Sacrílego (Prohibidos 1) 40 Lavanda y menta
95%

40 Lavanda y menta

Kandahar, Afganistán.

Seis meses después.

—¡Por favor! ¡Respeten su lugar en la fila!

Miko pidió a las personas que no discutieran ni tomaran lugares que no les correspondían durante la entrega de las raciones de la comida.

Llevaba seis meses de Afganistán y se odió todos los días por haberse quejado de sus problemas, por haber llorado por nimiedades.

La realidad superaba la ficción. Miko vio cosas a lo largo de esos meses que le helarían la sangre al más duro, y harían tirar hasta las tripas al más fuerte.

Era un espacio ocupado por varias organizaciones no gubernamentales, organizaciones médicas y de ayuda alimenticia.

Miko había renunciado a sus votos y lo primero que hizo fue buscar un lugar que lo hiciera olvidar todo lo vivido.

En parte lo había logrado. Se humedeció los labios, el calor de las montañas era apremiante, Miko estaba acostumbrado a la humedad, a las lluvias constantes, pero esto era insoportable.

Miko estaba ayudando a repartir las raciones cuando un par de camionetas se avistaron a lo lejos.

El polvo del camino hizo obvio que se acercaban.

Miko chasqueó la lengua. Repartió todo lo que pudo, se apresuró junto con los demás colaboradores antes de que esos bastardos estuvieran más cerca.

Cuando las camionetas se aproximaron, la gente corrió a ocultarse.

Los hombres tenían la cabeza y el rostro cubierto, todos llevaban uniforme militar y cargaban rifles AK47.

Miko pensó en que, si no hubiera conocido a Sasha, se habría orinado cada vez que esos hombres aparecían en el campamento.

Miko y los voluntarios se alejaron de las raciones de comida puestas en mesas de madera plegables.

El líder del grupo, un tal, Aldair, hizo seña hacia todos lados y habló en árabe.

Miko se mantuvo apacible, con su cabeza fija en la mesa.

El encargado del campamento movió las manos para que se calmaran, pero los gritos se hicieron más fuertes.

Otra camioneta se visualizó a un par de kilómetros, todos cerraron los ojos. Carajo, ¿quién más podía ser?

—¿Qué les pasa?—preguntó Miko a Zulema, una joven afgana.

—Están molestos, dicen que distribuimos alimentos que ellos necesitan.

—Pues que hagan la fila como todos—dijo entre dientes Miko.

Un par de tiros al aire. Las personas gritaron y se cubrieron el rostro. Miko se adelantó.

—¡Ya deja de hacer eso!—exclamó firme, el tipo frunció el ceño—. Sí, imbécil, a ti te estoy hablando.

El encargado del departamento buscó excusas, pero el tipo vio rojo. Se acercó hacia Miko y lo sostuvo con violencia de la camiseta. Miko no se amedrentó. Aldair miró su cuello y vio la cruz en él. Se la arrancó y les mostró a sus compañeros. Estos se acercaron y apuntaron a Miko con sus rifles.

—Miko—dijo Zulema, el hombre estaba firme.

—Saca a las demás personas de aquí—dijo entre dientes—. Apresúrate.

El encargado del departamento gritó cuando lo golpearon con la punta del AK47.

—Mi comida.—Aldair pronunció con un inglés muy rudimentario. Miko tensó la mandíbula.

—No es tuya—replicó sin miedo.

La furia ardió en los ojos de Aldair, levantó el arma y le apuntó a la cabeza a Miko.

El muchacho apenas se sostuvo en pie. La camioneta jeep que avistaron a la lejanía llegó en ese instante.

Los ojos del matón no abandonaron los de Miko.

Sus gestos pétreos como si ninguno de los dos tuviera nada que perder.

—Yo que tú, bajaría el arma.

Fue la primera vez que Miko pestañeó desde que el enfrentamiento comenzó.

