De Miguel
Tiempo transcurrido desde el secuestro: 4 h 47 min.
Adrián aguanta la mirada al doctor De Miguel.
No lo intimida, sino todo lo contrario: sabe a lo que ha ido, no como su adversario.
Para el exmédico, ha sido toda una sorpresa la visita.
La sala de visitas es aséptica. Varios ventanales iluminan la estancia, que cuenta con paredes pintadas de un gris oscuro en su parte inferior y blanco en su superior.
Hay dos puertas: una por la que ellos han entrado y otra por la que habrá de salir el recluso.
En ambas hay funcionarios custodiándolas.
Las mesas, y, sobre todo, las sillas, son de una austeridad espartana, incómodas, metálicas y llenas de desconchones.
—Buenos días, señor De Miguel. Soy la brigada Silvia Donaire.
Alberto se levanta, y la saluda con una pequeña reverencia.
—Encantado.
—Seguramente se pregunte qué hacemos aquí.
—Pues, por el acompañante que trae, puedo hacerme una idea.
Silvia tuerce el gesto. Quizá no debería haber dejado pasar a Adrián hasta no poner en situación al médico. Ella también ha notado la tensión en el preso: sus pupilas brillantes y su mandíbula apretada. Ya no hay remedio, así que invita a todos a sentarse. Eso sí: a una distancia prudente.
—¿Conoce a Adrián Trovado? —pregunta la guardia.
—Es obvio que sí, inspectora.
—No soy inspectora, señor De Miguel. Puede llamarme brigada, si lo desea.
Alberto levanta las manos pidiendo perdón.
—Digamos que tuvimos una mujer en común hace unos años. —A Alberto se le llena la boca de cinismo con sus palabras, y lo hace consciente, con ánimo de provocar a Adrián.
En cambio, el expolicía mantiene la calma. Esa afirmación de «mujer en común» sería suficiente para partirle la cara a aquel desgraciado. Pero, si lo hace, no va a conseguir el objetivo al que ha venido y que es el que debe primar sobre cualquier amenaza o provocación por parte de Alberto.
—¿Conoce usted a Rodrigo Alonso?
—Creo que no, pero últimamente no ando bien de la memoria. ¿Quién es?
Silvia suspira; acaba de darse cuenta de que no van a sacar mucho de allí.
Rodrigo Alonso es el hombre que se llevó a Luzma del parque cinco años atrás.
El que inculpó al doctor De Miguel como autor intelectual del rapto en las primeras declaraciones a la policía, el que posteriormente se retractó, tal como contó Adrián y tal como ella misma ha podido comprobar en el informe judicial que ha leído rápidamente de camino a la cárcel.
Rodrigo Alonso ingresó en prisión por el intento de detención ilegal.
Por el hecho de contar con otro antecedente de violencia sexual contra una adolescente, la pena ascendió a diez años.
Donaire ha podido comprobar que el tipo no ha salido de la cárcel, como lo había solicitado Adrián.
—Está bien. Voy a contarle directamente por qué estamos aquí.
—¿Puedo contárselo yo? —interrumpe Adrián.
Silvia lo mira. Lo encuentra tranquilo, mucho más de lo que cualquier mortal estaría ante una situación así.
Y, una vez más, la asalta la duda de si estará haciendo teatro.
Está demasiado tranquilo para tener delante a la persona que intentó matarlo, la que supuestamente se promovió un intento de rapto a su hija y la persona de la que él cree que puede estar implicado en esta segunda desaparición.
Por ello le da la oportunidad de hablar: para estudiar sus palabras, sus sensaciones y su lenguaje corporal—.
Se han vuelto a llevar a nuestra hija. ¿Tienes algo que ver? —dispara a boca de jarro.
El rostro de Alberto vuelve a sorprenderse. Ni de lejos pensaba que esa podría ser la causa de la visita de la pareja de su exmujer. Quizá se había imaginado que ella estuviera enferma y vendrían a pedir consejo, o a reprocharle algo del pasado. Pero no aquello.
—¿Me lo preguntas en serio?
—¿Tú crees que voy a venir hasta aquí para gastarte una broma?
—Es que no sé cómo puedo tener yo algo que ver si estoy aquí encerrado.
—También lo estabas hace cinco años.
—¿De verdad? ¿Te sigues creyendo lo que dijo ese tarado drogadicto y pederasta?
Rodrigo Alonso era un fumador confeso de marihuana, pero no era un yonki. En el momento de la detención, dio positivo por consumo de cannabis, pero estaba en perfectas condiciones mentales. El antecedente por agresión sexual fue lo que lo condenó.
