Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El despacho de la brigada
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El despacho de la brigada

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 3 h 21 min.

Silvia le toma una declaración completa. Adrián cuenta todo sobre su familia. Sobre él y sobre su mujer. En realidad, ella no se llama Marta: se llama Laura García. Y también cambió la identidad para protegerse de Alberto de Miguel, su exmarido, el que atentó contra la vida de ambos.

—He abierto un atestado con todo esto, y he preguntado por el agresor de su hija —dice Silvia—. Pero sigue sin responderme dónde está su mujer.

Adrián sopesa su respuesta. Es, quizá, el paso más complicado de todo el plan: mentir flagrantemente a la Guardia Civil. Cometer un delito. Cierra los ojos, y recuerda la cara de su mujer y sus palabras: «Lo que sea necesario». Los abre, y se decide a hablar:

—La verdad es que no lo sé, brigada.

Silvia esperaba esa contestación. Que la espere no significa que le crea; significa que Adrián no ha parado de mentirle desde que ha llegado al cuartel a poner la denuncia.

Se cree la historia del tal doctor De Miguel; solo tiene que hacer un par de llamadas para comprobarlo, pero está segura de que Adrián oculta algo.

—Bien, ¿está seguro de eso?

—Sí —responde seco, frotando sus manos, con impaciencia.

—¿Cuándo ha sido la última vez que la ha visto?

—Esta mañana; ha llevado ella a la niña al colegio. Quería despedirla en el autobús por la excursión.

—¿Y no ha vuelto a verla?

—No —miente Adrián.

—¿Lo ha llamado?

—Sí.

—¿Y?

—Se ha dejado el teléfono en casa; lo he encontrado en la mesilla de noche.

—¿Suele olvidarlo?

—Cuando lleva a la niña al cole, muchas veces sí; está a cinco minutos y, si no tiene gimnasia, vuelve a casa a trabajar.

—Entiendo. ¿En qué trabajan? —Adrián le cuenta la verdad a medias de que los dos se dedican al marketing online.

De momento no ve necesario reventar el anonimato que les otorga el seudónimo con el que publican sus novelas.

Si llega el momento en el que eso pueda ser relevante, lo confesará—.

¿Su relación profesional interfiere en su relación personal?

—Si se refiere a si discutimos por trabajo, claro que sí. Es algo inevitable.

—Bueno, hay métodos para evitarlo.

—Los habrá, pero no hemos conseguido descubrirlos. De todas formas, aunque discutamos por trabajo, se nos pasa enseguida.

—¿Tiene que contarme algo más de su mujer?

Adrián podría contarle la locura del plan que está llevando a cabo. Pero no lo haría ni siquiera aunque lo torturara.

—Como si tenemos enemigos y esas cosas, ¿no?

—En efecto.

—Hace unos meses tuvimos un problema con una madre del colegio.

Adrián le cuenta el problema que tuvieron con Lola. Ella sigue tomando notas. Está cansada de ese hombre. Quiere ir al lugar de los hechos, pero debe finalizar la declaración y hacerle una serie de peticiones.

—Está bien, necesito que me facilite usted el móvil de su mujer, sus ordenadores y un extracto de sus cuentas bancarias.

—¿Perdón?

—Lo que acaba de oír.

—Pero ¿y eso por qué?

—¿En serio me lo pregunta? Sabe de sobra por qué.

Adrián lo sabe. Su mujer está desaparecida el mismo día de la desaparición de su hija.

Es la principal sospechosa. Y eso es lo que estaba esperando.

Sabe de sobra que la Guardia Civil va a seguir buscando a su hija, que va a hacer preguntas y a peinar los pueblos y los montes.

Pero el hecho de no poner los ojos en la persona que la haya raptado les da tiempo.

Les da tiempo porque el secuestrador no va a sentir la presión de la policía y de la prensa sobre su cabeza.

Es más fácil que una persona sometida a ese estrés pierda los nervios, acabe con la vida de su hija y la tire a un pozo o a un pantano.

Se ha documentado lo suficiente para saber este hecho.

Y, ahora que la Guardia Civil ha mordido el anzuelo, se cree en la disposición de comunicar el rapto a la prensa.

—Entiendo. Sí, le facilitaré todo.

