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La llamada

14 de abril de 2023. Logrosán, Extremadura.

Tiempo transcurrido desde el secuestro: 49 min.

El teléfono de la casa va por el cuarto tono, y ninguno de los dos se decide a levantarse.

Hay tensión en el ambiente. Una tensión que no termina de explotar, a pesar de que la niña no está en casa, que es el momento cuando aprovechan para discutir.

Pero este día parece que se han propuesto que el que pierde es el que primero inicie la discusión.

Y, como Roberto es el que menos ganas tiene, es el que se levanta primero a descolgar el aparato.

Y ni protesta, cosa que sorprende a Marta, acostumbrada a los desaires de su marido cada vez que es él quien tiene que abrir la puerta para recibir al repartidor y recoger algún paquete de sus múltiples compras por internet.

Pero este día Roberto no se queja, y ella, en su interior, se lo agradece.

Porque, aunque no esté viviendo un buen momento con su marido, lo sigue amando.

Al menos es lo que piensa en la soledad de su cuarto.

Roberto duerme en otra habitación desde hace un mes porque se ha distanciado afectiva y sexualmente de su mujer.

Dicen que el roce hace el cariño, pero trabajar con ella durante más de cuatro años está provocando que el roce deje heridas.

Todas las parejas discuten: es un dicho popular muy cierto.

AlAdr principio, lo paliaban con buen sexo.

Pero Roberto anda distraído en este aspecto, tanto que su mujer piensa que tiene una aventura.

Ella sigue aporreando las teclas de su teclado mecánico, un capricho según su marido.

Un capricho hasta que él lo probó y se dio cuenta de que aumentaba su velocidad de palabras por hora hasta en un diez por ciento.

Y esto se traduce en, al menos, un libro más al año, y eso son unos cuantos cientos de euros más al bolsillo cada mes.

Entonces, él le dio la razón y dejó de poner en duda las inversiones de su mujer en este aspecto, aunque siempre proteste por ello. Y la protesta empieza a cansar a Marta.

Pero ella tampoco quiere ser siempre la ogra, la que no pone de su parte para mejorar la relación.

Ella fue la primera que se coló en el cuarto donde se trasladó su marido, a los cinco días de haber dormido sola, a buscar su boca, y su piel, y su hombría.

Y ella fue la que le dio la mano cuando salieron a pasear el último domingo.

Lo que pasa es que, a la siguiente discusión, se olvida de esos pequeños buenos momentos.

Pero hoy ella tampoco va a discutir a pesar de que no están de acuerdo en si un personaje importante de sus novelas debe morir o no.

—Te lo cargas y te quedas tan ancha —protesta él.

—No me quedo ancha: solo que este personaje no da más de sí.

—¿Y si simplemente lo hacemos desaparecer?

—sugiere él. Marta lo piensa. Y en eso están cuando suena el teléfono, pensando ella y esperando él, repasando la novela, hasta que se levanta a descolgar—: ¡¿Cómo?

! —Marta escucha a el grito de su marido, a pesar de que el teléfono fijo está colocado estratégicamente en la otra punta de la casa para evitar las molestias innecesarias.

Cuando escriben, apagan sus móviles y dejan el teléfono fijo conectado solo por si los tienen que llamar del colegio porque Luzma se puso enferma o algo parecido.

Marta cae en la cuenta de que, aparte de un posible llamado del cole, el teléfono fijo de casa solo suena con las llamadas de su madre o de sus suegros.

Y estas muy raramente son por la mañana—.

¡Joder, es del colegio! —Se levanta de la ostentosa silla de casi mil euros (hay que cuidar la espalda), sale del despacho, y recorre los veinte metros del pasillo.

Veinte metros que le dan la impresión de ser más de cien.

Llega a la salita donde su marido grita con el auricular pegado a la oreja—.

¡Pero no puede ser! ¿La han buscado bien?

—¿Qué pasa? ¿Buscar a quién?

Roberto se gira a cámara lenta, mirando a los ojos a su mujer, a la que también sigue amando a pesar de todo.

Y suelta la noticia que ningún padre quiere escuchar nunca: la noticia que solo ves por televisión, mientras te apiadas de esa pobre mujer y de ese pobre hombre que sufren lo peor, o casi lo peor, que le puede pasar a una persona con descendencia.

—La niña: no la encuentran. —Marta dobla las rodillas.

Roberto deja caer el auricular del teléfono y llega justo a tiempo de evitar su caída al suelo.

La sujeta por las axilas y la levanta a peso muerto.

Porque Marta se ha ido, se ha roto, ha colapsado.

Ella sabía que se iba a romper si este momento llegaba.

