Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 La librería
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La librería

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 2 h 15 min.

Marta no tiene intención de marcharse del pueblo todavía.

Necesita saberlo. A pesar de la llamada, necesita saber que una de sus sospechas no se sostiene.

Y también necesita saber que nadie la reconoce.

No se puede permitir la aventura sin haber probado sus habilidades transformistas.

Por ello, antes de investigar en el lugar de la desaparición de Luzma, tiene que hacer una parada. Y esa parada, cómo no, es la librería.

Conduce el viejo todoterreno con la esperanza de que nadie se fije en él.

Es un tipo de coche muy frecuente en el pueblo, usado entre la gente del campo para acceder a las fincas y parcelas donde se guardan los animales, o los escasos cultivos que se trabajan.

Está sucio de forma consciente, porque es así como llama menos la atención.

Un coche pensado para estar en el campo completamente limpio no cuadra demasiado.

Y no es que los dueños de estos coches sean unos guarros: es que no tiene mucho sentido lavarlo para volver a ensuciarlo al día siguiente.

Se incorpora a las calles secundarias del pueblo desde su pequeña finca en el campo y accede a la Avenida de la Constitución donde, precisamente, tiene su casa.

Pasa por delante de su puerta sin mirar, y desemboca en la Plaza del Cristo, una plaza llamada así por una gran iglesia que la preside.

Un templo con más de doscientos años un poco descuidado, pero con cierto encanto.

Cruza la plaza y gira a la derecha para tomar la Avenida de Mario Roso de Luna, la avenida principal de la villa, a la que le da nombre el escritor más renombrado y nativo del lugar.

Marta ha tenido la ocasión de leer poemas y escritos suyos en la biblioteca municipal y ha podido deleitarse con la buena literatura del autor extremeño.

La avenida principal es un conjunto heterogéneo de casas: unas muy altas, otras muy bajas, unas muy viejas, otras muy nuevas.

En todas predomina el blanco digno de todo pueblo meridional de la meseta castellana.

Porque, aunque esto no sea propiamente Castilla, Extremadura comparte muchos elementos con aquella.

Y el clima, muy frío en invierno y muy caluroso en verano, es uno de aquellos.

Y no hay nada como muros grandes y pintura blanca para combatir los más de cuarenta grados con los que suele azotar el estío durante gran parte de los tres meses de verano.

Marta se detiene delante de la librería.

Desde allí, y a través de sus gafas de sol, observa a Lola.

Está atendiendo a una clienta; le muestra unos fascículos coleccionables sobre el antiguo Egipto.

La clienta es Asunción, una mujer mayor del pueblo muy simpática, con la que Marta ha cruzado algunas palabras en el supermercado o en la calle.

Marta no puede escuchar la conversación, pero juraría que, además de las explicaciones sobre el coleccionable, el tema de su hija está en boca de ambas.

Siente ganas de bajar y de comprar una novela.

Solía visitar mucho la librería porque le encanta coleccionar libros, aunque sepa que nunca va a poder leerlos todos.

Marta es una lectora voraz y, aunque lee sobre todo en digital, también le gusta leer en papel.

Y sobre todo piensa que los libreros de toda la vida tienen derecho a seguir existiendo.

Por eso ella lanza todos sus libros también en versión papel, y muchos de estos se han vendido en esa librería.

Uno de estos libros está en el expositor principal de la tienda, un gran ventanal donde se alternan las últimas novedades editoriales con material de papelería, prensa, e incluso bolsos y otros complementos.

Una librería de pueblo no podría sobrevivir solo con la venta de libros porque, desgraciadamente, los lectores del pueblo no son mayoría.

Marta mira su reloj: es casi la una y media.

Su hija lleva casi dos horas y media desaparecida.

Lola abre todos los días la tienda a las diez de la mañana.

Siente la tentación de bajarse y de preguntarle en persona si, en efecto, esa mañana ha abierto a su hora, pero no sería una buena idea.

Como bien ha acordado con Roberto, ese trabajo le corresponde comprobarlo a la Guardia Civil.

Y la verdad es que, por mucho que no le guste la idea, tiene que creer las palabras de Lola.

No tendría sentido mentir en algo fácil descubrir.

Ni abrir más tarde la tienda precisamente el día en el que alguien se lleva a su hija.

Esto la colocaría directamente como sospechosa, y Lola será muchas cosas, pero tonta no es.

Antes de irse, vuelve a mirar hacia la librera.

Y es entonces cuando cruzan miradas. Lola mira en dirección a la carretera donde Marta está mal aparcada.

¿El motivo? Precisamente es que está mal aparcada y el autobús de línea ha soltado dos pitidos de los que han debido de enterarse en la otra punta del pueblo.

Marta está absorta en sus pensamientos, y ni se ha dado cuenta.

Arranca a toda prisa, y pierde el contacto ocular con Lola.

No, no tiene nada en claro que ella haya sido la autora del rapto.

Al menos de forma presencial. ¿Habrá podido encargárselo a otra persona? Eso está por verse.

Marta avanza por la avenida principal del pueblo; a cincuenta metros de la librería está la plaza.

La deja a la derecha y se fija en que hay un tumulto de gente.

Al menos veinte o treinta personas entre hombres y mujeres.

A pesar de que el autobús le pisa los talones, Marta ralentiza su marcha y, para no recibir más pitidos, pone el intermitente, y gira a la derecha para tomar el tramo de calzada transitable para vehículos de la plaza.

Va tan lento que puede distinguir a varias vecinas del pueblo.

La primera de todas es su amiga Lourdes, que parece llevar la voz cantante.

Hace aspavientos a unos y manda a otros.

También está su marido Pedro, que se lleva a dos vecinos camino a un coche mal aparcado en la otra parte de la plaza.

Marta supone que deben de ir a buscar a su niña y, por un momento, vacila y siente de nuevo un vacío en la tripa.

«¿Qué hago disfrazada como un payaso? ¿Por qué no me voy a la bodega yo a buscar a mi hija? A lo mejor se ha apartado del grupo; le ha dado un mareo y está tendida entre unos rastrojos, y nadie la ha visto», piensa.

Ella sería capaz hasta de olerla. Pero se da cuenta de que esto es solo una ilusión, un deseo que deben sentir todos los padres que pierden a sus hijos: que todo haya sido un susto, y el niño (o niña) se encuentre desmayado/a en algún lugar, y lo/a encuentren rápidamente.

Pero, si después de dos horas y media varias personas la han estado buscando y no la han encontrado, esa ilusión se desvanece.

Marta le echa un último vistazo a su amiga, que se dirige a otro coche con tres mujeres más.

Ella acelera, y se va de la plaza en dirección al arroyo, a una calle por la que en el pasado circulaba un pequeño riachuelo.

Llega de nuevo a la Avenida de la Constitución; pasa otra vez por su casa sin mirarla, y llega hasta la variante.

Gira a la derecha y acelera al máximo para remontar la cuesta que la llevará a la rotonda, presidida por el grifo ferroviario.

La cruza y, tras unos metros donde deja naves a un lado y restaurantes a otro, pasa por delante del cuartel de la Guardia Civil, donde observa aparcado el coche familiar.

Roberto debe de estar dentro, contando todo lo que sabe.

Y, aunque el vacío en su estómago se agrava, sabe de sobra que todo lo que está haciendo es necesario.

No se va a cansar de repetir el que será su mantra hasta que encuentre a su hija: «Lo que sea necesario».