—Está bien. ¿Sigue empeñándose en no difundir la foto de su hija? A estas alturas, la prensa ya estará enterada; ya sabe: las habladurías de los pueblos. Casi seguro que algún vecino se habrá ido de la cuenta, publicado algo en redes sociales…

Las putas redes sociales… Es una variable que, aunque han tenido en cuenta, no esperan que tenga demasiada relevancia.

¿Por qué?, porque tanto Adrián/Roberto como Laura/Marta nunca han publicado una foto de su hija en redes sociales.

Siempre han sido los padres raritos que nunca han firmado el consentimiento para que su hija saliera en las fotos de actividades del colegio.

No desde que aquel desgraciado se llevó a su hija de cuatros años.

Y siempre han prohibido a otros padres difundir imágenes de su hija.

Una vez, tuvieron una amplia discusión con Lourdes y con Pedro a raíz de que habían publicado una foto de la niña en el cumpleaños de la suya.

Tuvieron que borrarla, y se cercioraron de que había desaparecido todo el rastro.

Luz Marina Trovado García no existe en internet.

Aunque eso es normal, porque tampoco son los apellidos que oficialmente tiene la niña en este momento.

—De momento prefiero no hacerlo.

—¿Está seguro?

Adrián finge meditarlo. Lo tiene bien ensayado; se vuelve a frotar las manos, mira al suelo, al desorden del despacho…

—¿Hay alguna posibilidad de que me haga usted un favor?

—Depende de qué favor.

—Es un favor importante.

—No me estará diciendo que, a cambio de ese favor, me va a facilitar la foto de su hija, su hija desaparecida a la que estamos buscando.

Y es importantísimo que la gente pueda verla para identificarla.

—La mujer pone todos sus recursos irónicos en su comentario porque no da crédito al jueguecito que se trae el padre con el tema de la foto.

Jueguecito porque está más convencida que nunca de que está jugando con ella—.

¿No se da cuenta de que puede ser que la niña simplemente esté desorientada y cualquier vecino que la vea en una foto pueda reconocerla y avisarnos?

Adrián vacila. Pero en ese momento recibe un mensaje en su móvil culebra.

Lo tiene en silencio; vibra y solo espera que Silvia no lo haya notado.

Necesita verlo. Solo hay una persona que le puede haber mandado ese mensaje.

Se levanta, y tiene la intención de excusarse con motivo de ir al baño.

Pero recibe la ayuda ¿divina? de una llamada telefónica al despacho de la brigada.

Ella lo coge, y él se da la vuelta fingiendo curiosear en la estancia.

Aprovecha para mirar el teléfono secundario: es un mensaje de su mujer: «GC ha encontrado reloj. Yo he encontrado una pista. Te quiero».

Le fallan las piernas. Tiene que sentarse; guarda el móvil justo a tiempo.

En cuanto se sienta, Silvia cuelga el teléfono y le comunica la noticia.

—Es el sargento Buendía, del puesto de Cañamero. Han encontrado la pulsera de su hija. En los viñedos donde se ha perdido.

Adrián se muerde el labio con fingida rabia.

No es que no la sienta; lo que finge es la sorpresa de la pulsera hallada.

Le gustaría echar un vistazo a ese reloj; podría tener información importante sobre su hija.

Es posible que, por la falta de cobertura, no haya llegado la petición de auxilio de la niña.

Adrián quiere chequearlo pero, antes de hacerlo, tiene que conseguir que lo lleven a la prisión provincial.

—Eso es que se la han llevado por la fuerza, ¿verdad?

—Eso es que hemos encontrado una pista.

—¿Van a traer el reloj aquí? Allí no hay cobertura, y a lo mejor aquí podemos sacar cosas…

—El sargento, y yo también, consideramos que es mejor no manipular nada hasta que no venga gente especializada en tecnología. ¿Cuándo va a dejar de decir lo que tenemos que hacer?

Él se desespera; en la pulsera puede haber una información valiosa sobre la niña. Pero se da cuenta de que puede usar la negativa para jugar con los sentimientos de Silvia.

—De acuerdo, de acuerdo, pero… ya que no tenemos el reloj, ¿sería posible que me hiciera el favor que le quería comentar antes?

—¿Qué es lo que quiere? —Silvia se inclina hacia adelante, molesta, pero empática. No quiere hacerle la vida más complicada al hombre. A lo mejor así deja de molestarla tanto.

—Que pida usted un vis a vis con Alberto de Miguel y poder acompañarla a la cárcel provincial de Cáceres.