Esa voz lo hizo tambalear, lo hizo olvidar la noción del tiempo y el espacio, y él volvió a ser el muchacho de besos y caricias.

Meses habían pasado desde la última vez que hablaron.

Semanas duras en las que, a veces, solo aparecía en su cabeza de manera esporádica.

«Te perdono, Sasha».

Miko lo había perdonado, y lo dejó ir, porque es lo que el mercenario quería.

No pidió una nueva oportunidad, no rogó por un beso o un abrazo, solo el perdón y una tonta confesión que Miko nunca olvidaría, que reproducía en su memoria cada noche cuando se abrazaba a la almohada y recordaba su aroma, la suave colonia mezclado con el aroma a cigarros caros.

La mente humana era tan fantástica, la manera en que se aferraba a recuerdos, a una esencia, a un aroma, a una sonrisa, a una fotografía, a un sonido. Un anclaje emocional para seguir vivo. Todo en Sasha Kozlov fue una anclaje emocional para Miko.

Sasha llevaba una camiseta militar verde, una pantalón camuflado y botas de combate, en su cabeza llevaba una kufiya de color blanco con bordados rojos, y un agal negro, su rostro estaba cubierto, al igual que el de los cinco hombres que lo acompañaban.

Sasha Kozlov era un ser impresionante en todo momento, pero cuando estaba vestido de ropa militar era, simplemente, sublime, una especie de aparición divina.

Su impresionante musculatura, el rifle de asalto que lucía enorme en sus manos, sus doscientos cinco centímetros de altura y sus ojos, lo único que estaba a la vista de su rostro.

El verde grisáceo, los orbes lucían casi transparentes con la luz del sol de frente. Miko quedó sin aliento.

Aldair lo apuntó con el arma y movió las manos. Sasha se mantuvo estático, al igual que el resto de sus hombres.

اخرج من هنا—

«Vete de aquí».

Fue todo lo que Sasha pronunció frente al hombre que ahora ardía de furia.

Aldair alzó la voz y se fue sobre el ruso.

Los hombres de Aldair levantaron las armas y los de Sasha hicieron lo mismo.

El tipo lo asió de la camiseta y esa fue la gota que rebasó el vaso.

El mercenario le dio media vuelta al arma y golpeó el rostro del tipo con la empuñadura.

Uno, dos, tres golpes, Aldair retrocedió ante los embistes sobre su cara de la cual saltó la sangre como en una película de terror.

Cuando los tipos que lo acompañaban quisieron reaccionar, los hombres de Sasha los abatieron a todos.

Los gritos se avivaron, las personas alrededor se cubrieron con terror a la espera de su sentencia.

Sasha arrojó al tipo al suelo, su rostro desfigurado y sus manos que intentaban cubrir el arma.

—Ahora aprenderás que a los ángeles se les respeta.—El hombre dio un grito y Sasha lo fusiló. Volvió a cargar su arma y se detuvo en las personas a su alrededor. Señaló al encargado del campamento que estaba en estado catatónico—. Diles que todo está bien, que no hay riesgo para ellos.

El hombre aterrorizado asintió varias veces.

Miko estaba estático, como si sus pies fueran incapaces de moverse del suelo polvoriento.

Sasha se descubrió el rostro y le sonrió con malicia.

Esa sonrisa que Miko odiaba y amaba al mismo tiempo, ¿para qué mentir?

Nadie podía ser indiferente a Sasha Kozlov.

Sasha se colgó el rifle en el hombro y caminó hacia Miko.

—¿Estás bien, chinito?

Miko asintió, de nuevo percibió el calor que emanaba del cuerpo sudado y perfecto frente a él.

—Gracias—replicó en un susurro, entretanto la entrega de alimentos se normalizaba—,¿qué haces aquí?

Sasha se humedeció los labios y chasqueó la lengua para darle una sonrisa.

