La visita a la cárcel
Tiempo transcurrido desde el secuestro: 4 h 1 min
El cabo Nicolás conduce por la EX-102. Están llegando a Trujillo para tomar la autovía en dirección Cáceres.
La brigada Silvia todavía no sabe ni cómo ha accedido a la petición de Adrián.
Mejor dicho, lo sabe, pero se niega a admitirlo.
A pesar de que sigue sospechando de él, le encuentra cierto sentido a lo que dice.
Y el expolicía Adrián puede ser muy persuasivo.
Ha comprobado la veracidad de su pasado.
En efecto, el cambio de identidad está motivado por el intento de rapto de su hija.
Y el intento de asesinato del exmarido de Laura/Marta también ocurrió, como lo cuenta Adrián.
Antes de irse, ha dejado atado el operativo de búsqueda.
El sargento Buendía, del puesto de Cañamero, es el encargado de coordinar la búsqueda de Luz Marina.
Decenas de voluntarios de Logrosán y de Cañamero han acudido a la zona de la desaparición.
Allí se han reorganizado los grupos que buscan a la niña.
Han solicitado perros de rastreo, así como drones. Pero tardarán en venir.
Los compañeros ya se han marchado a casa en el autobús que los llevó a la excursión.
Casi todos están llorando, y los que no lo hacen están tristes como flores marchitas.
Algunos se llevan mejor; otros, peor, pero ninguno hubiera querido que Luzma desapareciera.
Está en el corazón de los niños afligirse cuando les ocurren desgracias a las personas, y mucho más si esas personas son conocidas.
El que más llora es Oliver, el hijo de Lola, con el que recientemente Luzma ha tenido una pelea porque dice que su madre está todo el día triste por su culpa, por no venir más a su casa.
Se ha quedado la profesora de los niños, doña Isabel, de cincuenta y pico de años, robusta y recontrapeinadísima con una coleta que le estira la piel.
Quiere colaborar y no piensa marcharse hasta que encuentren a su alumna.
No lo sabe nadie, pero Luzma está entre sus tres alumnas favoritas.
Porque, aunque los profesores lo nieguen y lo sigan negando siempre, todos tienen pupilos preferidos.
Luego ya está en su conciencia —y en su profesionalismo— tratar mejor o peor a unos o a otros. Pero favoritos, haberlos, los hay.
Donaire y Buendía han acordado usar la última aplicación facilitada por el Ministerio del Interior.
En esta pueden organizar el terreno a batir en parcelas divididas; con una aplicación móvil que los voluntarios tienen que instalar, se puede saber con exactitud qué zonas se han peinado, y qué zonas faltan por peinar.
Buendía es tan cabezón como cualquier buen guardia civil.
Y Silvia se marcha tranquila al dejarle a él al mando del operativo.
Adrián se ha salido con la suya por partida doble: visita a De Miguel en la cárcel y la brigada ha hecho la llamada que él estaba deseando.
Ha llamado a la policía judicial de la Guardia Civil que él estaba reclamando desde el primer momento.
Han pasado casi cuatro horas desde que la seño Isabel dio la voz de alarma y se pusieron a buscar a su hija.
A él se le ha hecho un mundo. Según sus informaciones, y está convencido de que se ha informado muy bien, por sus contactos en la policía, las primeras seis horas son clave.
No tiene claro si son seis, doce o setenta y dos horas.
Pero considera que, si los judiciales se ponen a trabajar en el caso cuatro horas después de la desaparición de su niña, las posibilidades de encontrarla con vida se multiplican.
Saben que lo van a investigar; que destriparán su móvil, su ordenador y los de su mujer; que se descubrirá que tiene una especie de aventura con Fernando, lo cual, posiblemente, arruine la vida de su amigo y, quizá, incluso su propio matrimonio.
Pero, siempre que lo asaltan el miedo o la duda, se aferra al mantra y piensa en la carita de Laura repitiéndole: «Lo que sea necesario».
Esa carita que tantas veces ha admirado y que le ha hecho encogerse las entrañas, y que ahora lucha en otra parte con un mismo objetivo común.
El coche patrulla cruza Trujillo. Adrián escruta los rostros de la gente que pasea por las calles.
Hay escolares que salen del colegio. Se detiene en un semáforo, y el expolicía, al verlos, se derrumba en el asiento.
Algunos van de la mano de sus padres; otros van libres, pero con los progenitores cerca.
Seguros. Si no han comido en el comedor escolar, dentro de poco estarán comiendo en sus casas un buen plato de lentejas, o de migas, o de arroz con patatas y bacalao. En familia, todos juntos. A salvo.
El semáforo se abre, y Adrián se limpia las lágrimas de la cara y se aprieta con fuerza la sien. Necesita encontrar la calma y repite la técnica de las tres inspiraciones. Silvia se da cuenta, y lo mira por el retrovisor. No lo encuentra porque está acurrucado junto a la ventana.