El momento que más temía, el que intentaron evitar cuando se mudaron al pequeño pueblo en el que ahora viven—. La están buscando.

—¡Ay, no, por favor, no! —Marta gime, llora, se sofoca.

Roberto trata de que no se le caiga al suelo, pero él mismo está empezando a flaquear.

—¿Qué vamos a hacer? —pregunta él. Al escuchar esas palabras, Marta reacciona.

Mira a los ojos a su marido. Busca en sus pupilas al hombre del que se enamoró más de diez años atrás.

Y, cuando Roberto está al borde del llanto, lo encuentra.

Encuentra al hombre capaz de hacer volar personas por los aires, al hombre capaz de recorrerse Europa para hacer el amor con ella una sola noche, al hombre que con su cariño la recuperó cuando estaba rota.

Y ahora, otra vez, vuelve a estarlo—. Necesito que reacciones —implora Roberto—.

Necesitamos que reacciones. Marta recupera la fuerza en sus piernas; apoya los dos pies en el suelo, se agarra al brazo de su marido, lo aprieta tanto que le deja una ligera marca en los bíceps.

No deja de mirarlo a los ojos. Hasta que lo abraza, y Roberto le corresponde, y la fuerza que hay entre ambos es tal que ríete tú de Yoda, Vader y Luke Skywalker—.

¿Has mirado el GPS de la niña? —pregunta él.

A él mismo se le ocurrió la idea de comprar un reloj GPS de seguimiento, un dispositivo que se enlaza con el móvil mediante una aplicación y permite conocer la posición del que lo lleva, e incluso permite lanzar una llamada de auxilio en caso necesario.

Y también una videollamada. La niña tiene solo ocho años y no querían introducir el teléfono móvil tan pronto en su vida. Y mucho menos en horario escolar.

—No, por favor… —Marta, que echa mano del móvil, busca en la aplicación la esperanza que necesita—. La última posición la sitúa muy cerca de aquí, casi saliendo del pueblo.

—¡Joder con la cobertura de Dios! —protesta Roberto. El dispositivo de localización GPS es una buena idea, pero trabaja con una tarjeta SIM como la de los móviles. Y necesita cobertura telefónica para poder funcionar bien.

—¿Tú crees que es eso?, ¿que se ha quedado sin cobertura?

—No creo que haya tirado la pulsera por la ventana. Ya sabes que en el pueblo vecino no hay casi 4G.

Marta vuelve a flojear. Roberto tiene que sujetarla de nuevo. Esta vez ella pide que la deje sentarse. Hunde la cabeza entre sus brazos. Llora, babea, moquea, quiere gritar.

—No ha sonado la alarma de pánico —advierte Roberto—. Seguro que ha sido por eso: la cobertura.

Ella sigue enfrascada en su dolor, pero encuentra un hueco para hacerle una petición:

—Tienes que ir a la Guardia Civil y contarles lo del reloj.

Se miran, y el miedo los rodea, como si se hubieran ido todas las luces de esa casa y solo quedaran sus ojos iluminados.

—¿Lo vamos a hacer? —pregunta él.

Ella se levanta; vuelve a acercarse. Le da otro suave beso en los labios y vuelve a paladear el sabor de su marido después de un mes sin hacerlo.

—¿Qué más te han dicho?

—La profe dice que llevan más de media hora buscándola por todos los viñedos, por las bodegas, y por todos lados. Que los trabajadores han dejado lo que estaban haciendo. Y que no la encuentran. Que ya han avisado a la Guardia Civil.

Marta vuelve a abrazarlo. Está temblando, como cuando tienes ganas de llorar, pero te resistes a ello.

—El desgraciado no ha salido de la cárcel. Nadie nos ha avisado.

Se refieren a alguien que en el pasado trató de hacerles mucho daño.

—No, y le sería imposible localizarnos.

Marta se separa y lo mira.

—Entonces, tienes que llamarla.

En el rostro de su marido, advierte extrañeza, pero a los pocos segundos entiende.

—Poco vamos a sacar de una llamada —asegura Roberto.

—Hay que hacerlo y, si después de esa llamada no tenemos nada, lo hacemos. Lo haré.

—Está bien, pero tengo miedo.

—Yo también.

Se vuelven a abrazar. Un abrazo corto, porque saben que no tienen mucho tiempo.

El reloj ha empezado a contar y tienen que poner en marcha su plan antes de que pasen las primeras seis horas, cruciales en todo caso de desaparición.

Y esperan encontrarla en un máximo de setenta y dos horas: dicen que es el tope para encontrar a una persona desaparecida de forma forzosa.

Llevan preparándose para este momento desde hace más de cuatro años.