El cuartel de la Guardia Cvil
Tiempo transcurrido desde el secuestro: 2 h 20 min
Roberto apoya las punteras de sus pies, y mueve sus piernas hacia arriba y hacia abajo, impulsándose con los gemelos. El movimiento es cada vez más rápido. Lleva solo diez minutos esperando, pero el tiempo es lento cuando te falta una parte importante, quizá la más importante, de tu vida.
Una guardia se le aproxima, se quita la gorra, y se presenta.
—Buenos días, soy la brigada Silvia Donaire.
—Roberto estrecha con desgano la mano de la mujer, y se levanta—.
Sé que es complicado, pero quiero transmitirle toda la seguridad posible.
Puede estar seguro de que mis compañeros y yo vamos a darlo todo para encontrar a la niña.
Ya hay dos parejas trabajando en la zona, y en breve se sumarán más.
—¿Usted está al mando de la investigación?
—Hasta que se considere oportuno, sí.
—¿Y cuándo se considerará oportuno?
—Si considero que sea necesaria la participación de compañeros de Policía Judicial, les avisaremos, y se lo haré saber.
—¿Y no podría usted ir avisándoles ya?
Silvia modula su gesto amable.
—Acompáñenme, por favor. —Mueve su mano indicando el camino a seguir.
Roberto, con los hombros más cerca del suelo que de su cabeza, se limita a obedecer.
Se ha dado cuenta de que la encargada de la investigación no parece muy receptiva, y él va a asumir, por el momento, un perfil bajo.
La mujer abre una puerta, y lo invita a pasar.
Roberto accede a un largo pasillo con puertas a los lados; unas cerradas y otras abiertas que iluminan el corredor, ya que los halógenos que hay en el techo no están encendidos.
Esa ausencia de luz artificial y la presencia limitada de la natural confieren al pasillo un tono sombrío, de claroscuros, como si fuera un preludio de la lucha entre la luz y la oscuridad que él mismo tendrá que librar con la Guardia Civil.
Silvia se adelanta, y otra vez con su mano indica a Roberto que acceda a lo que debe de ser su despacho.
En efecto, nada más entrar Roberto, se encuentra con una estancia bastante recargada de muebles, papeles, cuadros y banderas.
Silvia lo invita a sentarse en una vieja silla con el tapizado en verde similar al color corporativo de la Guardia Civil.
A pesar del evidente desorden del despacho, ella no siente la necesidad de excusarse ante él.
Simplemente, se sienta en el lado de la mesa que su autoridad le confiere, y mueve el ratón, con el fin de activar la pantalla y su ordenador—.
Señor… —dice Silvia esperando que Roberto complete la frase con su apellido.
—Me llamo Roberto.
Silvia lo mira, como si necesitara saber su nombre completo por protocolo. Roberto le indica sus dos apellidos, y Silvia teclea para apuntarlos en el ordenador.
—Roberto, quiero insistir en que puede confiar en nosotros. Que no le suene a tópico, por favor.
—Yo confío en ustedes; en quien no confío es en la persona que se lo ha llevado.
—Con el debido respeto, Roberto, todavía es pronto para afirmar que se la han llevado; la estamos buscando…
Roberto le enseña la pantalla del móvil.
Ella achina los ojos para ver mejor: tiene cuarenta y cinco años, y la presbicia está haciendo mella en su visión cercana.
Se niega a ponerse las gafas de cerca que delatarían su edad, porque ella se cuida mucho de que todo el mundo le diga que aparenta menos años.
Es de las pocas cosas que le levantan el ánimo.
—¿Qué es eso?
—Una pulsera de geolocalización. Bueno, un reloj. La última posición es nada más salir de aquí de Logrosán.
—¿Quiere decir que podríamos localizar a la niña con esa pulsera?
—Siempre que haya cobertura, sí.
Silvia, que se había alegrado muchísimo al contemplar la posibilidad de encontrar a la niña mediante geolocalización, aprieta con fuerza el ratón maldiciendo la mala cobertura del pueblo vecino, tal como la había maldecido Roberto minutos antes.
—Está bien pero, como bien acaba de decir usted, puede ser que sea por la cobertura.
—Sí, pero también porque alguien le haya quitado la pulsera y la haya tirado en cualquier cubo de basura.
Silvia apunta todo en el ordenador. No quiere responderle tan pronto como se merece. No está dispuesta a tolerar que el padre imponga sus pensamientos, lógicos en cualquier persona expuesta a este nivel de estrés, pero muy desaconsejables por tratarse precisamente del padre de la desaparecida.
—Dígame, ¿ha recibido alguna llamada? —Silvia no concreta: quiere medir sus palabras.
—¿Cómo? —pregunta Roberto, al que lo ha llamado mucha gente del pueblo.
—Pidiendo un rescate.
Roberto duda: no había valorado esa opción hasta ahora.
—Nosotros no tenemos un euro.
Ella apunta en el ordenador.
—Hay que contemplar todas las opciones. Entonces, no ha recibido ninguna llamada de un posible secuestrador de su hija.
Roberto se pone a mirar en su teléfono móvil: todo lo que ve son llamadas de gente conocida.
—Llamadas, muchas, pero de gente del pueblo. No he contestado casi ninguna.
—Bien, nos vamos a ir al lugar de la desaparición. Puede acompañarnos. —Roberto asiente—. Pero antes necesito una foto reciente de la niña para difundirla.
Roberto rechina los dientes. Sabía que iba a llegar este momento, y lo que está a punto de decir va a suponer un antes y un después en su relación con la brigada.
Antes de ello, y con ánimo de mitigar el impacto, rebusca en su móvil y encuentra la última foto que se hizo con Luz Marina el anterior fin de semana, en una de sus excursiones por el campo.
Roberto amplía la foto, y le tiembla el labio y le escuece el esófago, y aprieta con tanta fuerza el móvil que se le escurre entre las manos y se le cae encima de la mesa.
Pide perdón a Silvia, retoma el móvil y le enseña la foto de la niña.
—Bien, pero necesito que me la mande.
—Eso no va a ser posible. —Ya está: ya ha soltado la bomba—. Se la voy a mostrar a todos sus compañeros y a todo el que participe en la búsqueda, pero no puede difundirla.
Silvia se queda con la boca abierta y con los ojos aún más abiertos.
—¿Y eso por qué?
Roberto suspira.
—No quiero que la cara de mi hija salga en televisión o en internet. Es más: no quiero que la prensa se haga eco de la desaparición. Al menos de momento.
—Esto… —Silvia quiere medir sus palabras—.
Roberto, lo siento, pero me he cansado. Antes me ha dicho que vaya llamando a los compañeros de la UCO; luego me dice que está seguro de que ha sido una desaparición forzosa sin ninguna prueba y sin una llamada donde piden rescate; y,
ahora que le pido algo obligatorio para intentar encontrar a su hija, ¿me suelta esto?
Roberto vuelve a suspirar. Asiente. Se mira los pies.
—Si la persona que se ha llevado a mi hija se siente acorralado por la presión mediática y policial, es más fácil que acabe con ella.
Silvia no da crédito. Ahora sí que acaba de perder la paciencia. Sí, es un padre nervioso, en crisis, pero no es nadie para decirle algo semejante. Estalla.
—¿Quién se ha creído usted que es? —Roberto susurra algo entre dientes que la mujer no entiende—. ¿Cómo? —pregunta Silvia.
—Soy compañero —responde Roberto.
—¿Qué dice?
—Soy policía.