Cecilio
Tiempo transcurrido desde el secuestro: 3 h 30 min.
Marta, es decir, Laura, camina tan rápido que Cecilio, su inesperado confidente, no puede seguirla.
—Señora, yo no puedo correr tanto.
—Lo que no sé es cómo coño no se lo ha contado ya a la Guardia Civil.
—Ya se lo he dicho, señorita; no le di importancia hasta que me he enterado ancá la Isidora del asunto.
Laura reanuda el paso, y llega al coche. Mientras espera a Cecilio, manda un mensaje a su marido. Cuando llega el hombre, le abre la puerta del copiloto y la invita a subir.
—¿Adónde vamos?
—Donde el tal Dionisio.
—¿A qué? ¿No íbamos a hablar con los guardias?
—Después.
—Señora, yo no pienso salir del pueblo. ¿¡Y cómo vuelvo luego, y a qué hora!? Mi mujer me mata.
—¿Cómo que salir del pueblo?
—Dionisio no es de aquí: es de Guadalupe.
—¿Y qué coño hace aquí y de qué lo conoce usted?
Laura no mide su vocabulario con el señor mayor por su estado de nervios.
—Pues lo conozco de toda la vida, de ir y venir de un pueblo a otro. Es un buscavidas y siempre anda pa’rriba y pa’bajo comprando y vendiendo cosas.
—¿Qué cosas?
—Pues no sé, pero seguro que chanchullos. Algunos hablan de drogas.
—Genial —ironiza Laura.
—Pero ¿se puede saber qué quiere usted de ese señor? ¿Acaso es usted policía de las secretas?
Laura se da cuenta de que está cometiendo un error con Cecilio.
Ha perdido el papel de periodista, y ha aparecido el de madre desesperada.
Trata de serenarse. Inspira profundo y espira suave.
Tres veces, como ha ensayado mucho tiempo, tanto en situaciones reales (en las discusiones con Adrián) como en los entrenamientos, en la parte de manejo del estrés.
Consigue calmarse. Se da la vuelta, y se fija en Cecilio: está sudando como un gorrino de los muchos que hay por la comarca.
—Querido Cecilio, necesito una buena exclusiva para mejorar en mi puesto de trabajo.
—Ah… —suelta Cecilio sin entender bien.
—Tengo que publicar una buena noticia para que no me despidan. Y, si llamo a mi jefe diciendo que he encontrado a un sospechoso, pues se va a poner muy contento, ¿entiende? —improvisa: no se le ocurre nada mejor.
—Bien, bien, pero yo no salgo del pueblo.
—Está bien, pero dígame al menos si sabe dónde puedo encontrar al Dionisio ese.
Cecilio se rasca la cabeza, y tuerce la boca hacia el lado derecho.
—Pues mire usted: por lo que dicen, es un hombre al que le gustan las… —Cecilio duda—… al que le gustan las señoritas, las mujeres de mal vivir. Usted me entiende…
Laura ata cabos: un tipo al que le gusta irse de putas, que trapichea con droga y que no tiene oficio ni beneficio podría cuadrar con el de un secuestrador.
¿Pero para qué querría a su hija?, ¿para pedir un rescate o para violarla?
Ninguna de las dos respuestas le gusta; la primera no la entendería porque ellos no hacen ostentación de dinero (ni tampoco son ricos), y la segunda…
la segunda la horroriza tanto que la aparta de su mente.
—¿Me puede usted repetir cómo es el coche y cómo es Dionisio?
Cecilio le describe primero al hombre: más de cincuenta años, pelo gris y abundante, ni alto ni bajo, ni fuerte ni flojo, ni guapo ni feo.
—Yo no lo conozco mucho. Apenas… eh… solo de vista. —Cecilio describe el coche: uno blanco, de tamaño mediano y algo viejo. No sabe decir la marca ni el modelo ni la matrícula—. Mire, es que yo no entiendo de coches. Nunca he conducío.
Laura se desespera. Pero tiene tiempo de sentir una punzada de envidia. Una persona que no ha conducido nunca se ha ahorrado mucho estrés a lo largo de su vida. Es normal que la gente en el pueblo viva tanto.
—¿No sabría decirme nada de la matrícula?, ¿ni una letra?
—Bueno, espere. Es de las antiguas, de las que empiezan por CC. De eso sí me acuerdo.
Algo es algo: ya no quedan demasiadas matrículas de las provinciales antiguas. Desaparecieron con la entrada del milenio, y no debe de haber muchos coches blancos, viejos y de tamaño medio con esa matrícula.
—Muchas gracias, Cecilio. Tengo que pedirle a usted un enorme favor. —Laura se acerca con actitud seductora para que el hombre pueda oler su perfume—. Ahora tiene que contárselo todo a la Guardia Civil: es su deber como buen ciudadano. Tienen que encontrar a esa niña.
Laura le pone una mano en el brazo, y se lo acaricia. Cecilio sonríe.
—Claro que sí; ahora mismo me acerco a la bodega para ver si están por allí.
—Pero lo más importante de todo es que no diga nada de mí. —Laura advierte la extrañeza en el hombre—. Si se enteran de que ando husmeando, podrían largarme de aquí, y ya sabe: me puedo quedar sin trabajo.
Se lo gana con otra sonrisa y con otro roce de brazo. Cecilio se lleva el dedo índice y el pulgar a la boca, y se da un beso.
Laura se monta en el coche. En menos de cuatro horas, ha encontrado algo de donde tirar, y al mismo tiempo podrá ponerse en conocimiento de la Guardia Civil. Ellos usarán todos sus recursos para buscar el coche sospechoso. Ella usará los suyos por si la vía oficial falla.
Arranca el viejo todoterreno y acelera en dirección a Guadalupe. Sale de Cañamero por la EX-102 en busca de lo que ha visto Cecilio: «Un coche blanco, de tamaño medio y con matrícula de Cáceres».