El bar
Tiempo transcurrido desde el secuestro: 2 h 47 min.
Marta termina de lavarse la cara y se mira en el espejo.
Sus peores sospechas se confirman: la niña no se ha perdido.
Alguien se la ha llevado y le ha arrancado su pulsera de geolocalización.
Está convencida de ello. Vuelve a llorar, y le fastidia no solo por sentirse vulnerable, sino porque se le ha vuelto a correr el maquillaje.
Lleva mucho tiempo sin maquillarse y no recuerda cuándo aparecieron en su cara por última vez los ojos de mapache típicos del rímel corrido.
Se da un par de bofetadas: una en cada mejilla.
No demasiado fuertes, con el temple habitual de cuando quiere espabilarse porque el sueño la está venciendo.
Da dos taconazos en el suelo. Vuelve a echarse agua.
Se seca, y saca del bolso el set de maquillaje pequeño.
Cuando termina de retocarse, se da cuenta de que tiene los ojos hinchados, pero no los labios.
Además, las lentillas se han manchado de maquillaje; de momento no le molesta, y decide dejarlo estar.
Pero tiene que volver a aplicarse el succionador labial.
Empieza a detestarlo. Esa presión que siente es como si metiera la boca en el cuello de un botellín de cerveza y un enano tirara hacia dentro.
Cuando termina, suspira de alivio, y también se alegra al mirarse en el espejo y comprobar que parece recién salida de una clínica de cirugía estética.
Si algún día decidiera aumentarse el tamaño de los labios, se pincharía todo el colágeno necesario…
ese aparato del demonio tiene que desaparecer.
Se pone las gafas, sale del baño y se sienta en la barra, donde hay varios hombres de mediana edad y, cómo no, están comentando la noticia del día: la desaparición de su hija.
—Pues parece que se han llevao a la muchachina —comenta un hombre grande con la nariz casi tan grande como su barriga.
—Eso dicen los civiles —responde otro, mucho más pequeño, más viejo y flaco.
—Cada vez que veo una cosa de esas en la televisión, mira, me acuerdo de mis nietas y me se revuelven las tripas.
—Pos yo, si atrapo al desgraciao que lo ha hecho, le rebano el pescuezo —salta un tercero, el más joven de los tres, un señor con un pantalón de pinzas y con una camisa de cuadros, muy bien afeitado y peinado.
—Tú y todos; no te jode —sentencia el primero que habla.
Marta siente la tentación de intervenir, sobre todo cuando comentan que los civiles han dicho que se han llevado a la niña.
¿Cuándo lo han dicho? ¿A una periodista no son capaces de contar nada y a cualquier hombre del pueblo sí?
Se arrepiente porque ella no es periodista y porque quizá la Guardia Civil no haya contado nada, sino que aquello sea un rumor de pueblo.
Pide un refresco, y sigue escuchando los exabruptos que los hombres comentan.
Que si uno lo colgaría del pino más alto, que si otro lo molería a palos, que si tal…
Mucha palabrería de machito resabiao. Ella querría ver a esos hombretones de pueblo delante de un tipo con un AK-47 como el que ella tuvo delante en un atentado que vivió en primera persona en la ciudad de Sarajevo.
O, quizá peor, a un loco con un escalpelo.
Porque es ese tipo de persona el único que sería capaz de llevarse a una niña de nueve años.
—Tú eres forastera, ¿no? —El tipo grande de la nariz grande se dirige a ella.
—Sí, soy periodista —responde, intentando aparentar seguridad.
—Anda, ¿qué has venío?, ¿por lo de la muchacha perdía?
—Sí.
—¿Y las cámaras?
—No hay cámaras: no soy de la televisión.
—Ah… ¿Y es verdad que se han llevado a la muchachina?
—Pues no lo sé; la Guardia Civil no me ha dicho nada. ¿Usted cómo sabe que ha sido así? —pregunta al segundo hombre, el que ha hecho tal afirmación.
—No sé; me lo han dicho por ahí.
—¿Quién?
—El Andrés, uno del pueblo que estaba por la bodega.
—¿Y cómo puedo hablar con el tal Andrés?
—Pues no sé; pásate por la bodega, que lo mismo está allí todavía.
—No, mejor vete ancá la Isidora —dice el otro hombre.
—¿Eso qué es?
—Un bar donde suele parar —comenta el hombre más arreglado de los tres—. Suelen jugar al mus allí unos cuantos.
—¿Cómo se llama el bar, perdón? —pregunta mientras mira en el móvil.
—Deja el cacharro ese, ven. —El señor arreglado la invita a acompañarlo a la puerta—. Mira, ¿ves esa calle? —Le señala una calle que hay a la derecha—. Ve para allá, y ve hacia abajo; a unos cien metros lo encuentras.
—Muchas gracias, ¿y cómo es el tal Andrés?
—Pues flacucho, con orejas de soplillo y con una gorra vieja; la lleva siempre.
El hombre sonríe; conserva casi toda la dentadura, y la que no conserva está bien maquillada por implantes. Definitivamente, es un hombre que cuida su aspecto. Puede ser que sea uno de los terratenientes del pueblo, y a Marta le interesa tenerlo de su lado.
—¿Cómo se llama usted?
—Anselmo.
—¿Me daría usted su teléfono por si tengo que consultarle alguna cosa?
—¿Yo? No sé. —Todo el arrojo que mostraba el hombre se diluye cuando una mujer le pide el teléfono. Eso indica que posiblemente esté casado, y ella lo agradece para evitar malentendidos.
Le tiende su tarjeta de falsa periodista, donde aparece su teléfono culebra.
