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La transformación

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 1 h 20 min.

Marta lo ve alejarse y, escondida tras la puerta, cierra y echa el rudimentario cerrojo.

Se da la vuelta, y observa lo que allí hay: polvo y trastos, sobre todo, pero también el rudimentario cuadrilátero que construyeron ella y su marido.

Llevan tiempo sin entrenar allí dentro: lo han dejado un poco de lado.

Hay también un minúsculo cuarto de baño, pero hay algo mucho más importante: un viejo Land Rover tapado con unas polvorientas mantas y medio camuflado por unos viejos armarios.

¿Por qué es tan importante? Porque, dentro de ese coche, hay dos elementos en los que tienen depositadas gran parte de sus esperanzas de encontrar a su hija sana y salva: un kit de transformación de aspecto que sería la envidia de cualquier caracterizador profesional de cine,

y un kit de supervivencia.

Marta busca las llaves y las encuentra en un cajón.

Lo abre manualmente; es un coche antiguo, y de mando a distancia no quiere saber nada.

En la parte de atrás —que no es ni un maletero, sino un pequeño espacio abierto entre los asientos traseros y la puerta de atrás—, hay dos mochilas.

Y, dentro, los kits de transformación y de supervivencia.

En el primero hay toda una serie de productos y artilugios que Roberto y ella misma se encargan de revisar cada tres meses y de reponer en el caso de que sea necesario. En realidad, hay dos kits: uno para mujer y otro para hombre.

El destino ha querido que sea el de mujer el que hay que usar, ¡y cuánto mejor!, según piensa ella. Considera que el cambio de aspecto va a ser mucho mayor que lo que sería en su marido.

En el kit femenino, hay varios elementos.

El primero y más importante es un tinte para el pelo: un rubio caoba no demasiado llamativo, pero suficiente para que el moreno claro de Marta desaparezca por completo.

Una mujer que se tiñe y cambia radicalmente de tonalidad del cabello cambia tanto que hay que fijarse bien para reconocerla. Al menos, eso creen ella y su marido.

Se lava el pelo como puede en el pequeño lavabo y cuidadosamente lo tiñe a pinceladas.

Se debate entre la encrucijada de hacerlo bien o de hacerlo rápido.

Si lo hace bien, perderá un tiempo que necesita; si lo hace rápido, puede quedar mal y que alguien se fije en ello.

Siempre hay quien, por desgracia, se fija mucho en el aspecto de otras mujeres.

No quiere ni pensar en encontrarse con Ana María, su peluquera, y que se dé cuenta del tinte mal dado de «esa forastera», y que, al fijarse en el tinte mal dado, se dé cuenta de que esa forastera no lo es tanto.

Sería un desastre total, y todo por unos minutos, así que decide hacerlo bien a pesar de que le lleve más tiempo y le empiece a producir un poco de acidez en el estómago.

El segundo elemento, también muy importante, son unas lentillas de colores.

El tono elegido es un verde oscuro, un tono que ya probó en el pasado.

Las estuvo usando una temporada, siempre en casa, y se acostumbró a estas, con alguna que otra molestia, pero tolerable.

Ahora las saca de su envoltorio: un blíster más complicado de abrir de lo que parece.

Coge la primera lentilla con la yema de su dedo índice y se la pone en el ojo derecho.

Molesta un poco pero, tras parpadear dos o tres veces, la cosa mejora.

Se mira al espejo y da por buena la operación.

Abre la lentilla del ojo izquierdo, repite la operación y vuelve a molestarle.

No le da importancia, porque cree que volverá a mejorar como en el izquierdo.

Pero no lo hace. Y se empieza a poner nerviosa a frotar el ojo, algo nada recomendado por el óptico que le enseñó a ponérselas.

La lentilla la está matando. Tiene que quitársela: quizá se la ha puesto al revés.

Intenta sacársela, y no puede. Se hace daño en el ojo.

Tras varios intentos, lo consigue. La mira para volver a ponérsela de nuevo.

«¡No me lo puedo creer!», se queja: está rota.

Quizá la haya roto ella misma sin querer, y no se ha dado cuenta.

Tiene dos paquetes más en el kit, pero le fastidia tener que gastar recursos.

Abre un nuevo blíster; con muchísimo cuidado coge la lentilla, y vuelve a ponérsela. Ahora sí: ahora es otra cosa.

