Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6
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Libro 1
El viñedo
14 de abril de 2023. Bodegas La Torreta (Cañamero, Extremadura).
11:00.
No es agradable que te pongan la mano en la boca.
Y aun menos si esa mano tiene un guante puesto.
Alguna vez, jugando con mis padres o con alguna amiga, sí que me han tapado la boca, sobre todo para que me calle, porque suelo hablar mucho y bastante alto.
Además, el tacto del guante no es como el de los míos, que son de algodón o de lana…
no lo sé muy bien. Estos guantes huelen mal, como a viejo, y son ásperos y me arañan los labios.
Además, me aprietan muy fuerte. Supongo que tiene que ser así porque, de lo contrario, gritaría.
Y también mordería esta mano muy fuerte como mi padre me ha enseñado si alguien intenta llevarme por la fuerza.
Creo que eso es lo que está pasando: que alguien está llevándome por la fuerza en este lugar lleno de vides y uvas.
Es una excursión con mi clase. Ya ha llegado la primavera.
Estas excursiones me encantan. Aunque está muy cerca de mi pueblo (Logrosán) y de mi cole, no sé calcular las distancias en kilómetros, pero sí en minutos.
Y, desde que el autocar salió de la Avenida Hernández Serrano de mi pueblo hasta que ha llegado al aparcamiento de las bodegas La Torreta, han transcurrido exactamente dieciocho minutos y cuarenta segundos.
¿Cómo lo sé?, por el reloj inteligente que me regalaron mis padres.
Sabe cuándo duermo bien o regular, cuántos pasos doy o si mi corazón late muy de prisa.
Yo estaba mirando a Jorge, mi compañero de mesa en el cole.
Y, la verdad, si en ese momento el reloj midiera mis pulsaciones, serían muy altas: estoy coladita por Jorge.
Lo que pasa es que le saco una cabeza, y él me llama Pívot.
La Pívot me llaman en el cole, porque soy la más alta de la clase, y de casi todo el colegio.
Estoy en quinto de primaria, y me llamo Luz Marina. Luzma, para los amigos.
La excursión estaba siendo muy divertida; nos han enseñado cómo se cultiva la vid y qué se puede hacer con su fruto, la uva: que si para las campanadas de Nochevieja, que si para hacer zumo o mosto, que si con la piel y con los pipos se pueden hacer cremas…
Pero, sobre todo, se puede hacer vino. Mi pueblo no, pero el pueblo de al lado (que se llama Cañamero) es muy famoso por su vino.
Yo todavía no bebo, aunque no me disgusta el zumo de uva y melocotón.
Siempre me ha gustado la forma de los racimos de las uvas.
Parecen una v y, si les das la vuelta, una pirámide.
Me encantan las pirámides, y todo lo que había en Egipto hace muchísimos años.
Siempre le digo a mi padre que me quiero cambiar mi nombre por el de Cleopatra.
Ellos se ríen y me dicen que sí, que lo podré hacer cuando sea mayor.
Yo me enfado, y les digo que no me tomen el pelo.
Pero se ponen serios y me dicen que no bromean; que, cuando cumpla dieciocho años, es posible cambiarse el nombre, así que lo tengo decidido: me llamaré Cleopatra.
Lo que no me está gustando de la visita es que hay muchos bichos allí donde están las vides: abejas, avispas, mosquitos…
A mi compi Natalia le ha picado un mosquito, y a otros compañeros casi les pica una abeja.
He tenido mala suerte, porque a mí sí me ha picado.
Al menos es lo que creo que me ha pasado justo antes de que la mano con el guante me pusiera la mano en la boca.
Me he quedado rezagada observando de cerca una de las vides y dibujando un racimo: el racimo más bonito de toda la viña…
de uvas rojas, grandes y casi redondas. Como si fueran bolas de chicle del quiosco de Boni, que es un quiosco que hay en mi pueblo: tiene todas las chuches que existen en el mundo.
Pero las uvas son mucho más blandas y menos dulces.
Cuando he notado el picotazo de la abeja, me he mareado, y casi me caigo. La mano me ha sujetado para que no me caiga, y casi me han dado ganas de darle las gracias. Hasta que me ha tapado la boca, claro.
Me fijo en mi profesora y en mis compañeros a lo lejos: se marchan del lugar, pero por otro sitio.
Lanzo un grito, o al menos eso creo, porque la verdad es que no escucho nada.
Algo raro pasa. Intento forcejear como he practicado cientos de veces con papá y con mamá.
Me llevo la mano a la muñeca, a mi reloj inteligente, que es lo primero que tengo que hacer si me pasa algo así.
Lo pulso varias veces, pero quien me está tapando la boca me sujeta con fuerza de la muñeca del reloj.
Pega un tirón y me lo arranca de golpe. Yo ya apenas tengo fuerzas, y estas manos me parecen mucho más fuertes que las de mis padres.
Estas manos me están haciendo daño de verdad.
Miro hacia abajo, y mis pies se arrastran por la arena de aquellos campos de vides.
Ya estoy mareada del todo. No sé si por el picotazo de la abeja o por la mano que me ha sujetado del cuello para arrastrarme.
Solo veo mis pies arrastrados por la tierra.
Lo siento, papá, no he podido escaparme como me escapaba contigo. Lo siento, mamá, no sé si llegaré a casa para soplar las velas de mi cumpleaños. Y es que mañana cumplo nueve años.