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El antro

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 9 h 3 min.

Laura se toma una copa en la barra del club.

Es un ron con naranja, muy cortito de ron; no puede perder agudeza mental por culpa del alcohol, por mucho que tenga meterse en el papel.

Pero, para meterse en el papel, tiene que relajarse un poco porque está haciendo algo que no se hace un viernes cualquiera a las ocho de la tarde.

Está en la zona de copas del club. Con una barra en forma de semicírculo con más cuero del necesario para el buen gusto.

Hay cuatro taburetes alrededor de la barra.

Y también hay tres sillones de eskay violeta en el que varias chicas están sentadas con las piernas cruzadas una sobre la otra.

Al fondo del garito, una pista de baile minúscula, desierta como una discoteca a la hora de la siesta.

—¿Cuánto? —pregunta el hombre que se acaba de sentar a su lado y que ha activado en ella todas las alarmas.

Su plan es hacerse pasar por prostituta, y no convertirse en una.

Para ello ha entrado en el club, hablado con el encargado, expuesto su supuesta mala situación económica, y rogado que le dé una oportunidad.

También le ha dicho que, aunque no sería la primera vez que lo hace, la última fue hace varios años, en otra mala racha.

El encargado del garito, un tal Jonathan, un tipo de unos treinta años, delgado como un galgo y con un peinado digno de una estrella de reguetón, la ha dado un repaso de arriba abajo, primero visual, después manual.

Laura ha tenido que soportar las caricias, por llamarlas de alguna forma, del chulo de aquel club.

Y lo peor es que ha tenido que sonreír mientras el tipo le soba el culo y las tetas, por aquello de comprobar el género.

Cuando Jonathan le ha pedido ser él el primero en catarla, ella ha puesto su mejor cara de niña buena y le ha insistido en que le dé tiempo.

Que necesita calmarse y asumirlo; que cuando acabe la noche, si quiere.

Él, que últimamente anda muy escaso de personal porque las ucranianas, búlgaras y rumanas cada vez llegan menos a esos lares, transige.

Una españolita con esos morritos puede hacerle ganar dinero, a él y a su jefe, que últimamente le mete demasiada presión y del que se está cansando.

—Estoy esperando a un cliente; está a punto de llegar —se excusa Laura con el cincuentón desaliñado que la quiere llevar al catre—. Si quieres, te esperas a que termine con él y luego vienes tú.

El hombre pone cara de asco, y le dice que él no se come las babas de otro.

Laura se pregunta qué no se habrá comido ya si le gusta frecuentar ese tipo de lugares.

El hombre suspira y se da la vuelta para seguir buscando género.

Laura se calma, pero vuelve a tensarse cuando recibe un empujón por la espalda que casi la tira del taburete en el que está sentada.

—Perdón —se disculpa una mujer, joven, con el pecho claramente operado, pelirroja teñida y maquillada en exceso—. No te había visto… como eres nueva…

La mujer tiene un acento sudamericano que Laura no sabe identificar.

Es muy morena de piel, sin llegar a mulata, con la cara redondita y con los ojos redonditos.

Ella es toda redondita porque, además de los exagerados pechos, tiene el culo voluminoso y unas piernas que podrían calificarse de «jamonas».

Es atractiva, y seguro que tiene mucho éxito con los clientes de aquel antro.

—Hola, me llamo Laura. —Laura recurre a su nombre habitual porque no es el que figura ni en su DNI actual ni en su pasaporte falso. Además, es una buena forma de que se sienta aludida si alguien la llama—. ¿Y tú?

La chica la mira de arriba abajo. Quizá perciba en ella a una seria competidora.

La nueva no tiene ni las tetas ni culo que tiene ella, pero tiene un rostro bonito, según su criterio, y unos labios que, aunque parezcan operados, atraen mucho.

Y, sobre todo, es española, y eso a los tíos les pone mucho.

—Camila —responde, seca.