—Ahí tiene mis datos. Se lo consulta usted a la parienta y me escribe, ¿se maneja usted con los mensajes?
El hombre asiente con cara de bobalicón. La forastera es lista: no cabe duda.
—Gracias. —Se gira hacia el interior del bar—. A todos.
Se dispone a marcharse, pero escucha una voz a su espalda.
—Señora, me tiene que pagar el refresco.
Marta se lleva la mano a la cabeza y busca su cartera en el bolso.
—No te preocupes, Fermín, invito yo a la señorita —ofrece el hombre elegante, aún con la tarjeta en la mano.
Ella se lo agradece, y se marcha en busca de la tasca de la Isidora, y sobre todo en busca de Andrés.
Se pone el clip de las gafas de sol, y camina a paso ligero.
No tarda ni tres minutos en llegar: en el pueblo vecino está todo más cerca.
Cuando está llegando, divisa a un grupo de hombres sentados en dos mesas en la puerta del bar, jugando a las cartas.
Es la típica tasca de pueblo, minúscula, que apenas tendrá vino de pitarra y botellines y cacahuetes para acompañar.
Allí no va a poder disimular que se ha parado a tomar algo.
No tiene tiempo que perder y, como ya la están mirando antes de que llegue, decide apropiarse de la situación antes de que la situación se apropie de ella.
—Buenos días, ¿quién de ustedes es Andrés?
Un hombre pequeño, con las orejas de soplillo y con una gorra con la publicidad de una caja rural, levanta la cabeza de las cartas.
—¿Y tú quién eres, muchacha?
—Me llamo Nuria; soy periodista.
—¿Y quién te ha dado mi nombre?
—En el otro bar. ¿Puedo hablar un momento con usted?
El hombre duda. Los otros componentes de la mesa de juego están expectantes. Posiblemente, eso es lo más interesante que les ha pasado en mucho tiempo: que una rubia de labios gordos se acerque a la tasca a hacer preguntas.
—¿Y qué quieres saber?
Ella preferiría hablar con el hombre a solas, pero se da cuenta de que no tiene mucho sentido: a los cinco minutos, volvería a contarlo todo a sus compañeros de cartas.
—Es sobre la muchacha desaparecida.
—Ah… —responde Andrés—. ¿Y qué quieres que yo sepa sobre eso?
—¿Es cierto que la Guardia Civil confirma que la han raptado?
—Y yo qué sé.
—Es lo que usted ha dicho.
—¿Yo?
—Sí, usted. —Empieza a impacientarse con el hombre. Se da cuenta de que es un rumor más de pueblo.
—No sé, es lo que anda diciendo todo el mundo.
Ella quiere preguntar quién es todo ese mundo. ¿Quién desinforma de tal manera que ella no puede recabar la información necesaria?
—Entonces, no es oficial que se la haya llevado alguien por la fuerza, ¿no?
Andrés se encoge de hombros. El resto de los hombres deja de mirarla y vuelve a la partida. Andrés tarda un poco más en hacerlo pero, finalmente, y ante la insistencia de su compañero de mus, hace lo mismo.
Marta tiene ganas de pegarle una patada a la frágil mesa donde juegan a las cartas, y coger de la pechera a Andrés.
Se controla, no solo porque no sería inteligente, sino porque Andrés es solo una persona humilde que hace lo que se ha hecho toda la vida en su pueblo: hablar de oídas.
Se da la vuelta, y se marcha por donde ha venido.
Pero, a los pocos metros, escucha que le chistan a su espalda, como si fuera un burro.
—Tsch, tsch, señora, señora.
Un hombre de más de sesenta años, con una buena panza y con una gran melena (que debe de ser la envidia de sus compañeros de cartas), se dirige a ella. No se fijó en él cuando habló con Andrés, pero el hombre sí que se fijó en ella.
—Mire, usted perdone a Andrés.
—No se preocupe: entiendo que los rumores son así.
—No, no es solo eso: es que es un hombre con mucho miedo. Hace unos años entraron a robarle en su casa. Por poco no le da un infarto, y se volvió aún más miedica de lo que ya era.
—Entiendo; ya le digo que no se preocupe. Gracias
Ella se dispone a marcharse, pero el hombre insiste.
—Señorita, yo creo que sí se la ha llevado alguien. Estoy seguro, vamos.
Ella no quiere darse el lujo de una falsa esperanza, pero no le queda otra que aferrarse a ello.
—¿Por qué está tan seguro?
—He visto algo extraño cuando iba para la bodega a enterarme de lo que había ocurrido.
Con esas palabras capta toda su atención y se acerca a él, mirándolo fijamente a los ojos, hecho que intimida al buen samaritano.
—¿Qué ha visto?
—Esto… al Dionisio con su coche. Iba muy rápido, y casi me lleva por delante; ha pegado un frenazo porque yo estaba cruzando por el paso de cebra.
—¿Quién es ese tal Dionisio y qué pasa? ¿Qué hay de raro en que dé un frenazo?
—No es solo eso; mire usted: cuando he cruzao el paso, he mirado hacia el coche y he escuchado unos golpes en el maletero, y lo he visto con mis propios ojos. —El hombre se señala sus ojos.
—¿Que ha visto qué? —Marta pierde la paciencia, aunque sabe que no puede hacerlo y abandonar su papel de periodista: la información puede resultar demasiado valiosa.
—Los golpes del maletero. La chapa del coche se ha abombado así, como hacia arriba: había alguien dentro. Estoy seguro.
Marta, bajo las gafas de sol que ahora lleva, inunda sus lentillas con lágrimas.