—Rober… Adrián… —No termina de acostumbrarse a llamarlo Adrián.
Lo conoce del pueblo. Es un hombre que llama la atención por sus ojos verdes profundos, por sus dorsales definidos sin gota de grasa, por la sonrisa que tiene para todos.
Ella se ha cruzado varias veces con él en el supermercado y siempre le ha sonreído.
Nunca se ha atrevido a preguntarle el nombre, pero este es vox pópuli, y para ella siempre ha sido Roberto.
El forastero. El guapito—. Has conseguido lo que querías.
Ahora tienes que venirte arriba y colaborar, ¿de acuerdo?
—Adrián mueve la cabeza de arriba abajo; no es consciente de que la brigada no lo puede ver—. ¿Me oyes, Adrián?
—Sí, perdona. —Se incorpora en el asiento.
—¿Me vas a pasar la foto ya para que la difundamos?
—Creo que sí, claro que sí —miente. Ahora ya no tiene excusa para no facilitar la foto requerida, pero necesita hacer una última cosa.
Se vuelve a acurrucar en el asiento para alejarse de la mirada de Silvia.
Finge llorar, y Silvia, en su asiento delantero, resopla.
Entiende el abatimiento del hombre, pero la sigue desesperando su actitud.
Decide darle unos minutos antes de volver a abordarlo.
Adrián saca el móvil culebra: no quiere que lo vean.
Pero tiene la excusa de estar buscando la foto de la niña.
Manda un mensaje a Laura. Es un mensaje importante que puede decidir el rumbo de su plan y de la investigación policial.
Vuelve a incorporarse—. Le prometo, Silvia, que, después de hablar con el ginecólogo, le facilito la foto.
Silvia no responde. No está para más cabreos.
Si no cumple su promesa, esperará a que la Judicial le intervenga el móvil y el ordenador para conseguir la foto de la niña.
En el fondo, está deseando que lleguen. Le gustaría seguir al frente de la búsqueda, pero sabe que no puede meterle mano.
Y no en el sentido sexual de la expresión, sino que le gustaría investigarlo a él, y sobre todo a su mujer, hasta el fondo.
Y no es que quiera que ella o él sean los responsables de la desaparición de la niña.
Sería todo demasiado rocambolesco, demasiado enrevesado y, si eso sucediera, se sentiría la guardia más estúpida y manipulable del cuerpo.
A pesar de sus sospechas y de que está casi segura de que ocultan algo, otro pálpito le dice que ese algo no es haberse llevado ellos mismos a Luz Marina.
Al menos no Adrián. De la mujer todavía no puede poner las manos en el fuego.
Llegan a la prisión provincial al cabo de media hora.
Se identifican en la valla de acceso y acceden al parking interior.
El Centro Penitenciario de Cáceres es una cárcel pequeña, de ladrillo rojo, igual a muchísimas prisiones de España.
Allí se mezclan todo tipo de delincuentes: pequeños narcotraficantes de la zona, rateros, homicidas, e incluso presos de ETA con delitos de sangre. Un cóctel, que ríete tú de los molotov.
Se bajan del coche y llegan al control de seguridad; Adrián lo pasa sin problemas y, escoltado por Silvia, Nicolás y un funcionario de prisiones, llegan a la sala de visitas.
Las pulsaciones de Adrián suben, se disparan.
Si se fijara en ese momento en su pulsera de actividad, podría comprobar que están cerca de las cien por minuto.
Él lo nota, y lucha contra ello. No se esperaba que el doctor —exdoctor— De Miguel estuviera allí sentado, tranquilo, sin esposas en las manos ni en los pies que lo aten a alguna mesa, como en las películas.
Casi once años son suficientes para que una persona cambie físicamente.
Alberto De Miguel entró en la cárcel con treinta años.
Ahora, con cuarenta, aparenta muchos más.
Muchas canas y muchas arrugas pero, aun así, el tipo se conserva razonablemente bien.
Lleva una camiseta de manga corta, y se le notan unos brazos fuertes.
Parece que se ha hecho asiduo del gimnasio de la cárcel, y su forma física así lo atestigua.
Lo que no tiene tan en forma es el alma.
Y, como bien se dice, la cara es el espejo del alma y, en la cara del doctor De Miguel, hay una mirada triste, una tristeza impropia de él.
Lo que pasa es que esa tristeza vira, cambia radicalmente cuando se fija en quién ha venido a visitarlo.
No se lo habían comentado: tan solo le habían dicho que la Guardia Civil tenía que hacerle unas preguntas.
Pero la Guardia Civil viene con una sorpresa que no esperaba.
Viene con alguien a quien casi manda al otro barrio once años atrás.
Y lo ve incluso más fuerte y más imponente que la persona que tiene en su recuerdo.
Pero no lo intimida: la sorpresa de su visita le ha subido la dopamina como no recordaba.
Si los dejaran a los dos a solas, se atrevería a hacer lo que hizo en su momento: a acuchillarlo.