Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Expolicía
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Expolicía

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 2 h 30 min.

—Expolicía —dice Roberto.

La brigada Donaire sigue con su gesto de asombro.

No puede creer que ese tipo, por muy víctima que sea, se crea con la autoridad suficiente para torearla.

Pero a ella nadie la torea. Lleva dos décadas en el cuerpo, un divorcio y dos abortos.

Ese tal Roberto no es nadie en comparación con la mochila que ella carga.

—Discúlpeme, Roberto —lo llama por su nombre, quizá con el ánimo de mostrarse cercana—.

Se acabó. —Él adopta una expresión de asombro.

No entiende qué se ha acabado—. Se acabó decirme lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer.

Estoy segura de que quiere recuperar a su hija, y yo le aseguro que ahora mismo es mi máxima prioridad. Entiendo por lo que debe estar pasando…

Roberto se inclina hacia adelante en la silla y golpea con fuerza la desordenada mesa. La fuerza y el desorden son tales que un taco de folios apilados en una esquina cae al suelo.

—No, brigada, no tiene ni idea de lo que estoy pasando.

—Se golpea el pecho, indicando el vacío que siente—.

Aunque ya no esté en el cuerpo, estuve cinco años en estupas, brigada Donaire.

¿Usted sabe las cosas que llegué a ver? ¿Se hace una idea de lo que hacen algunas mafias a las familias de otras?

Si Silvia Donaire dice que se acabó, es que se ha acabado.

Se recupera de la sorpresa inicial; se fija en los papeles tirados por el suelo, y se culpa por tenerlo todo tan desordenado.

Se quiere poner la excusa de que está hasta arriba de trabajo, entre furtivos, robos en fincas y denuncias estúpidas como «Alguien me ha arañado el coche, y yo creo que sé quién es».

Pero no tiene excusa. En cuanto eche a ese individuo de su despacho, se va a poner a ordenarlo.

Y luego ya buscará a su hija o llamará a la UCO.

(Con tal de quitarse a ese insolente de encima, lo que sea).

Se levanta y, sin mirarlo, abre la puerta del despacho, y tose. Roberto gira el cuello sin levantarse de la silla. Entiende que lo está echando, pero él no piensa levantarse, no sin que la mujer acepte sus peticiones y no sin decirle algo que debe funcionar para captar su atención.

—Silvia —la llama por su nombre—, no me llamo Roberto —consigue que le preste atención—. Me llamo Adrián Trovado; como le he dicho, fui oficial de policía en la UDYCO, y no es la primera vez que se llevan a Luzma.

La mujer ahora sí lo mira a los ojos. Y descubre en estos, además de lo bonitos que son, la desesperación de un hombre que ha perdido a su hija.

—¿Cómo?

Se siente torpe, desarmada ante el cúmulo de sensaciones que ese hombre está dejando en ella.

—Hace algo más de cuatro años, un hombre se llevó a nuestra hija en un parque…

—¿Cómo es eso de que no se llama Roberto? ¿Me ha mentido respecto de su identidad? ¿Sabe que eso es delito?

—Déjeme que le explique, por favor.

Adrián le cuenta lo sucedido. Ella parece darle permiso, ya que cierra de nuevo la puerta y vuelve a sentarse. Cuando termina la primera parte del relato, Silvia vuelve a impacientarse.

—Entiendo, pero no raptaron a la niña; por suerte, lo pararon a tiempo.

—En teoría, el tipo todavía no ha salido del trullo; nos habrían avisado. Pero le ruego que haga una comprobación.

Adrián toma un papel y un bolígrafo sin pedir permiso; apunta el nombre, la prisión donde está, y se lo entrega a la guardia.

—Haré una llamada.

—Eso no es todo, Silvia. —Silvia, que se sorprende de que la llame por su nombre, vuelve a impacientarse; se remueve en su silla.

Con la mirada le pide que siga, que está al límite de perder, y esta vez para siempre, la paciencia y crédito que le está dando al padre desesperado—.

El hombre que se llevó a mi hija confesó que actuó inducido por otra persona.

—¿Por otra persona?

—Sí, por Alberto De Miguel. No sé si recordará el caso: no fue demasiado mediático.

Pero es un ginecólogo que fue condenado por decenas de agresiones sexuales en su práctica ginecológica.

—Roberto, convertido ya en Adrián, suspira.

Recuerda lo que está a punto de contarle.

Pasó muchas noches de insomnio, noches en las que no estuvo su mujer a su lado—.

También intentó matarme a mí, y a mi esposa.

Se levanta, se baja la camiseta todo lo que puede hacia abajo, y hace algo que termina de descolocar a la brigada: se baja los pantalones.

—Pero ¿qué coño hace?

Adrián, entonces, descubre su muslo izquierdo en el que Silvia observa una cicatriz considerable.

—El tipo me rajó la pierna con un escalpelo quirúrgico.

Perdí masa muscular; me costó mucho recuperarme al cien por cien.

—Adrián se da cuenta de que, menos de media hora antes, ha tenido sexo con Fernando.

Y no se ha lavado. No quiere ni pensar si la brigada habrá percibido el olor que suelen dejar las relaciones sexuales en los genitales.

Se sube los pantalones a toda prisa—. Disculpe, tenía que enseñárselo.

—No era necesario, la verdad —protesta Silvia.

—Mi mujer fue la que me salvó —admite Adrián sin tapujos.

La brigada toma notas en su ordenador. Él cuenta someramente cómo fue la pelea porque no recuerda mucho, solo lo que su mujer le contó—.

Ya éramos pareja; después nos casamos. Tuvimos a Luz Marina e iniciamos una vida juntos.

Hasta que el hijo de puta ese decidió intentar llevarse a nuestra hija.

Como le decía, el tipo que lo hizo fue un títere.

Un desgraciado con un antecedente de violencia sexual contra una adolescente.

Primero lo confesó todo, y después en el juicio se retractó.

Dijo que había actuado él solo y que había contado la historia de que el médico lo había contratado solo para cobrar notoriedad.

Que no sabía quiénes éramos y que se había llevado a Luzma por azar.

—Silvia deja atrás sus reticencias con aquel hombre.

Sí, es un insolente pero, después de escuchar la historia, consigue conmoverse—.

Se lo conté todo a mi inspector jefe, que fue el que me ayudó.

Nos facilitó el contacto en el Ministerio de Justicia para cambiarnos la identidad.

Solicité la baja del cuerpo para venirnos aquí, pero él me dijo que tenía la puerta abierta cuando quisiera volver.

He estado a punto de llamarle y que nos manden a la UDEV central, pero sé que eso es muy complicado.

Por eso le he pedido a usted antes que hable con la UCO.

Lamento si le ha molestado todo, pero es que estoy a punto del infarto.

Silvia se acerca a la mesa. Lo mira fijamente y comprueba cómo le brillan los ojos, al borde de las lágrimas.

No cree que sea una estrategia para dar pena.

Cree en aquel hombre pero, desde que le contó la historia del intento de rapto y que fue su mujer quien sufrió, tiene una pregunta en la cabeza que no la deja tranquila.

—Roberto… digo Adrián… ¿dónde está su mujer?