales.
—Buenas noches, soy el teniente Vila, y ella es la subteniente Virginia.
Adrián se levanta, y les estrecha la mano a los dos. Vila es un cincuentón elegante, con una mirada serena de esas que parecen haberlo visto todo. Precisamente, la subteniente sigue aguantándole la mirada y él, por primera vez, se siente intimidado.
—¿Nos acompaña, por favor? —pide ella.
Él asiente, pasa por delante de Donaire que ni lo mira, y se adentra en el cuartel.
El pasillo por el que esa mañana ha pasado ahora es más tétrico.
Ya no hay luz natural, y la ausencia de la artificial lo tiene en penumbra, solo iluminado por la luz que sale del despacho de Donaire y por la luz de otra estancia al fondo del pasillo.
Allí es precisamente adonde se dirigen. Cuando Adrián entra, se da cuenta de que puede estar en un aprieto.
Es una sala con una escasa mesa en el centro, y cuatro sillas automontables de madera (de la barata).
La cortina de la minúscula y única ventana que hay está corrida.
Lo han metido en un lugar muy parecido a una sala de interrogatorios.
El teniente Vila lo invita a sentarse en la silla más alejada de la puerta, al otro lado de la mesa. Él y la subteniente se sientan en frente. La brigada Donaire hace el amago de sentarse en la única silla que queda libre.
—Puede retirarse, Donaire.
Silvia se queda descolocada: esperaba estar en la toma de declaración. Aunque se lo ha contado todo a los dos policías judiciales, considera que tiene detalles importantes que aportar.
—¿Seguro, mi teniente? —replica ella, con un tono que está a caballo entre la indignación y la subordinación que le debe a su superior.
—Seguro; puede marcharse a casa, que debe de haber sido un día muy largo —corrobora Virginia, para que su teniente no tenga que repetirse, cosa que, por experiencia, sabe que no le gusta.
La brigada mira a Adrián, al que ve más nervioso de lo que ha estado en todo el día. Eso refuerza su idea de que algo esconde. Y se maldice por no poder estar allí para averiguar qué es ese algo.
—En el control de acceso tienen mi teléfono; pueden llamarme a cualquier hora si lo necesitan. Mañana estaré aquí temprano.
Los dos agentes le dan las buenas noches, y ella corresponde el saludo cuadrándose antes de irse.
Nada más cerrar la puerta, Vila expone sus cartas:
—Tengo que pedirle una cosa y preguntarle otra.
La primera es que me facilite ahora mismo una foto de Luz Marina.
—La personifica; no dice «su hija» o «la niña», y eso lo hace con un motivo claro: no van a buscar a una hija o la niña de alguien: van a buscar a Luz Marina Martínez Rodríguez (la suma de los dos segundos apellidos reales de los padres,
apellidos que tomaron como primeros cuando se cambiaron la identidad hacía casi cinco años).
—Ya les ha contado la brigada lo que opino al respecto y…
Vila se levanta, y lo mira fijamente. Ponerse en una posición más alta que él es su intención y, aunque parezca una tontería, suele funcionar.
—No le estoy pidiendo una opinión, Adrián; le estoy haciendo un requerimiento por las buenas. Si no colabora, no se estará haciendo un favor. Si quiere, no activaremos la Alerta Menor Desaparecido. Al fin y al cabo, se necesita la autorización de uno de los familiares directos de la niña.
Adrián la mira, y duda. Conoce la alerta, y es precisamente eso lo que trata de evitar.
Esta alerta pondría la maquinaria mediática a difundir información sobre su hija, su foto en todos los telediarios y, consecuentemente, una grandísima presión sobre el secuestrador. Finalmente, se decide a hablar.
—Si no colaboro, van a sacar la foto de mi teléfono móvil en cuanto se lo tenga que entregar.
—No es tan fácil, señor Trovado —interviene la subteniente—. Debemos conseguir la orden judicial primero y, a esta hora y siendo un viernes, sus señorías estarán descansado.
—Insistimos en que solo queremos la foto; no activaremos la alerta —interviene Vila—.
Entiendo que, como expolicía, se ha informado sobre eso, sobre la presión que puede ejercer sobre el secuestrador.
Y, si lo que está pensando es que pueda ser contraproducente, confíe en nosotros. Puede ser que lleve razón.
—Entiendo —dice Adrián, bastante más tranquilo al entender que los agentes de la UCO le comprenden. En parte al menos—. ¿Y la segunda cosa que me iban a pedir?
Vila y Virginia se miran.
—¿Dónde está su mujer? —pregunta ella.
Adrián arruga el gesto. Mira a la mesa. No le aguanta la mirada a esa guardia; tiene algo que lo somete de alguna forma, como si fuera una experta en leer mentes o algo así. Pero no cede, no dice nada.
Vila da un suave golpe con las dos manos en la mesa al tiempo que vuelve a sentarse, y de esta forma consigue atrapar la atención de Adrián.
—¿No se da cuenta de que con esta actitud se está poniendo, a usted y a su mujer, como sospechosos de la desaparición de Luz Marina? —El teniente vuelve a incidir en el nombre de la niña—. No han recibido ninguna llamada pidiendo rescate; su mujer no aparece; usted parece encubrirla, no colabora…
Lo están acorralando, están queriendo ponerle nervioso.
Es como si estuvieran usando el viejo truco del poli bueno y el poli malo.
Pero él tiene que mantener la calma; tiene que esperar a que ocurra precisamente eso: convertirse en los principales sospechosos, hablar con la prensa y que se publique en todos los medios.
Está convencido de que solo así salvará la vida de su hija, de su niña, de Luzma.
Duda. ¿Y si estuviera equivocado con este planteamiento?
¿Y si hubiera facilitado ya la foto de la niña y la hubiera visto alguien en algún lugar acompañando a un hombre de la mano, y así la hubieran podido encontrar?
¿Es tarde para eso? ¿Va a llevar su estrategia hasta las últimas consecuencias?
—Teniente, consiga usted esa orden —dice desafiante—. Y la verdad es que no tengo ni puta idea de dónde está mi mujer.