Fernando
Tiempo transcurrido desde el secuestro: 1 h 30 min.
Roberto vuelve a casa de su amigo Fernando.
Tiene esa conocida desazón y necesita quitársela de encima.
No ve el coche de Aurora y aparca delante de la casa.
Sube las pequeñas escaleras tapadas por ladrillo rojo y llega a la puerta principal.
Con un poco de suerte estará abierta. Pero hoy no es su día.
Llama al timbre. Como no hay respuesta, llama tanto que cree que lo va a quemar.
Se da cuenta de que puede llamar demasiado la atención, y se detiene.
Coge el teléfono, y llama a Fernando. Por supuesto, tampoco lo coge.
Tiene que tomar otra mala decisión, y lo hace: rodea otra vez la casa hasta la parte trasera.
Al llegar a la puerta, apoya el pie en un hueco de la pared, y con mucho esfuerzo consigue impulsarse hasta un bolardo de piedra que corona el muro.
Cuando cree que está bien apoyado, se impulsa con el otro pie, y consigue pasarlo por encima de la puerta.
Ahora tiene un pie en cada lado y, de esta forma, nota una enorme presión en la entrepierna, que solo puede liberar dejándose caer hacia el interior.
Si por casualidad Aurora no se hubiera marchado o algún vecino estuviera cotilleando, podría tener problemas.
Pero el único problema que tiene es que, al caer, se hace daño en el tobillo.
No es un daño atroz como cuando se hizo un esquince jugando al baloncesto hace años, pero le duele lo suficiente como para soltar un par de tacos.
Se lo toca y lo mueve hasta comprobar que no hay nada roto.
Se levanta y, cojeando, se dirige al interior de la casa.
Pero antes tiene que mirar. Tiene que mirar en el cobertizo que hay en el pequeño patio; lo abre y rebusca en su interior.
Solo hay pequeños enseres de jardinería y tierra para plantas.
El acceso a la vivienda es una gran cristalera que sus amigos siempre tienen abierta, excepto cuando se van a dormir o de viaje.
Por eso solo tiene que empujarlo para entrar.
Cuando lo hace, se lleva en gran susto, porque Loto se abalanza sobre él.
Es un pequeño gato negro al que le pusieron ese nombre para que les diera suerte en la lotería y jugársela así a las supersticiones.
Consigue zafarse de él soltando un «¡Joder con el gato!»
. Llama a Fernando, y no obtiene respuesta.
Entonces, hace otra cosa de la que no está seguro, pero que necesita para aliviar esa desazón: Luzma, Luzma.
Sí, piensa que su hija puede estar allí. Y lo piensa por un motivo tan fuerte como el deseo. Rebusca en la planta baja, en la despensa de la cocina, en el cuarto de baño, y hasta en los muebles.
Sube a la segunda planta y abre la puerta del dormitorio de matrimonio.
Fernando yace allí, y se acerca a él. Lo observa.
Es un tipo que mide alrededor de un metro ochenta, con una melena rubia y con unas espaldas de nadador que ahora tiene al descubierto.
Roberto siente algo en el estómago que no sabría definir.
Lo llama. No obtiene respuesta. Y decide volver a curiosear por la casa: armarios, muebles, bajos de las camas.
Pero Luzma no está por ningún lado. Vuelve al cuarto de su amigo; se sienta en la cama, le acaricia la espalda.
—Fernando, despierta. —Fernando se revuelve, se da la vuelta, pero sigue con los ojos cerrados.
Roberto sube la voz, y Fernando vuelve a retorcerse, pero sin despertarse.
Es entonces cuando Roberto lo besa en la boca.
Lo sigue besando, hasta que Fernando parece reaccionar y corresponderle en el beso.
Abre los ojos, y se asusta al comprobar que es su amigo quien lo besa.
Se separa. Solo unos segundos antes de volver a besarlo, esta vez con lengua.
El beso dura lo suficiente como para que Roberto debilite las defensas de su amigo.
Cuando lo considera necesario, lo agarra de los hombros, lo da vuelta y le lleva sus manos a la espalda sujetándolas con fuerza.
Fernando gime. Roberto le muerde los hombros—. ¿Es esto lo que querías?
—Sí —responde Fernando.
La primera lágrima que recorre la mejilla de Roberto coincide con el momento en el que su amigo se somete a él.
Si ya tenía desazón porque sospecha que Fernando pueda haberse llevado a su niña, ahora siente asco por estar viviendo algo así en un momento en el que medio pueblo debe andar ya buscándola.
Pero él también lo está haciendo. A su manera.
Duda pero, cuando se convence de que es necesario, se baja los pantalones y se pega al culo de su amigo
—¿Quieres que te folle?
—Sí —vuelve a responder Fernando.
Hace al amago de penetrarlo mientras sigue sujetando sus manos a la espalda. Fernando se muerde los labios. Y Roberto, aunque está convencido de hacer lo correcto, llora.
Cuando cree que Fernando está completamente entregado y que va a hacer todo lo que le pida, lo agarra del pelo con la mano libre y le aprieta la cabeza violentamente contra el cabecero. Lo que podía entenderse como un acto más de sexo duro es todo lo contrario. «Ahora, ¡dime dónde está!», le grita.
Fernando no escucha. Roberto no le ha estampado la cabeza contra la madera, sino que se la aprieta con fuerza.
Ha deseado esto desde que se bañaron desnudos en la piscina del campo de su amigo.
Una noche de verano en la que coincidió que se quedaron los dos solos mientras sus mujeres estaban en la ciudad y Luz Marina con sus abuelos paternos.
