Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El cuarto de baño
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El cuarto de baño

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 10 h 3 min.

Silvia Donaire no quita ojo de la cara de Adrián/Roberto.

Tiene unas ganas de esposarlo y meterlo en el calabozo que no puede con ellas.

No solo por el incidente de la cárcel, sino porque sigue negándose a darle la foto de su hija y, sobre todo, porque sigue negándose a decirle dónde coño está su mujer.

El viaje de vuelta ha sido toda una odisea.

Lo han tenido que arrastrar prácticamente para meterlo en el coche.

No porque quisiera matar a Alberto De Miguel, sino porque se ha quedado sin fuerzas, y parece que incluso sin ganas de vivir después de las palabras del médico.

Silvia casi prefiere al Adrián que ha dado un puñetazo al preso que al despojo que ha llevado en la parte de atrás del coche patrulla en el camino de vuelta a Logrosán.

Ahora lo contempla, y no sabe cuál de las dos versiones de ese hombre tiene delante de sí.

Adrián, por su parte, ha decidido callarse, al menos durante un rato.

Tiene que evaluar bien sus siguientes pasos.

Ha recibido una buena noticia por parte de Laura.

Y la buena noticia ha sido doble, porque no ha hecho falta mentir a la brigada.

El coche patrulla ha recibido un aviso en el camino de vuelta.

Por lo visto, un señor de Cañamero ha sido testigo de un hecho, cuanto menos sospechoso, el mismo hecho que su mujer le ha contado por mensaje, así que una preocupación menos.

El problema es que, si ese sospechoso tuviera realmente a su hija, la noticia saltaría a los medios y, si estos decidieran darle la cobertura suficiente, se ceñiría sobre el secuestrador la sombra del acorralamiento.

Y eso es algo que Adrián no piensa permitir.

Al menos no hasta que venga la UCO. Y los agentes de la UCO, de momento, no llegan.

Hace más de cinco horas que Donaire solicitó su presencia, y no se han presentado.

Ella le responde que este tipo de cosas no se hace de un momento para otro, que deje de agobiarla con lo de las seis primeras horas, que han hecho importantes avances y que están en una ventana de tiempo razonable.

—Adrián, ¿por qué no vamos a tu casa y me vas entregando tus pertenencias y las de tu mujer?

—¿Por qué no vamos primero a la bodega y al viñedo?

—Porque apenas hay luz ya y porque mis compañeros y los voluntarios ya lo han peinado todo.

—¿Y si ampliamos la zona de búsqueda? ¿Habéis mirado ya en los pozos y en los pantanos?

—¿Pantanos? Pero estamos buscando una persona viva: a tu hija.

—Perdón, no sé por qué he dicho eso —miente Adrián.

Solo quiere ganar tiempo. Le acaba de pedir sus pertenencias; eso implica que le dé el teléfono móvil culebra con el que se comunica con su mujer, y tiene que hacer algo al respecto.

—¿Puedo ir al baño?

—Pues claro. Nicolás, acompáñalo.

Adrián quiere ir solo, pero no protesta porque no quiere levantar sospechas y porque no cree que el cabo se meta con él en el retrete.

No lo hace, pero sí entra al cuarto de baño, como si se fuera a escapar o a suicidar, o algo.

Lo que pasa es que, después del numerito de la cárcel, Nicolás no debe fiarse mucho de él.

Adrián cierra el pestillo; se baja los pantalones y se sienta en el inodoro.

—No creo que te apetezca estar aquí, Nicolás.

—No te preocupes; yo he cavado y sellado letrinas. No me voy a asustar.

«Será…», musita entre dientes Adrián. Ha tenido que dar con el guardia civil menos escrupuloso de toda Extremadura.

En realidad, solo tiene ganas de hacer pis, y aprovecha el ruido del chorro para sacar el móvil secundario del bolsillo, apagarlo, y guardarlo en sus calzoncillos.

Cuando empezaron a preparar el plan cuatro años atrás, tuvieron en cuenta todas las variables y contratiempos que podrían sucederles.

Y elegir un móvil lo suficientemente pequeño, pero funcional, para que pudieran esconderlo si era necesario, fue una de esas variables.

Este móvil ha cambiado con el paso de los años, pero el último elegido cabe de sobra dentro de sus calzoncillos.

—Contigo ahí no puedo, tío —se queja Adrián cuando sale del cuarto del retrete.

—Ya podrás —responde Nicolás.

