Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Guadalupe
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Guadalupe

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 4 h 3 min.

Laura conduce por las estrechas calles de Guadalupe buscando un coche blanco de tamaño medio con matrícula de Cáceres. Lleva casi media hora haciéndolo, y comienza a desesperarse.

Le encanta ese pueblo. Desde que lo visitó por primera vez con sus padres hace más de veinte años, quedó prendada de este.

Su monasterio, uno de los más importantes de su tiempo, se erige, orgulloso, como si fuera una catedral.

Un templo con una mezcla de varios estilos arquitectónicos, como el mudéjar, el renacentista, el gótico, e incluso el barroco.

Un monasterio en el que dicen que Colón llegó al acuerdo con los reyes católicos para viajar a las Indias cruzando el atlántico, y al que el genovés volvió para dar las gracias tal como había prometido.

No en vano el monasterio es Patrimonio de la Humanidad.

Y, desde que Laura y Adrián vinieron a vivir a la comarca de Las Villuercas, raro es el mes que no visitan Guadalupe para tomarse una cerveza y comerse unas morcillas en la plaza del pueblo, pasear por las empinadas calles, o incluso dar una caminata por la sierra cercana.

Pero ahora esos recuerdos felices con su familia se difuminan; ahora busca ese coche blanco en el que tiene depositadas todas sus esperanzas.

Si no está allí, espera que Cecilio haya contado lo que ha visto a la Guardia Civil y estén buscando el coche por otro lado.

Quizá podrían dar con la identidad del tal Dionisio y hacerle un registro en su casa.

Siente la tentación de llamar ella, pero no puede hacerlo (de momento).

Se da un plazo de una hora. Si no lo ha encontrado, escribirá a su marido para que lo denuncie: ya pensará la excusa que dar. Un soplo de un conocido, o algo así.

Sigue callejeando, y se detiene delante de un bar en el que alguna vez se ha sentado a tomarse unas cañas.

Un poco más adelante, aparca y desanda el camino para llegar al bar.

Pide un café a una chica despistada que hay en la barra.

Quizá haya elegido mal el sitio, porque no hay nadie más que la camarera. Pero, ya que está allí, lo intenta:

—Perdona, ¿tú sabes quién es un tal Dionisio?

La chica la mira de arriba abajo. Se fija en sus labios y en su escote. No le hacen mucha gracia las forasteras engalanadas. Y menos a la hora de la comida, cuando ya está recogiendo para marcharse a casa.

—Ni idea —contesta seca.

Laura siente ganas de decirle que, aunque no pueda ayudar, trate de ser un poco más simpática con la clientela. En cambio, deja un euro con veinte sobre la barra y se marcha sin dar las gracias.

Sale del bar, y pierde el control de la respiración.

Siente que se está hiperventilando. Y no se lo puede permitir.

Se sienta en una de las mesas de la terraza del bar.

No hay nadie a su alrededor pero, sin motivo lógico, se siente observada.

Vuelve a creer que está cometiendo un error, que debería estar con su marido y con la Guardia Civil buscando a su hija.

Se le escapa un llanto. Se tapa la cara.

Pero, en ese momento, pasa un coche con una velocidad desmedida, y escucha un bocinazo que la altera.

Es solo un gilipollas más de aquellos a los que les gusta correr dentro de las poblaciones y vacilar de coche.

Es entonces cuando Laura cae en la cuenta: «Le gustan las mujeres de mal vivir».

Como si no tuvieran suficiente esas mujeres para que califiquen su vida como mala…

Seguramente lo es, porque no cree que ninguna disfrute abriéndose de piernas para que cuatro babosos la usen por cincuenta euros.

Es la expresión la que le provoca asco y vergüenza por igual.

Coge el móvil, y busca lo que cualquiera de esos babosos ha tenido que buscar alguna vez.

O quizá no, porque los antros donde esas mujeres ejercen la prostitución suelen ser vox pópuli en lugares tan pequeños como aquel.

Para su desgracia, los resultados de la búsqueda en internet la llevan a sitios de los que uno tiene que aceptar que no son seguros para poder navegar.

Solo espera que acceder a esas páginas no comprometa la seguridad de su móvil culebra.

Cuando encuentra lo que busca, siente un pequeño alivio: hay algo de suerte. A unos pocos kilómetros, hay uno de esos puticlubs. Está en el cruce de la EX-102 con la EX-116. En ese momento la camarera se acerca y pregunta:

—Oye, Dionisio el de los perros… ¿de él dices?

Laura duda; no cree que haya muchos más dionisios por allí, así que se la juega.

—Sí.

—Hace días que no lo veo, pero viene a veces a tomarse una cerveza. ¿Quién lo busca?

—Soy periodista; solo quiero hacerle una pregunta sobre perros. ¿No sabes dónde está?

—Ni idea.

—¿Y sabes dónde vive?

—Pues no; creo que tiene una casa por ahí a las afueras, pero no sé decirte. Si lo veo, ¿quieres que le diga algo?

Laura se acerca; le entrega una de sus falsas tarjetas de periodista y le da las gracias a la chica, que apenas la mira cuando se despide. Acaba de reunir otro dato valioso que puede identificar al tipo.

Cuando llega al coche, arranca, y sale del pueblo por la parte baja, la que pasa por el camping.

Una carretera preciosa, llena de curvas y de vegetación en los laterales.

Pasa debajo de un viejo viaducto de los que abren las bocas al contemplar la altura.

Nadie sobreviviría a una caída desde allí, y le consta que muchos locos de la adrenalina han hecho puenting de forma poco legal.

Después de unos minutos, llega al cruce con la EX-116, siguiendo las indicaciones del GPS; toma un camino de tierra y llega a la puerta del club de alterne.

Es una casa blanca, grande, de dos plantas y paredes de piedra en su parte baja.

Lo separa del camino una valla mal cuidada.

Tiene un nombre de diosa griega que no puede otorgarle menos glamur al lugar.

Hay dos coches aparcados junto a la valla.

Ninguno es blanco; ninguno tiene matrícula CC.

Laura golpea con fuerza el volante. ¿Qué esperaba?

, ¿que el tipo, después de haber raptado a su hija, se hubiera ido al puticlub más cercano a plena luz de día?

Pues, ¿por qué no? Dicen que hay que aparentar normalidad después de cometer un crimen, no alterar las rutinas porque un mínimo cambio puede dar a la policía un indicio que delate al criminal.

Y Laura se aferra a esa idea. Se aferra a que Dionisio, el putero, que ella cree sospechoso del rapto de su hija, venga a ese club de mala muerte y ella le saque la verdad a hostias.

Pero pasan los minutos, y allí no llega nadie.

Ni siquiera los coches que hay aparcados se mueven.

No sale ni entra nadie del local. Quiere marcharse y ponerse a buscar en los alrededores de las bodegas donde se ha perdido su hija, fijándose en detalles en que no se haya fijado la Guardia Civil, como si fuera una investigadora de sus novelas. Pero no lo hace.

Cuando ha pasado una hora esperando en la puerta, toma dos decisiones.

La primera es mandar un mensaje a su marido con las indicaciones y testimonio de Cecilio (por si al hombre se le hubiera ocurrido irse para casa en lugar de ir para el puesto de la Guardia Civil).

La segunda, después de meditarla bien, es entrar en ese antro.

Pero no va a entrar a preguntar por Dionisio.

Va a entrar a hacer algo de lo que se va a arrepentir toda su vida.

Pero nada importa con tal de encontrar a su hija. Lo que sea necesario.