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La bodega

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 2 h 30 min.

El luminoso de un coche de la Guardia Civil pone en alerta a Marta.

Frena ante las señales que le hace un agente que se le queda mirando al pasar a menos de diez kilómetros por hora.

Una vez que considera que no es una sospechosa de llevarse a una niña de nueve años, la deja pasar.

«¿Y por qué no se ha podido llevar a mi hija una mujer?»

, piensa ella. Esta acción de dejarle paso sin pararla para revisar (al menos, su maletero) hace que Marta se reafirme más en lo que está haciendo.

Ella cree que debería pararse el mundo para buscar a su hija.

Que corten todas las carreteras y que todo el mundo abra los maleteros de sus coches; que abran todos los cuartos trasteros, los cobertizos de aperos de los campos.

Que toda persona esté veinticuatro horas localizable.

Así es cómo deberían estar buscando a su hija.

Pero, por desgracia, o por suerte, el mundo no funciona así.

El éxito de la Guardia Civil en cuestión de encontrar personas desaparecidas es de las más altas de Europa, y del mundo, pero lo malo es que, en muchas ocasiones, la persona desaparecida no aparece viva.

Y eso es algo que Marta no piensa tolerar.

Llega a la entrada principal de la bodega, donde hay otro coche patrulla, sin los luminosos encendidos.

Hay un revuelo de gente en la entrada, y ella decide pasar de largo y meterse por una calle que encuentra a la izquierda.

Pocos metros después, aparca. Cañamero es más pequeño que Logrosán.

Es muy parecido en cuanto a la forma de las casas: alternan grandes con pequeñas, y todas tienen tono claro.

Pero en este pueblo hay más cuestas que en el suyo.

No en vano está enclavado en la ladera de otra sierra, más cerca del pico más alto de la zona: el pico de Las Villuercas.

La calle por la que camina está tan empinada que la obliga a pararse a mitad de camino.

A pesar de estar en forma, nota como si le faltase oxígeno, no solo en los pulmones, sino en los músculos.

Le duelen los gemelos, e incluso nota un punto de mareo.

Se detiene; cree que es por culpa de tanta tensión acumulada, y se obliga a comer una barrita de cereales que guarda en el bolso.

Le pega un trago a una pequeña botella de agua y reanuda su camino.

Llega a la puerta de la bodega. Se trata del edificio más alto del pueblo, con cinco plantas hacia arriba, y no sabe con cuántas hacia abajo.

Un santuario de todo aficionado al vino.

Un letrero de Bodegas La Torreta luce imponente en la puerta de acceso.

Decenas de curiosos comentan el hecho del día.

Ella desearía empujar a todos hacia adentro y que se pusiesen a buscar a su hija.

O meterlos a todos en el calabozo y torturarlos hasta que alguno confiese que ha sido quien se ha llevado la niña.

Está demostrado por estadística, y no es un tópico de mala película, que el asesino suele volver a la escena del crimen.

¿Por qué? Unos dicen que lo hace para ver el resultado de su obra.

Otros, simplemente, creen que lo hace para seguir las investigaciones y sentirse más o menos seguro.

A Marta, el motivo le da igual. Solo espera que, si la persona que se ha llevado a su hija está allí ahora mismo, no sea todavía un asesino.

Escruta las caras de todos los presentes; alguno la mira.

La mira más de lo que ella considera necesario.

Y es que su aspecto es llamativo. No es que esté arreglada como si fuera a una de las muchas bodas que se celebran en esa misma bodega, pero sí es cierto que los labios voluminosos que le ha dejado el succionador,

su pelo rubio de bote y su blusa ligeramente escotada son susceptibles de atraer más miradas de las que atrae cuando va con ropa deportiva por las calles de su pueblo. Es una pena que el deseo funcione así.

Después de haber seleccionado al hombre al que quiere dirigirse, toma su móvil, y lo empuña como si fuese una grabadora.

Interioriza sus mejores dotes interpretativas; inspira, y se acerca a un hombre de unos cuarenta años, gordo como un cerdo antes de la matanza y con un chándal repleto de boquetes.

—Buenos días, caballero, me llamo Nuria Solves, y trabajo para la agencia de noticias Hispania Press. ¿Podría contarnos qué ha ocurrido exactamente?

El hombre se le queda mirando fijamente; su pregunta consigue atraer, aún más, las miradas de los presentes, entre los que también se encuentran féminas. Tras unos segundos de duda, el hombre se decide a hablar.

—Una muchacha, que ha desaparecío.

—¿Pero se sabe exactamente qué ha ocurrido? ¿Se la ha llevado alguien? ¿Algún tipo de accidente?

—Yo no lo sé, mire. Entre dentro y le pregunta usté a los guardias.

Marta se despide con un «Gracias», y se dirige hacia la puerta. Consigue entrar, pero un guardia joven, de no más de treinta años, le da el alto.

—Señorita, de momento no se puede pasar.

—Disculpe, soy periodista. —Marta saca su falso carné de periodista y se lo pone lo suficientemente cerca al guardia para que le cueste leerlo.

—¿Cómo se ha enterado? —duda el guardia.

—Tengo fuentes en la zona; ya sabe que los rumores corren rápido en los pueblos.

—De todas formas, no puede pasar. Hemos acordonado la zona en busca de evidencias.

A Marta, el hecho de que tengan que acordonar la zona para buscar evidencias no le parece una buena noticia. ¿Evidencias de qué? ¿Acaso están buscando sangre o pelos, o un zapato perdido? No está segura de poder soportarlo si le comunican algo así, pero necesita seguir indagando.

—¿Se la han llevado por la fuerza?

El guardia duda en responder. El atractivo de la mujer es evidente, pero él ha recibido buenos consejos, no solo de sus superiores, sino de las mujeres de su familia. Y no se deja llevar por ese supuesto instinto medieval que se presupone —muchas veces injustamente— de los hombres.

—Supongo que más adelante emitiremos un comunicado. Pida a su medio que lo solicite. Ahora debe marcharse.

—Solo dígame si la están buscando.

—Hay unos compañeros y un grupo de voluntarios buscando. Hasta que llegue mi superior, no puedo dejar pasar a nadie más.

Marta suspira resignada. El hecho de que haya alguien buscándola es algo.

Poco, pero lo es. Siente la tentación de preguntar si han encontrado la pulsera de su hija.

Pero ese dato podría delatarla; posiblemente, es un miedo infundado: el guardia no tiene por qué imaginarse eso, pero ella tiene pánico de que la descubran.

Debe volver a su vía de investigación paralela, tan ensayada junto a su marido.

—Muchas gracias, ¿algún teléfono al que poder llamar para hablar con su superior?

El muchacho vuelve a dudar.

—Mejor que llame al puesto de Logrosán. Allí le podrán dar más información.

Marta repite su agradecimiento al guardia, y se da la vuelta.

Cuando está a punto de abandonar el recibidor de la bodega, se escuchan unas voces y un revuelo.

—Cabo, hemos encontrado algo importante. Llame al sargento.

Marta se gira, y el corazón y el estómago (y hasta el hígado) se le ponen del revés.

En una bolsa transparente, distingue el reloj GPS de su niña.

Cree que se va a marear; le falta el aire, y la fuerza abandona sus piernas.

Solo el grito del cabo que la ha atendido y su posterior empujón hasta sacarla de la estancia consiguen que no se desmaye.

Ya no hay duda: alguien se ha llevado a su hija. Y no es la primera vez. Lo malo es que no han conseguido detenerlo a tiempo. Lo bueno es que ya tiene experiencia y un plan en marcha.