—Me gusta salir de caza a lugares exóticos.—Sasha bromeó y Miko sonrió. Percibió las lágrimas acumularse en los ojos, mierda, ¿por qué tenía que llorar?—¿Cómo la estás pasando?

—Este es el infierno—dijo Miko sin equivocarse—,literalmente.

Sasha dio un profundo suspiro.

—Sé que las has pasado mal en la vida, pero siempre se puede estar peor, y todas estas personas alrededor lo comprueban.—Miko asintió y Sasha entrecerró los ojos, su mirada lo recorrió de pies a cabezas—. Estás bello, chinito.

Miko sintió que sus mejillas se enrojecieron, incluso en el calor asfixiante.

—Gracias, tú también.—Miko bajó la mirada y se arregló el cabello—¿Cómo llegaste ahí?

—Estuve en Rusia ayudando a uno de mis primos con algunos asuntitos pendientes y bueno, Martin Campbell me pidió algunos favores, y era mi deber devolverle la mano después de todo lo que hizo por mí.

—Por nosotros—recalcó el muchacho—, todo lo que hizo me ayudó a mí también. No estaría aquí de no haber sido por tu ayuda.

Miko tragó saliva, se sentía como un tonto adolescente frente al chico que le gusta. No sabía cómo actuar.

—¿Qué tal si me invitas algo para tomar, chinito? Los muchachos y yo estamos algo cansados.

—Por supuesto.—Miko actuó de inmediato y se dirigió al interior de una de las carpas. Habló con el encargado quien no tuvo problemas de que los hombres se quedaran unas horas allí.

Miko se sentó al lado de Sasha, ambos bebían el té en un vaso de plástico.

—Mañana sale nuestro avión a Alemania de nuevo—dijo Sasha y acarició la mesa de madera desgastada frente a él, sus orbes verdosos se clavaron en Miko—¿Vienes conmigo, chinito?

Miko abrió y cerró la boca varias veces, luego frunció el ceño.

—¿Has venido por mí?

—Sí—Sasha rio—, ¿de verdad te creíste que solo vendría por negocios aquí?

—¿Quieres algo conmigo?

—Sí.

—La última vez…

—La última vez apenas podía con mi alma y mi corazón—confesó Sasha—.

Te había fallado tanto que solo me conformé con tu perdón, pero ahora…

—El mercenario dio un profundo suspiro—.

Sé que no soy digno de ti, una bestia como yo, de hecho, no podría ser digna de nadie, pero confío en que me aceptes.

Confío en que todavía hay algo de tu amor hacia mí.

—Esa es la propuesta más desabrida y desordenada que escuché en mi vida—replicó Miko. Sasha se encogió de hombros.

—No hay nada romántico en mí, chinito. Si esperabas rosas y que pusiera mi rodilla en el suelo para pedirte matrimonio, creo que no soy el indicado.

Miko le sonrió.

—Eres el indicado—musitó cerca de su oído—, y me hace feliz verte de nuevo.—No podían tocarse, no podían abrazarse, ese lugar era una sentencia de muerte para personas como ellos—¿A qué hora se marchan mañana?

—A las seis de la mañana—agregó Sasha.

—Si lo desean, pueden quedarse en el campamento.

—Eso sería bueno.—Sasha controló el entusiasmo infinito en cada célula de su cuerpo. El mercenario lo olfateó y Miko rio.

—¿Qué?

—Hueles a lavanda y menta.

—¿Qué tonterías dices?

—Hueles a hogar y amor, hueles a cosas que extraño, pese a que solo las compartí contigo algunas semanas.

Miko tragó saliva.

—Me vas a hacer llorar—reclamó—, después dices que no hay nada romántico en ti.

Sasha se rio y bebió lo que quedaba de su té. Se puso de pie y se dirigió hacia sus hombres contándoles dónde pasarían la noche. Miko apretó el vaso con su bebida y sonrió como un tonto. Su corazón se había acelerado.