El cumpleaños
15 de abril de 2022 (un año antes).
Luz Marina sopló las velas de su octavo cumpleaños.
En el centro de la mesa, orgullosa, una solemne tarta, grande como si fuera la de una boda, pero decorada con la protagonista de la última película de Disney: una nueva superheroína con el poder del teletransporte pero que, curiosamente, siempre llegaba tarde a todos sitios.
Luzma, como la llamaban sus amigas del colegio y su profesora (para fastidio de su madre), sonreía mientras escuchaba los típicos cánticos de cumpleaños feliz y de chica excelente.
Cánticos que, aunque fueran tópicos, venían muy a cuento, ya que ella era una niña capaz de defender a Berto, el niño más bajito y debilucho de su clase, frente a los abusones.
Y también era capaz de sonreír incluso los días que sus padres discutían.
Marta y Roberto (así se llamaban sus padres) siempre tiraban la casa por la ventana en los cumpleaños de la niña.
—Si es que esto, más que cumpleaños, parece una comunión —protestaba la abuela materna de la niña—. Castillos hinchables, payasos, y comida para una boda. Lo que yo te digo: una comunión.
—Si ya sabes que siempre hacemos lo mismo, mamá, ya que la niña no la va a hacer…
—Que sí, que sí. Que eres muy pesada.
Marta le dio un beso a su madre, ferviente devota, y le entregó un trozo de tarta con más azúcar de la que se podía permitir para su edad. Pero la madre, que también era muy de dichos populares cual Sancho Panza, recurrió al «Un día es un día»
El caso es que la abuela tenía razón. No solo castillos hinchables, payasos y barbacoa, sino también más de sesenta invitados (entre niños, padres y abuelos).
Se puede decir que estaba toda la clase de Luzma (menos uno o dos niños que no solían ir a ningún cumpleaños), con sus correspondientes padres y madres.
Por ello siempre lo organizaban en la pequeña casa que la pareja tenía en el campo: una pequeña finca a las afueras del pueblo, donde vivían desde hacía cinco años: Logrosán.
Desde que llegaron, Luzma se integró muy bien con sus nuevos compañeros, y es que a los cuatro años y medio todo es más fácil. ¿Que hay pelea?, pues a los cinco minutos somos más amigos porque, como alguien dijo una vez, para los niños es más importante su felicidad que su orgullo.
Marta y Roberto charlaban con un par de parejas más: Lourdes y Pedro, y Fernando y Aurora.
—Tu madre tiene razón, que os he oído —incidió Aurora—. Es que os pasáis tres pueblos…
—Anda que tú, pero si cuando nuestro hijo cumplió los dieciocho parecía una despedida de soltero —replicó Fernando, padre del nuevo adulto.
Cinco de los seis amigos estallaron en una carcajada.
—Con estriptís incluido —añadió Roberto, padre de Luzma.
Aurora no reía, sino que se sonrojó porque, dos años atrás, cuando Fernandito (como ella lo llamaba), llegó a la mayoría de edad, organizaron una fiesta en la que muchos padres e hijos acabaron en la piscina.
El problema fue que Aurora se pasó con la cerveza, y acabó en bragas y sujetador en dicha piscina, rodeada de adolescentes con las hormonas por las nubes.
Fernandito casi se había peleado con uno de sus amigos porque se había arrimado a su madre más de lo que él consideraba oportuno.
Pero ella tampoco había puesto mucho empeño en escabullirse del adolescente, mientras Fernando reía, también borracho, desde el bordillo.
Para salir del paso, Aurora recurrió al «Y tú más».
—Aquí todos tenemos que callar, porque aquí Lourditas también hizo una boda de la comunión de la mayor.
—Ay, ¡qué pesada!, ya tenías que soltarlo… —protestó Lourdes, resignada ante el comentario tantas veces repetido. No añadió: «Que sí, que mi niña se merecía la mejor comunión del mundo, que para eso la he parido yo», porque ya estaba harta de decirlo y conocía bien a Aurora.
—Bueno, ¿y si nos dejamos las pullas y le damos a la mandíbula?, ¿quién quiere un chuletón, que me voy ya mismo a preparar la chicha? —preguntó Roberto.