Vuelven de camino al despacho, donde escucha a Silvia hablar por teléfono. Justo cuando entran, ella dice:

—Sí, está aquí. De acuerdo, tranquilo, sí. A sus órdenes, mi teniente.

Silvia cuelga el teléfono, y mira a Adrián.

—Buenas noticias: las Policías Judiciales de Cáceres y Trujillo están hasta arriba con un caso de asesinato doble y han mandado a dos agentes de la UCO de Madrid. Vienen ya para aquí. Estarás contento…

—Solo estaré contento cuando encuentren a mi hija.

Silvia se queda cortada. El comentario está fuera de lugar, y asume su error.

Intenta paliarlo con unas palabras de ánimo que lo empeoran.

La UCO es la élite de la Guardia Civil, con una tasa altísima de resolución de casos, tanto de desapariciones como de homicidios.

Que estos profesionales se pongan a buscar a su hija lo tranquiliza ligeramente.

—La encontrarán: no te preocupes. O ellos o nosotros.

Adrián advierte el momento de debilidad de la guardia y aprovecha para lanzar una de sus bombas.

—Silvia, ¿tú podrías conseguir el Registro Central de Delincuentes Sexuales?

La brigada, que le había concedido un crédito de asertividad y empatía, se revuelve otra vez.

—¿Perdona?

Adrián suspira. Sabe que es complicado/imposible que le faciliten a él ese registro.

Sabe que la Policía Judicial lo conseguirá fácilmente y que será uno de los primeros sitios por donde empiecen a buscar.

Pero él necesita tener ese registro para enviárselo a Laura.

Ella podría llegar antes a los delincuentes sexuales de la zona y sacarles la verdad a hostias.

—Creo que, antes de que lleguen los de la UCO, los de aquí podríais hacer una visita a los delincuentes sexuales de la comarca, y no sé…

Si encontráis ahí a los que se han llevado a mi hija, te llevarías tú todo el mérito.

—Adrián intenta apelar al orgullo de Silvia, pero el problema es que no la conoce.

No es de esas que buscan el reconocimiento; de haberlo sido, se habría dedicado a la música, que fue lo que estudió veinticinco años atrás.

Era una buena chelista, de las cinco mejores de su conservatorio.

Pero, un día en que le robaron su chelo (que le había costado a su padre más de cien mil pesetas), algo cambió dentro de ella.

No le vino la inspiración divina de querer hacerse guardia en ese momento, pero sí se le metió la semilla.

Esa semilla creció con los años cuando se dio cuenta de lo poco que se ganaba yendo de un lado para otro con el nuevo chelo a cuestas, todo el día pendiente de este para que no se lo robaran.

—Adrián, no te voy a decir que es la última vez que me dices cómo llevar la investigación.

No porque te voy a perder de vista en menos de una hora, cuando llegue la UCO y asuman ellos el mando del operativo.

Deseo con todo mi ser que encontremos a tu hija.

Pero te pido que no vuelvas a dirigirte a mí para nada.

Lo que tengas que hablar se lo comunicas al cabo.

Silvia mira a Nicolás y, con un gesto de cabeza, le pide que se lo lleve de su despacho.

El cabo le pone una mano en el brazo, y lo invita a levantarse.

Adrián acepta la derrota. Esta vez no se ha salido con la suya.

Se levanta, y se marcha del despacho. Antes de salir por la puerta, se gira y se fija en la brigada, que apunta cosas en su ordenador.

Apenas entra una suave luz por la ventana, fruto del día que está a punto de extinguirse.

Esto provoca una sombra cinematográfica en el rostro de la guardia.

Por primera vez, Adrián se da cuenta de que está ante una mujer que podría pasar por una estrella de cine.

No es que sea excesivamente guapa, pero su nariz perfilada, su tono de piel claro y su pelo castaño perfectamente recogido le otorgan una presencia imponente. Y no solo por el uniforme.

—Gracias, Silvia. Gracias, de corazón.

Ella no lo mira en primera instancia pero, como no se va, se ve obligada a levantar la cabeza. Se fija en lo jodidamente guapo que es ese hombre. Y en lo alterada que se puso un día que lo vio en la piscina con un minúsculo bañador de natación, presumiendo de cuerpo definido.

Ella solo mueve la cabeza hacia abajo, asintiendo.

Adrián da por aceptadas las gracias, y se marcha del despacho.

Ya solo queda esperar a los agentes de la UCO, a los que no podrá manipular como ha podido, en parte, con Silvia.

Se arrepiente de no haber sido aún más manipulador.

Y se acuerda de su mujer. Desea con toda su alma que ella ponga toda la carne en el asador.