El tercer elemento también está relacionado con los ojos: unas gafas graduadas, pero con cristales sin graduación y sin antirreflejante.

De esta forma, los ojos son más difíciles de ver que si no tuvieran reflejos.

Las gafas, además, llevan un clip de sol con la misma forma que la de la montura graduada.

El cuarto elemento es la ropa: vaqueros negros ajustados; zapatillas deportivas de las llamadas casual, oscuras; una blusa escotada; y el complemento perfecto para dicho escote: un sujetador push-up, de los que te aumentan la talla un par de números y te suben el pecho varios centímetros.

Por desgracia, un elemento necesario para llamar la atención de algún baboso de los que quizá tenga que camelarse para obtener información.

Porque sabe que tendrá que hacer lo necesario para obtenerla.

Si se ha llevado a su hija algún pervertido, a ese pervertido lo conocerá alguien quizá igual de pervertido.

Por ello, un buen par de tetas siempre serán mejor bienvenidas que sus pequeños pechos naturales.

El quinto elemento es el maquillaje. Ella, que nunca suele ir maquillada, ahora se pinta, no como una puerta, pero lo suficiente para que, según su criterio, nadie repare en ella a primera vista.

Y el sexto y último elemento del kit, y quizá uno de los más importantes, es un succionador de labios…

un aparato del demonio que no es nada bueno para la salud labial.

Un aparato cuya función y promesa del fabricante es la de aumentar el volumen de los labios sin pasar por cirugía; un aparatejo con nombre de producto de teletienda, que ya probó en su día y cuyas sensaciones no le agradaron demasiado.

Pero ahora es necesario. Se humedece los labios con cacao, según las instrucciones; se pone el aparato en la comisura, rodeando toda su boca.

Lo aprieta y, durante un minuto largo, nota como si tiraran de ella con una pinza enganchada a sus labios. Horrible. Pero efectivo.

Cuando termina, se los pinta de rojo oscuro.

Se seca el pelo; el tinte es de los rápidos, y cree que ha quedado bastante decente.

Se hace una coleta: ella siempre lleva el pelo suelto.

Se pone las gafas. Se mira al espejo, y está convencida de ver a una mujer diferente a la Marta que conoce la gente el pueblo.

Para cerciorarse, mira una foto reciente suya en el móvil, pero no calcula bien, y da con una foto junto su hija.

Esto casi le provoca el llanto, pero se le correría el maquillaje, y no tiene tiempo de repetir la operación de nuevo.

Se mira en el espejo; mira su foto, y ahora sí está convencida de que no la van a reconocer mientras que no se fijen mucho en ella.

Y, como mucho, su gente más próxima. No pueden reconocerla: necesita que así sea.

Marta abre ahora la mochila con el kit de supervivencia.

Ahí tiene todo lo necesario para repeler una agresión, o para incluso ser ella la agresora: una porra extensible, una pistola láser, dos sprais de gas pimienta y una navaja.

También tiene dos pasaportes falsos (su marido tiene un contacto que les hizo el favor —favor pagado, claro—).

Tiene también un tarjetero con su nombre y profesión falsos.

Hay bridas, cuerdas y cinta americana. Hay una cizalla y destornilladores.

También hay antibióticos y antiinflamatorios.

Una pequeña, pero potente, linterna no puede faltar, ni un cargador de móvil con enchufe para coche.

Y también hay casi mil euros en efectivo.

Si a la policía se le diera por revisar la bolsa, podrían tomarla, en lugar de por una madre desesperada en busca de su hija con un plan desesperado, por una asesina en serie.

Cuando se cerciora de que todo está en orden, mira de nuevo a Luzma en la imagen que sostiene en el móvil. Pasa su dedo por encima, como si la acariciara. Y masculla entre dientes unas palabras, que vienen a decir algo así como que se verán pronto.

Comprueba que lleva los dos kits: supervivencia y transformación, y abre la puerta trasera del cobertizo.

Se sube en el coche y abandona su parcela, la que tanto trabajo les costó a ella y a su marido dejarla a su gusto; en la que tanto han sonreído tanto los tres;

en la que contemplar los atardeceres abrazados mientras la niña jugaba la llenaba de una plenitud solo comparable con la propia belleza del ocaso.