El primer rapto
Tiempo transcurrido desde el secuestro: 2 h 30 min.
Estoy casi dormida, y creo que voy en un coche.
También creo que lo que me está pasando es lo mismo que me pasó hace unos años.
Tenía yo unos cuatro, más o menos. Estaba en un parque, al lado de un tobogán, que estaba chupao, pero al que mi madre no me dejaba subir.
Era muy divertido. Lo sé porque una vez, sin que ella me viera, me subí con la ayuda de una niña de mi cole dos años mayor que yo.
Mi madre se preocupaba demasiado por mí, y eso que yo ya era una niña mediana. Ella siempre ha sido un poco cobardica.
Mi padre me dejaba hacer más cosas. Tampoco me dejaba subirme sola al tobogán más alto, pero sí me ayudaba a colgarme boca abajo de una barra. Él me sujetaba bien las piernas y, si le pedía que me dejara a mí sola, me dejaba un poquito. Pero poco, porque me cansaba pronto.
Me encantaba ese parque. Había toboganes, columpios, una bola como de hierro en el centro, con agujeros por donde te puedes colar.
Y también, al lado, había mucha hierba, adonde iban perritos a jugar con sus amos.
A mí me encantaban los perritos. Les pedí a mis padres que me compraran uno, pero no quisieron.
Les pedí tantas veces que los Reyes me trajeran un perrito, uno pequeño que, cuando no me lo trajeron, me puse muy triste, y lloré muchísimo.
Mamá casi nunca me quitaba el ojo de encima; recuerdo aquel día que me escondí para subir al tobogán.
Pero después hubo otro día en el que pasó una cosa, una cosa mala.
Gabriel, un amigo del parque, se cayó. Mi madre, muy amiga de la mamá de Gabriel, la ayudó cuidando de él.
Gabriel lloró muchísimo; había mucha gente haciendo un círculo donde se había caído, justo al lado del tobogán, pero no del grande, sino del pequeño.
Yo le dije a mi madre que el tobogán pequeño era más peligroso que el grande.
Ella me miró con cara de estar enfadada; me pidió que me metiera en la bola metálica del centro y que no me moviera.
Y allí esperé, subida en la bola y mirando a los perritos que jugaban en la hierba al lado del parque.
Había un perro pequeño, marrón claro, con mucho pelo, así como de pincho; se parecía a un peluche que había en la tienda de juguetes del centro comercial.
No era la primera vez que veía a ese perrito en el parque.
Había venido más veces, y el señor que jugaba con él era un señor joven, muy flaco y con el pelo largo.
Creo que era más joven que mi papá; me recordaba a uno de mis primos mayores.
Y el señor me vio; cogió al perro en brazos y me señaló con su dedo.
Bueno, yo pensé que me había señalado a mí porque no había nadie cerca: casi todos estaban donde había pasado el accidente de Gabriel, o en el tobogán grande.
El perrito ladró. Y sacó su lengua. Era tan mono…
El señor me hizo con el dedo un gesto para que fuera.
Yo miré a mi madre, que estaba pendiente de la madre de Gabriel.
Se giró, y me saludó. Yo la saludé también.
No le dije nada del perrito porque estaba segura de que no me dejaría ir a tocarlo.
Me repetía muchas veces que no hablara con gente desconocida, pero ella siempre hablaba con los vecinos, aunque no los conociera.
Y siempre me decía que les diera los buenos días.
Yo le preguntaba por qué tenía que hablarles si no los conocía.
Y ella se reía cuando le contaba esto. Y yo no lo entendía, así que pensé a lo mejor no se iba a enfadar si tocaba el perrito, porque el señor no era un desconocido: había venido muchas veces por el parque.
Entonces, salí de la bola de hierro, y salté la pequeña valla de delante de la hierba donde jugaban los perros.
El señor era bastante guapo, menos guapo que mi papá y que su compañero de trabajo, que era un chico de su edad y al que el uniforme de policía le quedaba muy bien (como a mi papá, claro).
Me dijo que si quería tocar al perro. Y yo claro que quería; lo acaricié, y me encantó lo suave que tenía el pelo.
Me preguntó si me gustaba, y yo le dije que sí, y me dijo que lo cogiera.
Cuando lo hice, sentí hormigas en la tripa, como cuando me ponía muy contenta y nerviosa.
Me encantaba el perrito; el señor me dijo que se llamaba Rania.
La raza del perro era algo así como perrorania… no le entendí muy bien.
El señor me puso una mano en el hombro, lo que no me importó porque estaba tocando la tripa de Rania y me encantaba.
Me empujó despacio, y empecé a caminar con él hasta salir de la hierba.
Cuando me di cuenta de que habíamos salido de la hierba, me paré.
Mi mamá me tenía prohibido salir del parque.
Me di la vuelta, y no la vi. Había mucha gente donde se había caído Gabriel.
Me fijé en unos señores vestidos de médicos.
Le dije al señor que me tenía que ir, pero él me volvió a tocar el hombro.
Y entonces me dijo que, si yo quería, me regalaba un perrito como Rania, que su hija estaba un poco más arriba dando un paseo al otro perro.
Me dijo que se llamaba Chico y que, como su hija se iba a marchar de casa pronto, él no podía encargarse de los dos.
Como el señor ya no era un desconocido y yo estaba contentísima con Rania, y como íbamos a ver a otra niña, pues lo acompañé.
Anduvimos un poco por la acera y, cuando me di la vuelta otra vez, mi madre venía corriendo hacia mí.
Escuché sus gritos, y me paré. Algo no debía de ir bien.
Quizá Gabriel estaba muy malito y tenían que llevarlo al hospital.
El señor me agarró del brazo, y tiró de mí; tiró tan fuerte que Rania se me escapó y se cayó al suelo.
El perrito ladró como si se hubiera hecho daño, y yo le dije al señor que él también me estaba haciendo daño.
Mi madre estaba ya muy cerca, y el señor me soltó y salió a correr.
Dejó allí a Rania. Mi madre llegó a mi lado y me abrazó, y se puso a gritarle al hombre.
Le dijo muchas palabrotas, y pidió que alguien lo detuviera.
Entonces, un policía, que no era mi papá ni su amigo, pasó corriendo delante de nosotras. Y mi mamá le dijo que alguien me había querido raptar y señaló al señor del perro. Más adelante, el señor del perro se cayó, y tenía mucha gente a su lado. Y el policía corrió hacia él.
No pude ver más porque mi madre me agarró de la cara, me movió con fuerza y me preguntó cómo se me había ocurrido irme del parque. Y lloró y al mismo tiempo me besó, y lloró tanto que yo también lo hice. Y después me abrazó otra vez y, poco a poco, las dos conseguimos dejar de llorar.
Al lado Rania nos miraba, sola. Yo le pregunté a mi madre si podíamos quedarnos con ella. Y ella volvió a llorar de nuevo, y a mí se me quitaron las ganas porque creía que a mi madre no le gustaban los perros. Y yo quería a mi madre muchísimo.
Ahora estoy aquí con las manos atadas muy fuerte, con una cuerda o con algo que me hace mucho daño y me está arañando la piel. Ya no nos movemos. Alguien abre una puerta, y me doy cuenta de que estoy en el maletero de un coche. Y tengo muchísimo sueño.