Laura necesita hacerse amiga de ella. No puede permitirse pasar allí mucho tiempo, porque eso implicaría llevar su mentira hasta las últimas consecuencias, y, aunque cree que haría todo lo necesario para salvar a su hija, no tiene claro estar preparada para tener sexo con desconocidos por dinero.

Se acerca a ella. La toca el hombro.

—Eres muy guapa, Camila —susurra.

Camila la mira con recelo. No es que ella se vaya a asustar por el contacto con una mujer. No sería ni la primera, ni la última. Tanto por dinero como por placer. Pero no se lo esperaba, y eso la descoloca.

—Gra... Gracias.

—¿De dónde eres, Camila? —Laura repite el nombre, si cabe, con el tono más meloso.

—De Honduras —responde, algo menos nerviosa—. ¿Y tú?

—Yo, de Cáceres.

—Sí que estás cerca de casa.

Laura sonríe, y sigue acariciando a la chica.

—Mira, hace mucho que no hago… digamos esto, ya sabes.

—Ajá.

—¿Podríamos ir tú y yo primero a una habitación? Necesito coger confianza, y no me apetece que uno de estos asquerosos se me cuele entre las piernas así, sin anestesia.

—¿Sin anestesia?

—De golpe, a lo bruto. Ya te digo que hace mucho tiempo que no lo hago pero, ya sabes, el dinero…—Laura junta pulgar y corazón mirando a la hondureña.

—No sé… al Johnny no le gustará.

—No tiene por qué enterarse.

—Bonita, el Johnny se entera de todo lo que pasa acá.

—Pues, si se entera, que mire; seguro que no le importa.

Laura saca una sonrisa a Camila. La tiene a punto de caramelo, y lo que dice a continuación termina de hacerlo.

—Ayúdame, y la mitad de lo que me pague Johnny esta noche te lo doy. Por ser buena amiga.

Camila abre la boca; quiere decir algo, pero no lo hace. Hace un gesto a la camarera. Toma la mano de Laura, y la invita a acompañarla al piso de arriba.

Entran en una de las habitaciones. Está pintada de un horrible azul pitufo y decorada con pañuelos rojos y negros clavados con chinchetas en las paredes, en un vano intento de aportar sensualidad.

El catre (a saber las veces que habría sido mancillado) no tiene mal aspecto.

Es una cama de al menos ciento veinte con un cabecero metálico bien anclado a la pared, por si al cliente le gustan los jueguecitos.

—¿Nos duchamos juntas? —pregunta Camila.

Laura considera que el ruido de la ducha sobre el plato puede ser su aliado.

Acepta, y se encamina al cuarto de baño que, sorprendentemente, está limpio.

El lavabo tiene un espejo minúsculo, un bidé para lavarse los bajos, un inodoro y un pequeño plato cuadrado de ducha con una simple cortina blanca y roja de hipermercado.

Camila abre la ducha y se quita el corpiño que aprisiona sus pechos.

Laura la mira, cohibida; se ha quedado en blanco y debe reaccionar.

Se acerca a ella y se topa con la sonrisa de la mujer.

A Laura le llega un recuerdo en forma de flashazo: ese tono de piel, ese acento latino, esa mirada triste y dulce al mismo tiempo…

—Venga, chica, desnúdate, no te demores.

Laura vuelve en sí.

—Camila —susurra.

La hondureña no la oye, y se quita la minifalda que lleva, dejando al descubierto su redondo trasero, apenas tapado por un tanga negro, a juego con el corpiño.

—Camila —llama Laura elevando el tono, tanto que la asusta.

—Ay, coño, ¿qué quieres? —protesta.

—Necesito contarte algo.

—¿Qué te pasa, mija?

Laura se acerca hasta la chica; pega su boca al oído y le cuenta lo que está buscando.

—Pero serás pendeja. —Camila la empuja—. Vete de aquí antes de que se lo cuente al Johnny y te eche a patadas.

Camila se siente desnuda por primera vez delante de Laura.

Lleva unos minutos sin apenas ropa, pero lo que le acaba de contar le hace sentir como una estúpida.