—No estoy aquí para discutir si el tipo era drogadicto o no. El tipo tenía en el móvil una llamada de la casa de tus padres. El tipo declaró a la policía lo que declaró. Fin de la historia.
—¿Pero tú te has leído la sentencia? Mis padres lo contrataron para que le instalara una televisión, una puta televisión de las inteligentes. ¡Era técnico! Ya me cansé de explicárselo a la jueza, y ella lo ratificó en la sentencia.
Está en lo cierto. Se probó que Rodrigo Alonso había instalado una televisión en la casa de los padres de Alberto.
Era técnico en instalación de aparatos electrónicos, pero también en telefonía.
Tanto Adrián como Laura están convencidos de que se comunicó con Alberto de alguna forma: en la cárcel hay muchas formas de hablar con el exterior y, para un tipo con dinero como el doctor De Miguel, no debió de haber resultado muy difícil.
—Todo lo que quieras —concede Adrián—. Ahora dime, ¿tienes algo que ver con la desaparición de mi hija? Se la han llevado hace cuatro horas.
—Estás mal de la cabeza.
Adrián se levanta y, del impulso, tira su silla al suelo. El cabo Nicolás se adelanta; le pone una mano en el pecho y le agarra del brazo.
—Tranquilo, señor Trovado. —Silvia se dirige a él por el apellido. No quiere suspicacias allí dentro.
—Claro que estoy mal: se han llevado a mi hija, ¡hijo de la gran puta!
Alberto escupe sin querer pequeños salivazos cuando pronuncia el insulto. Es de esos insultos que te llenan la boca y te salen de las entrañas.
—Pues ponte a buscarla, que aquí dentro no está.
Adrián hace el amago de irse a por él pero, de nuevo, el sargento lo retiene.
—Señor Trovado, o se modera o nos vamos ya mismo. —Silvia se dirige a Alberto—. Señor De Miguel, si tiene algún tipo de información sobre la desaparición de la niña, le ruego que nos ayude. Aquí dentro hay gente de la comarca, y puede ser que hayan oído o sabido algo.
—Pues estaré pendiente porque, como usted comprenderá yo no le deseo ningún mal a esa niña. Ella no tiene la culpa de tener unos padres como los que tiene.
Adrián resopla, y mira al cabo, como pidiéndole que lo suelte, como diciendo: «Mira qué gilipollas tienes delante: se merece una buena paliza». Aunque el cabo pueda empatizar con él, no va a permitirle nada.
—Está bien. Se comunica usted con el funcionario que le toque si escucha algo. Se lo tendríamos muy en cuenta a la hora de su cambio de grado penitenciario.
Adrián vuelve a resoplar. Como si esto fuera poco, el desgraciado puede obtener una merma en su condena si colabora. Alucinante...
—¿Dónde está Laura? —pregunta De Miguel.
—¿Perdón? —retruca Silvia.
—Laura, la madre. ¿Dónde está? —Mientras lo dice, se fija en los ojos de Adrián, que van a explotar de rabia—. ¿Por qué no ha venido ella? No es de las que se achanten.
—Tú lo sabes bien, ¿verdad? —responde Adrián intentando, a su vez, provocar al médico.
—¿No se la habrá llevado ella y estará por ahí puteando con algún otro tío? —Alberto hace una pausa antes de soltar la bomba final—: ¿Tú estás seguro de que la niña es tuya?
Adrián no puede más. Pensaba que podría controlar su temple.
Él no piensa que las cosas deben resolverse a puñetazos.
Precisamente ha entrenado mucho cómo pelear para no tener que pelear nunca.
Pero esas palabras en ese momento lo superan.
Se zafa del cabo, esquiva a la brigada, que intenta detenerlo, y golpea en la boca del estómago a Alberto.
Se queda sin respiración, y Adrián lo agarra de la cabeza, pone una mano en cada oreja y aprieta con fuerza.
—¿Dónde está mi hija, pedazo de hijo de puta?
Esta vez la saliva impacta contra la cara del doctor, que está sin resuello. Aunque supiera dónde está la niña, no podría contestar.
El cabo Nicolás agarra a Adrián por detrás y lo aparta del preso, pero no evita que el expolicía lance un par de patadas que impactan en las tibias del doctor.
De Miguel empieza a toser recuperando el aire que le faltaba.
Silvia se interesa por él; sigue tosiendo, pero parece recuperarse.
Se da la vuelta y se dirige muy enfadada a Adrián.
—¿Estás mal de la cabeza? ¿Para esto querías venir? —Silvia se arrepiente de haber confiado en él.
—Pero ¿tú has oído lo que ha dicho? —Adrián rompe a llorar—. El hijo de perra dice que si la hija no es mía, que si mi mujer está puteando…