Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 La casa de Fernando y Aurora
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La casa de Fernando y Aurora

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 1 h 20 min.

Roberto abandona la parcela, y mira por el retrovisor. La puerta del cobertizo se cierra, pero no ve a su mujer, que sabiamente se ha escondido detrás de la puerta.

Llega a la carretera que llaman la variante, un tramo de la autonómica EX-102 que evita a los viajeros pasar por el centro del pueblo.

Algo bueno para la comodidad y rapidez en los traslados de un lugar a otro de la comarca, algo no tan bueno para la economía de Logrosán.

Siempre es más probable que alguien que pase por el pueblo pare a tomar un café, o a hacer una compra de última hora antes de llegar su destino: en su caso, el cuartelillo de la Guardia Civil.

Tiene que desviar la atención de los agentes hacia lo que él y Marta creen más oportuno.

En la incorporación a la EX-102, gira la izquierda y recorre unos cuatrocientos metros hasta llegar a una rotonda coronada por una fuente ferroviaria y por una oxidada máquina para cambiar el sentido de los trenes, pertenecientes a la antigua estación del pueblo,

estación que nunca llegó a estar en funcionamiento.

La relación del tren con Extremadura nunca ha sido buena, y esto es solo una prueba de ello.

Toma la rotonda recta en dirección al cuartelillo, pero en el último momento pone el intermitente a la izquierda, hace la rotonda completa y toma la salida que conduce al corazón del pueblo.

Tiene que hacer una visita antes de ir a ningún sitio, aunque levante sospechas, aunque todo el mundo lo esté esperando.

Deja, a la derecha, la antigua mina del pueblo, ahora reformada en atracción turística y, justo antes de llegar al instituto, gira a la izquierda para ir por las calles traseras del pueblo en lugar de ir por la avenida principal.

Siempre puede cruzarse con alguien conocido por este otro trayecto, pero hay menos posibilidades.

Llega a la Gran Vía, donde el riesgo aumenta, por lo que acelera hasta llegar a la casa de su amigo Fernando.

En lugar de dejar el coche aparcado en plena Gran Vía, aparca en una calle adyacente, rodea la manzana del bloque de casas donde vive su amigo, y llega hasta la entrada trasera.

Son casas unifamiliares adosadas, las llamadas casas baratas, porque en su día se destinaron a viviendas sociales.

Aurora, su mujer, es del pueblo de toda la vida, y sus padres tuvieron acceso a esta casa allá por los años ochenta.

Una vez fallecidos sus padres, la vivienda pasó a manos de su hija mayor.

Son unas casas de dos pisos, blancas, con techo de teja roja y con un pequeño patio en la parte posterior.

Roberto toca en la puerta metálica. Considera que el golpe ha sido demasiado flojo: Fernando suele estar en la planta superior.

Allí es donde tiene el dormitorio. Desde que lo despidieron del trabajo hace más de un año, parece haberse sumido en algo parecido a una depresión.

Es guardia forestal, y allí ya quedan pocos bosques que guardar.

Los recortes en protección de la naturaleza cada vez son mayores, a pesar de estar en un periodo donde el ecologismo y el cuidado del planeta debería imperar. Cosas del ser humano…

Golpea con más fuerza. Nadie responde; cuando va a coger el teléfono móvil para llamar a su amigo, la puerta se abre. Asoma la cabeza Aurora, pero sin abrir del todo.

—¡Roberto, por Dios!, ¿qué haces aquí?

—¿Dónde está Fernando?

—Está arriba; no se encuentra muy bien —responde—. ¿Y Marta? ¡Dios mío, qué desgracia! Acabo de venir de la residencia, ya que tengo que llevar a mi madre al médico. Pero, en cuanto termine, me voy corriendo para la plaza. Me ha llamado Lourdes.

—Me gustaría ver a Fernando.

—No es buena idea: lleva un par de días bastante mal. Además, se ha enterado de lo de Luzma, y casi se desmaya. Se ha tomado un orfidal y está grogui. —Aurora sale de la casa y cierra la puerta tras de sí—. Venga, te acompaño, ¿dónde está Marta?, dime.

Roberto quiere ver a su amigo: tiene algo importante que preguntarle, pero es cierto que últimamente tiene muchos episodios de ansiedad, y por ello acepta que su mujer le vete la entrada. Aurora acompaña a Roberto al coche, y este miente diciendo que no sabe dónde está Marta.

—¿Pero la has llamado?

—Sí, no lo coge. Fue esta mañana a llevar al colegio a la niña y después me dijo que tenía que hacer unas cosas.

—Dime, ¿qué hago? ¿Dónde voy? ¿Cómo puedo ayudar? Tenía pensado ir a la plaza con Lourdes, pero dime si prefieres que te ayude a ti en algo.

—No, no te preocupes, ve con tu madre y, si quieres, vete luego a la plaza. Yo voy a hablar con la Guardia Civil. Debería haber ido ya hace rato.

Roberto se monta en su coche, y arranca. Suspira, y se dispone a acelerar, pero nota dos golpes en la ventana: es Aurora.

—La vamos a encontrar, Roberto. Nos vemos pronto —dice con la mejor cara posible.

Roberto por fin se marcha; gira a la izquierda y pasa por delante de la casa de Aurora y de Fernando.

Se fija en la ventana de la segunda planta y cree observar la silueta de su amigo.

Debe de haber sido un reflejo, porque Aurora le ha dicho que está en la cama.

Mira por el retrovisor y observa cómo ella se monta en el coche y se marcha.

Él conduce por el barrio de la Virgen; baja por la carretera que conduce a la residencia de ancianos y gira a la izquierda.

Es otro camino que lleva al cuartel de la Guardia Civil.

Cuando pasa por el pequeño circuito de carreras que tiene el pueblo, vuelve a pensar en su amigo: todo un aficionado a este tipo de carreras.

Tiene un viejo R5 que prepara él mismo y con el que compite cuando la economía se lo permite.

A Fernando siempre le ha gustado la velocidad, tanto bajando por un camino en la montaña en bici como con el coche…

o como en lo que se refiere a las relaciones humanas.

Frena en seco, y el coche derrapa un poco. Consigue controlarlo. Observa el circuito, y toma otra decisión que quizá no sea la más acertada.