Allí se rozaron más de lo que nunca hubieran imaginado.
Tomaron bastante cerveza y whisky, y achacaron el primer beso al alcohol.
Pero, después del primer beso, vinieron más, y llegaron al punto de no retorno en el que se masturbaron el uno al otro.
Siempre se llevaron bien desde que se conocieron en una fiesta que organizaron Lourdes y Pedro.
Fueron de excursión con las respectivas familias, compartían gustos musicales y a los dos les gustaba salir a montar en bici por las montañas que circundan el pueblo.
Allí es donde se empezó a fraguar esa amistad entre caminos, ríos y pinchazos, en los que se ayudaban el uno al otro a cambiar la cámara de la rueda pinchada.
Después de esa noche en la piscina, les costó volver a hablar del asunto.
No se distanciaron; siguieron disfrutando de la mutua compañía, pero el tema se había tornado en tabú, hasta que Fernando se presentó un día en casa de Roberto.
Sabía que estaba solo porque había visto salir a Marta.
Nada más entrar, lo besó en la boca, como las películas, y se ofreció sumiso.
Roberto no se lo esperaba; no lo excitó como debería haberlo hecho, y no fue capaz de tener una erección.
Fernando, en lugar de tomárselo a mal, lo trató con cariño, y terminó haciéndole una de las mejores felaciones que Roberto recordara.
Roberto no se consideraba homosexual, ni Fernando tampoco.
Tan solo disfrutaban de la compañía mutua.
Después de ese día sí que hablaron del asunto durante las salidas en bici.
Pero ambos fueron comprensivos el uno con el otro.
Fernando le dio todo el tiempo y espacio que necesitara, y Roberto le agradeció su comprensión.
Y todo parecía ir bien, entendiendo Roberto cada día que su amigo Fernando era más que un amigo y que empezaba a sentir cosas por él.
Pero sin atreverse a dar el paso final.
Y esto, poco a poco, cansó a Fernando, y le echó en cara a su amigo que no se atreviera a dar ese paso.
Incluso lo llamó reprimido y falso. Eso sí los distanció.
Pero, como la naturaleza de Fernando era pacífica y sumisa, al poco tiempo le pidió perdón y le dijo que estaría siempre para él, que lo estaría esperando para cuando Roberto se diera cuenta de sus verdaderos sentimientos.
A Fernando lo despidieron del trabajo, y los acontecimientos se dispararon.
Entró en caída libre. Se presentó un día en casa de Roberto, otra vez después de que Marta se había ido, y se abalanzó sobre él.
Pero su amigo lo rechazó con toda la delicadeza posible.
Fernando se marchó enfadado. Pocos días después, en el parque, Roberto entrenaba ya casi de noche.
Fernando, fingiendo hacer deporte, se hizo el encontradizo.
No había nadie en el parque, y lo besó. Roberto se dejó besar y le pidió a su amigo que le bajara los pantalones e hiciera lo que tanto le gustaba.
Fernando dijo que quería que lo penetrara, pero Roberto se negó.
Se deshizo de él, y Fernando se quedó allí, gritando e insultándolo.
Ahora Fernando piensa que su amigo Roberto se ha da dado cuenta de sus reales sentimientos y lo quiere penetrar como nunca lo ha hecho nadie. Pero, cuando nota que Roberto le tira del pelo y lo estampa contra el cabecero, se da cuenta de que algo no va bien.
—¡Dime dónde está mi niña! —repite Roberto.
Fernando consigue zafarse y cae boca arriba sobre la cama. Roberto se tumba sobre él y le inmoviliza las manos. Se acerca a su cara, y esa distancia tan estrecha que Fernando ha anhelado tantas veces se convierte ahora en motivo de pánico.
—¿Qué dices? ¿Qué dices, por Dios?
—¡Que me digas qué coño has hecho con mi niña, joder!
Entonces Fernando comprende. Los efectos del orfidal se han esfumado por el aumento de la adrenalina, como si le hubieran chutado una aguja directa en el corazón. Se da cuenta de lo que su amigo sospecha y quiere saber.
—¿De verdad te crees que yo voy a hacerle algo a Luzma?
—El hecho de que la llame por su nombre debilita a Roberto.
Fernando siempre se ha mostrado cariñoso con su hija.
Siempre ha jugado con ella y, en más de una ocasión, la ha recogido del colegio.
Se da cuenta de que puede estar equivocado.
Deja de ejercer presión sobre los brazos de su amigo, y se levanta de la cama.
Se sube los pantalones, se recompone y se marcha de la habitación—.
Roberto, por favor, no te vayas—. Roberto se detiene, pero no mira hacia atrás—.
Sabes de sobra que, por muy dolido que esté contigo, no tocaría un pelo a tu hija —asegura Fernando.
—Ha sido un error.
—Ahora dime qué quieres que haga para ayudarte.
Roberto medita si contarle el plan con su mujer. Lo medita mientras escucha a su amigo insistir de fondo.
—Tómate otro orfidal, y duerme. Es mejor que pienses que esto ha sido un sueño si la Guardia Civil viene a preguntarte.
—Espera, ¿la Guardia Civil? ¿No serás capaz de contar nada?
Roberto no contesta. Se marcha de la habitación y de la casa, y las lágrimas vuelven a aparecer en sus mejillas.
Va a hacer lo que debería haber hecho desde el principio: tiene que hablar con el exmarido de Marta. Pero para ello tiene primero que hablar con la Guardia Civil.