El plan
14 de abril de 2025. Logrosán, Extremadura.
Tiempo transcurrido desde el secuestro: 1h 10 min.
Marta come un plátano de tres bocados. Tanto la despensa como la cocina están empapeladas con un viejo papel de pared con formas romboides, de un tono marrón oscuro, con ligeros toques amarillos.
Y a Marta le encanta que esté así; le recuerda a la casa de sus padres y, por mucho que su marido quisiera quitar todos esos papeles viejos de la cocina y de la casa, ella se empeña en no hacerlo.
Le gusta lo arcaico, quizá porque se amarra a la idea de que, si las cosas cambian, el tiempo pasa más rápido, y se perderá la infancia y vida de su hija.
Coge dos piezas más de fruta, tres barritas energéticas y dos botellas de medio litro de agua.
Lo mete todo en una pequeña mochila y se dirige la habitación.
Allí deja el móvil sobre la mesilla de noche, casi sin batería, y al que no ha respondido a ninguna de infinidad de llamadas y mensajes que le han llegado. Las noticias vuelan en el pueblo.
Entra en su habitación, también empapelada como la cocina, pero con un marrón más claro y con unos rombos más pequeños.
Se fija en la cama con su vetusto cabecero metálico de barras cromadas.
Lo único que cambiaron cuando se instalaron fue el colchón, ese que tantas veces fue testigo del amor, no solo entre Marta y Roberto, sino también entre los padres y Luzma: todos los sábados y domingos, la niña recorría descalza los diez metros que separaban su habitación de la de sus padres.
Y allí, Marta la regañaba por traer los pies helados —«Que te vas a coger unas anginas», le decía—, y se los calentaba entre sus propios pies.
Suspira, y siente que las rodillas le vuelven a fallar.
Pero no puede permitírselo. Se mira al espejo: ve a la mujer fuerte que su marido le ha repetido que es cientos de veces, y se marcha en dirección a la puerta.
No quiere pasar por la habitación de su hija.
El dolor sería insuperable, y podría desviarla de su objetivo.
Como poco, retrasaría la primera parte de su plan.
Han tenido que poner en marcha el plan después de que Roberto hizo la llamada que Marta le exigió.
Esa llamada se ha hecho a la librería del pueblo, y allí no hay otra persona que Lola, la librera.
Una llamada en la que el marido pregunta, con toda la paciencia y calma que ha sido capaz de mantener, si sabe algo de la niña.
Lola primero ha mostrado sorpresa; después, indignación; y, finalmente, rabia, y ha esgrimido que quiénes se creen ellos para dudar de ella.
Y Marta ha tenido que morderse la lengua para no entorpecer parte de su plan.
Porque ella quería gritarle que no es que se crea nadie; es que ella es la madre de Luzma, la niña que se pegó llorando un día seguido después de la noche que había pasado en su casa.
En la conversación telefónica, Lola cuenta a Roberto que lleva toda la mañana en la librería, y que hay clientes que pueden demostrarlo. Eso es trabajo para la Guardia Civil, porque Roberto se lo va a contar en cuanto se apersone en el cuartelillo.
Marta, por su parte, debe emprender su periplo. Se dispone a marcharse de la casa. Mira por la mirilla y, aunque no es creyente, reza para que no haya nadie. Los rumores y las noticias se extienden rápido por el pueblo; la prueba está en las llamadas y mensajes que recibe.
Cuando sale de la casa y cierra la puerta detrás de sí, se estremece, se angustia, como si ese portazo fuera una metáfora de cerrar esa casa para siempre.
Baja los escasos peldaños que la separan de la calle, pero no sale, sino que toma la puerta de la izquierda que la conduce directamente al garaje.
Está abierta, señal que su marido ha dejado: «No hay moros en la costa»
El coche está arrancado y la puerta del maletero, abierta. Marta duda; ya se ha metido en ese maletero las decenas de veces que han ensayado el plan. Pero esto no es un ensayo, y sabe que, si se mete, ya no habrá marcha atrás. El plan se habrá iniciado, y deberá asumir todas sus consecuencias.
Con dudas o sin dudas, lo hace. Levanta la mano y cierra el capó.
Da dos porrazos en la chapa, y el coche empieza a andar.
Marta nota el traqueteo del coche, multiplicado por diez en el rígido suelo del maletero.
Apenas se da cuenta de que ha empezado a llorar.
Llora, llora mucho. ¿El motivo? Le viene a la mente que su pequeña puede estar ahora mismo en un sitio así.