No solo tratan de aprovecharse de ella todos los asquerosos que pasan por el club cada noche, sino que una niña pija que juega a los disfraces pretende meterla en un lío.

—Camila, por favor… —Laura intenta evitar que se vaya y se chive a Johnny—. Puedo pagarte.

Camila se planta delante de Laura. Abre bien los ojos y los clava en los de ella.

Le da una bofetada que le vuelve la cara.

Laura, en un primer momento, hace el amago de reaccionar y devolvérsela.

No se lo esperaba; no estaba preparada para algo así.

Y se maldice por ello porque, si hubiera llegado a ser otra persona la que hubiera intentado agredirla, se hubiera metido un problema.

Debería haber bloqueado el golpe. Pero, sobre todo, no debería haber dicho aquello.

—Lo siento.

—Vete a cagar, malparida.

Camila sale del baño. Laura se toca la cara; le ha picado la bofetada y acepta que se la ha merecido.

—¿Tienes hijos, Camila?

—Así que tú eres la madre de la niña que tiene a la Guardia Civil dando vueltas por el pueblo todo el día. ¿No?

Laura se sorprende, y por una parte se congratula de que estén buscando a su niña. Ella lleva en aquel antro más de cuatro horas, y no ha querido ver las noticias del móvil. Solo ha comprobado que su marido ha recibido el mensaje y le ha contestado con un simple «OK».

—Lo siento; de verdad, no quería ofenderte: estoy desesperada.

—Ya… todas las que estamos acá también estamos desesperadas.

—No me has contestado: ¿tienes hijos?

—Pues claro que tengo hijos, pendeja, y por ellos estoy aquí dejándome coger por cuatro o cinco apestosos cada noche.

—Camila se lo dice en un tono bajo, pero rasgado, demostrando su enfado—.

Si quieres encontrar al Dionisio, ábrete de piernas como hacemos todas, y con un poco de suerte será uno de los que te la metan.

Laura baja los hombros. Se lleva la mano a la cara.

Sus mejillas empiezan a llenarse de lágrimas.

Pero no quiere dar pena a aquella mujer; no quiere ni imaginarse las veces que habrá llorado ella por sus hijos, posiblemente al otro lado del charco, mientras recibía las embestidas de cualquier desalmado apestando a sudor.

—Dame treinta euros —pide Camila.

Laura no entiende.

—Tengo que pagarle la habitación al Johnny; te puedes quedar una hora a relamerte las heridas, y después te largas. Le diré que estás enferma o que te has mareado, o cualquier pendejada.

Laura busca su cartera en el bolso; la abre y le entrega dos billetes de veinte euros. Camila la mira, pero no se indigna. Simplemente, parece entender que no tiene cambio, que los diez euros de más no son una propina.

—Me tomaré una copa.

Laura no entiende si con esa frase ha aparcado un poco su rabia.

Quiere pensar que sí. Cuando Camila se marcha dando un portazo, se echa a llorar.

Se tumba sobre la cama, sin importarle si está llena de fluidos.

Ahora mismo está anulada; no sabe qué hacer.

Lo mejor será rendirse, volver a casa para no confundir a los profesionales que están buscando a su niña y pedir perdón si ha causado alguna molestia.

Y, después de que pasen la primeras setenta y dos horas y la niña no haya aparecido, quizá visite el viaducto ese tan alto por el que ha pasado al venir de Guadalupe. Pero ella no llevará cuerdas.

Pero eso será luego; de momento sigue acurrucada en la cama, llorando. Llora tanto que la vence el cansancio y se queda traspuesta. En ese estado de duermevela en que no sabes bien si estás despierto o dormido.

La sacan de su sopor la puerta al abrirse y unas risas que avanzan hacia el interior de la habitación. Laura se despabila, y se levanta en el acto. Lo que sucede a continuación le provoca un vuelco en el estómago.

—Mira la sorpresita que te tengo, Dionisio, ¿a que es guapa?