Todos, menos Marta, levantaron la mano. ¿Por qué?, porque había decidido dejar de tomar carne unos meses atrás; solo pecaba, y muy poco, con el jamón. Evitar el jamón viviendo en un lugar como la dehesa extremeña es lo que realmente sería pecado.
Marta conoció a Lourdes en el colegio, en el AMPA, y esta le presentó a Aurora, amiga del pueblo de toda la vida.
Las tres parejas hicieron buenas migas desde el principio.
Lourdes vivía en una gran casa con jardín y terreno, justo a la entrada del pueblo.
Desde el principio, ella su marido invitaron a Marta, Roberto y Luzma a las celebraciones que de tanto en tanto organizaba en su casa.
Tenía dos hijas: Olivia, de la edad de Luzma, y Candela, dos años mayor.
La casa tenía piscina, que climatizaba en invierno, y un pequeño terreno con árboles frutales y con algún que otro olivo.
Allí celebraban romerías y cumpleaños, en los que tampoco faltaba de nada.
Aurora, por no quedarse atrás, hacía lo propio cada vez que tocaba celebrar algo; ella tenía un pequeño terreno cerca del río Ruecas, el río del pueblo.
Las tres no perdonaban el café de la tarde, después de terminar sus quehaceres, bien en casa, bien fuera.
Lourdes trabaja llevando los trámites administrativos de su marido, que era el veterinario del pueblo; Aurora era auxiliar de geriatría en la residencia.
—Bueno, ¿cuándo te traigo a mi madre, Auri? —preguntó Marta, medio en serio, medio en broma.
—Ya sabes que cuando quieras, que yo la pongo allí más derecha que una vara.
—Mira —señaló Lourdes a otra madre del cole, que pintaba las caras de las niñas—, con Lola te has ahorrado el pintacaras, ¿eh?
—Hombre, claro, para que luego no digáis que esto parece una comunión —replicó Marta.
Las tres amigas rieron, y Marta, la que más rio, sobre todo porque la pequeña Luzma le dedicó una sonrisa y un saludo como solo ella sabía hacer.
Marta contemplaba a su hija, feliz. Al fondo observó la sierra de las Villuercas, una pequeña cordillera que se había pateado con su marido y que en breve patearía con su hija, que crecía más rápido de lo deseado por sus padres.
La primavera teñía el campo de un verde solo posible bajo el sol de Extremadura.
Era una tierra más seca que en otras partes de España pero, con las lluvias de los días anteriores, lucía orgullosa, como diciendo: «Aquí estoy yo, verde de encina y alcornoque, pero también de hierba, donde yacen las bellotas,
que darán fama a los jamones» —esos que no se pueden evitar ni aunque seas casi vegano—.
Esa estampa, su hija y su tierra le provocaron un pequeño vuelco en el estómago, de estos que sientes cuando te enamoras, o cuando te emocionas por algo importante.
Sí, no era su pueblo, pero era su tierra y era su hija.
En cambio, la actitud de Lola la tenía preocupada.
Después de haber maquillado a su hija, no había maquillado a las demás niñas, que hacían cola para tal fin.
Se excusó con un «Ahora vuelvo», y se fue detrás de Luzma.
La subió al castillo hinchable, y ella se montó a continuación.
Marta había notado un acercamiento extraño de Lola hacia su hija en los últimos meses.
El hijo de Lola, Oliver, era amigo de Luz Marina, de la clase y, al parecer, la invitaba casi todas las semanas a merendar a su casa.
Marta no consideraba normal que niños de esa edad tuvieran tanta complicidad como para invitarla con tanta frecuencia.
Ella, por supuesto, acudía a las meriendas con su hija; por muy bien que se llevara con toda la gente del pueblo, era de esas madres sobreprotectoras de hijos únicos.
Motivos le sobraban para esa sobreprotección.
Los chuletones llegaron, y todos engordaron más de la cuenta ese día.
Marta engulló un par de mazorcas de maíz que, a la barbacoa, eran todo un manjar.
Mientras, de reojo, esquivó los cuerpos de los numerosos asistentes a la fiesta para observar a su hija jugando con los demás niños.
Y también con Lola, que no se separaba de Luzma.