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La fiesta de pijamas

6 meses antes

A Luzma le encantaba corretear por el pasillo de la casa.

Como si quisiera ser atleta. Ese pasillo pertenecía a la vivienda que sus padres tenían alquilada a un anciano del pueblo.

La casa era grande, quizá demasiado, y por eso Ricardo, el dueño, había decidido alquilarla para irse con su mujer a otra más pequeña.

Como no tenía muchos gastos y buena paga de jubilación, les había alquilado la casa por «cuatro perras», como él mismo había dicho.

Tampoco era que fuera tan barata pero, por ser una casa de más de cien metros, con cuatro habitaciones, un pequeño patio, un salón grande y una salita con acceso directo al balcón, era una buena ganga.

La pareja, de este modo, tenía espacio para dos despachos (en los que ellos trabajaban), una habitación de matrimonio y una para Luzma.

¿A qué se dedicaban Marta y Roberto? Escritores emprendedores y profesionales del marketing.

Roberto hacía la documentación y la investigación para las novelas; Marta diseñaba las tramas, los personajes, y las escribía.

Roberto las supervisaba y las promocionaba en internet.

Firmaban todo bajo un mismo nombre (mejor dicho, seudónimo): Roberta Marto.

No era muy original el juego de palabras con la inversión del género de sus nombres.

Pero era suficiente para hacer creer a su audiencia que los libros nacían de la pluma de una mujer —Marta bien se empeñaba en ello.

Y es que estaban en la época del esplendor de la mujer como autora de novela, sobre todo de novela negra, que era el género que ellos tocaban.

Marta fue la que metió el gusanillo a Roberto.

Mientras que ella se encargaba de la creación de los personajes, de la ambientación y de la trama, él era más proclive a aportar detalles sobre la investigación policial, detalles sobre los crímenes y a dotar de la masculinidad necesaria al personaje estrella de sus novelas: el inspector Del Olmo.

Llevaban cuatro años escribiendo novelas entre los dos y habían conseguido publicar trece en total.

¿Les daba suficiente dinero como para vivir?

Al principio, no. Tuvieron que tirar de ahorros y de ayudas familiares.

Pero, desde que publicaron la quinta novela, podía decirse que vivían de la escritura, sin grandes lujos, sin firmas en grandes superficies con colas kilométricas, pero vivían de la literatura: el sueño de la infancia de ella.

Las autopublicaban en un conocido portal de venta de libros y de libros electrónicos.

Sin depender de editoriales ni de agentes literarios.

El secreto estaba en que, al tener tantas novelas publicadas, por pocas unidades que vendieran de cada una, al final sumaban un buen pellizco por las ventas totales de las trece.

A pesar de que ese era el sueño de Marta y de que era la que mayor parte ponía en la escritura, la idea había sido de Roberto.

Ambos tuvieron que dejar su vida en la ciudad, alejarse del bullicio y perderse en ese pueblo.

Y, de lo que empezó como una idea de una noche de borrachera ideada para olvidar las penas, surgió su medio de vida actual.

Roberto fue el que hizo un montón de cursos de marketing para escritores, el que indagó sobre autores del otro lado del charco, anglosajones, algunos con cientos de novelas publicadas que, siempre sumando el total, les daban regalías de seis cifras.

Y se lanzaron. No fue suerte: cuatro manos que escribían ocho o diez horas al día obraron el éxito.

Y, hasta esos momentos, la cosa iba bien.

Luzma sonreía, jugaba, sacaba sietes y nueves en el colegio, y ellos podían pagar las facturas y darse algún que otro capricho.

Y, sobre todo, se compraron una pequeña parcela en el campo, a las afueras del pueblo.

Eso era más un sueño de Roberto. ¿El dueño de esa parcela?

, también Ricardo, que también se había quejado de venderla por «cuatro perras».

En esa parcela invirtieron mucho tiempo, trabajo y dinero.

Reformaron la pequeña casa de una sola estancia, ordenaron un gran cobertizo lleno de trastos para convertirlo en un dojo de entrenamientos y cultivaron un pequeño huerto.

Y, claro, la frecuencia de publicación de sus novelas se vio mermada y, como consecuencia, también su poder adquisitivo.

Y, cuando esto ocurre, es fácil que surjan los conflictos.

Se les solía pasar cuando se sentaban en el porche de la casita, observando a Luzma jugar en el columpio artesano que le había instalado su amigo Fernando, con dos cuerdas y con un viejo neumático, colgado de la rama más fuerte del alcornoque que presidía, recio, la pequeña finca.

Pero estos pequeños momentos de felicidad se fueron diluyendo.

Ella empezó a echarle en cara que pasaba más tiempo en el campo que investigando para la siguiente novela; él le reprochaba que pasaba más tiempo con sus amigas que en la parcela.

Y Luzma se fue dando cuenta de estas discusiones porque, con ocho años, ya se daba cuenta de todo.

Se produjo un hecho que revolvió aún más los cimientos de esa familia: una hecatombe.

Esto fue el día que la niña llegó llorando del colegio con la firme promesa de que no quería volver.

Ella, que adoraba a su seño y a sus compañeras, y las matemáticas, que tanto odiaban los padres…

Si Luz Marina no quería ir al cole, algo grave debía de haber ocurrido.

Cuando la madre escuchó el nombre del culpable, se acordó de aquel día del octavo cumpleaños de la niña y de lo que había observado mientras comía las mazorcas de maíz.

Sí, Lola, la librera. La mujer que en el último año no había parado de interesarse en Luzma, de invitarla a su casa a merendar con su hijo, de jugar con ella en el parque y hasta de invitarla a dormir.

Siempre con la excusa de que jugara con el niño.

Y Marta aceptó que la niña se quedara a dormir una noche con ellos.

Esa fatídica noche, durmieron todos juntos en la misma cama: Lola, Oliver y Luzma.

Eso ocurrió un viernes y, al día siguiente, Luzma se mostró distraída todo el día, pero lo achacaba a un cansancio excesivo por haber dormido regular.

Llegó el lunes siguiente: día de colegio.

Y algo pasó con los compañeros, que supuso el detonante de la angustia de la niña.

Algo debió de haber dicho Oliver, algo que nunca se supo en realidad.

Roberto y Marta llevaron a Luzma al psicólogo, y ella confesó que había sentido cosas raras en esa mujer, algo como un cariño excesivo acompañado de caricias excesivas.

Eso sí: la niña nunca indicó que las caricias habían sido en sus zonas íntimas.

Pero, si Luzma se había pegado un día entero llorando y no había querido ir más a esa casa, algo extraño habría pasado.

Lola, por supuesto, negó cualquier insinuación perversa y argumentó que se habían divertido en una fiesta de pijamas los tres juntos, que no entendía qué le había pasado a la niña.

Marta la arrinconó un día en la librería, la amenazó poniéndole una mano sobre el hombro, apretándola con toda su fuerza.

Y le exigió que se apartara de su hija para siempre.

Lola se indignó primero, pero la fuerza y mirada de Marta hicieron que aceptara la amenaza.

Las cosas cambiaron, y se alejó de la niña.

Pero, aunque se había alejado, la sombra de la duda nunca desapareció.