Si se confirman las sospechas que ella y su marido tienen, es muy probable que no esté perdida, que se la hayan llevado, que le hayan dado un golpe en la cabeza, amordazado, atado…
que esté ahora en el maletero del coche de su captor. A oscuras, sola y aterrorizada.
Pasados escasos minutos, el coche se detiene, y el llanto de Marta decae.
No puede permitirse que Roberto la encuentre otra vez hundida.
Necesitan toda la entereza que han demostrado el tiempo que llevan juntos para llevar a cabo lo que van a hacer.
Poco después, el coche vuelve a ponerse en marcha, muy despacio, y enseguida se detiene.
Roberto abre la puerta del maletero, y ayuda a salir a su mujer.
La abraza y la besa en la mejilla. Ella interrumpe el cálido momento porque sabe que el tiempo juega en su contra. Y en varios frentes.
—Rápido, la linterna, que van a empezar a preguntar dónde coño te has metido —advierte Marta.
Roberto es el que ha cogido la llamada, y por ello es el que debe denunciar la desaparición de la niña en el cuartel de la Guardia Civil del pueblo. Ya ha llamado y le han dicho que debe acudir en persona. Cuando haga lo que tiene que hacer, irá. Entre medias deben ceñirse al plan.
El acuerdo del plan es el siguiente: el que coja el teléfono y reciba la noticia de la desaparición de su hija será el que hable con la Guardia Civil, con los vecinos, y con los medios de comunicación si es necesario.
¿Y el otro? ¿El que no coja el teléfono? El otro, la otra en este caso, será el (la) que busque a su hija de la forma menos ortodoxa posible: al margen de la Guardia Civil, armada y con el aspecto totalmente cambiado para no ser reconocida.
Roberto carga una potente linterna que tienen guardada conscientemente en ese cobertizo para tenerlo de excusa en caso de que alguien los vea allí. Si le preguntan por qué no ha ido directamente a denunciar, dirá que necesitaba la linterna para buscar a su hija.
Suena el teléfono de Roberto: es Lourdes, amiga de la familia. Roberto mira a Marta sin saber qué hacer. Ella mueve la cabeza arriba y abajo: descuelga.
—Dime, Lourdes.
—Por Dios, ¿dónde estáis? He llamado a Marta tres o cuatro veces, y no me lo coge.
—Cogiendo el coche para ir al cuartel.
—Se están organizando cuadrillas en la plaza para hacer batidas. Pedro ya va camino de allí y ha llamado a un par de amigos suyos.
—Muchas gracias. Tengo que dejarte, Lourdes.
—Espera, ¿y Marta? ¿Cómo está? ¿Está contigo?
—Luego te cuento; gracias, de verdad.
Roberto cuelga.
Marta, mientras él hablaba por teléfono, ha estado buscando; le entrega un teléfono. Ella lleva otro en su mano.
—Toma. Siléncialo y guárdalo bien —le pide. Se trata de dos líneas telefónicas secundarias. Van a usarlas como si fueran narcotraficantes. Teléfonos culebra, como dicen en la policía.
Roberto la mira, y le da un último abrazo, en parte para despedirse, en parte para calmar los nervios por la llamada de su amiga.
Quizá hayan levantado alguna sospecha al retrasarse tanto; por ello tiene que marcharse lo antes posible—.
Lo tenemos todo atado y memorizado, ¿verdad, amor?
—Marta llama amor a su marido, y él se estremece: hacía tiempo que no lo escuchaba decir de sus labios.
—Todo atado y memorizado, cariño.
Se miran como dos personas que van a comprometerse.
—Lo que sea necesario.
—Lo que sea necesario.
Se vuelven a abrazar, y Roberto tiene lo que suele llamarse un mal presagio, una desazón, como dirían en ese pueblo. Como si no fuera a ver más a su mujer. Pero no puede permitirse perder ni a su mujer ni a su hija. Por ello va a mentir como solo un padre mentiría para salvar a su hija.
—Nos vemos pronto —se despide él, besándola suavemente en los labios y deseando con toda su energía que no sea el último beso.
Marta lo detiene antes de marcharse.
—Cuéntale a la Guardia Civil lo de la librera. —Roberto asiente—. Y quizá deberías contarle lo otro.
—¿Lo otro? ¿Estás segura?
—Bastante segura: da igual todo. Solo importa nuestra niña.
—Tienes razón. Entonces, le hablaré de lo otro: del otro.
Marta asiente. Seria. Como han dicho escasos minutos antes, tienen que hacer lo necesario para encontrar a Luzma, aunque eso incluya revolver el pasado y destapar una caja de los truenos ya olvidada.
El coche se marcha dejando una estela de polvo tras de sí.