41 Entre silencios y gemidos
Miko le dio vueltas a la cama y pensó en lo que sería de su vida dentro de unas horas. Aguantó una risita y sacudió la cabeza.
«Vamos a extrañarte, Miko. Tu labor es invaluable».
Él también extrañaría ese lugar pese a sus condiciones inhóspitas. La carita de felicidad de los niños cuando sus platos se llenan, la felicidad de las madres y los padres, las charlas con sus colegas sobre la vida, el amor, y preguntas existenciales que solo pueden surgir en ese tipo de ambientes.
Cuando has perdido todo, cuando estás de rodillas, sin agua frente al sol ardiente, cuando tu familia yace bañada en sangre a tu alrededor es cuando entiendes lo bendecido que eres, comprendes la grandeza de la obra de Dios en ti, en la fuerza indómita de seres que, sin tener nada, se levantan una y otra vez.
Eso es lo que nos hace humanos, eso es lo que nos hace libres, eso es amor, y Miko estaba agradecido por ello, por esa experiencia, por esos seres maravillosos, sin embargo, el alma de Miko clamaba por estar en otro sitio, su cuerpo ardía por encontrarse con el de ese hombre, por amarlo sin control, al límite, con esas ráfagas que oscilaban entre la violencia y el placer.
Miko percibió la erección que se había formado.
Sus dos compañeros de carpa, al parecer, estaban esa noche en otro lado, así que tenía libre para tocarse y soñar con los brazos de Sasha, con su piel bronceada por el sol, y sus ojos verdes grisáceos.
Miko se mordió el labio inferior, escupió en su mano y cerró los ojos empuñando su erección.
Desconocía cuánto tiempo había pasado cuando la carpa se abrió y alguien ingresó en la oscuridad.
Miko fingió dormir, aunque su respiración agitada lo delataba.
Unas manos poderosas ingresaron entra la manta y surcaron sus piernas.
Miko se sentó en la litera y Sasha se le fue encima.
Sus bocas se encontraron en un beso desordenado, cruel y erótico.
Sus lenguas lucharon por el control, las manos de Miko fueron hacia el cabello de Sasha, que ahora estaba un poco más largo y lo estiraron.
Minuto tras minuto, sus labios se negaron a soltarse. Sasha afirmó su frente en la de Miko.
—Tanto tiempo, chinito—dijo agitado.
—Mis compañeros pueden venir—advirtió Miko.
—Les he dado quinientos dólares a cada uno. El único que se vendrá esta noche, eres tú.
Miko abrió la boca.
—¿Has sobornado a mis compañeros?
—Sí, y voy a aprovechar cada centavo pagado.
Antes de que Miko volviera a hablar, Sasha le devoró la boca.
La prisa en quitarse la ropa, las manos que iban y venían en cada rincón de su delgado cuerpo.
Sasha lo presionó contra el colchón y le abrió las piernas y su cabeza fue a parar entre ellas.
Miko mordió la manta para no gritar cuando su amante lo comió completo, un león comiendo un gran bistec después de meses de veganismo.
Miko levantó las caderas y Sasha succionó, los ojos del muchacho se cruzaron ante la fuerza de las succiones.
Estaban en un territorio donde corrían el riesgo de muerte si los atrapaban, aun así, Miko quiso gritar el nombre de su amante con toda su fuerza para que todo el continente asiático lo oyera.
No lo haría, por supuesto. Miko aún guardaba un poco de pudor y conciencia en su interior.
Sasha abandonó el pene y se chupó los labios.
—Sabes mejor de lo que recuerdo—musitó y le chupó el cuello, luego su lengua descendió sobre su pecho hacia los pezones, esas protuberancias rosas que adoraba estirar, morder y succionar.
Miko se mordió el labio inferior y le acarició el cabello, el cuello, los hombros, todo lo que estaba a su alcance, apenas podían verle, y eso lo hacía incluso más prohibido y sensual. Sasha le mostró un sobre de color plateado.
—Esto es lubricante, chinito—explicó—, es lo único que traje desde la civilización.
Si Miko estuviera en su estado normal, le habría recriminado la frase, pero este hombre solo ansiaba la verga de Sasha vapuleando su interior después de meses de sequía.
Sasha embadurnó sus dedos y de inmediato buscó la entrada, Miko se relajó ante el firme agarre en sus caderas y las falanges ingresaron.
Dio un par de gemidos cuando los dedos tocaron su próstata y la lengua de Sasha aleteó en su pezón derecho y luego en el izquierdo.
Miko estuvo listo en tiempo récord. Abrió las piernas para su hombre y este se coló entre ellas.
—Sé que siempre lo hicimos a pelo, pero antes me había hecho una prueba de ETS unas semanas atrás y sabía que no estaba infectado con nada.
—¿Has estado con alguien más en estos meses?—Miko se mordió el labio inferior, desconocía lo que haría si eso hombre le decía que sí.
—Claro que no.—Sasha le acarició el hueso de la cadera y volvió a darle un chupetón a su pezón—. Solo eres tú, chinito.
Miko suspiró de alivio.
—Pues yo tampoco estuve con nadie más, así que no hay problema. Estamos bien, y me gusta sentir tu piel.
—¿Te gusta?—Sasha lo penetró despacio y Miko gimió—¿Así te gusta?
Miko asintió varias veces, el sonido del lubricante en la fricción era perfecto.
Sasha esperó que su amante se adaptara, pero estaba tan necesitado que comenzó a embestir a los pocos segundos, Miko lo agradeció.
