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Entrenamiento

Nueve años antes

Laura intentaba clavar el cuchillo de goma en el estómago de Adrián.

Adrián lo bloqueaba con sus brazos en cruz, de forma que las muñecas de atacante y defensor chocaban con violencia.

A los dos les dolía; los dos tendrían moratones que cualquiera podría identificar como muestras de violencia de género.

Pero, para ellos, era simplemente un motivo de orgullo.

Era la primera vez que entrenaban juntos desde que Laura había dado a luz a su hija.

Había pasado casi un año desde que ella había realizado un campamento de Krav Magá en Polonia, que la catapultó como una de las mejores mujeres en su disciplina de todo el país.

En ese momento se sentía oxidada, con falta de agilidad y de reflejos, y por eso Adrián, el instructor, el que había metido el gusanillo de la defensa personal en el cuerpo de su actual mujer, había aceptado con gusto volver a entrenarla.

Lejos del gimnasio donde se habían conocido y se habían enamorado.

En ese momento, estaban en su hogar y, mientras ellos entrenaban en el patio, Luz Marina dormía una de sus siestas de tres horas.

—Vamos, que te pesa el culo —bromeaba él.

—No me toques las narices, Adri —protestaba ella, que sentía la tentación de decirle que, si él hubiera estado nueve meses con la niña dentro, también le pesaría el culo.

No se lo dijo porque estaba contenta. Adrián tenía una semana de permiso.

Había completado el primer año en la academia de policía de Ávila y había vuelto a casa para disfrutar de su familia.

Laura estaba tan enamorada como el primer día.

La noche anterior también había sido la primera vez que habían tenido sexo desde que ella había tenido a la niña.

Tuvo un parto complicado, de más de doce horas, y tuvieron que practicarle una episiotomía: una horrible raja que el ginecólogo que había asistido el parto tuvo que hacer en su perineo para que Luzma viniera al mundo.

La desgarró; le provocó una hemorragia, y tuvieron que hacerle un par de transfusiones.

¿Consecuencia? Se le cortó la leche, y no pudo dar el pecho a su niña…

Con la ilusión que le hacía… Adrián la acompañó casi sin dormir, y le prometió que compraría la mejor leche en fórmula que hubiera en el mercado: «Tan buena como si se la hubieran sacado a una madre y la hubieran convertido en polvo».

Ella rio con el comentario, pero la tristeza seguía en su interior, sobre todo cuando, después de dos semanas, él tuvo que irse a la academia.

Aún le quedaban tres meses de formación para convertirse en policía: el sueño de su vida.

Pero ese sueño tenía un precio muy caro: separarse de su mujer y de su hija.

Porque, aunque todavía no estaban casados, él la sentía como su mujer, y ella lo sentía como su marido.

(Aunque su marido oficial estaba en la cárcel y todavía no había podido oficializar el trámite que anularía dicho matrimonio).

Los tres meses que Laura pasó sola con su hija fueron duros; la niña dormía y comía bien, pero Laura acusó en demasía la soledad.

Su madre la visitaba con frecuencia, pero no le gustaba la capital, y se volvía a Cáceres después de pasar unos días con ella.

Sus amigas también le hacían visitas pero, cuando llegaba la noche, Luzma y ella dormían solas.

Pero el tiempo pasó. Más lento o más despacio. Llegó el verano. Adrián terminó la academia como tercero de su promoción. Y esto le permitió elegir plaza, por lo que se quedó en Madrid con Laura y con su hija.

Laura se sentía bastante recuperada después de esos tres meses desde el parto, y Adrián la convenció de volver a entrenar.

En el entrenamiento, Adrián bloqueaba los intentos de ataque de cuchillo de su mujer.

Poco después se cambiaron los papeles, y fue Laura quien bloqueaba.

Pero fallaba… fallaba más de lo que le habría gustado y, en contrapartida, recibió cuchilladas en sus costillas y en el vientre.

En una de estas, le vino el recuerdo del intento de asesinato por parte de su marido en ese momento, Alberto De Miguel.

Se bloqueó; dejó de defenderse, y Adrián se dio cuenta de que algo no iba bien.

Tiró el cuchillo al suelo y la abrazó. La abrazó suavemente, mimando cada rincón de sus brazos y de su espalda.

Y ella reaccionó abrazándolo fuerte, tan fuerte que él tuvo que pedirle que aflojase.

Usó ese mecanismo para recuperarse de su bloqueo.

—No era la técnica del abrazo del oso, bruta. —Sonrió él.

Ella tardó en sonreírle, pero luego le correspondió la sonrisa.

Y, en ese instante, Luzma rompió a llorar.

Los dos corrieron a su encuentro; la niña tenía hambre, o se había hecho caca encima.

Adrián se acercó a ella para cogerla, y notó la peste.

Laura rio, y lo animó a cambiarla: tenía que coger práctica.

Él protestó porque los fines de semana que se podía escapar, siempre era él quien cambiaba a la niña.

Pero, la verdad, tenía que mejorar la técnica.

Laura se puso detrás de él, y lo abrazó mientras Adrián se afanaba con la tarea de cambiar el pañal, como diciendo: «Aquí estoy yo para soportar la misma peste que tú, y para guiarte en lo que haga falta».

Esa noche volvieron a tener sexo. Laura no disfrutaba como antes: seguía teniendo molestias provocadas por la episiotomía del parto. Pero disfrutaba de la intimidad con su hombre. Cuando terminaron, se abrazó otra vez a él con fuerza.

—Mañana repetimos, ¿de acuerdo? —propuso ella.

—Uy, qué fogosa te veo… —bromeó él.

—Tonto… —Le dio un golpe en el pecho—. El entrenamiento.

Él rio, y no le dio tiempo a que llegara mañana: la envolvió bajo las sábanas. Al día siguiente ya entrenarían: no quería desaprovechar un rato de tranquilidad que les daba la niña.

En efecto, al día siguiente, cuando Luzma tomó la siesta de por la mañana, volvieron a entrenar.

Adrián se tumbó sobre ella, y le apretó el cuello.

Ella protestó porque no estaba usando la fuerza necesaria que requería la técnica.

Él dijo que había que ir despacio. Y ella exigió que, o lo hacían bien, o no lo hacían.

Entonces, él la estranguló con fuerza, y ella le pegó un bofetón en el oído que lo aturdió y le hizo aflojar el estrangulamiento.

Laura alzó sus caderas levantando ligeramente a Adrián, y aprovechó para pegarle una patada en la rodilla, que lo desestabilizó del todo.

Le pegó un puñetazo en la costilla flotante, lo que lo dejó sin aire.

Se levantó y se puso detrás de él; le pasó un brazo por el cuello y, con el otro, hizo palanca en la famosa llave de mataleón.

Adrián dio tres golpes en el suelo porque lo estaba asfixiando. Laura aflojó.

Él tosió; tenía ganas de decir que se había pasado, pero decidió no hacerlo. Ella reaccionó como tendría que reaccionar si la agresión fuera real. Se miraron. Él sonrió, y le guiñó un ojo.

Laura, cinturón negro de Krav Magá, estaba de vuelta. Y, desde entonces, no pararon de entrenar. Cada día.