Rodeó con sus brazos el cuello, y con sus piernas el culo tonificado de Sasha, lo presionó para que profundizara en su interior.
Miko recibió la lengua de Sasha en su boca, y completaron la unión perfecta.
Eran uno en todo el sentido de la palabra.
Su mente, cuerpo y espíritu vibraron al unísono.
—Te he extrañado.—Miko gimió y arañó la espalda musculosa—. Te he extrañado tanto.
—Y yo a ti, mi chinito—replicó Sasha y gruñó al aumentar la velocidad de los embistes—. Te amo tanto.
Miko lo hizo rodar en la litera por lo que ambos cayeron sobre el suelo polvoriento.
Lo cabalgó con hambre y desesperación, entretanto la lengua de Sasha recorría su cuerpo.
Todo era una estimulación a los sentidos, la fricción, el sonido de sus cuerpos chocando, el lubricante resbaladizo, el sudor, sus perfumes, sus besos, los chupetones, todo los trasladaba a otra dimensión, una en el que el placer, el sexo y el más puro amor confluían.
—¿A quién le perteneces, chinito?—Sasha lo empotraba con furia y Miko gemía despacio—. Dime.—Lo presionó un poco más de la cintura para profundizar la penetración.
—Tuyo—replicó Miko sin pensarlo demasiado—, siempre he sido tuyo.
Sasha le dio la vuelta y lo posicionó a cuatro patas sobre el suelo, Miko sintió dolor en las rodillas, pero lo calló.
El hombre lo embistió con todo su poder y él puso los ojos en blanco.
Se mordió el labio inferior, mientras las manos poderosas sujetaban sus caderas con fuerza y Sasha lo follaba sin una pizca de piedad.
Golpe tras golpe en la próstata provocaron que Miko se viniera en el suelo, el semen cayó en la tierra y el resto Sasha lo usó para masturbarlo de nuevo y no darle descanso. El mercenario salió de su interior, se levantó y tomó en brazos a Miko como si se tratara de una pluma.
—Sube—ordenó—, tus piernas arriba de mi cintura.
Miko, pese a que apenas podía moverse, obedeció.
Sasha lo folló de pie sin parar. El enorme pene se deslizaba en el interior resbaladizo sin restricciones.
Sus bocas se adueñaban de la otra sin descanso.
Miko saltaba sobre la verga y mordía su labio inferior para no gemir y alertar al resto de sus colegas.
Miko acarició su torso, serpenteó sobre cada detalle del cuerpo escultural mientras Sasha tomaba el control del sexo y embestía rápido y duro.
Miko chilló de placer y salpicó el pecho y el rostro de Sasha.
Su cuerpo convulsionó por el orgasmo, pero el mercenario no dejó de penetrarlo.
No le dio respiro. Lo arrojó una vez más a la litera y se metió entre sus piernas.
Miko, perdido en el orgasmo, tatuó sus uñas en las nalgas turgentes de la máquina de sexo que tenía sobre él.
Las lágrimas de placer y alegría empaparon su rostro, Sasha dejó chupetones en su mandíbula y cuello. Miko cerró los ojos para disfrutar del semental encima de él.
—Nunca puedo saciarme de ti.—Sasha confesó y un gemido ronco abandonó sus labios, el semen caliente llenó el interior de Miko quien se sacudió en un tercer orgasmo—. Eres un pecado andante, no sé cómo carajo me contuve de follarte en el altar frente a tus feligreses cuando te conocí.
Miko comenzó a reír. Sasha decía cosas locas en medio del subidón orgásmico. Acariciaron sus cuerpos sucios, ambos se mantuvieron de perfil. Sasha capturó sus labios de nuevo.
—Vendrás conmigo, ¿verdad?
—Por supuesto que sí, ya te lo dije—Miko le chupó el lóbulo de la oreja—. Me has hecho adicto a tu cuerpo.—Sasha rio y le dio un pequeño beso en la nariz respingada—¿Estuvo bien?
—¿Bien?—Sasha se burló—. Me has hecho eyacular como un toro, ¿eso responde a tu pregunta?
Miko le dio un golpecito en la frente.
—No hay necesidad de ser grosero, pero sí, debo reconocer que yo también estaba muy necesitado.
—El sexo es buen catalizador.
Miko tragó saliva.
—Yo no estaba necesitado de sexo, Sasha. Estaba necesitado de ti.
En medio del sudor, el suelo polvoriento y los fluidos mezclados, Miko todavía lo sorprendía con su amor.
—¿Por qué me dejas tocarte, Miko?—Sasha preguntó con un nudo en la garganta—¿Por qué permitiste que estas manos sucias y manchadas de sangre se sintieran con derecho sobre ti?
Miko le sonrió con dulzura y lo besó, luego acarició con su nariz la de Sasha.
—Tus manos han sido lo mejor que me pasó en la vida, Sasha.
—Miko confesó—. No me importa lo que sucedió antes, no me importa quién fuiste o quien debiste ser para sobrevivir, yo solo veo a este hombre, el que arriesgó su vida por mí, el que me besa, me cobija, me hace el amor y me brinda un placer encomiable.
Por este hombre, soy capaz de todo, Sasha, de todo, incluso de matar.
Las lágrimas resbalaron por las mejillas de Sasha y Miko las besó con ternura.
—Eres una belleza, chinito. Fue lo primero que pensé cuando te conocí y es lo que seguiré pensando toda mi vida. Eres el ángel que me salvó.
—Y tú eres el demonio que me devolvió la vida, así que, estamos a mano.